Del silicio a la vela: el experimento energético español a la luz de la electricidad que exige la inteligencia artificial
Cuando
la física no vota
Existe una peculiaridad
fascinante en la política energética contemporánea española: la convicción
tácita de que la termodinámica es una construcción ideológica y que, con
suficiente entusiasmo normativo, el viento soplará cuando lo ordene el BOE y el
sol brillará de noche si así lo requiere el mix eléctrico.
Bajo esta premisa se
han ido demonizando los embalses, extirpando la nuclear y convirtiendo la
generación despachable en una reliquia fósil, todo ello mientras se proclama
solemnemente la llegada de la electrificación total y la economía digital.
Recientemente se ha
analizado un documento ~centrado en Rusia, país poco sospechoso de lirismo
ecologista~ ofrece un contraste brutalmente pedagógico: allí donde la demanda
eléctrica crece de forma rígida, concentrada y no negociable, la política
energética se ve obligada a obedecer a la ingeniería y no al relato.
I. La electricidad como
bien físico (no como metáfora moral)
El texto subraya un
hecho elemental: los centros de datos para IA consumen entre 50 y 150 kW por
rack, con previsiones de llegar a 300 kW, frente a los 7-15 kW de un centro
convencional .
Esta no es una demanda
“flexible”, “gestionable” ni “desplazable al fin de semana”. Es potencia firme,
continua y cercana al consumo.
Aquí emerge la primera
ironía española: se impulsa la digitalización, la IA, el vehículo eléctrico y
la bomba de calor mientras se destruye sistemáticamente la base de generación
firme. Rusia, en cambio, reconoce sin rubor que sin 7 GW adicionales de
generación despachable antes de 2030, el sistema simplemente colapsa .
España, más audaz, ha
decidido experimentar con algo conceptualmente más avanzado:
“un sistema eléctrico
posmaterial, donde la oferta se adapta mediante esperanza”.
El
apagón como mecanismo pedagógico
El documento ruso identifica claramente los cuellos
de botella:
· déficit
regional de capacidad,
· dificultad
de conexión a red,
· necesidad
de redes de alta tensión,
· y
plazos de planificación de hasta diez años .
En España, en cambio,
hemos optado por una solución más económica: no planificar, cerrar centrales
que funcionan y confiar en que la intermitencia será compensada por comunicados
institucionales.
El resultado es un
fenómeno novedoso: el apagón didáctico, útil para recordar a la población que
la electricidad no se almacena en discursos y que la frecuencia de red no
entiende de eslóganes.
Nuclear, pantanos y el
arte de destruir capital productivo
Mientras Rusia discute
cómo facilitar el acceso directo de los centros de datos a la red troncal de
alta tensión para garantizar suministro competitivo , España se distingue por:
·
cerrar nucleares amortizadas y estables,
·
infrautilizar embalses por razones
simbólicas,
·
penalizar la hidráulica de regulación,
·
y convertir la generación firme en
pecado climático.
Desde un punto de vista
económico, esto equivale a destruir capital productivo ya pagado para
sustituirlo por activos intermitentes que requieren respaldo fósil… que también
se quiere cerrar.
Una estrategia tan elegante como quemar el puente antes de cruzar el río,
confiando en que el río se solidarice.
La
paradoja de la IA verde sin electricidad firme
El texto ruso es explícito: sin electricidad barata,
estable y cercana, la IA no es competitiva y los precios se trasladan
íntegramente al cliente .
Por eso allí el debate no es “verde vs. no verde”,
sino suficiente vs. insuficiente.
España, por el contrario, aspira a liderar la
economía digital europea con un sistema eléctrico diseñado para molinos
medievales con Wi-Fi. La idea implícita parece ser que los centros de datos
funcionarán:
· cuando
haya sol,
· si
hay viento,
· y
siempre que no sea invierno, verano, de noche o anticiclón.
Conclusión:
del realismo energético al romanticismo eléctrico
El documento analizado muestra un enfoque incómodo
pero adulto:
la
electricidad es infraestructura estratégica, no un instrumento narrativo .
España, en cambio, ha elevado el romanticismo
energético a política de Estado: se legisla como si la potencia firme fuera
opcional y la seguridad de suministro un concepto del siglo XX.
Desde la sabiduría de las tecnologías energéticas,
el diagnóstico es claro.
Desde la sabiduría de la economía, el veredicto es devastador.
Y desde la ironía de la experiencia, solo cabe concluir:
Nunca fue tan
sofisticado apagar un país para demostrar que se estaba iluminado.