“Insurrección
low cost: firmar no es mandar”
En toda organización
política que aspira a algo más que a gestionar comunidades de vecinos, hay una
regla no escrita que, paradójicamente, es la más férrea de todas: el liderazgo
no se somete a deliberación; se impone como hecho consumado, como una verdad
revelada. Podríamos decir -sin necesidad de invocar simbologías demasiado
explícitas- que ciertos partidos funcionan más como órdenes que como asambleas.
Y ahí radica lo
fascinante del episodio narrado en el artículo periodístico de Angel Carreño en
“El pulso de Espinosa de los Monteros a Abascal” en El
independiente: un grupo de antiguos iniciados, algunos con grados
elevados en el organigrama, deciden que la mejor forma de provocar una
“refundación” es… una recogida de firmas.
Nada dice “toma del
poder” como un formulario web.
Desde la sociología de
las élites, el movimiento resulta casi entrañable. Quienes han habitado el
núcleo duro de una organización altamente jerarquizada parecen creer, en un
súbito arrebato rousseauniano, que la voluntad general puede emerger mediante
clics. Como si el Leviatán se pudiera hackear con un CAPTCHA.
El problema -y aquí la
ironía se vuelve estructura- es que el propio artículo deja claro el marco
real: un congreso extraordinario exige umbrales organizativos que los críticos
no controlan, ni siquiera conocen con precisión . Es decir, pretenden activar
un mecanismo cuyo censo es opaco, cuya aritmética les es adversa y cuyo árbitro
es, casualmente, el mismo liderazgo al que desean cuestionar.
Una jugada maestra… si
el objetivo fuera confirmar su irrelevancia.
El
hereje sin feligreses
Hay algo profundamente
ritual en la figura del exdirigente que retorna con vocación reformista. El
artículo dibuja a Iván Espinosa de los Monteros como alguien que no niega el
templo, pero sí pretende reordenar sus dogmas. No quiere destruir la iglesia;
solo cambiar el catecismo… sin ser ya párroco.
En términos de teoría
organizativa, esto tiene un nombre: disonancia de rol. Se intenta ejercer
influencia sin disponer de recursos de coerción ni de control simbólico
suficiente. Dicho de forma menos técnica: predicar sin púlpito.
Mientras tanto, el
liderazgo vigente —encarnado por Santiago Abascal— opera bajo una lógica
completamente distinta: la del mando performativo. No necesita debatirse porque
ya se ha materializado en resultados electorales recientes y en la cohesión de
su aparato. En este tipo de estructuras, la legitimidad no se argumenta: se
acumula.
Por eso las acusaciones
internas que recoge el texto -traición, instrumentalización, ambición personal-
no son anomalías, sino mecanismos inmunológicos del sistema. El cuerpo político
reacciona ante lo que percibe como una infección: el cuestionamiento del
principio de autoridad.
La ilusión
plebiscitaria en un partido de cuadros
Desde la psicología
social, el fenómeno es aún más interesante. Los críticos parecen operar bajo
una ilusión participativa: creen que movilizar “bases” equivale a generar
poder. Pero eso solo funciona en organizaciones diseñadas para ello.
VOX -como muchos
partidos de corte identitario fuerte- se acerca más al modelo de partido de
cuadros con liderazgo carismático que al de partido-movimiento abierto. En ese
contexto, la recogida de firmas no es una palanca de poder, sino una
performance: un gesto simbólico dirigido más a la opinión pública que a la
estructura interna.
Es política teatral.
Y como toda
representación, necesita público. De ahí la agitación en redes, el “ruido” en
X, la escenificación del conflicto. No se trata tanto de ganar la votación
interna -que, como sugiere el artículo, es casi inviable- como de construir la
narrativa de que existe una alternativa.
El problema es que las
narrativas, sin organización, tienden a evaporarse.
Escisiones: el deporte
favorito del excomulgado
El texto menciona la
posibilidad de una escisión, esa vieja tentación del político desplazado: si no
puedo gobernar la casa, fundaré otra. La historia reciente está llena de estos
intentos, con resultados desiguales y, en muchos casos, efímeros.
El patrón es casi
matemático:
1.
Se denuncia el “cierre” del partido.
2.
Se invoca la pureza ideológica original.
3.
Se lanza una plataforma.
4.
Se descubre que los votantes no se
trasladan con la misma facilidad que los egos.
La referencia implícita
a experimentos fallidos anteriores no es casual. Crear un partido no es un acto
de voluntad, sino de recursos: financieros, organizativos, mediáticos y, sobre
todo, simbólicos. Y estos últimos -los más difíciles de replicar- suelen
quedarse donde está el liderazgo reconocido.
Conclusión: firmar no
es mandar
En última instancia, lo
que revela este episodio es una tensión clásica: la que existe entre
legitimidad participativa y legitimidad carismática. Los críticos apelan a la
primera; la dirección encarna la segunda.
Y en ese duelo, la
recogida de firmas aparece como lo que realmente es: un artefacto casi
romántico, una herramienta de la política blanda intentando penetrar en una
estructura dura.
Casi conmovedor.
Porque, al final, el
axioma se cumple con una precisión casi cruel: en ciertos partidos, el liderazgo
no se discute, no se vota, no se firma… simplemente se ejerce.
Y quien no lo ejerce,
firma.


