REFERENCIA APICE

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domingo, 22 de marzo de 2026

Dos primaveras..Giant


 

DOS PRIMAVERAS

Crónica estacional con deriva judicial y algo de luz entrando por la ventana

Cada año, sin excepción, la primavera irrumpe con su promesa de alivio. La luz se alarga, el cuerpo responde, la vida parece reorganizarse con una eficacia que no depende de planes ni de voluntad. Y, sin embargo, mientras unos sistemas se regulan casi solos, otros entran -con puntualidad menos amable- en fases de máxima exposición.

Porque hay primaveras que no solo despiertan parques y terrazas. También despiertan calendarios. Y algunos vienen cargados.

                                                            El cuerpo se activa; la agenda no cede

Mientras el organismo ajusta ritmos con la naturalidad de siempre -menos inercia, más movimiento, más disponibilidad para lo cotidiano-, el entorno institucional parece moverse en dirección contraria. No es que se acelere. Es que acumula, y la acumulación tiene un modo particular de volverse visible en primavera, cuando todo lo que estaba detenido vuelve a ponerse en marcha.

El próximo 1 de abril, Begoña Gómez está citada a declarar ante el juez Juan Carlos Peinado. No será un episodio aislado, sino el inicio de una secuencia de procedimientos que habían quedado en pausa y que ahora retoman su curso con la indiferencia de los procesos que no atienden a estaciones.

Seis días después, el 7 de abril, comenzará el juicio oral contra José Luis Ábalos y Koldo García, ambos en prisión. El proceso se extenderá durante semanas, coincidiendo con una fase políticamente sensible. Mientras tanto, fuera de los juzgados, la primavera sigue haciendo su trabajo sin necesidad de calendario judicial, sin letrados, sin antesalas.

                                                             Lo que la luz regula y lo que no

Hay algo casi irónico en esta superposición. Por un lado, un sistema -el biológico- que responde de forma eficiente a la luz, ajustando energía y conducta sin fricción, sin necesidad de acuerdos parlamentarios. Por otro, un sistema -el político- que lleva meses acumulando tensiones diferidas, conflictos abiertos y decisiones que no terminan de cerrarse.

En mayo, el foco se desplaza hacia otro frente: el juicio oral contra David Sánchez, en un contexto ya marcado por la fragilidad parlamentaria, la ausencia de presupuestos y las fricciones internas dentro del Ejecutivo. La biología tiende a simplificar. La política, esta primavera en particular, tiende a ramificarse.

El contraste no es nuevo, pero sí resulta especialmente nítido ahora: mientras el hipotálamo trabaja con la eficiencia de millones de años de ajuste fino, el Consejo de Ministros trabaja con la eficiencia de una coalición que no termina de definir si está unida o si simplemente contigua.

                                                             La narrativa del renacer y la del desgaste

La primavera activa, como cada año, la idea de recomienzo. Nuevos ciclos, nuevas oportunidades, la sensación de que algo puede reorganizarse mejor. Es un relato antiguo, arraigado en la psique colectiva mucho antes de que nadie lo convirtiera en contenido de bienestar.

Pero ese relato convive ahora con otro: el del desgaste acumulado. El presidente Pedro Sánchez afronta un escenario donde los procedimientos judiciales, los resultados electorales recientes y las tensiones internas configuran un marco que no se deja reordenar con la facilidad con la que el cuerpo responde al cambio de estación.

A eso se suman las investigaciones europeas -incluyendo la vinculada al incidente de Adamuz y el análisis del sistema energético- y un clima político cada vez más polarizado que convierte cada declaración en una nueva trinchera. El organismo, ante la luz, se abre. El espacio público, ante la misma luz, se tensiona.

                                                        Inercia biológica, inercia institucional

En el plano individual, la primavera demuestra algo contraintuitivo: la acción no siempre necesita motivación previa. Uno se mueve y, después, aparece la gana de seguir moviéndose. El cuerpo lidera; la mente racionaliza a posteriori.

En el plano político, la lógica se invierte, o quizá simplemente se vuelve más bruta: las dinámicas, una vez activadas, no siempre son reconducibles. Los procesos judiciales avanzan con independencia del estado de ánimo de quienes aparecen en ellos. Los tiempos electorales presionan sin atender a si el momento es oportuno. Las decisiones ya tomadas generan efectos que no dependen de estaciones.

Aquí no hay espontaneidad fisiológica. Hay inercia institucional. Y la diferencia es importante: la primera lleva hacia delante. La segunda puede llevar hacia cualquier parte.

                                                            La terraza y la tribuna

Mientras la vida cotidiana recupera contacto, conversación y presencia -esa dimensión básica que devuelve sensación de normalidad-, el espacio público se intensifica en dirección opuesta. Declaraciones, ruedas de prensa, acusaciones cruzadas que llenan el espacio sonoro de manera inversamente proporcional a su contenido.

Desde la oposición, voces como la de Miguel Tellado describen la situación como un “fallo multiorgánico” del Gobierno. El diagnóstico es, cuando menos, creativo: recurrir al vocabulario de la medicina crítica para describir un ejecutivo que sigue en pie, gobernando en minoría, y que presumiblemente no tiene intención de firmar el alta voluntaria.

Al mismo tiempo, las tensiones dentro del propio Ejecutivo -con Sumar marcando distancias en momentos clave- añaden otra capa de complejidad a un cuadro clínico que, sea cual sea el diagnóstico correcto, no sugiere especial calma. La primavera social acerca. La primavera política confronta. Y en el espacio entre ambas, la ciudadanía gestiona como puede.

                                                                    Los que no se descongelan

No todas las primaveras se viven como alivio. En el plano individual ya ocurre: hay quienes no experimentan esa mejoría esperada, quienes sienten que el entorno se acelera mientras ellos permanecen detenidos, incapaces de acompasar el ritmo externo con el interno.

En el plano colectivo, algo similar. En Andalucía, la posibilidad de elecciones anticipadas -con Juanma Moreno evaluando fechas con la calma estratégica de quien tiene margen- introduce un factor adicional de presión sobre quienes no están en condiciones de desear que se adelante el calendario.

María Jesús Montero afronta un escenario donde los datos no acompañan y las estrategias pasan más por la contención que por la expansión. Aquí la estación no aligera. Intensifica. Y la pregunta que flota sin respuesta fácil es si hay una primavera para todos o si, como tantas otras cosas, también ésta llega de forma desigual.

    El error de la sobre aceleración

En lo individual, el error típico de la primavera es bien conocido: intentar recuperar en tres semanas todo lo aplazado durante el invierno. El resultado predecible es el agotamiento, seguido de la conclusión desalentadora de que “no funcionó otra vez”, como si el problema fuera la primavera y no la ambición desmedida con que se le pide que resuelva lo que lleva meses acumulado.

En lo político, el equivalente es la saturación de frentes: múltiples procesos simultáneos, conflictos abiertos en paralelo, falta de margen para estabilizar cualquiera de ellos antes de que aparezca el siguiente. El resultado, en ambos casos, tiende a parecerse: desgaste, pérdida de control y dificultad creciente para distinguir qué es urgente de qué simplemente hace ruido.

La diferencia es que el cuerpo suele corregirse solo, con algo de reposo y tiempo. Los sistemas institucionales, no necesariamente. Y a veces ni con tiempo.

                                                            Dos lógicas, una estación

Hay una primavera que funciona con precisión casi automática: la de la luz, el cuerpo y los ritmos internos. Ajusta, activa, reorganiza sin necesidad de intervención constante. No pide consenso. No requiere mayoría absoluta. No tiene socios de coalición.

Y hay otra primavera -la pública, la política- que responde a dinámicas más opacas: acumulación de decisiones, exposición judicial, presión electoral, conflicto estratégico que no cesa porque cambie la luz exterior.

Ambas coexisten. Pero no obedecen a las mismas reglas, no aceptan los mismos remedios y no prometen los mismos resultados. Mientras una invita a simplificar, la otra tiende a ramificarse. Mientras una descansa sobre millones de años de ajuste fino, la otra descansa sobre acuerdos que pueden romperse cualquier martes.

Quizá la única constante entre ambas sea ésta: cuando los procesos se ponen en marcha -sean biológicos o institucionales-, no basta con desear que cambien. Hay que entender su lógica, su ritmo y, sobre todo, sus límites.

 

La luz seguirá entrando por la ventana.

Lo demás dependerá de cómo se gestione lo que ya está en curso.

Y de si alguien, en algún despacho, tiene la ventana abierta.


jueves, 19 de marzo de 2026

Insurrección low cost: firmar no es mandar...... Abra cadabra

 


“Insurrección low cost: firmar no es mandar”

 

En toda organización política que aspira a algo más que a gestionar comunidades de vecinos, hay una regla no escrita que, paradójicamente, es la más férrea de todas: el liderazgo no se somete a deliberación; se impone como hecho consumado, como una verdad revelada. Podríamos decir -sin necesidad de invocar simbologías demasiado explícitas- que ciertos partidos funcionan más como órdenes que como asambleas.

Y ahí radica lo fascinante del episodio narrado en el artículo periodístico de Angel Carreño en “El pulso de Espinosa de los Monteros a Abascal” en El independiente: un grupo de antiguos iniciados, algunos con grados elevados en el organigrama, deciden que la mejor forma de provocar una “refundación” es… una recogida de firmas.

Nada dice “toma del poder” como un formulario web.

Desde la sociología de las élites, el movimiento resulta casi entrañable. Quienes han habitado el núcleo duro de una organización altamente jerarquizada parecen creer, en un súbito arrebato rousseauniano, que la voluntad general puede emerger mediante clics. Como si el Leviatán se pudiera hackear con un CAPTCHA.

El problema -y aquí la ironía se vuelve estructura- es que el propio artículo deja claro el marco real: un congreso extraordinario exige umbrales organizativos que los críticos no controlan, ni siquiera conocen con precisión . Es decir, pretenden activar un mecanismo cuyo censo es opaco, cuya aritmética les es adversa y cuyo árbitro es, casualmente, el mismo liderazgo al que desean cuestionar.

Una jugada maestra… si el objetivo fuera confirmar su irrelevancia.

El hereje sin feligreses

Hay algo profundamente ritual en la figura del exdirigente que retorna con vocación reformista. El artículo dibuja a Iván Espinosa de los Monteros como alguien que no niega el templo, pero sí pretende reordenar sus dogmas. No quiere destruir la iglesia; solo cambiar el catecismo… sin ser ya párroco.

En términos de teoría organizativa, esto tiene un nombre: disonancia de rol. Se intenta ejercer influencia sin disponer de recursos de coerción ni de control simbólico suficiente. Dicho de forma menos técnica: predicar sin púlpito.

Mientras tanto, el liderazgo vigente —encarnado por Santiago Abascal— opera bajo una lógica completamente distinta: la del mando performativo. No necesita debatirse porque ya se ha materializado en resultados electorales recientes y en la cohesión de su aparato. En este tipo de estructuras, la legitimidad no se argumenta: se acumula.

Por eso las acusaciones internas que recoge el texto -traición, instrumentalización, ambición personal- no son anomalías, sino mecanismos inmunológicos del sistema. El cuerpo político reacciona ante lo que percibe como una infección: el cuestionamiento del principio de autoridad.

La ilusión plebiscitaria en un partido de cuadros

Desde la psicología social, el fenómeno es aún más interesante. Los críticos parecen operar bajo una ilusión participativa: creen que movilizar “bases” equivale a generar poder. Pero eso solo funciona en organizaciones diseñadas para ello.

VOX -como muchos partidos de corte identitario fuerte- se acerca más al modelo de partido de cuadros con liderazgo carismático que al de partido-movimiento abierto. En ese contexto, la recogida de firmas no es una palanca de poder, sino una performance: un gesto simbólico dirigido más a la opinión pública que a la estructura interna.

Es política teatral.

Y como toda representación, necesita público. De ahí la agitación en redes, el “ruido” en X, la escenificación del conflicto. No se trata tanto de ganar la votación interna -que, como sugiere el artículo, es casi inviable- como de construir la narrativa de que existe una alternativa.

El problema es que las narrativas, sin organización, tienden a evaporarse.

Escisiones: el deporte favorito del excomulgado

El texto menciona la posibilidad de una escisión, esa vieja tentación del político desplazado: si no puedo gobernar la casa, fundaré otra. La historia reciente está llena de estos intentos, con resultados desiguales y, en muchos casos, efímeros.

El patrón es casi matemático:

1.    Se denuncia el “cierre” del partido.

2.    Se invoca la pureza ideológica original.

3.    Se lanza una plataforma.

4.    Se descubre que los votantes no se trasladan con la misma facilidad que los egos.

La referencia implícita a experimentos fallidos anteriores no es casual. Crear un partido no es un acto de voluntad, sino de recursos: financieros, organizativos, mediáticos y, sobre todo, simbólicos. Y estos últimos -los más difíciles de replicar- suelen quedarse donde está el liderazgo reconocido.

Conclusión: firmar no es mandar

En última instancia, lo que revela este episodio es una tensión clásica: la que existe entre legitimidad participativa y legitimidad carismática. Los críticos apelan a la primera; la dirección encarna la segunda.

Y en ese duelo, la recogida de firmas aparece como lo que realmente es: un artefacto casi romántico, una herramienta de la política blanda intentando penetrar en una estructura dura.

Casi conmovedor.

Porque, al final, el axioma se cumple con una precisión casi cruel: en ciertos partidos, el liderazgo no se discute, no se vota, no se firma… simplemente se ejerce.

Y quien no lo ejerce, firma.

 


miércoles, 18 de marzo de 2026

Cuando el dinero quiere salir corriendo y la puerta está cerrada

 


Cuando el dinero quiere salir corriendo y la puerta está cerrada

¿Por qué los fondos privados prohíben a los inversores retirar sus fondos?

En los manuales clásicos de finanzas se enseña que la liquidez es como el oxígeno: solo se nota su importancia cuando empieza a faltar. La noticia que analizamos -centrada en las restricciones a los reembolsos en fondos de crédito privado- es un ejemplo casi de laboratorio de este principio. Y, como suele ocurrir en economía, cuando algo parece sofisticado, en realidad suele ser bastante humano: miedo, incentivos y, en ocasiones, un optimismo algo imprudente.

El auge del crédito privado: de solución elegante a posible problema sistémico

Durante la última década, el crédito privado ha experimentado un crecimiento exponencial. Firmas como Blackstone, BlackRock o Blue Owl han canalizado enormes volúmenes de capital hacia préstamos directos a empresas, muchas veces fuera del circuito bancario tradicional.

¿Por qué este auge? Dos razones fundamentales:

1.    Regulación bancaria más estricta tras la crisis de 2008, que limitó la concesión de crédito por parte de bancos.

2.    Búsqueda desesperada de rentabilidad en un entorno de tipos bajos, que empujó a los inversores hacia activos menos líquidos pero más rentables.

El resultado: un ecosistema donde el crédito fluía con relativa facilidad… quizá demasiada.

El problema de origen: liquidez prometida vs. activos ilíquidos

Aquí emerge la paradoja central -y casi cómica, si no fuera por sus implicaciones-:

Se ofrecen productos con apariencia de liquidez sobre activos que, por naturaleza, no son líquidos.

Muchos de estos fondos, especialmente los llamados “perpetuos”, permiten a los inversores solicitar reembolsos periódicos. Sin embargo, los activos subyacentes (préstamos a empresas, proyectos tecnológicos, desarrollos de inteligencia artificial) no pueden liquidarse rápidamente sin pérdidas significativas.

Cuando todo va bien, nadie pregunta. Cuando aparecen dudas -como el aumento de la tasa de impago al 6%-, todos quieren salir a la vez.

Y ahí aparece el clásico “efecto teatro en llamas”: todos corren hacia la misma puerta.

Las restricciones: ¿prudencia o síntoma de debilidad?

Las gestoras han respondido limitando los reembolsos. Desde un punto de vista técnico, esto no es una anomalía; está previsto contractualmente. Sin embargo, desde la perspectiva del inversor, la experiencia es menos tranquilizadora:

·       Morgan Stanley devuelve solo parte del capital solicitado

·       Cliffwater aprueba únicamente la mitad de las solicitudes

·       Blackstone inyecta capital propio para sostener la confianza

Esto nos lleva a una reflexión clave: las cláusulas de liquidez no eliminan el riesgo, solo lo redistribuyen en el tiempo.

En términos más coloquiales: no es que el problema desaparezca, es que se aplaza… con intereses.

El papel del apalancamiento: el multiplicador silencioso

Otro elemento crítico es el uso intensivo de apalancamiento. Gracias a la financiación bancaria -con actores como JPMorgan Chase-, estos fondos han conseguido elevar sus retornos a niveles de dos dígitos.

Pero el apalancamiento tiene una propiedad incómoda: funciona en ambas direcciones.

·       En expansión → amplifica beneficios

·       En contracción → acelera tensiones

Cuando los bancos empiezan a reconsiderar su exposición -como ya está ocurriendo-, el modelo entra en una fase delicada. Menos financiación implica menor capacidad de generar retornos, lo que a su vez reduce el atractivo del producto. Es un círculo que puede volverse vicioso con sorprendente rapidez.

¿Estamos ante una nueva crisis sistémica?

La pregunta inevitable es si esto constituye el germen de una nueva crisis tipo Wall Street. La respuesta, con rigor académico, es: depende.

Factores que moderan el riesgo:

·       Existencia de límites a reembolsos (evitan pánicos inmediatos)

·       Menor interconexión directa con depósitos minoristas (a diferencia de la banca tradicional)

Factores que aumentan la preocupación:

·       Tamaño creciente del mercado (cientos de miles de millones)

·       Opacidad relativa de los activos

·       Exposición indirecta del sistema bancario

En otras palabras: no es necesariamente una bomba… pero sí un artefacto que conviene vigilar con atención.

Epílogo: la ironía financiera

Existe una cierta ironía en todo esto. Los fondos de crédito privado nacieron, en parte, para ofrecer estabilidad frente a la volatilidad de los mercados públicos. Sin embargo, al crecer demasiado rápido y asumir riesgos crecientes, han terminado reproduciendo algunas de las mismas dinámicas que pretendían evitar.

Como diría un viejo profesor de finanzas (con más sarcasmo que optimismo):

“La innovación financiera consiste en hacer lo mismo de siempre, pero con nombres más elegantes… hasta que deja de funcionar.”

Conclusión

La situación descrita no es un accidente aislado, sino el resultado lógico de un ciclo financiero clásico:

1.    Exceso de liquidez

2.    Búsqueda de rentabilidad

3.    Asunción creciente de riesgo

4.    Aparición de tensiones

5.    Restricción de liquidez

Lo verdaderamente relevante no es que los inversores no puedan retirar su dinero -eso es una consecuencia-, sino que el sistema ha alcanzado un punto en el que la confianza empieza a erosionarse.

Y en finanzas, cuando la confianza se tambalea, los modelos más sofisticados del mundo tienen la misma utilidad que un paraguas en un huracán.


domingo, 15 de marzo de 2026

Vox, la “partitocracia” y el arte de escribir columnas con prejuicios... Make My Body Move

 


Vox, la “partitocracia” y el arte de escribir columnas con prejuicios.

Hay artículos que pretenden analizar un fenómeno político y artículos que, en realidad, analizan los miedos, obsesiones y sesgos de quien los escribe. El texto titulado “Vox o el triunfo de la partitocracia” (Federico Jiménez Losantos) pertenece claramente a la segunda categoría. Su autor aspira a ofrecer un diagnóstico político; sin embargo, desde una perspectiva de psicología social y sociología política, lo que termina revelando es un catálogo casi pedagógico de mecanismos de racionalización, desplazamiento de culpa y disonancia cognitiva.

En otras palabras: más que una crítica rigurosa a Vox, el artículo parece el ejercicio terapéutico de un comentarista que intenta explicar -sin admitirlo- por qué un partido surgido fuera del ecosistema tradicional del centroderecha español ha logrado atraer a una parte significativa de su electorado.

1. El recurso psicológico del “enemigo que decepciona”

El texto comienza con un fenómeno muy conocido en psicología política: la reacción del aliado traidor. Cuando un movimiento surge dentro de un mismo espacio ideológico, la crítica hacia él suele ser mucho más virulenta que hacia el adversario ideológico real.

Esto ocurre porque el rival cercano amenaza la identidad del grupo. Para un sector del conservadurismo clásico, Vox representa precisamente eso: un actor que disputa el monopolio simbólico de la derecha española.

Por ello el artículo se construye sobre una paradoja curiosa:
primero reconoce que Vox tenía razón al denunciar la partitocracia…
y acto seguido afirma que su crecimiento demuestra que se ha convertido en aquello que criticaba.

Este tipo de razonamiento circular es sociológicamente interesante. No importa lo que haga el sujeto analizado:

  • si no crece, confirma su irrelevancia;
  • si crece, confirma su corrupción.

En términos lógicos, es un argumento irrefutable porque no admite falsación. Y cuando un argumento no admite falsación, suele significar que estamos ante una creencia, no ante un análisis.

2. La narrativa del “líder convertido en tirano”

Otra constante del artículo es la descripción de un supuesto proceso de degeneración personal del liderazgo. El autor intenta presentar al partido como una especie de secta personalista alrededor de Abascal.

Esta estrategia retórica es antiquísima en sociología política:

Cuando no se logra explicar el apoyo social de un movimiento, se atribuye a una figura carismática casi hipnótica.

El problema es que el propio texto desmonta involuntariamente su tesis.

Si Vox fuera únicamente un culto personalista, sería difícil explicar:

  • su crecimiento sostenido en múltiples territorios
  • su capacidad para atraer votantes jóvenes
  • su consolidación electoral durante varios ciclos políticos

Los fenómenos puramente personalistas suelen ser efímeros, no persistentes. La sociología electoral lleva décadas demostrándolo.

Así que el artículo intenta explicar un fenómeno estructural recurriendo a una explicación psicológica simplista: “todo es Abascal”.

Es un argumento cómodo, pero intelectualmente perezoso.

3. El curioso síndrome del votante inexplicable

Uno de los pasajes más reveladores del artículo afirma que resulta “difícil saber qué ven los jóvenes votantes en Vox”.

Desde un punto de vista académico, esta frase es extraordinaria.

No porque la pregunta sea absurda, sino porque revela una negativa a aceptar explicaciones empíricas que ya existen.

Las investigaciones sobre voto joven en Europa señalan varios factores recurrentes:

  • rechazo a los partidos tradicionales
  • percepción de bloqueo institucional
  • crisis de representación política
  • reacción frente a agendas culturales percibidas como impuestas

Pero el artículo prefiere evitar estas variables estructurales. En lugar de ello, se limita a insinuar que el fenómeno es casi misterioso.

En sociología, cuando un analista dice “no se entiende por qué ocurre esto”, muchas veces significa simplemente:
“no me gusta la explicación que existe”.

4. La ironía involuntaria del argumento central

El título acusa a Vox de ser el triunfo de la partitocracia.

Sin embargo, el razonamiento del texto sugiere algo distinto: que el partido crece precisamente cuando rompe con los pactos tradicionales y adopta una estrategia más independiente.

Es decir:

  • cuando coopera con el sistema → es irrelevante
  • cuando compite con él → es partitocracia

El lector atento detectará aquí una pequeña incoherencia lógica.

Si un partido rompe los equilibrios del sistema bipartidista y gana votos, eso no suele llamarse “triunfo de la partitocracia”.

En ciencia política se llama competencia electoral.

Pero claro, reconocer esto implicaría aceptar que el problema no es el comportamiento del partido, sino el hecho de que exista.

5. El tono moralizante como sustituto del argumento

A medida que avanza el artículo, el lenguaje se vuelve cada vez más religioso:

  • “logia masónica”
  • “sumo sacerdote”
  • “monaguillos”
  • “iglesia del Santi Supremo”

Este tipo de metáforas es muy revelador desde el punto de vista psicológico. Cuando un discurso abandona el análisis institucional y recurre a imágenes casi litúrgicas, suele significar que ha entrado en el terreno del desprestigio simbólico.

Es un recurso eficaz en la retórica política, pero débil en el análisis académico.

Básicamente equivale a decir:

“No voy a explicar el fenómeno, voy a ridiculizarlo.”

Y ridiculizar algo es mucho más fácil que comprenderlo.

6. El verdadero subtexto del artículo

Si uno elimina las metáforas, las insinuaciones y las descalificaciones, lo que queda del artículo es en realidad bastante simple:

  • Vox compite con el PP por el mismo electorado
  • esa competencia puede debilitar la hegemonía del centroderecha tradicional
  • el autor considera que eso es un problema

Eso es todo.

El resto del texto —las acusaciones de sectarismo, las analogías religiosas, las insinuaciones conspirativas— funciona como decorado emocional para justificar esa preocupación.

Desde la sociología política, este fenómeno tiene nombre:
conflicto intra-élite dentro de un mismo espacio ideológico.

Y es perfectamente normal en democracias plurales.

7. Conclusión: el espejo involuntario

El artículo pretendía demostrar que Vox es una anomalía política producto del oportunismo partidista.

Pero leído con distancia analítica, termina mostrando algo distinto: el desconcierto de ciertos sectores del establishment político ante un electorado que ya no se comporta como antes.

Y ahí reside su valor sociológico.

Porque a veces los textos más reveladores no son los que analizan un fenómeno político…
sino los que muestran cómo reaccionan quienes no logran explicarlo.

El autor quería retratar a Vox.

Pero, con una ironía que probablemente no esperaba, el retrato más nítido que emerge del artículo es el de una vieja cultura política incapaz de aceptar que el mapa electoral ha cambiado. Y cuando eso ocurre, la crítica suele adoptar una forma muy humana:
primero incredulidad, luego sarcasmo, y finalmente una cierta irritación elegante disfrazada de análisis.

Un proceso psicológico perfectamente comprensible.

Aunque no necesariamente convincente.


sábado, 14 de marzo de 2026

Jürgen Habermas & Pedro Sánchez

 

Jürgen Habermas & Pedro Sánchez

Desde la perspectiva de Jürgen Habermas, el uso de la mentira o la manipulación en política no es solo un fallo ético individual, sino un ataque directo a la salud de la democracia. Si analizamos una figura política (como Pedro Sánchez) bajo su marco teórico, la crítica se centraría en la ruptura de los fundamentos de la convivencia. 

Aquí te detallo cómo la obra de Habermas juzgaría una conducta basada en el engaño:

1. La ruptura de las "Pretensiones de Validez"

Para Habermas, toda comunicación real debe cumplir tres requisitos para ser legítima. Cuando un político miente, rompe dos de ellos de forma crítica: 

·      Verdad: Lo que se dice debe corresponderse con la realidad de los hechos.

·      Veracidad (Sinceridad): El hablante debe creer realmente en lo que expresa.
Si un líder político dice una cosa sabiendo que hará la contraria, está utilizando el lenguaje no para entenderse con los ciudadanos, sino como una herramienta de dominación. 

2. Acción Comunicativa vs. Acción Estratégica

Habermas distingue dos formas de actuar en la sociedad:

·      Acción Comunicativa: Buscar el consenso mediante argumentos honestos para el bien común.

·      Acción Estratégica: Tratar a los demás como objetos o medios para lograr un fin personal (como mantenerse en el poder).

Desde este punto de vista, un político que engaña sistemáticamente ha abandonado la democracia real para practicar una "política estratégica", donde la palabra ya no tiene valor por sí misma, sino solo por su utilidad para ganar votos o sobrevivir políticamente. 

3. La destrucción de la Esfera Pública

Habermas advierte que cuando la mentira se normaliza, se produce una "colonización del mundo de la vida". Esto significa que: 

·      Los ciudadanos pierden la confianza en las instituciones.

·      El debate público se degrada, ya que no se discuten ideas, sino que se intenta manipular la opinión mediante el ruido y el engaño.

·      Se genera polarización, porque la comunicación deja de ser un puente y se convierte en un arma. 

En resumen: Para Habermas, un político "sin ética" que miente no solo falta a su palabra, como resultaría ser Pedro Sánchez; está deslegitimando el sistema democrático, ya que la democracia solo es válida si se basa en un diálogo honesto entre ciudadanos libres e iguales. Sin esa honestidad, el sistema se convierte en una cáscara vacía manejada por intereses de poder. 

 

jueves, 5 de marzo de 2026

La ventanilla VIP de extranjería: Vox no será colaborador...Dime

 


La ventanilla VIP de extranjería: Vox no será colaborador

Hay textos jurídicos que nacen con vocación de claridad y otros que parecen haber sido redactados con el entusiasmo burocrático de quien cree haber inventado una cerradura nueva para una puerta que, en realidad, siempre ha estado abierta por detrás. La Orden ISM/164/2026, de 2 de marzo, que regula el Registro Electrónico de Colaboradores de Extranjería, pertenece a esa segunda tradición literaria del derecho administrativo: la de la norma que promete orden y termina describiendo, con cierta elegancia técnica, el funcionamiento de un coladero.

La retórica oficial de la norma es impecable. Habla de profesionalización, eficiencia administrativa, seguridad jurídica y validación de intermediarios. Es el vocabulario clásico de la administración contemporánea: palabras pulidas, con brillo institucional, que evocan la imagen de un Estado racional, metódico y tecnológicamente competente. Sin embargo, cuando uno rasca ligeramente la superficie semántica, aparece una pregunta inevitable: ¿qué problema resuelve exactamente esta orden… y por qué la solución consiste en introducir intermediarios?

El principio general del derecho administrativo moderno es relativamente sencillo: la Administración existe para relacionarse directamente con el ciudadano. En teoría, esa relación debería ser lo más directa, accesible y universal posible. Pero la Orden ISM/164/2026 parece proponernos una innovación conceptual: si la administración no puede atender eficazmente a todos, la solución no es mejorar su funcionamiento, sino crear un circuito preferente para quienes sepan a quién acudir.

El mecanismo es sutil. No se establece formalmente una obligación de acudir a intermediarios; sería demasiado evidente. En su lugar, se crea una categoría casi sacramental: el “colaborador registrado”. Este actor, que puede ser una organización sindical, una ONG o, en la práctica, un profesional especializado, adquiere un aura de legitimidad administrativa. Sus expedientes, nos dice la norma, presumiblemente estarán bien cumplimentados y, por tanto, podrán tramitarse con mayor fluidez.

El resultado recuerda a una escena bien conocida en la sociología española: la ventanilla administrativa con dos colas invisibles. En la primera, el ciudadano que intenta presentar su solicitud por sí mismo, armado de paciencia, formularios y una vaga esperanza de que el sistema electrónico funcione. En la segunda, más discreta pero mucho más rápida, los expedientes que llegan “correctamente canalizados”.

No es una privatización formal; sería demasiado explícita para un boletín oficial. Es algo más sofisticado: una privatización atmosférica. La administración sigue siendo pública, pero la posibilidad real de navegarla con eficacia empieza a depender de actores externos. En otras palabras, el Estado conserva la puerta, pero delega discretamente el conocimiento de la cerradura.

Desde un punto de vista constitucional, la ironía se vuelve aún más interesante. El artículo 14 de la Constitución española proclama la igualdad ante la ley, lo cual resulta conceptualmente fascinante cuando la ley crea mecanismos que, sin prohibir el acceso directo, premian indirectamente el acceso mediado. Nadie está obligado a acudir a un colaborador registrado; simplemente descubrirá, con el tiempo, que hacerlo puede ser extraordinariamente conveniente.

El artículo 103, por su parte, establece que la administración pública debe servir con objetividad los intereses generales. La interpretación clásica de este principio implicaría que el Estado organiza sus recursos para atender directamente a los administrados. La interpretación contemporánea —mucho más pragmática— parece sugerir otra cosa: si el volumen de expedientes es demasiado grande, siempre se puede inventar un ecosistema de intermediarios que ayuden a metabolizarlo.

Hay aquí un fenómeno muy característico del derecho administrativo tardomoderno: la gestión del colapso mediante arquitectura procedimental. Cuando el sistema no puede absorber la demanda, no se reconoce el problema estructural; se reorganizan los flujos. Se crean registros, acreditaciones, plataformas, canales preferentes, categorías de usuarios. Y así, poco a poco, el procedimiento se transforma en un pequeño ecosistema profesional.

El resultado final es paradójico. La orden pretende evitar el intrusismo y el fraude, pero simultáneamente institucionaliza un mercado de intermediación. Quiere agilizar la administración, pero lo hace creando una capa adicional de actores. Aspira a reforzar la seguridad jurídica, pero introduce una distinción práctica entre quienes conocen el sistema y quienes simplemente necesitan usarlo.

La ironía más fina del texto normativo está en su propia lógica justificativa: se afirma que el registro permitirá que los expedientes lleguen “correctamente cumplimentados”. La frase encierra una confesión involuntaria. Si el ciudadano medio no puede presentar correctamente su solicitud sin mediación especializada, entonces el problema no está en el ciudadano: está en el diseño del procedimiento.

Así, la Orden ISM/164/2026 se convierte en una pequeña obra maestra de la ingeniería administrativa contemporánea. No cierra el coladero; lo reglamenta. No elimina el intermediario; lo certifica. Y, sobre todo, consigue algo que el derecho público ha perfeccionado durante siglos: convertir una dificultad estructural del Estado en una oportunidad organizativa para terceros.

En términos estrictamente jurídicos, la norma regula un registro. Desde una perspectiva de examen jurídico, estos son los artículos de la Constitución Española que se consideran vulnerados por este tipo de medidas:

1.    Artículo 14 (Derecho a la Igualdad): Al establecer un registro de colaboradores que facilita la gestión a ciertos colectivos, se podría estar discriminando al ciudadano que decide (o solo puede) realizar el trámite por sí mismo, enfrentándose a una administración colapsada frente a la "vía preferente" del colaborador.

2.    Artículo 9.3 (Principio de Seguridad Jurídica y Legalidad): Se critica que una Orden Ministerial regule aspectos que afectan a derechos fundamentales de los extranjeros, algo que debería estar reservado a una Ley Orgánica.

3.    Artículo 103.1 (Eficacia y Objetividad de la Administración): La Constitución exige que la Administración sirva con objetividad a los intereses generales. Delegar o "externalizar" de facto la validación de expedientes en entidades privadas puede entenderse como una dejación de funciones públicas.

Artículo 31.3 (Prestaciones personales o patrimoniales): Si para obtener una respuesta en tiempo razonable el ciudadano se ve "empujado" a contratar a un colaborador registrado, se está imponiendo una carga económica indirecta para ejercer un derecho administrativo

En términos sociológicos, organiza un mercado. Y en términos literarios, que a veces son los más honestos, describe con gran precisión cómo funciona la burocracia cuando intenta resolver su propia saturación: inventando nuevas formas de rodearse a sí misma.