REFERENCIA APICE

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sábado, 26 de septiembre de 2026

La papeleta no lleva recibo.....Que siga siendo así. Que el censo tampoco lleve instrucción


 

LA PAPELETA NO LLEVA RECIBO

Anatomía sentimental de una democracia que confunde derechos con favores

 

«Entre el ciudadano y el gobernante hay, o debería haber, solo una ley. Cuando en su lugar aparece una deuda, la democracia empieza a deteriorarse por dentro. Y cuando la deuda se convierte en censo, el deterioro adquiere número de expediente.»

 

I. Una frase con filo de navaja

Hay frases que circulan por la conversación pública con la elegancia de una bofetada. Una de ellas, que estos días recorre determinados círculos con cierta satisfacción, dice así: «La encuesta no mide ideología; mide cuántos siguen cobrando del presupuesto que el Gobierno administra».

Es una frase deliberadamente brutal. Y, como todas las frases brutales que merecen sobrevivir más de una tarde, tiene la virtud de obligarnos a mirar aquello que normalmente preferimos contemplar de reojo.

Naturalmente, una encuesta no sabe eso. Una encuesta no entra en el domicilio del ciudadano, revisa su nómina y le pregunta después por qué piensa votar como piensa votar. La estadística, afortunadamente para nuestra dignidad colectiva, todavía no ha alcanzado semejante grado de sinceridad.

Pero detrás de la provocación late una pregunta que merece algo más que un exabrupto partidista: ¿cuánto pesa la dependencia material en el ejercicio de la libertad política? ¿Dónde termina la conciencia y dónde empieza el bolsillo? ¿Y acaso es posible trazar esa frontera con la limpieza que el debate público exige?

Ahí comienza el verdadero problema. Porque una democracia puede sobrevivir a una mala encuesta. Lo que le resulta considerablemente más difícil es sobrevivir a una sociedad que termina confundiendo el derecho con el favor, la prestación con la dádiva y al gobernante con el benefactor que un día podría retirarla.

 

II. El dinero público no tiene dueño, aunque a veces lo parezca

Conviene comenzar por una precisión casi obscena de tan elemental: el dinero público no pertenece al presidente del Gobierno. Tampoco perteneció a sus predecesores. El presupuesto es propiedad de la comunidad política y es administrado temporalmente por quienes reciben el mandato democrático de gestionarlo.

Dicho así, parece un principio que nadie discutiría. Y sin embargo, la política contemporánea posee una extraordinaria capacidad para convertir ese dinero colectivo en una fotografía personal.

El Gobierno anuncia una ayuda y parece que la ayuda hubiera salido del bolsillo del ministro. Se incrementa una pensión y el gobernante adopta el gesto del benefactor. Se concede una subvención y la Administración adquiere la apariencia de una madrina generosa. Se crea una plaza pública y el partido de turno parece haber descubierto personalmente la institución del empleo.

Es una formidable operación psicológica que funciona en ambas direcciones: el Gobierno gana adhesión emocional y el ciudadano pierde algo más valioso que un argumento político. Pierde la conciencia de que aquello que recibe le pertenece por derecho, no por gracia.

El Estado no regala lo que reconoce como derecho. Lo administra. Y cuando un derecho comienza a percibirse como regalo, el ciudadano deja de sentirse titular y empieza a sentirse deudor. Ahí está el peligro: no en la existencia de las prestaciones, que son conquistas de civilización, sino en la pedagogía política que puede acompañarlas y desfigurarlas.

 

III. La democracia del «no me quites lo mío»

Existe una frase que nunca aparecerá en ninguna encuesta porque ningún ciudadano la pronunciaría con esas palabras ante un entrevistador. Pero que habita, con perfecta naturalidad, en el fuero interno de muchos votantes:

«Votaría otra cosa, pero no quiero que me quiten lo mío.»

Esa frase contiene una pequeña bomba sociológica. Para que la relación entre el ciudadano y el poder cambie de naturaleza no hace falta que exista una compra explícita del voto. No hace falta que un político entregue un sobre. No hace falta siquiera que haya una conversación. Basta con que el ciudadano perciba que su seguridad económica depende de que continúe en el poder determinado grupo político.

Y el miedo es un elector extraordinariamente disciplinado. A diferencia de la indignación ,que grita, publica, dura una tarde y se disipa, el miedo calcula, firma y llega hasta final de mes. La indignación es un estado de ánimo. El miedo es una estrategia de supervivencia.

Por eso resulta ingenuo pensar que una sociedad vota exclusivamente desde la ideología. La ideología explica mucho. El bolsillo también. Y entre ambos se extiende ese territorio oscuro donde conviven la memoria familiar, la incertidumbre económica, la identidad de clase y el miedo muy concreto a perder aquello que se considera ganado con esfuerzo.

 

IV. El censo como instrumento: el caso de la ley de nietos

Hasta aquí, todo cuanto se ha dicho podría parecer una abstracción filosófica. Un teorema sobre democracia y dependencia que flotan en el aire de los libros de ciencia política. Pero ocurre que la realidad, con su habitual falta de pudor, tiene la costumbre de convertir los teoremas en expedientes administrativos.

En el otoño de 2022, el Gobierno de Pedro Sánchez aprobó la Ley de Memoria Democrática. Su disposición adicional octava, la que el lenguaje popular bautizó como «ley de nietos», reconocía el derecho a optar a la nacionalidad española a los descendientes de exiliados, de mujeres que perdieron la ciudadanía por matrimonio con extranjeros antes de la Constitución y de quienes ya se habían acogido a la legislación memorial de 2007. Una norma, en principio, de reparación histórica.

La intención declarada era justa. La historia de los exilios españoles del siglo XX ,el republicano, el económico, el silencioso, dejó una diáspora real cuyos vínculos con España merecían reconocimiento. Nadie lo discutió durante quince meses de tramitación parlamentaria. Ni la derecha lo cuestionó entonces.

Pero en 2026, la ley ha devenido en escándalo de proporciones considerables. Y lo que el escándalo revela merece ser leído con cuidado, porque no es un escándalo ordinario: no se trata de dinero robado ni de contratos irregulares. Se trata de algo más sofisticado y, en cierto sentido, más perturbador: la sospecha fundada de que una norma de reparación histórica fue diseñada, o al menos aprovechada con posterioridad, como instrumento de ingeniería electoral.

Los datos son los siguientes. Entre las elecciones generales de julio de 2023 y julio de 2026, el Censo Electoral de Residentes Ausentes, el CERA, el registro que determina quién vota desde el extranjero, creció en más de 400.000 inscritos: de 2.333.056 a 2.736.522 electores. Un incremento del 17,3% en menos de tres años. Solo en un mes de 2026 se registraron más de 20.000 nuevas altas, el mayor crecimiento mensual de la historia del censo exterior. Se habían presentado más de 876.000 solicitudes de nacionalidad al amparo de la ley; más de 540.000 expedientes habían sido aprobados.

Nada de eso constituiría irregularidad por sí solo. La ley estaba en vigor; los solicitantes cumplían, o decían cumplir, sus requisitos. El problema surgió cuando comenzó a acreditarse que la instrucción elaborada por Sofía Puente, directora general del Ministerio de Justicia y hermana del ministro de Transportes Óscar Puente, había ampliado por vía administrativa los supuestos contemplados expresamente por el Parlamento, extendiendo el derecho más allá de los hijos y nietos de exiliados para alcanzar a bisnietos y tataranietos sin exigencia efectiva de acreditar el vínculo con el exilio. En otras palabras: la norma votada por las Cortes decía una cosa; la instrucción administrativa hacía otra.

La Junta Electoral Central, en julio de 2026, se declaró incompetente para resolver las denuncias presentadas. El 10 de septiembre de ese año, la Sección Cuarta de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo adoptó una medida cautelar de alcance histórico: suspendió las inscripciones en el CERA de los nacionalizados por la ley de nietos y dejó sin efecto electoral las ya registradas, salvo acreditación expresa del vínculo con el exilio. El alto tribunal advirtió de un «riesgo de alteración del censo electoral» y apreció un «peligro fundado, real y serio» para la objetividad y la transparencia de los comicios.

No se trata, conviene subrayarlo, de que el Supremo haya concluido que hubo fraude. Una medida cautelar no es sentencia. Lo que el Supremo ha dicho es que el riesgo es lo suficientemente fundado como para paralizarlo mientras se sustancia el fondo. Y eso, en lenguaje jurídico, no es poca cosa.

Lo que el caso sí demuestra, con independencia del fallo final, es algo que el ensayo político raramente consigue argumentar con tanta concreción: que el poder no necesita comprar votos en sentido estricto. Le puede bastar con construir el censo.

 

V. El clientelismo no es la pensión; es la condición de la pensión

Conviene aquí evitar una trampa en la que caen con facilidad los dos extremos del debate.

Una pensión no compra votos. Una beca no compra votos. Una prestación por desempleo no compra votos. Un funcionario no es, por el hecho de serlo, un cliente político. Un beneficiario de políticas sociales no es automáticamente un rehén electoral. Presentarlo así sería una caricatura tan absurda como afirmar que quien paga impuestos y utiliza la sanidad pública ha vendido su conciencia al Ministerio de Sanidad.

El clientelismo no reside en la existencia de las prestaciones. Reside en la condición que se les impone o que se permite que se perciba. Comienza cuando el derecho deja de ser impersonal: cuando importa quién eres, a quién conoces, qué organización te ampara, qué favor recibes y qué favor habrás de devolver.

Pero el caso de la ley de nietos introduce una variante nueva en este catálogo. No se trata solo de que el ciudadano que ya existe perciba su prestación como favor. Se trata de que el propio cuerpo electoral, quién vota, cuántos votan, desde dónde votan, pueda ser diseñado o ampliado con la vista puesta en el resultado. Si esa sospecha resultara fundada, el daño a la democracia no sería psicológico sino estructural. No estaríamos hablando de un elector que teme perder lo suyo: estaríamos hablando de un elector que ha sido fabricado.

Esa relación puede existir bajo colores partidistas distintos, porque el clientelismo no tiene ideología exclusiva. Tiene una característica mucho más vulgar: le gusta el poder, cualquier poder, y prospera con igual comodidad en la izquierda y en la derecha, en los gobiernos nacionales y en los ayuntamientos más pequeños.

 

VI. El gran malentendido: libertad no es indigencia

Una de las confusiones más tenaces del debate político contemporáneo consiste en imaginar que el elector verdaderamente libre es aquel que no recibe nada del Estado.

No. El elector libre es aquel que puede recibir del Estado sin deberle políticamente su voto.

La diferencia parece pequeña. Es enorme.

Una pensión digna puede ser una conquista de ciudadanía. Una beca puede abrir oportunidades que de otro modo permanecerían cerradas. Una prestación puede impedir que una familia caiga en la pobreza. Nada de esto convierte al beneficiario en súbdito.

Pero si el ciudadano llega a pensar, aunque no lo diga, aunque ni siquiera lo piense con esa claridad, que un cambio de gobierno pondrá en riesgo lo que tiene, entonces el debate ha abandonado el terreno de los derechos y ha entrado en el de la dependencia percibida. Y una sociedad que vota desde la dependencia percibida no está ejerciendo la soberanía popular: está gestionando el miedo.

Y si el Estado, además, decide quién entra en el censo, la dependencia ya no es percibida. Es institucional.

 

VII. Por qué los escándalos no producen siempre el terremoto esperado

Llegamos aquí a la pregunta que subyace a mucha de la indignación pública: ¿por qué determinados escándalos políticos no producen el terremoto electoral que algunos esperan?

La respuesta más cómoda, «la gente está comprada», es también la más perezosa. Un ciudadano puede considerar intolerable un caso de irregularidad y, simultáneamente, seguir votando a un partido por razones económicas, territoriales, ideológicas o porque considera que las alternativas disponibles son peores o más peligrosas.

Puede pensar que lo que han hecho está mal y seguir sin entregar su voto al adversario que le resulta incompatible con sus valores. Puede parecer irracional. No lo es necesariamente.

La política no es un examen de lógica formal. El ciudadano no está obligado a maximizar una función matemática de pureza moral antes de introducir la papeleta en la urna. La democracia está llena de contradicciones. Y precisamente por eso funciona, o al menos sobrevive.

Pero hay un matiz nuevo que la ley de nietos introduce en esta reflexión: cuando el escándalo no afecta a la gestión del poder sino a la composición del cuerpo electoral que lo elige, el terremoto puede no llegar nunca. No porque los ciudadanos perdonen, sino porque los ciudadanos que deberían castigarlo son, precisamente, los que más directamente dependen de quien está siendo cuestionado. Es una trampa perfecta. Y tiene la elegancia sombría de los sistemas que se perpetúan a sí mismos.

 

VIII. El ciudadano no es un idiota ni un santo

Hay una cierta arrogancia, que tampoco tiene ideología propia, en considerar que millones de personas votan como votan exclusivamente porque reciben alguna prestación del Estado. Es una manera cómoda de explicar el mundo: si votan como nosotros, son ciudadanos conscientes; si votan contra nosotros, son clientes, ignorantes, manipulados o comprados.

Quizá convendría concederle al ciudadano algo extraordinariamente revolucionario: la capacidad de decidir por razones que no compartimos. El elector puede estar equivocado. Puede tener prejuicios. Puede votar contra sus intereses materiales porque prioriza otros valores. Puede incluso votar al mismo partido que considera corrupto si lo considera menos peligroso que la alternativa. No deja de ser ciudadano.

Pero también merece que los datos de quién forma el elector sean transparentes, verificables e independientes de la voluntad del gobernante. Eso no es un privilegio de los ciudadanos: es una condición del sistema.

IX. El poder no necesita comprar votos; le basta construir expectativas, o el censo.

La política moderna no necesita adquirir millones de voluntades. Le basta con construir expectativas. El ciudadano no tiene que recibir un cheque: puede bastarle con creer que determinado gobierno protegerá aquello que considera suyo.

La política contemporánea ha descubierto algo que Maquiavelo habría comprendido a la perfección: el poder no necesita que el ciudadano ame al gobernante. A veces le basta con que tema perderlo.

Pero el caso de la ley de nietos sugiere un estadio ulterior de esa misma lógica. No solo el miedo. También el diseño. No solo convencer al elector de que tiene algo que perder. También decidir, con criterios propios, quiénes serán los electores.

El miedo electoral no siempre dice «vota por mí». A veces susurra algo mucho más eficaz:

«No votes al otro. Y, de paso, tú eres de los nuestros.»

Cuatro palabras en lugar de tres. El mismo mecanismo. Una eficacia que muchos programas electorales no consiguen.

 

X. Izquierda, derecha y el eterno pecado del dinero ajeno

Sería demasiado fácil, y demasiado inexacto, convertir todo esto en una acusación exclusiva contra determinada familia política. La historia española demuestra con claridad que ningún partido posee el monopolio de la utilización electoral del presupuesto o de las instituciones.

La diferencia suele estar en el relato. Unos llaman al gasto protección social; otros, inversión. Unos hablan de solidaridad; otros, de cohesión territorial. El presupuesto cambia de camisa con una facilidad admirable. Pero continúa siendo el mismo presupuesto, y el ciudadano continúa pagando la misma factura.

Por eso, quizá, la discusión más seria no sea cuánto Estado queremos, sino qué clase de Estado queremos. Uno que conceda favores o uno que garantice derechos. Uno que fabrique dependencia o uno que produzca autonomía. Uno que diseñe su propio electorado o uno que lo reciba, con todas sus contradicciones, de la soberanía popular.

Un Estado democrático verdaderamente sólido debería poder soportar que sus propios beneficiarios votaran contra quienes gobiernan. Que el pensionista vote a quien quiera. Que el becario cambie de partido. Que el funcionario elija en conciencia. Y, sobre todo, que el censo que recoge esas decisiones sea irreprochablemente ajeno a cualquier interés de quienes están en el poder.

 

XI. El día que el ciudadano deje de dar las gracias

Imagínese la escena, improbable, quizá utópica, pero útil como horizonte.

Un pensionista recibe su pensión. No dice: «Gracias, presidente». Dice: «Es mi derecho». Un estudiante recibe una beca. No dice: «Gracias, Gobierno». Dice: «Cumplí las condiciones que establece la ley». Una familia recibe una prestación. No piensa: «Qué generoso es el poder». Piensa: «La ley reconoce que tengo derecho a ella».

Un descendiente de exiliados recibe la nacionalidad que la historia le negó. No piensa: «Qué generoso es el Gobierno que me la concede». Piensa: «Es una reparación que la justicia histórica exige, con independencia de quién gobierne». Y exige, también, que los criterios sean los que votó el Parlamento, no los que decidió una instrucción administrativa.

Eso es ciudadanía. La diferencia entre una sociedad de súbditos agradecidos y una sociedad de ciudadanos conscientes de sus derechos no es semántica. Es la diferencia en la que se juega, en buena medida, la salud de una democracia.

 

XII. Lo que las encuestas, y el censo, no deberían ocultar

Las encuestas resultan, al final, mucho más interesantes de lo que la provocación inicial sugería. No porque permitan saber quién «cobra del presupuesto», sino porque revelan algo que debería preocuparnos más: cuántos ciudadanos mantienen su confianza en determinada opción política, y por qué.

¿Es ideología? ¿Es interés económico percibido? ¿Es identidad? ¿Es miedo? ¿Es tradición? ¿Es rechazo al adversario? ¿Es dependencia? ¿Es todo eso simultáneamente, en proporciones que varían según el ciudadano, el momento y las circunstancias?

Probablemente sí. Porque el elector no es una variable estadística. Es una biografía.

Pero para que esas biografías sean soberanas, para que cada una decida desde sí misma, con independencia del poder que administra su seguridad y, eventualmente, su ciudadanía, el sistema que las cuenta debe ser incontestable. Un censo que puede ser cuestionado ante el Tribunal Supremo no es solamente un problema jurídico. Es una herida en la legitimidad de todo lo que viene después.

 

Cierre: la papeleta, el recibo y el padrón

El dinero público puede comprar muchas cosas. Puede financiar carreteras, sostener hospitales, pagar salarios, mantener pensiones, costear universidades, financiar partidos conforme a la ley y sostener los servicios que hacen posible la vida en común.

Lo único que no debería comprar jamás es una papeleta.

Ni el censo en el que esa papeleta aparece.

Porque cuando el ciudadano introduce el voto en la urna pensando en quién puede arrebatarle aquello que cree que le han concedido, ya no está ejerciendo la soberanía popular. Está gestionando el miedo. Y cuando el propio electorado ha sido diseñado por quienes serán evaluados con ese voto, el problema ya no es psicológico. Es estructural.

La democracia no muere necesariamente el día en que dejan de celebrarse elecciones. A veces empieza a deteriorarse mucho antes: cuando el ciudadano conserva la papeleta pero ha perdido la convicción de que puede utilizarla libremente contra el poder. Y a veces , ahí está la novedad que el presente nos ofrece, cuando no sabe con certeza quién comparte urna con él.

La papeleta, afortunadamente, no lleva recibo.

Que siga siendo así. Que el censo tampoco lleve instrucción.

 


domingo, 20 de septiembre de 2026

Ceuta: El crimen político calculado


 

Ceuta: El crimen político calculado

LA CRÍTICA: ALTA TRAICION

En el análisis no nos hallamos ante una “ruptura de escalas” inevitable, ni ante una “confrontación entre principios irreconciliables”, ni ante un “misterio que trasciende la comprensión”.

Estamos ante un acto político calculado con consecuencias perfectamente predecibles; ante una manipulación institucional que utilizó a población vulnerable como instrumento; y ante un crimen contra los principios democráticos que exige identificación, denuncia y reparación.

La contemplación filosófica de la “tragedia irresoluble” se convierte, en este caso, en complicidad con la injusticia política, porque sabemos quién la generó.

DIAGNÓSTICO POLÍTICO

I. La evidencia de la orquestación

La hipótesis de que lo ocurrido en Ceuta fue deliberadamente permitido o facilitado por actores políticos españoles se sostiene sobre tres pilares:

A) Indicadores de coordinación

  • Convergencia simultánea de decenas de miles de personas en un punto geográfico concreto, hecho altamente improbable sin organización previa.
  • Sincronización temporal incompatible con cualquier espontaneidad orgánica.
  • Patrones de movimiento que apuntan a facilitación logística.
  • Ausencia de la respuesta estatal que hubiera sido trivial aplicar cuarenta y ocho horas antes.

B) Beneficiarios políticos evidentes

El Gobierno español (gestión 2023-2026) obtuvo beneficios políticos inmediatos:

  • Refuerzo de la narrativa de “crisis migratoria” que legitimaba políticas restrictivas.
  • Fortalecimiento de la coalición política mediante una crisis compartida.
  • Desviación de la atención pública respecto de otros conflictos (crisis económica, corrupción, las regularizaciones, la Ley de Nietos, etc.).
  • Legitimación de medidas excepcionales destinadas a consolidarse como “nueva normalidad”.

C) Ausencia de consecuencias reales

  • Ningún funcionario fue destituido.
  • Ningún control parlamentario significativo se produjo.
  • Ningún procesamiento legal de los responsables tuvo lugar.
  • Ninguna reforma institucional se impulsó para impedir la repetición.

Esta tríada, coordinación implícita, beneficio político claro y total impunidad, constituye evidencia de una acción política intencional.

II. La naturaleza del acto político

Si el episodio fue deliberado, entonces constituyó:

1.    Un acto de violencia política contra población vulnerable

Utilizó a seres humanos en situación de extrema precariedad como peones. Generó daño comprobable (menores traumatizados, saturación de servicios, muertes). Se ejecutó a sabiendas de que provocaría sufrimiento.

2.    Un acto de fraude democrático

Fabricó la percepción falsa de una “crisis espontánea” para justificar políticas. Empleó manipulación mediática para ocultar la autoría. Transformó una catástrofe humanitaria en narrativa política útil.

3.    Un acto de sabotaje institucional

Demostró que el Estado puede deliberadamente generar su propio colapso. Expuso la capacidad de actores estatales para manipular los sistemas de gestión de crisis. Reveló el vacío de control efectivo sobre los actos “excepcionales”.

Esto no es filosofía política abstracta. Es un crimen político concreto que exige una respuesta concreta, ante un acto de Alta Traición.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Jenofonte en Moncloa...O del arte de administrar lo ajeno sin saber de qué se habla.

 



JENOFONTE EN MONCLOA

O del arte de administrar lo ajeno sin saber de qué se habla

I. Cuando el término «economía» era algo serio

 

Corría el siglo IV antes de nuestra era cuando un ateniense de nombre Jenofonte, general, filósofo y escritor que había combatido en Persia, contemplado la decadencia de su ciudad y meditado sobre el arte de gobernar, inventó el término oikonomikos: la ciencia de administrar el hogar, la propiedad, los recursos escasos de la comunidad. No era retórica vacía. Era una disciplina que exigía conocer la tierra que se pisa, los ingresos reales que se tienen, la naturaleza de los hombres a quienes se confía la gestión. Quien quisiera ser administrador, según el propio Jenofonte, mediante boca de Isómaco en el Domostroy, no podía ser ebrio, ni perezoso, ni entregado a los placeres hasta el olvido del deber. Tampoco podía robar: «si quien recoge los frutos del campo se atreve a robar tanto que lo que queda no justifica el costo de su trabajo, ¿de qué servirá la agricultura bajo su administración?»

Lean ustedes con atención esos requisitos. Y piensen luego en el gabinete económico del gobierno del señor Sánchez. Hay algo casi obsceno en la comparación.

II. El oikonomikos y sus aprendices de Moncloa

El ministro de Economía, don Carlos Cuerpo, llegó al cargo con el expediente de un técnico del Estado. Una tesis doctoral que ha generado más dudas que certezas sobre su origen intelectual: investigaciones periodísticas han señalado en ella un grado de coincidencia con trabajos ajenos que, en cualquier universidad anglosajona con una política de integridad académica mínimamente en serio, habría bastado para retirarla. En España, estas cosas se gestionan de otra manera: con silencio institucional, con la complicidad de quien toca, con el tiempo suficiente para que el escándalo se disuelva en la siguiente noticia.

Jenofonte, que en su tratado anticrisis Sobre los ingresos fue capaz de diseñar el primer plan de macroeconomía de la historia occidental, con sus errores, con su ingenua propuesta de comprar esclavos para las minas de Laurión, pero con una coherencia intelectual y una honradez analítica que merecen respeto, habría expulsado sin contemplaciones al señor Cuerpo de cualquier cargo de responsabilidad. No por sus ideas. Por la falta de carácter que implica presentar como propio lo que no lo es.

La gestión económica del Gobierno socialista se ha caracterizado por una retórica de la suficiencia que choca frontalmente con los datos. Se habla de «blindar» el Estado del bienestar mientras el déficit estructural se perpetúa; se promete inversión pública transformadora mientras los presupuestos del Estado llevan más de dos años prorrogados por incapacidad política de aprobar unos nuevos; se celebran décimas de crecimiento del PIB como si fueran victorias históricas mientras la productividad española sigue siendo una de las más bajas de la eurozona y el mercado de trabajo es un monumento a la precariedad disfrazada de estadística favorable.

III. Pedro Sánchez y el plan de Jenofonte

Jenofonte, al menos, tuvo la honestidad de reconocer que Atenas era pobre porque no aprovechaba bien sus ventajas. Eso supone, ante todo, una lucidez sobre la situación real. El señor Sánchez, en cambio, ha elevado a sistema de gobierno la negación de la realidad. En cada crisis, la energética, la inflacionaria, la habitacional, la fiscal, ha reaccionado primero culpando a otros (la guerra, los especuladores, Europa, la derecha), luego anunciando medidas espectaculares que raramente se ejecutan en los plazos prometidos, y finalmente atribuyéndose los efectos de tendencias que nada tienen que ver con su política.

El Presidente del Gobierno se ha construido como una figura de la modernidad progresista, pero su relación con la economía recuerda más al Eubulo de Jenofonte que al Jenofonte mismo: Eubulo fue quien, tras la derrota de Atenas en la Guerra Social, canalizó el presupuesto hacia el theorikon, el fondo de festivales y subsidios para el teatro, y prohibió por ley que esos fondos se destinaran a nada que pudiera molestar. Una forma antigua y refinada de comprar la paz social con dinero público. Una forma, en definitiva, que los griegos ya conocían y que no necesitaba ser reinventada veinticuatro siglos después en Madrid.

El resultado, en Atenas, fue la derrota de Queronea y el fin de su hegemonía. El resultado aquí todavía no ha terminado de escribirse. Pero los síntomas son conocidos.

IV. La soberbia del Banco de España

Hay en esta tragicomedia un personaje que merece tratamiento aparte: el gobernador del Banco de España, cuya característica más notable no es la agudeza de sus diagnósticos, que a veces acierta, como reloj parado dos veces al día, sino la altivez con que los formula. Existe en ciertos tecnócratas una variedad peculiar de soberbia: la del hombre que ha llegado a un cargo por méritos reales y ha concluido de ello que su autoridad es epistémica, no solo institucional. Que sabe. Que ve. Que los demás, si le escucharan, estarían mejor.

Jenofonte, que también escribió sobre el liderazgo en la Ciropedia y en las Memorias de Sócrates, entendía perfectamente este tipo humano. El administrador eficaz, Isómaco, el gerente modélico del Domostroy, no daba órdenes directas. Formaba, convencía, incentivaba. El gobernador del Banco de España no convence: dictamina. Y cuando la realidad no le da la razón exactamente en los plazos que él había calculado, el problema siempre está en otro lado: en el Gobierno que no escucha, en los mercados que no reaccionan, en la ciudadanía que no ahorra suficiente. Nunca en el propio modelo.

La independencia del banco central es una conquista institucional valiosa y debe preservarse. Pero la independencia no es sinónimo de infalibilidad, y la infalibilidad jamás debería confundirse con la autoridad moral. España lleva años con una inflación que el propio Banco de España erró sistemáticamente en sus previsiones, y con un mercado de la vivienda cuya disfunción fue advertida tardíamente y con la misma autoridad pontificia con que se anuncian los torneos de tenis.

V. El error de Jenofonte y la trampa del Gobierno

Sería injusto terminar sin señalar que el propio Jenofonte no era infalible. Su plan anticrisis para Atenas contenía errores graves que los economistas modernos han identificado con facilidad: la liberación masiva de plata habría generado inflación; la propuesta de esclavos estatales ignoraba la ley de rendimientos decrecientes; la idea de los «pacificadores» era una construcción institucional sin sustento real. Y sin embargo, Jenofonte fue honesto en sus limitaciones, puso sus ideas a disposición de la deliberación pública y terminó su tratado pidiéndole a la ciudad que consultara a los oráculos de Dodona y Delfos antes de ejecutar nada. Una forma antigua de decir: podría estar equivocado; piénsenlo ustedes también.

Esa humildad es exactamente lo que falta en el gabinete económico del señor Sánchez. No la incertidumbre, esa la tienen de sobra y la disimulan con cifras de coyuntura, sino la disposición a reconocerla públicamente, a someter las propias ideas al escrutinio real, a admitir que una tesis puede estar mal hecha, que una previsión puede ser errónea, que una política que no funciona debe cambiarse y no renombrarse.

La economía, desde que Jenofonte la bautizó, es el arte de administrar los recursos de la comunidad en beneficio de quienes la integran. No el arte de administrar el relato sobre esos recursos. No el arte de parecer que se administra mientras se delega en la coyuntura favorable. Y desde luego no el arte de plagiar, pontificar o gobernar desde la soberbia del que cree que el cargo le da la razón.

VI. Conclusión: lo que Jenofonte habría dicho

Si Jenofonte de Atenas levantara la cabeza y contemplara el espectáculo de la economía política española de 2026, no se sentiría ajeno a él. Reconocería los mecanismos: la élite que confunde el cargo con el mérito, la retórica que sustituye al análisis, la fiesta pública financiada con deuda futura, la complacencia de quien gobierna sin oposición intelectual real dentro de su propio círculo. Los griegos lo llamaban hybris: la soberbia del que olvida sus límites. Y conocían bien el final de esa historia.

Isómaco, el modelo de gestor en el Domostroy, no toleraba a quien «se excede con el vino», ni al que «duerme en exceso», ni al «excesivamente entregado a los placeres». Hoy diríamos: no toleraba al que ocupa el cargo sin conocer el oficio, al que firma lo que no ha escrito, al que habla de lo que no sabe con la convicción del que todo lo sabe.

España merece gestores económicos que conozcan el oikonomikos en su sentido más puro: el arte de administrar bien lo que pertenece a todos. No técnicos que medran en el cargo, ni doctores cuestionados que pontifican sobre el déficit, ni gobernadores que confunden la independencia institucional con la impunidad intelectual. Merece, en definitiva, algo que en Moncloa escasea casi tanto como en la Atenas de después de Queronea: la honradez de reconocer lo que no se sabe.

 


lunes, 14 de septiembre de 2026

La mayoría intelectual: hacia quién controlará la inteligencia artificial....Bass Persuades


 


La mayoría intelectual: hacia quién controlará la inteligencia artificial

Durante mucho tiempo, el poder internacional se ha medido en territorios, ejércitos, recursos naturales, capacidad industrial o influencia financiera. El siglo XXI está introduciendo una nueva unidad de medida: la capacidad de producir, controlar y orientar inteligencia artificial.

Este cambio puede parecer, a primera vista, una cuestión reservada a ingenieros, científicos y grandes empresas tecnológicas. No lo es. La inteligencia artificial está dejando de ser una herramienta para convertirse progresivamente en una infraestructura de poder. Del mismo modo que en otras épocas resultaron decisivos el dominio de las rutas marítimas, de la energía o de las telecomunicaciones, comienza a ser determinante quién posee los modelos, los datos, los procesadores, la capacidad de cálculo, los centros de datos y, sobre todo, la facultad de establecer las reglas con las que funcionarán.

Y es precisamente ahí donde comienza una nueva disputa.

La paradoja de la mayoría

En apariencia, el mundo dispone hoy de más participación internacional que nunca. Cada vez son más los países que quieren intervenir en la discusión sobre el futuro de la inteligencia artificial. Se habla de cooperación, seguridad, igualdad de acceso, reducción de la brecha digital y gobernanza internacional.

Sin embargo, existe una paradoja evidente: participar en la conversación no equivale a poseer la capacidad tecnológica necesaria para decidir su resultado.

Un Estado puede sentarse alrededor de una mesa, disponer de un voto y participar en la aprobación de determinadas normas. Pero si no posee capacidad de cálculo, infraestructura digital, investigadores, tecnología de semiconductores, modelos propios o propiedad intelectual, su capacidad efectiva de decisión será necesariamente limitada.

Aquí aparece el verdadero significado de la expresión «mayoría intelectual».

No se trata de contar cuántos países participan. Se trata de averiguar cuántos tienen capacidad real para pensar, producir, controlar y transformar la tecnología que determinará el futuro.

La diferencia es extraordinariamente importante.

La democracia institucional puede establecer que cada Estado tenga un voto. La realidad tecnológica puede establecer que algunos Estados posean casi todos los instrumentos necesarios para hacer efectivo ese voto.

Por eso, la futura geopolítica de la inteligencia artificial no se decidirá únicamente en las instituciones internacionales. Se decidirá también en los centros de datos, en los laboratorios, en las fábricas de semiconductores, en las universidades y en las infraestructuras energéticas que permiten funcionar a los sistemas de inteligencia artificial.

Del territorio a la infraestructura

La transformación que se aproxima tiene una característica especialmente relevante: el poder comienza a desplazarse del territorio hacia la infraestructura.

Un país puede conservar intactas sus fronteras, su soberanía política y sus instituciones y, sin embargo, depender tecnológicamente de otros para desarrollar su economía, administrar sus servicios públicos, proteger sus infraestructuras o incluso procesar su información.

La dependencia, por tanto, puede dejar de ser visible.

Ya no será necesariamente una dependencia basada en la ocupación, la imposición o la presencia física. Podrá manifestarse como una dependencia silenciosa de servidores, algoritmos, plataformas, sistemas operativos, procesadores, modelos de lenguaje y estándares técnicos.

Esta transformación obliga a revisar incluso el concepto tradicional de soberanía.

Durante siglos, ser soberano significó fundamentalmente poder gobernar un territorio sin una autoridad exterior que lo sometiera.

En la era de la inteligencia artificial habrá que añadir otra pregunta:

¿Puede considerarse plenamente soberano un país que no puede controlar las tecnologías esenciales con las que funciona su sociedad?

La pregunta todavía no tiene una respuesta definitiva. Pero su importancia crecerá rápidamente.

La nueva batalla no será solamente por la tecnología

La competición tecnológica tampoco consistirá únicamente en desarrollar el modelo de inteligencia artificial más poderoso.

Será necesario controlar toda una cadena.

Primero están los recursos materiales: energía, centros de datos, semiconductores y capacidad de almacenamiento.

Después aparecen los recursos intelectuales: científicos, ingenieros, universidades, investigación y conocimiento especializado.

A continuación se encuentran los datos, que constituyen una materia prima esencial para numerosos sistemas de inteligencia artificial.

Y finalmente aparece un elemento todavía más poderoso: los estándares.

Quien establece los estándares no necesita controlar directamente todos los productos. Puede conseguir que los demás tengan que adaptarse a unas reglas que ya han sido definidas.

Por eso la disputa por la inteligencia artificial es también una disputa normativa.

Quien determine cómo debe funcionar una tecnología, qué condiciones debe cumplir, qué niveles de seguridad se consideran aceptables, cómo se intercambia la información o cómo se reconoce la propiedad intelectual estará participando en la construcción del futuro incluso aunque no sea quien haya creado cada modelo.

La batalla decisiva, por tanto, puede no consistir en saber quién posee la mejor inteligencia artificial.

Puede consistir en saber quién consigue que los demás utilicen la suya.

Cooperación o dependencia

Aquí surge la cuestión más delicada.

La cooperación tecnológica puede convertirse en uno de los instrumentos más poderosos para reducir las desigualdades entre países. Compartir conocimiento, formar especialistas, crear centros tecnológicos y facilitar el acceso a sistemas avanzados puede permitir que países actualmente rezagados construyan capacidades propias.

Pero existe una frontera que no debería ignorarse.

Cooperar no es lo mismo que depender.

Si la transferencia de tecnología permite que un país desarrolle progresivamente su propia capacidad, existe cooperación.

Si, por el contrario, la transferencia genera una dependencia permanente del proveedor original, la desigualdad simplemente cambia de forma.

La cuestión fundamental será, por tanto, quién controla la infraestructura después de recibirla.

No basta con proporcionar tecnología.

Hay que preguntarse si quien la recibe podrá comprenderla, adaptarla, modificarla, producir alternativas y, llegado el caso, prescindir del proveedor.

Ahí se encuentra la diferencia entre acceso tecnológico y autonomía tecnológica.

Una nueva geografía del poder

El futuro no parece encaminado necesariamente hacia un mundo dividido en dos bloques perfectamente definidos.

Es posible que aparezca algo mucho más complejo.

Algunos países colaborarán simultáneamente con diferentes centros tecnológicos. Otros intentarán mantener una posición intermedia. Algunos utilizarán las tecnologías disponibles sin comprometerse plenamente con ningún ecosistema. Y otros tratarán de desarrollar una infraestructura propia.

Esta situación dará lugar a una nueva geografía del poder.

Los países que hoy ocupan posiciones intermedias pueden adquirir una importancia inesperada si poseen población, talento, recursos energéticos, capacidad industrial o mercados suficientemente grandes para convertirse en socios tecnológicos imprescindibles.

En consecuencia, el futuro no estará determinado exclusivamente por las grandes potencias.

También dependerá de la capacidad de los países intermedios para negociar sin quedar atrapados en una dependencia exclusiva.

La autonomía, en este contexto, no significa aislamiento.

Significa disponer de alternativas.

El verdadero peligro: cambiar de dependencia

Existe una tentación recurrente en la política internacional: cuando una dependencia resulta incómoda, sustituirla por otra.

Pero eso no constituye soberanía.

La verdadera autonomía tecnológica exige diversificación, capacidad propia y libertad para escoger.

Un país que dependa completamente de una única potencia para sus sistemas de inteligencia artificial puede encontrarse en una situación vulnerable aunque esa relación haya sido presentada bajo el lenguaje de la cooperación.

Por ello, el criterio decisivo no debería ser quién ofrece más tecnología, sino quién permite desarrollar más autonomía.

Esta diferencia será fundamental durante los próximos años.

La inteligencia artificial como nueva infraestructura civilizatoria

La cuestión adquiere todavía mayor dimensión cuando comprendemos que la inteligencia artificial no permanecerá confinada a determinados sectores.

Intervendrá progresivamente en la industria, la medicina, la educación, la administración pública, la defensa, la agricultura, el transporte, las finanzas, la investigación científica y la planificación territorial.

Cuando una tecnología alcanza semejante grado de penetración, deja de ser simplemente una herramienta.

Se convierte en infraestructura.

Y cuando una infraestructura se vuelve indispensable, quien la controla adquiere una capacidad de influencia extraordinaria.

Esta es la razón por la que la actual carrera tecnológica merece ser observada con mucha mayor atención de la que suscita una simple competición entre empresas o países.

Lo que está en juego no es únicamente quién fabricará mejores máquinas.

Está en juego quién establecerá las condiciones bajo las cuales las sociedades futuras podrán utilizar la inteligencia.

El futuro que comienza a dibujarse

Es posible que dentro de algunos años la pregunta ya no sea quién tiene la inteligencia artificial más avanzada.

Será otra:

¿Quién controla el ecosistema que permite utilizarla?

La respuesta dependerá de muchos elementos: chips, energía, datos, modelos, científicos, capital, propiedad intelectual, estándares, redes de comunicación e instituciones capaces de regularlos.

La inteligencia artificial está creando, por tanto, una nueva forma de poder que combina conocimiento, infraestructura y capacidad normativa.

Y esa combinación puede modificar profundamente las relaciones internacionales.

La verdadera «mayoría intelectual» no será aquella que reúna a más países alrededor de una mesa. Será aquella que consiga distribuir de manera efectiva el conocimiento, la capacidad tecnológica, la infraestructura y la facultad de decidir.

Ese será el verdadero examen.

Porque la historia tecnológica demuestra que quien controla una infraestructura esencial termina teniendo, directa o indirectamente, capacidad para condicionar a quienes dependen de ella.

La gran cuestión que comienza ahora no es, por tanto, quién dominará la inteligencia artificial.

Es algo más inquietante:

si la inteligencia artificial terminará distribuyendo el poder entre más sociedades o si, bajo la apariencia de una tecnología universal, acabará concentrándolo todavía más.

La respuesta todavía no está escrita.

Pero las decisiones que se están tomando ahora comienzan a escribirla.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Prohibido comprar...El nuevo urbanismo consiste en no construir casas.


 PROHIBIDO COMPRAR: EUROPA DESCUBRE CÓMO SOLUCIONAR LA FALTA DE VIVIENDAS

El nuevo urbanismo consiste en no construir casas y, después, decidir quién merece comprar las que quedan

Hay que felicitar a Europa.

Después de décadas de planificación, fondos europeos, comisiones, estrategias, agendas, observatorios, grupos de expertos y toneladas de papel reciclado, Bruselas acaba de descubrir la solución definitiva al problema de la vivienda:

si no hay suficientes casas, limitemos a quienes quieran comprarlas.Genial. Newton necesitó una manzana. Europa ha necesitado una crisis inmobiliaria.

La vicepresidenta Teresa Ribera ha planteado en Bruselas que los ayuntamientos puedan disponer de instrumentos para restringir la adquisición de segundas residencias en determinadas circunstancias. No se trataría, dice la propuesta, de una prohibición automática: habría que justificarla con datos, acreditar el impacto sobre el mercado y respetar criterios de proporcionalidad.

Qué alivio. No estamos ante una prohibición. Estamos ante una prohibición con expediente administrativo. La civilización ha avanzado.

El problema era que faltaban casas. Pero alguien tuvo una idea mejor.

Existe un pequeño inconveniente que amenaza con arruinar esta brillante arquitectura conceptual.

No hay suficientes viviendas. Eso lo reconoce el propio debate europeo. La construcción de vivienda nueva y la rehabilitación del parque existente siguen siendo consideradas esenciales.

Es decir, hay escasez. Y cuando hay escasez, normalmente un economista vulgar, de esos que todavía creen en la oferta y la demanda, sugeriría aumentar la oferta.

Pero estamos en 2026. Eso sería demasiado convencional. Aquí hemos decidido sofisticar la solución. No construiremos necesariamente más. Seleccionaremos mejor a los compradores.

La vivienda seguirá siendo escasa, pero al menos estará correctamente administrada. Es una diferencia fundamental. Antes teníamos un problema de vivienda. Ahora tendremos un problema de vivienda... con sello europeo.

Bienvenido al fascinante mundo del propietario sospechoso

Durante siglos, comprar una casa fue una cosa bastante sencilla. Uno trabajaba. Ahorraba. Pedía un Préstamo. Compraba. Y pagaba impuestos hasta el último céntimo. Era propietario. No era exactamente una categoría revolucionaria. Ahora aparece una nueva figura antropológica: el propietario de segunda residencia. Este ser es particularmente peligroso. Puede tener una casa en la playa. O en el pueblo. O en la montaña. Puede haberla heredado de sus padres. Puede haberla comprado después de cuarenta años trabajando. Puede utilizarla dos meses al año. Puede alquilarla. Puede no alquilarla. Puede mantenerla cerrada. Y aquí está el verdadero problema: puede tener la indecencia de poseerla. Naturalmente, hay que distinguir entre usos legítimos y actividades que produzcan externalidades negativas. Por supuesto. El problema aparece cuando empezamos a transformar una circunstancia patrimonial perfectamente legal en una sospecha social. Porque entonces la pregunta ya no es cuánto cuesta una vivienda.

La pregunta empieza a ser: ¿cuánta vivienda considera conveniente que posea usted? Y eso, queridos lectores, ya es otra conversación.

El ayuntamiento: de ordenar la ciudad a decidir quién puede comprarla

El urbanismo siempre ha tenido poder. Muchísimo. El planeamiento determina usos. Densidades. Alturas. Edificabilidades. Equipamientos. Infraestructuras. Protecciones. Suelo urbano. Suelo urbanizable. Suelo no urbanizable. Puede decidir, en definitiva, qué se puede hacer con el territorio.

Ahora se abre otra puerta: decidir quién puede adquirir determinadas viviendas.

El urbanista debería empezar a preocuparse. Porque el planeamiento nació para ordenar el espacio. No para fabricar ciudadanos inmobiliariamente autorizados. Si mañana un ayuntamiento determina que en una determinada zona solo pueden comprar determinados residentes, habrá nacido algo muy peculiar: la frontera municipal del derecho de propiedad.

No habrá aduanas. No habrá policía. No habrá barreras. Habrá algo mucho más elegante: una ordenanza. Y contra una ordenanza siempre queda el recurso administrativo. Qué tranquilizador.

La libertad seguirá siendo libre, pero con condiciones

Aquí está la parte verdaderamente exquisita. Nadie quiere prohibir la propiedad privada. ¡Por supuesto que no! Simplemente se establecen condiciones. Nadie quiere acabar con el mercado. ¡Faltaría más! Simplemente se limita. Nadie quiere impedir que usted compre. Simplemente quizá no pueda comprar allí.Nadie quiere intervenir arbitrariamente. Simplemente habrá que demostrar ue la zona está tensionada. Nadie quiere restringir sus derechos.  Simplemente habrá que establecer unas cuantas salvaguardas.

Y así, poco a poco, la libertad queda convertida en una cosa extraordinariamente interesante: un derecho cuyo ejercicio depende de que la Administración considere que puede usted .Es la versión administrativa de la libertad. Usted es libre. Hasta que pregunta dónde.

 La palabra mágica: “proporcionalidad”

Hay una palabra que aparece con frecuencia en estos debates: proporcionalidad. Magnífica palabra. Tiene aspecto jurídico, democrático y razonable. La propuesta europea exige precisamente que las medidas estén justificadas y sean proporcionales, con análisis caso por caso.

Pero la pregunta interesante es otra: ¿quién determina cuándo una restricción es proporcional? ¿Y con qué datos? ¿Y durante cuánto tiempo? ¿Y qué ocurre cuando cambia el mercado? ¿Y quién indemniza al propietario que compró legalmente una vivienda y descubre después que su municipio ha decidido restringir determinadas operaciones? ¿Y qué sucede con la inversión futura? ¿Y con la seguridad jurídica?

Porque el mercado inmobiliario tiene una peculiaridad: las casas duran mucho más que los gobiernos. Una familia compra pensando en veinte, treinta o cuarenta años. La Administración legisla pensando en la próxima legislatura. Quizá ahí exista un pequeño desfase.

La vivienda asequible que aparece por decreto

La experiencia europea ya ha dejado algunas advertencias sobre los controles directos.

El propio documento recuerda que la discusión sobre precios ha suscitado críticas por sus potenciales efectos sobre la inversión, el stock disponible y la aparición de mercados paralelos.

Pero parece que no aprendemos. Cuando controlar el precio resulta problemático, controlamos el alquiler. Cuando controlar el alquiler resulta problemático, controlamos el uso. Cuando controlar el uso resulta problemático, controlamos la compra. Y cuando todo eso termine afectando a la oferta... probablemente controlaremos la explicación. Así funciona la nueva economía de la escasez: Primero desaparece la vivienda. Después aparece el regulador. Finalmente desaparece la culpa.

Hay una cosa extraordinariamente incómoda llamada “oferta”

La palabra que menos gusta en determinados discursos inmobiliarios es probablemente esta: oferta. Porque la oferta obliga a hablar de cosas bastante poco poéticas. Suelo. Construcción. Licencias. Financiación. Costes. Fiscalidad. Productividad. Infraestructuras. Densidad urbana. Rehabilitación. Seguridad jurídica. Promoción pública. Promoción privada. Plazos. Y, sobre todo, de una cuestión terrible: construir.

Construir viviendas. Muchas. Donde tenga sentido. Con criterios urbanísticos. Con servicios. Con transporte. Con equipamientos. Con calidad arquitectónica. Eso exige trabajo.

La prohibición, en cambio, cabe en un párrafo.

El gran experimento de robar: administrar la escasez

Hay una expresión particularmente reveladora en el debate recogido por el documento: “distribución de la escasez”. Ahí está todo. Porque quizá el problema ya no sea resolver la escasez.

Quizá el objetivo político se haya desplazado hacia algo bastante distinto: administrarla. Y administrar la escasez tiene una ventaja formidable. No obliga a crear abundancia. Solo obliga a decidir quién recibe lo escaso.

Eso sí: quien decide necesita poder. Y el poder necesita argumentos. Y los argumentos necesitan informes. Y los informes necesitan indicadores. Y los indicadores necesitan observatorios. Y los observatorios necesitan presupuesto. Y el presupuesto necesita funcionarios. Y los funcionarios necesitan formularios. Y, finalmente, usted necesita una vivienda.

Pero para entonces probablemente ya hemos gastado una fortuna en explicar por qué no puede comprarla.

¿Y el extranjero?

Aquí conviene tener cuidado. Porque el debate puede deslizarse con enorme facilidad desde la regulación urbanística hacia una cuestión mucho más peligrosa: la nacionalidad del comprador.

Un territorio puede necesitar proteger su mercado residencial. Perfectamente legítimo. Puede establecer políticas de vivienda pública. Por supuesto. Puede ordenar los usos turísticos. Naturalmente. Puede gravar determinadas actividades. También. Pero una cosa es regular externalidades objetivas y otra construir un relato según el cual determinados ciudadanos son intrínsecamente más legítimos que otros para adquirir un inmueble.

Entonces dejamos el urbanismo. Y entramos en la política de pertenencia. ¿Quién es suficientemente vecino? ¿Quién lleva suficientes años aquí? ¿Quién puede comprar? ¿Quién no? ¿Quién tiene derecho a segunda residencia? ¿Quién debe marcharse?

La ciudad comienza entonces a parecerse peligrosamente a un club privado. Y el planeamiento, a su portero.

El propietario que mañana necesitará permiso para ser propietario

Quizá exagero. Eso es lo que probablemente dirá alguien. Y ojalá tenga razón.

Porque todavía estamos ante una propuesta que debe recorrer el procedimiento legislativo europeo y cuyo contenido puede modificarse durante su negociación. El propio documento señala que no existe una prohibición general y que las medidas deben justificarse y ser proporcionales.

Pero precisamente por eso conviene discutir ahora. No cuando el mecanismo esté aprobado. No cuando las ordenanzas estén redactadas. No cuando el propietario descubra que su segunda vivienda pertenece a una categoría urbanísticamente incómoda.

Ahora. Porque las libertades rara vez desaparecen con una gran explosión. Normalmente se van marchando educadamente. Una excepción. Una condición. Una autorización. Una limitación. Una zona. Un periodo transitorio. Un informe. Un requisito.

Y cuando alguien pregunta dónde quedó el derecho original, aparece la respuesta burocrática perfecta: “Nunca se prohibió.” Naturalmente. Solo se hizo prácticamente imposible.

La solución era construir

Hay una conclusión extraordinariamente poco revolucionaria: si faltan viviendas, hay que aumentar la oferta de viviendas. No hay magia. Más vivienda pública donde sea necesaria. Más rehabilitación. Más suelo apto. Más densidad urbana inteligente. Más rapidez administrativa. Más seguridad jurídica. Menores costes de producción. Mejor planificación. Infraestructuras. Transporte.

Colaboración público-privada. Y, especialmente, una política que no trate al constructor, al propietario y al inversor como sospechosos hasta que demuestren su inocencia. Porque nadie construye veinte años de ciudad si no sabe qué reglas existirán dentro de cinco.

Y nadie invierte alegremente donde cada nueva legislatura puede convertir su propiedad en el siguiente experimento político.

Y llegamos al gran descubrimiento europeo

Europa ha descubierto finalmente cómo solucionar la crisis inmobiliaria. Es sencillo. No hace falta construir más. No hace falta multiplicar la oferta. No hace falta abaratar el suelo. No hace falta acelerar las licencias. No hace falta reducir costes. No hace falta garantizar seguridad jurídica.

No hace falta movilizar capital. No. Es mucho más sencillo. Hay que reducir el número de personas que pueden comprar. Problema resuelto. Habrá menos compradores.

Por tanto, habrá menos competencia. Y si mañana todavía siguen siendo caras las viviendas... bueno... siempre podremos prohibir que las compren otros. Hasta que llegue el momento sublime en que Europa consiga algo que ningún plan urbanístico había conseguido jamás: una vivienda asequible porque prácticamente nadie puede acceder a ella.

Y entonces podremos anunciarlo con solemnidad: “La crisis de vivienda está controlada.” ¿Que siguen faltando casas?  Detalles. ¿Que no se construye? Detalles. ¿Que se restringe la propiedad? Una salvaguarda. ¿Que el mercado se distorsiona? Una externalidad. ¿Que disminuye la inversión? Un efecto colateral. ¿Que el ciudadano ya no sabe si puede comprar la casa que quiere con el dinero que ha ganado? No se preocupe. La libertad sigue intacta.

Solo tiene que pedir permiso para ejercerla.