REFERENCIA APICE

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viernes, 19 de junio de 2026

El aplazamiento como estrategia...Velvet fire

 


El aplazamiento como estrategia

I. Introducción: dos lecturas de un mismo diagnóstico

El reciente informe del Banco de España sobre las presiones presupuestarias estructurales de la economía española admite, en realidad, dos lecturas superpuestas. La primera es estrictamente contable: España gasta más de lo que sus ingresos ordinarios permiten financiar de forma sostenida, y los factores que explican ese desajuste, envejecimiento, sanidad, transición energética, digitalización y, ahora, defensa, no son coyunturales sino permanentes. La segunda lectura, menos evidente pero más relevante para un análisis que combine las herramientas de la economía pública con las de la sociología política, es que el informe describe una crisis de legitimidad procedimental: una sociedad que ha decidido colectivamente sostener un determinado nivel de bienestar sin haber decidido, con la misma claridad, quién pagará su coste futuro.

Este ensayo sostiene que el verdadero objeto de estudio no es el déficit en sí, una variable contable que cualquier gobierno puede maquillar temporalmente mediante ingeniería presupuestaria, sino la arquitectura institucional que permite posponer indefinidamente la pregunta distributiva subyacente. Para sostener esta tesis, conviene movilizar tres cuerpos teóricos complementarios: la economía política del gasto público (Wagner, Baumol, Musgrave), la teoría de la inconsistencia temporal y la credibilidad institucional (Kydland y Prescott, Buchanan), y la sociología comparada del Estado de bienestar (Esping-Andersen, Pierson, Streeck). Sobre esa base, el análisis del llamado «trilema fiscal español», impuestos, deuda o reforma del gasto, adquiere una dimensión que trasciende la discusión técnica y se convierte en una cuestión de filosofía política aplicada: ¿qué tipo de contrato intergeneracional está dispuesta a sostener la sociedad española, y mediante qué procedimientos legítimos puede revisarlo?

II. El gasto público como variable estructural

La economía pública clásica ofrece dos marcos que explican por qué el gasto público crece de manera prácticamente irreversible en sociedades avanzadas. El primero es la denominada ley de Wagner, formulada a finales del siglo XIX, según la cual el desarrollo económico genera una demanda creciente de bienes públicos, seguridad social, sanidad, educación, infraestructuras, cuya elasticidad-renta es superior a la unidad: a medida que una sociedad se enriquece, exige proporcionalmente más Estado, no menos. El segundo es la «enfermedad de los costes» descrita por William Baumol, que explica por qué los servicios intensivos en trabajo humano, sanidad y cuidados de larga duración, paradigmáticamente, ven encarecerse su coste relativo de forma sistemática, puesto que su productividad no puede crecer al mismo ritmo que la de los sectores industriales o tecnológicos sin degradar la calidad del servicio prestado.

Leídos en conjunto, ambos marcos permiten reinterpretar los cuatro grandes vectores identificados por el supervisor, envejecimiento, sanidad, transición digital y transición ecológica, no como una lista de problemas coyunturales que un gobierno hábil podría resolver con un ajuste puntual, sino como la manifestación local de una dinámica estructural común a todas las economías avanzadas. El quinto vector, el gasto en defensa, introduce un elemento distinto: no obedece a una lógica de demanda interna creciente sino a un cambio exógeno en el entorno estratégico europeo, lo que en términos de Richard Musgrave correspondería a una redefinición no negociada de la función de asignación del Estado, impuesta desde fuera del ciclo electoral doméstico.

La consecuencia analítica de este encuadre es importante: si el crecimiento del gasto obedece a fuerzas estructurales de esta naturaleza, entonces ninguna reforma paramétrica aislada, ni siquiera la más exitosa de las reformas de pensiones, puede «resolver» el problema en el sentido de hacerlo desaparecer. Como mucho, puede ralentizar su trayectoria o redistribuir su coste en el tiempo. Esta distinción entre resolver y ralentizar es precisamente la que permite comprender la aparente contradicción institucional que se analiza a continuación.

III. La paradoja de la credibilidad institucional

El caso de José Luis Escrivá merece un tratamiento que vaya más allá de la ironía biográfica. Desde la perspectiva de la teoría de la inconsistencia temporal desarrollada por Finn Kydland y Edward Prescott, el fenómeno no es anecdótico sino estructural: los responsables políticos tienen incentivos sistemáticos para anunciar reformas que proyectan sostenibilidad a largo plazo, precisamente porque el coste político de admitir su insuficiencia se desplaza a un horizonte temporal que excede el ciclo electoral del decisor. Cuando esa misma persona pasa a ocupar un cargo cuya función institucional es precisamente la de evaluar la sostenibilidad con independencia del ciclo político, la gobernación de un banco central, el cambio de rol no revela necesariamente una contradicción personal, sino el funcionamiento esperado de una separación institucional bien diseñada: el banco central existe, entre otras razones, para decir en voz alta lo que el ciclo electoral tiende a silenciar.

Desde la economía política del *public choice* de James Buchanan y Gordon Tullock, este episodio ilustra además el concepto de «ilusión fiscal»: la tendencia de los electorados a subestimar el coste futuro de las decisiones de gasto presentes, favorecida por gobiernos que tienen incentivos para presentar las reformas como definitivas aunque sepan que no lo son. La reforma de pensiones aprobada durante la pasada legislatura no fue, en este sentido, un engaño deliberado, sino el resultado previsible de un sistema de incentivos en el que la credibilidad política a corto plazo compite, y normalmente gana, frente a la sostenibilidad actuarial a largo plazo.

Lo significativo, por tanto, no es que Escrivá «se contradiga», sino que la institución que ahora dirige esté cumpliendo su función contramayoritaria: introducir en el debate público una restricción de realidad que el sistema de incentivos electorales tiende estructuralmente a omitir. La pregunta relevante para la ciencia política no es biográfica sino institucional: ¿dispone España de mecanismos de compromiso creíble, reglas fiscales vinculantes, organismos independientes con capacidad real de veto o, al menos, de alarma temprana, como la AIReF, suficientemente robustos para que esta clase de advertencias se traduzcan en corrección de rumbo antes de que la corrija, de forma mucho más costosa, la presión de los mercados de deuda o de las instituciones europeas?

IV. El trilema fiscal: impuestos, deuda y reforma del gasto

Toda estrategia de consolidación fiscal frente a un gasto estructural creciente puede descomponerse, en última instancia, en tres familias de instrumentos, cada una con una lógica económica y una lógica de legitimidad social distintas.

La vía tributaria

Incrementar la recaudación es la opción más visible políticamente y, en apariencia, la más directa desde el punto de vista contable. Sin embargo, la teoría de la imposición óptima advierte que el coste de eficiencia de un impuesto no crece de forma lineal sino más que proporcional con el tipo marginal aplicado: cada punto adicional de presión fiscal genera una pérdida de bienestar, el llamado «exceso de gravamen» creciente, especialmente cuando recae sobre las bases más móviles, capital, trabajo altamente cualificado, inversión empresarial, en una economía abierta dentro de un mercado único europeo en el que la competencia fiscal entre jurisdicciones es real. La cuestión, por tanto, no es moral sino de elasticidades: en qué punto de la curva se encuentra ya el sistema tributario español y cuánto margen de recaudación adicional puede obtenerse sin deteriorar la base imponible futura.

La vía del endeudamiento

Financiar el gasto estructural mediante deuda pública traslada el coste a generaciones futuras sin que estas hayan participado en la decisión, lo que constituye, en términos de filosofía política, una forma de representación intertemporal fallida: quienes pagarán los intereses dentro de veinte años no han votado las decisiones de gasto que los generaron. La economía de la deuda pública añade además una advertencia técnica relevante: el coste de esta vía no es fijo, sino que depende de la relación entre el tipo de interés real y la tasa de crecimiento de la economía. Mientras esa diferencial fue negativa,tipos por debajo del crecimiento, la deuda pudo «pagarse sola» en términos relativos. La normalización de la política monetaria europea ha cerrado esa ventana excepcional, lo que convierte al endeudamiento de una opción casi gratuita en una con coste creciente y compuesto.

La vía de la reforma del gasto

Es la opción que la economía política identifica como la más eficiente desde un punto de vista estrictamente asignativo, permite redirigir recursos hacia los usos de mayor retorno social y, simultáneamente, la más difícil de implementar desde la lógica de la acción colectiva. La razón es bien conocida desde Mancur Olson: los beneficiarios de cada partida de gasto concreta están organizados, son identificables y tienen fuertes incentivos para movilizarse en su defensa, mientras que los beneficiarios difusos de una hipotética mayor eficiencia agregada, los contribuyentes futuros, no lo están. De ahí que la reforma del gasto sea, sistemáticamente, la vía menos explorada en cualquier democracia avanzada, no por falta de diagnóstico técnico sino por una asimetría estructural en los costes de organización política.

La conclusión de este apartado es que España no afronta una elección puramente técnica entre tres instrumentos neutros, sino una elección entre tres formas distintas de injusticia distributiva potencial: penalizar a los contribuyentes presentes, penalizar a los contribuyentes futuros, o reabrir un conflicto distributivo entre beneficiarios actuales de programas de gasto consolidados. Que esta tercera opción sea la menos transitada no es casualidad sociológica, sino el resultado predecible de la estructura de incentivos descrita.

V. La economía política del aplazamiento

La advertencia de la AIReF sobre la necesidad de medidas presupuestarias adicionales en los próximos ejercicios debe leerse en el contexto más amplio de lo que Wolfgang Streeck ha denominado, en su análisis comparado de las democracias europeas, la estrategia de «comprar tiempo»: el uso sucesivo de instrumentos extraordinarios , tipos de interés artificialmente bajos, suspensión de reglas fiscales, transferencias europeas, cláusulas de escape ante crisis, para evitar que el conflicto distributivo entre Estado y mercado, o entre generaciones, se manifieste abiertamente en el espacio democrático. Cada uno de estos instrumentos fue, en su momento, una respuesta razonable a una crisis concreta, financiera, sanitaria, energética. Pero su acumulación sucesiva ha producido un efecto colateral: ha permitido posponer durante más de una década la pregunta distributiva de fondo, sin resolverla.

El concepto de «ventana de oportunidad para la reforma», desarrollado en la literatura sobre economía política del ajuste estructural, resulta aquí especialmente útil. Las reformas de gasto profundas tienden a producirse únicamente bajo dos condiciones: o bien existe un margen de holgura fiscal suficiente para compensar a los perdedores de la reforma, lo que reduce su resistencia política, o bien la crisis es suficientemente severa como para que la alternativa de no reformar resulte visiblemente peor que reformar. España se encuentra, según el propio diagnóstico del supervisor, abandonando la primera condición, el margen de holgura se agota, sin haber llegado todavía, afortunadamente, a la segunda. Es precisamente en ese intervalo donde la calidad institucional de un país se pone a prueba: la capacidad de reformar antes de la crisis, cuando todavía existe margen para hacerlo de forma gradual y compensada, en lugar de después, cuando la reforma se impone desde fuera y sin margen de negociación social.

VI. Sociología del Estado de bienestar: legitimidad y contrato entre generaciones

Desde la sociología comparada, la tipología clásica de Gøsta Esping-Andersen permite situar el caso español dentro de un patrón reconocible: un régimen de bienestar de tradición mediterránea, caracterizado por una fuerte dependencia de las transferencias contributivas, pensiones, en particular y una provisión familiar relativamente intensa de los cuidados que en otros modelos asume directamente el Estado. Este diseño institucional tiene una consecuencia poco comentada en el debate puramente fiscal: hace que la legitimidad del sistema dependa en gran medida de la percepción de reciprocidad intergeneracional «yo cotizo ahora porque mis mayores cotizaron antes, y confío en que mis hijos cotizarán cuando yo sea mayor» más que de un cálculo actuarial individual. Cuando esa percepción de reciprocidad se debilita, ya sea por el deterioro de la ratio entre cotizantes y pensionistas, ya sea por la evidencia pública de que el sistema requiere inyecciones extraordinarias de financiación ajenas a las cotizaciones sociales, el riesgo no es solo actuarial sino de legitimidad política del propio contrato social.

Paul Pierson, en su análisis de la «nueva política» del Estado de bienestar, observó que los programas de gasto social maduros generan sus propias constituencies de defensa, lo que vuelve sus reformas estructuralmente distintas, y más difíciles, que su creación original. Aplicado al caso español, esto explica por qué el debate público tiende a polarizarse rápidamente entre quienes presentan cualquier ajuste como un «ataque al Estado del bienestar» y quienes lo presentan como una «inevitabilidad técnica», sin que ninguno de los dos marcos discursivos capture adecuadamente la naturaleza del problema: no se trata de desmantelar el modelo de bienestar español, sino de decidir, de forma explícita y mediante un procedimiento democrático suficientemente deliberativo, qué generación y qué grupo social asumirá el coste de su sostenibilidad en las próximas dos décadas.

VII. Justicia intergeneracional: los límites del principio del ahorro justo

John Rawls introdujo en su teoría de la justicia el llamado «principio del ahorro justo» (*just savings principle*) para abordar precisamente este tipo de dilema: cada generación tiene la obligación de transferir a la siguiente un conjunto de instituciones y de capital , físico, institucional y fiscal, que le permita, a su vez, sostener un esquema justo de cooperación social. Trasladado al debate fiscal español, este principio sugiere un criterio normativo claro, aunque difícil de operacionalizar: ni el inmovilismo que traslada toda la carga del envejecimiento a los trabajadores futuros mediante deuda creciente, ni un ajuste tan abrupto que comprometa el bienestar de los pensionistas actuales que ya organizaron sus expectativas vitales en torno al sistema vigente, son compatibles con una noción robusta de justicia entre generaciones.

La dificultad, como ha señalado la literatura crítica sobre la aplicación práctica de este principio, es que Rawls no ofrece una fórmula para determinar la tasa de ahorro intergeneracional óptima, sino únicamente el imperativo de que exista una deliberación pública genuina sobre ella. En el caso español, el déficit no es solo de recursos sino, antes que eso, de deliberación: el informe del Banco de España es revelador precisamente porque señala la ausencia de un marco explícito de financiación, no la ausencia de gasto. Dicho de otro modo, el problema normativo de fondo no es que España haya elegido mal entre impuestos, deuda y reforma del gasto, sino que todavía no ha completado, como comunidad política, el proceso deliberativo necesario para elegir conscientemente entre esas tres opciones y asumir sus costes de forma transparente.

VIII. Conclusión: previsión planificada o ajuste impuesto

El análisis precedente permite reformular la pregunta inicial. No se trata de si España necesitará un ajuste fiscal eso, como advierte el propio supervisor, es prácticamente inevitable dada la naturaleza estructural, y no coyuntural, de las presiones de gasto identificadas, sino de si ese ajuste se producirá mediante un procedimiento democrático deliberativo que distribuya sus costes de forma explícita y, en la medida de lo posible, justa entre generaciones y grupos sociales, o mediante la imposición externa de los mercados de deuda o de las instituciones europeas, en un momento en que el margen de negociación social ya se habrá agotado.

La paradoja institucional encarnada por la trayectoria de José Luis Escrivá no debe leerse como una anécdota biográfica, sino como un síntoma: el sistema político español ha sido más eficaz produciendo anuncios de sostenibilidad que produciendo sostenibilidad efectiva, porque los incentivos electorales premian sistemáticamente lo primero sobre lo segundo. Corregir esa asimetría no es un problema exclusivamente técnico de «mejores políticas públicas» sino institucional y, en última instancia, filosófico-político: exige fortalecer los mecanismos de compromiso creíble que permitan a una sociedad democrática comprometerse hoy con una distribución de cargas futuras que sus propios incentivos de corto plazo tienden, de otro modo, a eludir indefinidamente.

La historia económica, como recuerda la propia tradición que estudia las crisis de deuda soberana, enseña que los desequilibrios fiscales estructurales siempre se resuelven, tarde o temprano. La pregunta verdaderamente relevante y la que este ensayo ha querido situar en el centro del análisis no es técnica sino política: quién decide, cuándo decide y mediante qué grado de deliberación democrática se distribuye, finalmente, el coste de tres décadas de aplazamiento.


lunes, 15 de junio de 2026

Del Claustro al Garaje: una historia española de ascensores sociales...Off the Wall


 

Del Claustro al Garaje: una historia española de ascensores sociales

Hubo un tiempo en España en que para alcanzar la gloria académica había que atravesar silenciosos claustros universitarios, soportar tediosas oposiciones, publicar libros que nadie leía y discutir con profesores que sabían más latín que castellano. Era una época incómoda, ciertamente. Había que estudiar.

Pero los tiempos avanzan. España es una nación innovadora. Mientras otros países pierden el tiempo desarrollando inteligencia artificial o enviando cohetes al espacio, nosotros hemos perfeccionado una disciplina mucho más sofisticada: el acceso directo y la convocatoria de libre designación.

Por eso, la imagen que acompaña la noticia posee una extraordinaria potencia simbólica. Un vehículo entrando por el garaje de los juzgados mientras en el horizonte aún resuenan los ecos de los claustros universitarios. Es casi una alegoría nacional. Una metáfora de época. Una evolución arquitectónica del mérito.

Antes se accedía a la universidad por la puerta principal. Ahora parece que la actualidad se empeña en recordarnos que ciertos recorridos terminan desembocando en accesos subterráneos bastante menos académicos.

La historia resulta fascinante porque reúne todos los ingredientes de la gran novela española contemporánea: poder, influencia, cátedras, asesores, marcas registradas, dominios web, acusaciones judiciales, ruedas de prensa y una permanente sensación de que alguien ha mezclado un tratado universitario con el guion de una serie de Netflix.

El ciudadano medio contempla estos acontecimientos con la misma expresión con la que un pastor castellano observaría aterrizar un ovni en mitad de su rebaño. Sabe que algo está sucediendo, pero ignora completamente qué leyes de la física lo explican.

Porque conviene reconocer que el lenguaje utilizado en estos casos posee una extraordinaria capacidad narcótica. Se habla de tráfico de influencias, apropiaciones, medidas cautelares, derechos de explotación, dominios digitales y comparecencias quincenales. Todo ello produce en el contribuyente una agradable sensación de mareo administrativo.

Mientras tanto, los españoles continúan pagando impuestos con una admirable disciplina monástica. Son los auténticos monjes del sistema. Cada mes realizan su aportación económica con la esperanza de que algún día alguien les explique qué demonios está pasando.

Lo más admirable de nuestra vida pública es que siempre consigue superar a la ficción. Ningún novelista se habría atrevido a construir una trama donde las cátedras universitarias aparecen mezcladas con juzgados, marcas comerciales y acusaciones cruzadas. El editor habría devuelto el manuscrito con una nota lapidaria:

-       Demasiado inverosímil. El lector no se lo creerá.

Sin embargo, la realidad española posee una imaginación desbordante. Cada semana incorpora personajes secundarios, nuevos documentos, nuevas declaraciones y nuevas explicaciones que, lejos de aclarar el panorama, consiguen que la niebla sea cada vez más espesa.

Resulta particularmente enternecedor observar cómo cada bando interpreta los mismos hechos de manera radicalmente opuesta. Para unos estamos ante el mayor escándalo institucional desde la invención del sello de caucho. Para otros se trata de una persecución tan desmedida que pronto los jueces investigarán también a los gatos domésticos por conspiración felina.

Entre ambos extremos, el ciudadano sigue esperando noticias con la paciencia de quien aguarda el autobús en una parada donde jamás pasa ningún vehículo.

Y ahí aparece el verdadero símbolo de nuestra época: el garaje.

El garaje es la gran institución nacional. Todos entran por él. Políticos, empresarios, celebridades y personajes ilustres. La puerta principal ha quedado reservada para los turistas y los ingenuos.

La democracia española podría resumirse como un inmenso edificio donde las explicaciones se anuncian en la fachada mientras los protagonistas acceden discretamente por el sótano.

Quizá por eso la fotografía del coche entrando en los juzgados posee una fuerza literaria extraordinaria. Resume en una sola imagen el viaje de una época: del claustro al garaje.

Un trayecto muy español.

Porque en otros países las biografías suelen escribirse en bibliotecas. En España, con demasiada frecuencia, terminan redactándose en los aparcamientos.

Y eso, más que una casualidad, parece haberse convertido en una tradición nacional.




domingo, 14 de junio de 2026

De Babel al algoritmo: la política del temor tecnológico....Soltera

 


De Babel al algoritmo: la política del temor tecnológico

La decisión de las autoridades estadounidenses de limitar la difusión de los modelos Claude Fable 5 y Mythos 5 surge, según la noticia, de la constatación de que sistemas de inteligencia artificial particularmente avanzados podrían facilitar ciberataques de gran escala. El razonamiento gubernamental se inscribe en una lógica de seguridad nacional: cuando una tecnología adquiere la capacidad potencial de alterar significativamente el equilibrio del poder, los Estados buscan regularla, restringirla o monopolizarla.

Sin embargo, desde una perspectiva filosófica más amplia, esta medida puede interpretarse como la confirmación práctica de una intuición presente en la encíclica: el progreso técnico, cuando se convierte en criterio absoluto, termina generando riesgos que obligan a las propias sociedades que lo promovieron a contenerlo. La tecnología deja entonces de ser instrumento y comienza a convertirse en problema político.

La encíclica utiliza la imagen bíblica de la Torre de Babel para describir precisamente este fenómeno. Babel no representa únicamente la soberbia humana, sino la pretensión de construir un orden sustentado exclusivamente en la capacidad técnica y en la acumulación de poder. La inteligencia artificial contemporánea parece reproducir esta dinámica: cuanto mayor es su potencia, mayor es también la necesidad de establecer límites externos que impidan consecuencias indeseadas.

Paradójicamente, el mismo sistema tecnológico que prometía ampliar la libertad de acción humana termina exigiendo nuevas formas de restricción.

La emergencia de una nueva razón de Estado

La noticia revela además un aspecto particularmente significativo: la intervención directa de actores corporativos en la definición de políticas públicas. Según el informe, las advertencias procedieron de responsables de Amazon que alertaron sobre las capacidades potencialmente peligrosas del modelo.

Este hecho ilustra una transformación histórica profunda. Durante gran parte de la modernidad, los Estados monopolizaban los medios estratégicos de poder. En la era digital, las corporaciones tecnológicas participan activamente en la producción de capacidades que afectan la seguridad nacional, la economía y la estabilidad internacional.

La encíclica advierte precisamente sobre la relación entre tecnología y poder. Su preocupación no se dirige exclusivamente a la máquina, sino al entramado de intereses humanos que la rodea. La cuestión central no es si la inteligencia artificial puede realizar determinadas acciones, sino quién decide sus fines, quién controla sus aplicaciones y bajo qué principios éticos se ejerce ese control.

La restricción impuesta por Washington constituye así una manifestación contemporánea de una nueva razón de Estado tecnológica: el reconocimiento de que ciertos desarrollos algorítmicos poseen un carácter estratégico comparable al que en otros tiempos tuvieron la energía nuclear, las telecomunicaciones o la criptografía militar.

La verdad y la incertidumbre tecnológica

Uno de los ejes fundamentales de la encíclica es la defensa de la verdad en una época marcada por la manipulación de la información. Resulta revelador que las restricciones a Anthropic no hayan sido motivadas por daños efectivamente producidos, sino por la posibilidad de daños futuros.

Nos encontramos ante una política basada en la gestión de riesgos probabilísticos. La inteligencia artificial avanzada introduce un escenario inédito: tecnologías cuyo impacto potencial supera ampliamente la capacidad humana para prever todas sus consecuencias.

La incertidumbre se convierte así en un problema político central.

En este contexto, la llamada de la encíclica a cultivar el discernimiento adquiere una relevancia singular. El discernimiento no implica rechazo de la innovación, sino evaluación prudente de sus efectos. Frente a la fascinación tecnológica y frente al tecnopesimismo absoluto, propone una posición intermedia basada en la responsabilidad moral.

La decisión estadounidense parece reflejar precisamente esta tensión: la innovación continúa siendo valorada, pero se considera necesario limitar temporalmente su difusión cuando los riesgos superan el grado aceptable de incertidumbre.

La automatización del poder y la cuestión de la guerra

Quizás el punto de convergencia más profundo entre ambos textos aparece en la cuestión del conflicto.

La encíclica señala que la inteligencia artificial está modificando radicalmente la naturaleza de la guerra al facilitar procesos de automatización e impersonalización de decisiones tradicionalmente humanas. El documento insiste en que ninguna máquina debe asumir responsabilidades morales que corresponden a las personas.

La noticia sobre Anthropic introduce una preocupación análoga, aunque formulada en términos de ciberseguridad. Los ciberataques potenciados por inteligencia artificial constituyen una forma emergente de confrontación donde la distancia entre la acción y sus consecuencias se amplía considerablemente.

El agresor puede encontrarse a miles de kilómetros de la víctima; el algoritmo puede ejecutar operaciones complejas sin supervisión constante; los daños pueden afectar infraestructuras críticas de poblaciones enteras.

Nos acercamos así a una forma de conflicto crecientemente abstracta y automatizada.

La advertencia de la encíclica resulta aquí particularmente pertinente: cuanto más se separan las decisiones de sus consecuencias humanas concretas, mayor es el riesgo de que la eficacia sustituya al juicio moral.

Jerusalén frente a Babel: dos modelos de civilización

En última instancia, ambas noticias expresan dos respuestas distintas ante una misma pregunta histórica.

La primera responde desde la lógica del poder: ante una tecnología potencialmente peligrosa, la solución consiste en restringir su acceso y reforzar mecanismos de control.

La segunda responde desde la lógica de la civilización: ante la misma tecnología, la cuestión decisiva consiste en determinar qué concepción del ser humano orientará su desarrollo.

La diferencia es fundamental.

La política puede limitar riesgos inmediatos; la ética intenta comprender las causas profundas que los generan.

Por ello, la restricción de los modelos de Anthropic puede interpretarse como una consecuencia indirecta de aquello que la encíclica describe mediante el símbolo de Babel. Cuando una sociedad deposita una confianza creciente en la expansión ilimitada de sus capacidades técnicas, acaba enfrentándose a la necesidad de contener los efectos de esa misma expansión.

La paradoja es evidente: cuanto más poderosa se vuelve la tecnología, más urgente resulta la recuperación de criterios no tecnológicos para gobernarla.

La encíclica propone que esos criterios procedan de la dignidad humana, la solidaridad, la justicia y el bien común. La noticia estadounidense, por su parte, muestra que incluso las potencias más comprometidas con la innovación tecnológica han comenzado a reconocer que el desarrollo de la inteligencia artificial no puede quedar exclusivamente en manos de la lógica del mercado ni de la mera competencia estratégica.

Así, la restricción de Fable 5 y Mythos 5 aparece como algo más que una medida administrativa. Puede leerse como un síntoma histórico de una transición más amplia: el paso desde la euforia tecnológica de los primeros años de la inteligencia artificial hacia una etapa de gobernanza, vigilancia y reflexión ética. En términos simbólicos, es el momento en que los constructores de Babel descubren que la altura de la torre exige preguntarse nuevamente por los fundamentos de la ciudad que desean edificar.


Biolaboratorios, poder y salud global: la nueva geopolítica de los patógenos...Mayores

 


Biolaboratorios, poder y salud global: la nueva geopolítica de los patógenos

Las grandes transformaciones de la historia han demostrado que la salud nunca ha sido únicamente una cuestión médica. Las epidemias han alterado imperios, redefinido fronteras y condicionado decisiones políticas de alcance global. En el siglo XXI, esta realidad adquiere una dimensión inédita debido al extraordinario desarrollo de la biotecnología, la investigación microbiológica y las redes internacionales de vigilancia epidemiológica. El reciente debate suscitado por la divulgación de información sobre laboratorios biológicos financiados por Estados Unidos en Ucrania constituye un ejemplo paradigmático de cómo la salud pública ha pasado a formar parte de la arquitectura estratégica de las naciones.

Las declaraciones realizadas por la Directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Tulsi Gabbard, acerca de la existencia de más de cuarenta instalaciones biológicas en territorio ucraniano han reavivado una discusión que trasciende el ámbito científico. Lo que está en juego no es solamente la investigación de microorganismos potencialmente peligrosos, sino la creciente intersección entre ciencia, seguridad nacional y relaciones internacionales.

En un mundo globalizado, donde las enfermedades emergentes pueden propagarse entre continentes en cuestión de días, los laboratorios de alta seguridad cumplen una función indispensable. Su labor incluye la vigilancia de patógenos, el desarrollo de diagnósticos, la investigación de vacunas y la preparación frente a futuras pandemias. Sin embargo, cuando estas instalaciones se encuentran en regiones afectadas por conflictos militares o tensiones geopolíticas, surgen interrogantes legítimos acerca de los riesgos asociados a su operación.

La preocupación expresada por las autoridades estadounidenses respecto a la posibilidad de que determinados materiales biológicos sean capturados, dañados o utilizados indebidamente en el contexto de la guerra entre Rusia y Ucrania revela una nueva dimensión de la seguridad internacional. Durante gran parte del siglo XX, los recursos estratégicos eran el petróleo, los minerales o la capacidad industrial. Hoy, el conocimiento biológico, las bases de datos genéticas y los bancos de patógenos forman parte de los activos más sensibles de cualquier nación.

Particularmente relevante resulta la referencia a investigaciones relacionadas con microorganismos capaces de provocar enfermedades de elevada letalidad o impacto epidemiológico, entre ellos el ántrax, la tularemia, el virus de Marburgo, el ébola y diversos coronavirus. El estudio de estos agentes constituye una necesidad científica indiscutible para la prevención de futuras crisis sanitarias. No obstante, la presencia de tales materiales en entornos sometidos a inestabilidad política y militar incrementa inevitablemente la percepción de riesgo.

La controversia se amplifica cuando aparecen menciones a investigaciones de "ganancia de función" (gain-of-function), una de las áreas más debatidas de la biología contemporánea. Este tipo de estudios busca comprender cómo los microorganismos podrían evolucionar para aumentar su transmisibilidad o virulencia, permitiendo desarrollar estrategias preventivas antes de que dichas mutaciones ocurran de manera natural. Sus defensores sostienen que representan una herramienta esencial para anticipar futuras pandemias; sus críticos advierten que cualquier accidente podría tener consecuencias imprevisibles para la humanidad.

Más allá de las posiciones ideológicas, la cuestión fundamental gira en torno a la transparencia. La confianza pública en las instituciones científicas depende de que la ciudadanía perciba que existen mecanismos eficaces de supervisión, control y rendición de cuentas. Cuando las investigaciones se desarrollan bajo condiciones de secretismo o insuficiente comunicación pública, las sospechas proliferan y la credibilidad institucional se erosiona.

El caso también pone de manifiesto las limitaciones del sistema internacional de control biológico. La Convención sobre Armas Biológicas y Toxínicas, vigente desde 1975, prohíbe el desarrollo y almacenamiento de armas biológicas. Sin embargo, la ausencia de mecanismos de verificación comparables a los existentes en el ámbito nuclear ha dificultado históricamente la construcción de consensos internacionales sobre el alcance real de determinadas investigaciones.

Esta situación refleja una paradoja característica de nuestro tiempo. Los avances científicos que pueden salvar millones de vidas son, al mismo tiempo, aquellos que generan mayores inquietudes cuando se desarrollan en contextos de rivalidad estratégica. La misma tecnología capaz de identificar una amenaza epidémica antes de que se propague también puede ser percibida como una potencial herramienta de confrontación geopolítica.

Nos encontramos así ante una nueva etapa de la historia internacional: la era de la geopolítica de la salud global. En ella, los laboratorios, los centros de investigación y las capacidades biotecnológicas adquieren una importancia comparable a la que tuvieron en otras épocas las bases militares o los arsenales estratégicos. La competencia entre potencias ya no se desarrolla únicamente en los campos económico, energético o militar; también se libra en el terreno del conocimiento biológico.

La principal lección que emerge de esta controversia es que la seguridad sanitaria mundial no puede construirse sobre la desconfianza mutua. Las amenazas biológicas son, por naturaleza, transnacionales. Los virus ignoran fronteras, ideologías y alianzas políticas. Por ello, la única respuesta sostenible consiste en fortalecer la cooperación científica internacional, mejorar los mecanismos de transparencia y promover sistemas de supervisión que generen confianza entre Estados y ciudadanos.

La salud global se ha convertido en uno de los principales escenarios de poder del siglo XXI. Comprender esta realidad exige abandonar las visiones exclusivamente médicas o exclusivamente políticas. La protección de la humanidad frente a futuras amenazas biológicas dependerá de la capacidad de integrar ciencia, ética, diplomacia y seguridad en un marco común de responsabilidad compartida. El desafío no consiste únicamente en controlar los patógenos, sino en garantizar que el conocimiento destinado a proteger la vida no se convierta, por acción u omisión, en una fuente adicional de incertidumbre para el mundo.


sábado, 13 de junio de 2026

La nueva arquitectura migratoria europea....Cha Cha Cha

 


LA NUEVA ARQUITECTURA MIGRATORIA EUROPEA: SEGURIDAD, SOBERANÍA Y ESTABILIDAD EN EL HORIZONTE DEL SIGLO XXI

Introducción

La aprobación y entrada en vigor del nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo constituye uno de los acontecimientos políticos más relevantes de la Unión Europea desde la crisis migratoria de 2015. No se trata simplemente de una reforma administrativa ni de una actualización normativa; representa un cambio de paradigma en la concepción misma de las fronteras, de la soberanía compartida y de la seguridad continental.

Durante décadas, Europa construyó su identidad política sobre tres pilares fundamentales: la apertura económica, la protección de los derechos humanos y la libre circulación. Sin embargo, la acumulación de crisis sucesivas, financiera, sanitaria, energética, geopolítica y migratoria, ha obligado a las instituciones europeas a reconsiderar algunos de sus principios operativos. La migración masiva se ha convertido en uno de los factores más determinantes para la evolución política del continente, generando tensiones sociales, desafíos de integración y profundas transformaciones electorales.

La reforma aprobada por Bruselas debe interpretarse, por tanto, como la respuesta institucional a una realidad que durante años desbordó los mecanismos tradicionales de gestión.

Estos son los elementos principales de la reforma.

En primer lugar, el control obligatorio de los nacionales de terceros países en las fronteras exteriores y la recopilación o verificación de datos biométricos. Mediante una base de datos de huellas dactilares Eurodac unificada y actualizada, los países podrán identificar solicitudes duplicadas y combatir el movimiento ilegal de solicitantes dentro de la UE.

En segundo lugar, los procedimientos de asilo y deportación serán más rápidos y rigurosos. Quienes no reúnan los requisitos para recibir protección humanitaria ya no tendrán que esperar años recibiendo prestaciones para que se les deniegue la solicitud; algunas solicitudes se tramitarán incluso antes de entrar en la UE.

En tercer lugar, los países de la UE acordaron prestarse asistencia mutua en materia de reubicación de refugiados, apoyo financiero y operativo. Anteriormente, la responsabilidad principal de un migrante recaía en el país que primero aceptaba su solicitud de asilo.

El fracaso del modelo posterior a 2015

La crisis migratoria de 2015 puso de manifiesto las debilidades estructurales del sistema europeo de asilo. Más de un millón de solicitudes en un solo año demostraron que las reglas existentes habían sido diseñadas para gestionar flujos normales y no movimientos masivos de población provocados por guerras, colapsos estatales y desigualdades económicas persistentes.

El denominado Sistema de Dublín, que atribuía la responsabilidad principal al país de primera entrada, provocó una carga desproporcionada sobre los Estados fronterizos del Mediterráneo. Italia, Grecia, Malta y posteriormente España se convirtieron en la primera línea de una presión migratoria que afectaba a toda Europa.

La consecuencia fue una creciente fractura política entre los países receptores y los Estados del norte y del este del continente. Mientras unos reclamaban solidaridad, otros exigían mayores controles y restricciones.

La década posterior confirmó que la cuestión migratoria ya no era únicamente un problema humanitario ni una cuestión de gestión administrativa. Se había transformado en un asunto central de seguridad nacional, cohesión social y estabilidad política.

La securitización de la migración

Uno de los conceptos más relevantes para comprender la evolución europea es el de "securitización". En términos académicos, significa la transformación de un fenómeno social o político en un asunto de seguridad.

La migración ha seguido exactamente ese recorrido.

El nuevo pacto europeo introduce procedimientos acelerados de asilo, controles biométricos obligatorios, ampliación de bases de datos comunes, mecanismos de retorno más rápidos y una creciente externalización de la gestión migratoria hacia terceros países.

Estas medidas reflejan una realidad política incontestable: las sociedades europeas demandan mayor capacidad de control sobre quién entra, quién permanece y quién debe abandonar el territorio comunitario.

Desde la perspectiva de los gobiernos, la legitimidad democrática exige responder a esas preocupaciones. La seguridad fronteriza ya no se considera incompatible con la protección de los derechos fundamentales, sino un requisito previo para garantizar la sostenibilidad de dichos derechos.

La dimensión geopolítica de las migraciones

La inmigración irregular ha dejado de ser únicamente un fenómeno demográfico para convertirse en un instrumento de presión geopolítica.

Diversos actores estatales han comprendido que los movimientos masivos de población pueden generar inestabilidad política en las democracias occidentales. Las crisis fronterizas registradas en el Mediterráneo oriental, en la frontera polaca con Bielorrusia o en diversas rutas africanas han demostrado que los flujos migratorios pueden ser utilizados como herramientas de influencia estratégica.

En consecuencia, la Unión Europea comienza a integrar la política migratoria dentro de una visión más amplia de seguridad continental.

La protección de fronteras, la cooperación con países de tránsito, los acuerdos de readmisión y la creación de centros externos de procesamiento responden a esta nueva lógica estratégica.

Europa ya no contempla la migración exclusivamente desde la óptica humanitaria; la observa también desde la perspectiva de la resiliencia institucional y la seguridad colectiva.

El ascenso de las fuerzas soberanistas

La transformación de la política migratoria europea no puede entenderse sin analizar el impacto electoral de la inmigración en los Estados miembros.

Durante la última década, partidos conservadores, soberanistas y nacionalistas han incrementado significativamente su influencia en numerosos países europeos. Aunque existen diferencias importantes entre ellos, comparten una percepción común: las instituciones europeas reaccionaron tarde y de forma insuficiente ante la crisis migratoria.

La presión política ejercida por estas fuerzas ha obligado incluso a gobiernos tradicionalmente centristas o socialdemócratas a endurecer sus posiciones.

La reforma actual refleja precisamente ese desplazamiento del centro de gravedad político europeo hacia posiciones más favorables al control fronterizo y a la regulación estricta de los flujos migratorios.

No se trata necesariamente de un triunfo ideológico de la derecha europea, sino de la constatación de que una parte significativa de la ciudadanía considera la inmigración un asunto prioritario.

El futuro: la Europa de las fronteras inteligentes

Durante los próximos diez años es previsible que la Unión Europea profundice en cinco tendencias principales.

La primera será la digitalización integral del control migratorio mediante inteligencia artificial, sistemas biométricos avanzados y análisis predictivo de movimientos poblacionales.

La segunda consistirá en la externalización progresiva de determinados procesos de asilo y retorno hacia países asociados fuera del territorio comunitario.

La tercera será el fortalecimiento de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex), que evolucionará hacia una estructura cada vez más cercana a una auténtica fuerza europea de control fronterizo.

La cuarta tendencia será una diferenciación creciente entre inmigración legal e inmigración irregular. Europa seguirá necesitando trabajadores extranjeros debido al envejecimiento demográfico, pero intentará seleccionar los perfiles requeridos mediante sistemas de admisión regulada.

La quinta será la vinculación creciente entre migración, seguridad y política exterior, integrando estos ámbitos en una estrategia única.

Conclusión

La entrada en vigor del nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo marca el final de una etapa histórica iniciada tras la caída del Muro de Berlín y la consolidación del espacio Schengen.

Europa parece haber llegado a la conclusión de que la defensa de una sociedad abierta requiere, paradójicamente, una capacidad mucho mayor de control sobre sus fronteras. El debate ya no gira en torno a si debe existir una política migratoria común, sino sobre el grado de firmeza con el que debe aplicarse.

Nos encontramos ante una transformación profunda de la construcción europea. La cuestión migratoria ha dejado de ser un asunto periférico para convertirse en uno de los elementos centrales de la seguridad continental, la estabilidad democrática y la preservación del proyecto europeo.

El próximo decenio determinará si esta nueva arquitectura consigue equilibrar tres objetivos que históricamente han resultado difíciles de conciliar: la seguridad, la solidaridad y la soberanía. El éxito o fracaso de ese equilibrio condicionará buena parte del futuro político de Europa en la primera mitad del siglo XXI.


miércoles, 10 de junio de 2026

Soberanía capturada


 SOBERANÍA CAPTURADA

Antecedentes:

¿Cómo consiguen la nacionalidad sin pisar España?

Jurídicamente, el mecanismo es sencillo:

  1. El solicitante acredita que es descendiente de una persona española comprendida en los supuestos de la Ley 20/2022.
  2. Presenta toda la documentación en el consulado español de su país de residencia.
  3. El expediente se tramita íntegramente fuera de España.
  4. Una vez aprobada la solicitud, se practica la inscripción en el Registro Civil Consular.
  5. Desde ese momento adquiere la nacionalidad española de origen o por opción, según el supuesto aplicable.
  6. Obtiene pasaporte español.
  7. Queda inscrito en el CERA y puede votar desde el extranjero.

Por tanto, no existe obligación de residir en España ni antes ni después de adquirir la nacionalidad, ni tampoco existe una obligación general de permanecer un tiempo mínimo en territorio español para conservarla en estos supuestos.

La paradoja:

¿Para quién gobierna, exactamente, un gobierno elegido por quienes no viven bajo ese gobierno?


SOBERANÍA CAPTURADA

"El poder que no rinde cuentas a quienes sobre los que se ejerce

es, por definición, poder sin legitimidad."

— Robert Dahl, Democracy and Its Critics (1989)

1. Introducción: el poder frente al ciudadano y la pregunta que nadie formula

En el año 2022, el Gobierno de España promulgó la Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática. La norma, presentada públicamente como un acto de reparación histórica hacia las víctimas del franquismo y sus descendientes, introdujo, en su Disposición Adicional Octava, uno de los mecanismos de expansión de la nacionalidad más ambiciosos, y más silenciosos, de la historia constitucional española contemporánea.

El presente ensayo no niega la legitimidad del propósito reparador en abstracto. La reparación a quienes sufrieron el exilio forzado, la represión política y la violencia institucional del régimen franquista tiene un fundamento moral indiscutible. Sin embargo, el filósofo y el jurista tienen la obligación de ir más allá del enunciado de la norma y examinar sus consecuencias reales. Y las consecuencias de la Ley 20/2022, en materia de nacionalidad y sufragio, plantean preguntas fundamentales que el poder político ha preferido no responder.

¿Puede el legislador ampliar indefinidamente el cuerpo electoral sin exigir ningún vínculo efectivo entre el nuevo ciudadano y la comunidad política que va a gobernar con su voto? ¿Es legítimo, desde la teoría democrática, que personas que nunca han residido en España, que no tributan en España, que no utilizan sus servicios públicos y que en muchos casos pertenecen a generaciones muy alejadas del antepasado español originario, participen en la elección de las instituciones que determinan las condiciones de vida de quienes sí viven, trabajan y mueren en territorio español?

La respuesta del poder ha sido el silencio. El presente ensayo intenta romper ese silencio con el único instrumento legítimo disponible: el análisis riguroso del Derecho y de los principios que lo sustentan.

2. El marco constitucional: amplitud formal y vacío material

El artículo 11.1 de la Constitución Española de 1978 dispone que "la nacionalidad española se adquiere, se conserva y se pierde de acuerdo con lo establecido por la ley". La Constitución, por tanto, delega íntegramente en el legislador ordinario la configuración del estatuto de la nacionalidad.

Esta opción del constituyente, técnicamente denominada "remisión legal abierta", otorga al Parlamento un margen de configuración extraordinariamente amplio. El Tribunal Constitucional lo ha reconocido de forma reiterada, señalando que la determinación de quiénes son nacionales españoles pertenece al ámbito de la libre disposición legislativa, con el único límite de los derechos fundamentales y los principios constitucionales generales.

Sin embargo, conviene recordar que el artículo 9.3 CE establece la interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos, incluido el legislador. Y el artículo 14 CE garantiza el principio de igualdad. La pregunta constitucional relevante no es si el legislador puede ampliar la nacionalidad, puede hacerlo, sino si puede hacerlo de cualquier manera, con cualquier propósito y mediante cualquier criterio, sin que ello sea susceptible de control jurídico alguno.

La respuesta correcta, desde la doctrina constitucional más sólida, es negativa. El Tribunal Constitucional ha señalado en reiteradas ocasiones, entre otras, en la STC 55/1996, de 28 de marzo, que incluso el legislador está sometido al principio de proporcionalidad y a la prohibición de arbitrariedad. Una ley cuyo contenido no guarde relación razonable con su finalidad declarada puede ser inconstitucional, no por exceder competencias formales, sino por vulnerar los principios materiales del Estado de Derecho.

3. El principio de vinculación efectiva en el derecho internacional y comparado

Desde la célebre sentencia del Tribunal Internacional de Justicia en el asunto Nottebohm, de 6 de abril de 1955, el Derecho Internacional ha reconocido que la nacionalidad no es un mero título documental, sino la expresión jurídica de una conexión real entre la persona y el Estado. La Corte declaró entonces:

"La nacionalidad es un vínculo jurídico que tiene por fundamento un hecho social de relación; una solidaridad efectiva de existencia, de intereses, de sentimientos, junto a una reciprocidad de derechos y deberes."

Este principio, denominado en la doctrina internacional como genuine link o vínculo genuino, fue posteriormente desarrollado en el asunto de la Barcelona Traction (CIJ, 1970) y consolidado como criterio general en el Derecho Internacional de los derechos humanos.

Desde una perspectiva de Derecho comparado europeo, la tensión entre el modelo genealógico y el modelo residencial de la ciudadanía ha generado intensos debates legislativos en Italia, Hungría, Rumanía y Croacia. Todos estos países han afrontado críticas similares a las que aquí se analizan respecto de España: la conversión del parentesco en sustituto de la pertenencia efectiva a una comunidad política.

En el ámbito del Consejo de Europa, el Convenio Europeo sobre la Nacionalidad de 1997 (ETS núm. 166), suscrito por España, establece en su artículo 6 que los Estados Partes deben facilitar la adquisición de la nacionalidad a las personas "que tengan vínculos genuinos" con el Estado. La ausencia de cualquier requisito de vinculación efectiva en la Ley 20/2022 coloca a España en una posición doctrinal incómoda frente al estándar europeo, aunque no formalmente incumplidora dado el margen de apreciación estatal reconocido.

4. La ciudadanía sin comunidad: un problema de filosofía política

La teoría democrática clásica, desde Rousseau hasta la formulación contemporánea de John Rawls en "Teoría de la Justicia" (1971), parte de un presupuesto irrenunciable: la legitimidad del gobierno democrático descansa en el consentimiento de quienes están sometidos a sus decisiones. El demos, el pueblo que se autogobierna,  está integrado por quienes comparten un destino político común.

Jürgen Habermas, en su teoría de la democracia deliberativa desarrollada en "Facticidad y Validez" (1992), identifica como presupuesto de la legitimación democrática la existencia de una esfera pública en la que los ciudadanos puedan deliberar sobre los asuntos comunes. Esa deliberación presupone una vinculación con las consecuencias de las decisiones adoptadas.

La Ley 20/2022 genera, en su aplicación más extrema, la figura de lo que podría denominarse el ciudadano espectral: una persona que posee formalmente todos los derechos políticos de un nacional español, incluido el sufragio activo en elecciones generales, pero que no está sometida a ninguna de las consecuencias de las políticas que ayuda a elegir. No paga los impuestos que financian esas políticas. No utiliza los servicios sanitarios, educativos o de bienestar social que esas políticas configuran. No sufre el desempleo derivado de las decisiones económicas del gobierno que contribuyó a elegir.

Este fenómeno tiene un nombre en la teoría política contemporánea: asimetría entre derechos y responsabilidades. Y esa asimetría es incompatible, en su versión más aguda, con los fundamentos del Estado democrático de Derecho tal como fue concebido por la tradición constitucional liberal occidental.

El politólogo David Miller, en "Strangers in Our Midst" (2016), ha analizado con precisión los problemas que genera la extensión ilimitada de la ciudadanía más allá de las fronteras de la comunidad política efectiva. Su conclusión es que la ciudadanía tiene que ir acompañada de lo que denomina "responsabilidad cívica compartida", entendida como el compromiso con las consecuencias colectivas de las decisiones políticas comunes. Sin ese compromiso, la ciudadanía se convierte en una categoría vacía de contenido democrático.

5. El voto cera y el problema de la representación distorsionada

El Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) no es una creación de la Ley 20/2022. Existe desde hace décadas y sus efectos electorales han sido objeto de análisis académico riguroso. Lo que la nueva norma ha alterado es la escala del fenómeno.

Las elecciones generales del 23 de julio de 2023 pusieron de manifiesto la relevancia cuantitativa del voto exterior: como ha señalado la doctrina académica más reciente, entre otros, Álvarez Vélez y Corres-Illera en la Revista de Derecho Político (2024), la proclamación de resultados por la Junta Electoral Central alteró el último escaño por Madrid como consecuencia del escrutinio del voto CERA, lo que suscitó recursos ante el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional.

Este hecho, la capacidad del voto exterior para determinar la composición del Parlamento, no es en sí mismo inconstitucional. Pero obliga a plantear una pregunta que la clase política prefiere eludir: ¿cuántos nuevos ciudadanos incorporados por la vía de la Ley 20/2022, personas sin ninguna vinculación actual con España. pueden alterar de forma determinante el resultado de unas elecciones generales y, con ello, la política interior del país?

La respuesta cuantitativa no es baladí. Las estimaciones más conservadoras hablan de cientos de miles de nuevos nacionales potenciales por vía de la Disposición Adicional Octava, en su mayoría residentes en Argentina, México, Cuba, Colombia y Chile. Si una fracción significativa de ellos se inscribe en el CERA y ejerce el sufragio, el impacto sobre la representación parlamentaria puede ser sustancial.

El principio de igualdad del sufragio, recogido en el artículo 68.1 CE, exige que el voto de cada ciudadano tenga un valor equivalente. Pero la cuestión filosófica y jurídica más profunda no es si todos los votos valen igual formalmente, sino si todos los votantes tienen una vinculación comparable con las consecuencias de su decisión. Cuando la respuesta es negativa, se produce lo que la doctrina anglosajona denomina vote dilution: no en el sentido técnico de la jurisprudencia de la Equal Protection Clause estadounidense, pero sí en el sentido material de una dilución del peso relativo del voto de quienes están efectivamente sometidos al poder que se elige.

6. La desviación de poder legislativa: el problema de la finalidad oculta

El Derecho Administrativo español conoce la figura del desvío de poder desde hace décadas. El artículo 48 de la Ley 39/2015, de Procedimiento Administrativo Común, y la jurisprudencia del Tribunal Supremo la han definido como el ejercicio de potestades públicas para una finalidad distinta de la que justifica su atribución legal.

La cuestión es si esta categoría puede trasladarse, con las cautelas metodológicas pertinentes, al ámbito de la legislación parlamentaria. La doctrina más autorizada ha desarrollado el concepto de "desvío de poder legislativo" para referirse a aquellos casos en que el legislador utiliza una competencia formalmente válida para perseguir una finalidad sustantivamente diferente de la declarada. El Tribunal Constitucional alemán (Bundesverfassungsgericht) ha aplicado esta doctrina en varios precedentes relevantes; el español lo ha hecho con mayor timidez, pero no ha rechazado expresamente la figura.

En el caso de la Ley 20/2022, la pregunta pertinente es la siguiente: ¿la Disposición Adicional Octava persigue exclusivamente una finalidad reparadora de injusticias históricas, o incorpora también, quizás de forma determinante, una finalidad de ingeniería electoral orientada a ampliar la base de votantes potencialmente favorables al partido gubernamental?

La respuesta honesta es que no puede saberse con certeza. Las motivaciones del legislador son raramente transparentes. Pero la función del jurista no es adivinar las intenciones sino examinar las consecuencias objetivamente previsibles. Y entre las consecuencias objetivamente previsibles de la Ley 20/2022 se encuentra la incorporación masiva al CERA de personas cuya vinculación con España es genealógica pero no efectiva, procedentes en su gran mayoría de países latinoamericanos con tradición política históricamente afín a la izquierda.

Esto no prueba el desvío de poder. Pero genera una sospecha razonable que el legislador tenía la obligación de disipar mediante una justificación explícita y rigurosa de la proporcionalidad de la medida. Esa justificación no se proporcionó.

7. Jurisprudencia relevante y sus límites

7.1. El Tribunal Constitucional Español

La jurisprudencia del Tribunal Constitucional sobre nacionalidad y sufragio parte de premisas formales que dificultan el control material de normas como la analizada. En la STC 107/1984, de 23 de noviembre, el Alto Tribunal estableció que el derecho de sufragio activo corresponde a los ciudadanos españoles, sin más condición que la inscripción en el censo. La adquisición válida de la nacionalidad activa automáticamente todos los derechos políticos del artículo 23 CE.

La STC 51/1984, de 25 de abril, y la posterior STC 153/2014 han confirmado que el legislador dispone de una amplia libertad de configuración en materia de nacionalidad, solo limitada por los principios generales constitucionales. El Tribunal no ha desarrollado, hasta la fecha, una doctrina de la vinculación efectiva como requisito constitucional de la ciudadanía política.

Sin embargo, la STC 96/1996, de 30 de mayo, y la STC 13/2009, de 19 de enero, ofrecen elementos de juicio relevantes: el Tribunal ha señalado que el principio de proporcionalidad es aplicable al legislador y que las normas deben guardar una relación razonable entre medios y fines. Una eventual impugnación fundada en la inadecuación entre la finalidad reparadora declarada y el alcance masivo de la norma tendría que articularse precisamente sobre estos fundamentos.

7.2. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos

El artículo 3 del Protocolo Adicional núm. 1 al CEDH garantiza el derecho a elecciones libres. El TEDH ha admitido en su jurisprudencia, desde Mathieu-Mohin y Clerfayt c. Bélgica (1987) hasta Hirst c. Reino Unido (2005), que los Estados tienen un margen de apreciación amplio en la configuración del derecho de sufragio, pero que ese margen tiene límites derivados del principio de libre expresión de la opinión del pueblo.

La cuestión de si la incorporación masiva al censo de ciudadanos sin vinculación efectiva vulnera el derecho a elecciones genuinamente representativas no ha sido aún examinada por el TEDH. Sería un campo de litigación novedoso y de resultado incierto, pero no a priori inviable.

7.3. El Derecho Internacional: El Asunto Nottebohm y Sus Proyecciones

Como se ha señalado supra, el asunto Nottebohm (CIJ, 1955) estableció el principio de vinculación efectiva como criterio de validez de la nacionalidad en el plano internacional. Aunque este principio se formuló en el contexto de la protección diplomática, y no del sufragio, su traslación doctrinal al ámbito de la ciudadanía democrática ha sido explorada por autores como Benhabib ("The Rights of Others", 2004) y Bauböck ("Stakeholder Citizenship", 2007).

La tesis de Bauböck es especialmente relevante: la legitimidad de la ciudadanía política requiere que el ciudadano sea un stakeholder, es decir, alguien con intereses sustanciales en el futuro de la comunidad política. La ciudadanía genealógica sin residencia no cumple este requisito de stakeholdership cuando el vínculo con el antepasado español se remonta a varias generaciones.

8. Las vías de impugnación jurídica: posibilidades y límites

El texto sometido a análisis doctrinal señala con corrección que la vía de impugnación directa de la Ley 20/2022 ante el Tribunal Constitucional tiene probabilidades limitadas de prosperar. El amplio margen de configuración legislativa en materia de nacionalidad hace difícil sostener una inconstitucionalidad formal directa.

Sin embargo, existen al menos cuatro vías jurídicas de control que merecen exploración rigurosa:

Primera: La impugnación de la Instrucción de 25 de octubre de 2022 de la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública, que amplió interpretativamente el alcance de la Disposición Adicional Octava más allá de sus términos literales. Esta instrucción, en cuanto acto administrativo de interpretación normativa, está sometida al control de la jurisdicción contencioso-administrativa. El Tribunal Supremo ha admitido recurrir instrucciones administrativas cuando su contenido excede del mandato legal que las habilita.

Segunda: El recurso contencioso-administrativo contra resoluciones consulares que hayan concedido la nacionalidad en supuestos manifiestamente alejados del exilio político originario que justificó la norma. La cadena probatoria de quienes alegan un exilio de tres o cuatro generaciones puede ser objeto de control jurisdiccional riguroso.

Tercera: La cuestión de inconstitucionalidad planteada por un órgano jurisdiccional que deba aplicar la norma en un caso concreto. Si un tribunal contencioso-administrativo aprecia que la Disposición Adicional Octava vulnera el principio de proporcionalidad o incurre en desvío de poder legislativo, puede plantear la cuestión ante el Tribunal Constitucional.

Cuarta: La vía de la reforma legislativa. A largo plazo, la vía más sólida, como señala el propio análisis doctrinal de base, es la reforma de los criterios de adquisición de la nacionalidad para exigir alguna forma de vinculación efectiva actualizada: residencia temporal mínima, conocimiento acreditado de la realidad española, o algún otro criterio objetivo que preserve el elemento de pertenencia a la comunidad política.

9. El desafío filosófico: la democracia como autogobierno colectivo

Más allá del análisis técnico-jurídico, el problema que plantea la Ley 20/2022 en su dimensión más amplia es un problema de filosofía política fundamental: ¿qué es la democracia y quién constituye el demos que se autogobierna?

La respuesta de la tradición constitucional liberal, de Locke a Kelsen, de Rousseau a Habermas, es coherente: el demos está integrado por quienes comparten un proyecto político común y están sometidos a sus consecuencias. La ciudadanía es, en esta tradición, la forma jurídica de una pertenencia política efectiva.

Cuando el poder político utiliza la legislación para ampliar artificialmente ese demos mediante criterios genealógicos desconectados de la vinculación efectiva, no está ejerciendo una competencia democrática: está distorsionando el instrumento mismo de la democracia. Está manipulando el demos para garantizarse una mayoría. Está, en suma, capturando la soberanía.

El filósofo alemán Ernst-Wolfgang Böckenförde, en sus "Estudios sobre el Estado de Derecho y la Democracia" (1991), advirtió que el Estado democrático vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar: la autenticidad del proceso político, la integridad del cuerpo electoral, la buena fe del legislador. Cuando esos presupuestos se erosionan desde dentro, desde el propio poder legislativo, el Estado democrático entra en una crisis silenciosa que ninguna norma formal puede detectar ni corregir.

Esa crisis silenciosa es precisamente la que describe el fenómeno analizado en el presente ensayo.

10. Conclusiones: el derecho como límite al poder

La Ley 20/2022, de Memoria Democrática, es formalmente válida. El Tribunal Constitucional, de ser impugnada directamente, probablemente la declararía ajustada a la Constitución. El legislador español tiene la competencia formal para ampliar la nacionalidad por los criterios que considere oportunos.

Pero el Derecho no se agota en la validez formal. El Derecho, en su dimensión más profunda, es un sistema de límites al poder. Y esos límites no son solo procedimentales, quién puede legislar y cómo, sino también materiales: para qué puede legislarse y con qué propósito.

Las conclusiones del presente ensayo son las siguientes:

Primera. La Ley 20/2022 ha sustituido el criterio clásico de vinculación efectiva por un criterio predominantemente genealógico, incompatible con la doctrina del genuine link consolidada en el Derecho Internacional desde el asunto Nottebohm (CIJ, 1955) y con la teoría del stakeholder citizenship desarrollada por la filosofía política contemporánea.

Segunda. La norma genera una tensión objetiva con el principio de correspondencia entre gobernantes y gobernados que fundamenta la legitimidad democrática desde Locke hasta Habermas. La ciudadanía sin sujeción a las consecuencias del gobierno elegido es una contradicción lógica con los fundamentos del autogobierno democrático.

Tercera. La vulnerabilidad jurídica más significativa no reside en la Ley misma sino en su desarrollo administrativo: la Instrucción de octubre de 2022 y las prácticas consulares derivadas pueden ser impugnadas con mayor eficacia ante la jurisdicción contencioso-administrativa que la norma legal ante el Tribunal Constitucional.

Cuarta. La vía de reforma más sólida a largo plazo es la introducción de requisitos mínimos de vinculación efectiva actualizada, residencia temporal, conocimiento acreditado, centro de intereses documentado, que preserven la dimensión reparadora de la norma sin sacrificar la integridad del cuerpo electoral.

Quinta. El silencio del poder ante estas preguntas no es una respuesta legítima. El Estado de Derecho exige que quien legisla justifique sus decisiones con argumentos que soporten el escrutinio racional. Mientras esa justificación no se proporcione, el ciudadano tiene no solo el derecho sino el deber cívico de formular la pregunta que el poder prefiere no escuchar:

¿Para quién gobierna, exactamente, un gobierno elegido por quienes no viven bajo ese gobierno?