REFERENCIA APICE

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martes, 29 de septiembre de 2026

El derecho que se proclama y la vivienda que no aparece... Tu y yo



El derecho que se proclama y la vivienda que no aparece

Clave Conceptual: no negar el valor del artículo 47, sino distinguir entre derecho constitucionalmente reconocido, derecho subjetivo directamente exigible y garantía material de su ejercicio

Hay una pregunta que parece sencilla y que, sin embargo, contiene una de las contradicciones más profundas de nuestro constitucionalismo social: ¿qué significa realmente tener un derecho?

La pregunta puede formularla un niño. Puede formularla un jurista. Puede formularla una persona que duerme en la calle. Y puede formularla también cualquiera de nosotros cuando descubre que aquello que la norma proclama solemnemente no siempre encuentra en la realidad los medios necesarios para convertirse en una posibilidad efectiva.

El artículo 47 de la Constitución española afirma que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Pero una cosa es reconocer constitucionalmente una aspiración y otra muy diferente es construir el sistema jurídico, económico y material que permita hacerla efectiva.

El artículo que sirve de punto de partida para esta reflexión plantea precisamente esa paradoja a través de una conversación entre una madre, profesora de Derecho y abogada, y su hijo de diez años. El niño ha aprendido en la escuela que todos tienen derecho a una vivienda digna y, al contemplar personas que viven en la calle, formula la pregunta inevitable: si existe ese derecho, ¿por qué no se cumple? La respuesta conduce a distinguir entre los derechos fundamentales dotados de mecanismos directos de protección y aquellos principios constitucionales que necesitan desarrollo normativo para poder ser exigidos.

La inocencia infantil tiene aquí una virtud que a veces pierde el jurista: no acepta que una palabra produzca mágicamente una realidad.


El derecho no nace plenamente de la palabra

Existe una cierta tendencia contemporánea a confundir tres conceptos distintos: proclamar, reconocer y garantizar.

Proclamar significa afirmar solemnemente que algo debe existir.

Reconocer significa otorgarle consideración jurídica.

Garantizar significa establecer los instrumentos, obligaciones, procedimientos y recursos necesarios para que aquello reconocido pueda hacerse efectivo.

Entre los tres conceptos existe un abismo.

Una Constitución puede declarar que una persona tiene derecho a determinada prestación. Pero la declaración, por sí sola, no construye viviendas, no asigna recursos presupuestarios, no establece procedimientos administrativos, no determina quién tiene obligación de proporcionarla ni resuelve automáticamente los conflictos entre quienes tienen intereses jurídicos contrapuestos.

Los derechos sociales muestran especialmente bien esta diferencia.

Y aquí aparece una idea que conviene recuperar: los derechos no se obtienen por birlibirloque constitucional.

Una sociedad puede decidir que determinada realidad constituye un derecho. Eso es fundamental. Pero después tiene que conquistar las condiciones que hagan posible ese derecho. Necesita legislación, presupuesto, instituciones, suelo, políticas públicas, procedimientos, jueces, administración y, sobre todo, una determinada concepción de la responsabilidad colectiva.

El derecho escrito es el comienzo del camino; no necesariamente es el camino recorrido.


La paradoja de los dos hermanos

Imaginemos ahora una situación aparentemente distinta.

Una madre fallece y deja una única vivienda a sus dos hijos. Ambos son herederos. Ambos tienen exactamente el mismo derecho hereditario sobre el inmueble.

Pero existe un problema elemental: la vivienda es una sola.

No pueden convertirse mágicamente en dos viviendas porque la ley reconozca a ambos la condición de herederos.

Si ninguno quiere o puede quedarse con la vivienda compensando económicamente al otro, la solución puede pasar por venderla y repartir el producto de la herencia conforme a sus derechos.

Entonces sucede algo aparentemente paradójico.

Los dos hermanos tenían derecho sobre la vivienda.

Pero ninguno tenía derecho a apropiarse unilateralmente de ella excluyendo al otro.

El derecho de uno encuentra su límite en el derecho del otro.

Y ahí aparece una enseñanza constitucional de enorme importancia: reconocer un derecho no significa eliminar las condiciones materiales que lo limitan ni hacer desaparecer los derechos concurrentes de los demás.

La igualdad jurídica no consiste en que la realidad produzca automáticamente idénticos bienes para todos. Consiste en que las personas sean tratadas conforme a reglas jurídicas que reconozcan y protejan sus derechos respectivos.

La vivienda heredada constituye, en este sentido, una magnífica metáfora.

Los hermanos pueden tener el mismo derecho a heredar; pero no pueden convertir un único bien físico en dos bienes independientes mediante una declaración jurídica.

La ley puede reconocer la igualdad.

La realidad obliga a resolver cómo se materializa.


La vivienda: derecho y bien material

Esta distinción resulta particularmente importante cuando hablamos de vivienda.

Una vivienda no es únicamente una categoría jurídica.

Es también un inmueble.

Tiene suelo, estructura, superficie, ubicación, precio, costes de construcción, mantenimiento, disponibilidad y unas determinadas condiciones de mercado.

Por eso existe una diferencia sustancial entre afirmar que una persona tiene reconocido el derecho a disfrutar de una vivienda digna y afirmar que el Estado está obligado a entregarle gratuitamente una vivienda determinada.

Entre ambas proposiciones existe todo un universo jurídico.

El propio artículo analizado apunta precisamente a esta dificultad cuando señala que el derecho a la vivienda no posee, en los mismos términos que los derechos fundamentales, un mecanismo directo de exigibilidad constitucional, sino que requiere desarrollo normativo.

Esto no significa que el artículo 47 carezca de valor jurídico. Todo lo contrario.

Significa que su naturaleza exige comprenderlo dentro del sistema constitucional: como mandato dirigido a los poderes públicos, como principio rector de su actuación y como fundamento para desarrollar políticas que permitan avanzar hacia su efectividad.

La propia autora llega a plantear la necesidad de definir el contenido del derecho y establecer las bases que permitan que aquello que constitucionalmente se proclama pueda ser verdaderamente reconocido como derecho en la experiencia cotidiana.


Cuando dos derechos chocan

El ejemplo de los hermanos permite ir todavía más lejos.

Supongamos que uno de ellos afirma:

—«Tengo derecho a una vivienda».

Y el otro responde:

—«Yo también».

La primera afirmación puede ser jurídicamente legítima.

La segunda también.

Pero la vivienda heredada continúa siendo una sola.

Ninguna declaración jurídica puede resolver el conflicto mediante una suerte de alquimia normativa.

Será necesario establecer una solución: división material cuando sea posible, adjudicación a uno con compensación al otro, venta y reparto, acuerdo entre las partes o, en último extremo, la intervención de los mecanismos jurídicos correspondientes.

La enseñanza es evidente.


Los derechos necesitan reglas de convivencia entre derechos.

Y esto es especialmente importante cuando el discurso político transforma un derecho social en una afirmación absoluta.

Porque afirmar que alguien tiene derecho a una vivienda no responde todavía a preguntas esenciales:

¿Quién debe proporcionarla?

¿Con qué recursos?

¿En qué condiciones?

¿Quién determina qué es una vivienda digna?

¿Dónde debe estar?

¿Debe ser propiedad o puede ser alquiler?

¿Qué ocurre cuando no existe vivienda disponible?

¿Qué sucede cuando existen otras personas con idéntico derecho?

¿Puede el Estado obligar a un tercero privado a proporcionar esa vivienda?

¿Hasta dónde llega la obligación pública?

Sin responder a estas preguntas, la palabra «derecho» puede convertirse en una hermosa promesa carente de instrumentos suficientes para su realización.


La justicia no consiste en repartir lo que no existe

Aquí aparece otra cuestión filosófica.

La justicia distributiva no consiste simplemente en declarar que todos recibirán lo mismo.

Consiste en establecer criterios legítimos para distribuir bienes que son necesariamente limitados.

Si existen diez viviendas disponibles y cien personas necesitadas, proclamar que las cien tienen derecho a una vivienda no crea noventa viviendas adicionales.

Hace falta construirlas, adquirirlas, rehabilitarlas o encontrar mecanismos alternativos de acceso.

Y para hacerlo serán necesarios recursos.

La política pública comienza precisamente donde termina la declaración.

Por eso una sociedad verdaderamente comprometida con el derecho a la vivienda no debería conformarse con repetir indefinidamente que «la vivienda es un derecho». Debería preguntarse qué condiciones concretas permiten que ese derecho deje de ser una formulación normativa y se convierta en una experiencia real.

La diferencia no es menor.

Es la diferencia entre tener razón jurídica y tener capacidad material para ejercerla.


La lección del niño y la lección de los hermanos

El niño del artículo formula, sin saberlo, una pregunta filosófica fundamental: ¿qué valor tiene un derecho que no puedo exigir?

Los dos hermanos plantean otra: ¿cómo se hace compatible mi derecho con el derecho del otro?

Ambas preguntas conducen al mismo lugar.

El Derecho no vive solamente en las normas. Vive en la relación entre la norma y la realidad.

Una Constitución puede señalar el horizonte. Pero para llegar hasta él hacen falta caminos.

Puede reconocer dignidad. Pero habrá que crear instituciones que la protejan.

Puede reconocer igualdad. Pero habrá que establecer mecanismos que impidan la discriminación.

Puede proclamar el derecho a la vivienda. Pero habrá que crear las condiciones urbanísticas, económicas, financieras y sociales que hagan posible su ejercicio.

Y cuando los recursos sean limitados, habrá que decidir conforme a reglas generales, transparentes y jurídicamente controlables.

Eso no disminuye el valor del derecho.

Al contrario: lo convierte en algo serio.

Porque un derecho verdaderamente serio no necesita del birlibirloque jurídico. Necesita garantías.


El peligro de confundir deseo, derecho y garantía

Quizá una de las mayores confusiones de nuestro tiempo consista en pensar que basta con convertir una aspiración social en una declaración jurídica para haber resuelto el problema.

No es así.

Una sociedad puede desear que todos tengan vivienda.

Puede considerar que la vivienda digna constituye una exigencia de justicia.

Puede incluso convertir esa aspiración en un principio constitucional.

Pero entre el deseo y la garantía existe el territorio entero de la política pública.

Y ese territorio está compuesto de decisiones concretas: suelo, vivienda pública, financiación, fiscalidad, alquiler, construcción, rehabilitación, planificación urbana, protección de colectivos vulnerables y coordinación entre administraciones.

La autora del artículo termina precisamente reclamando que se sienten las bases para que el derecho a la vivienda pueda ser realmente reconocido como tal y nadie quede excluido.

Esa conclusión merece ser tomada en serio.

Porque el verdadero fracaso no consiste en que un derecho necesite desarrollo.

El verdadero fracaso sería acostumbrarnos a llamar derecho a aquello que no hemos querido dotar de garantías suficientes.


Epílogo: el derecho comienza cuando termina el birlibirloque

Quizá podríamos explicárselo así al niño.

«Hijo, que la Constitución diga que tienes derecho a una vivienda significa que nuestra sociedad considera que nadie debería quedar abandonado sin un lugar digno donde vivir. Pero para que ese derecho pueda cumplirse necesitamos leyes, recursos, viviendas, instituciones y personas que hagan posible aquello que la Constitución promete».

Y si el niño preguntara:

«¿Entonces no basta con escribirlo?».

La respuesta tendría que ser:

«No. Escribirlo es importante. Pero conseguir que exista de verdad es mucho más difícil».

Y si después aparecieran los dos hermanos ante aquella misma puerta, cada uno reclamando su derecho sobre la vivienda heredada, habría que explicarles algo parecido:

«Los dos tenéis derecho. Precisamente por eso hay que encontrar una solución que respete a los dos».

Porque ahí reside una de las grandes verdades del Derecho: los derechos no viven aislados; conviven, se limitan, se protegen y se hacen efectivos mediante garantías.

La Constitución puede encender la luz.

Pero alguien tiene que construir la casa.


Trasluz

La mera proclamación de un derecho no garantiza por sí misma su ejercicio efectivo. El reconocimiento constitucional de la vivienda digna expresa un compromiso jurídico y social, pero necesita normas de desarrollo, recursos, políticas públicas y mecanismos de exigibilidad para convertirse en una realidad.

La cuestión puede entenderse mediante el ejemplo de dos hermanos que heredan una única vivienda: ambos tienen el mismo derecho sobre ella, pero ese reconocimiento no permite que cada uno disponga de una vivienda distinta. Será necesario establecer una solución que haga compatibles sus respectivos derechos, como la adjudicación con compensación o la venta y reparto de la herencia.

Por tanto, reconocer un derecho y garantizarlo son cuestiones diferentes. Los derechos no se materializan por la simple fuerza de las palabras jurídicas; necesitan condiciones concretas que permitan ejercerlos y mecanismos que protejan a sus titulares. En definitiva, la norma puede reconocer el derecho, pero son las garantías jurídicas y materiales las que hacen que ese derecho exista verdaderamente en la vida de las personas.

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

La papeleta no lleva recibo.....Que siga siendo así. Que el censo tampoco lleve instrucción


 

LA PAPELETA NO LLEVA RECIBO

Anatomía sentimental de una democracia que confunde derechos con favores

 

«Entre el ciudadano y el gobernante hay, o debería haber, solo una ley. Cuando en su lugar aparece una deuda, la democracia empieza a deteriorarse por dentro. Y cuando la deuda se convierte en censo, el deterioro adquiere número de expediente.»

 

I. Una frase con filo de navaja

Hay frases que circulan por la conversación pública con la elegancia de una bofetada. Una de ellas, que estos días recorre determinados círculos con cierta satisfacción, dice así: «La encuesta no mide ideología; mide cuántos siguen cobrando del presupuesto que el Gobierno administra».

Es una frase deliberadamente brutal. Y, como todas las frases brutales que merecen sobrevivir más de una tarde, tiene la virtud de obligarnos a mirar aquello que normalmente preferimos contemplar de reojo.

Naturalmente, una encuesta no sabe eso. Una encuesta no entra en el domicilio del ciudadano, revisa su nómina y le pregunta después por qué piensa votar como piensa votar. La estadística, afortunadamente para nuestra dignidad colectiva, todavía no ha alcanzado semejante grado de sinceridad.

Pero detrás de la provocación late una pregunta que merece algo más que un exabrupto partidista: ¿cuánto pesa la dependencia material en el ejercicio de la libertad política? ¿Dónde termina la conciencia y dónde empieza el bolsillo? ¿Y acaso es posible trazar esa frontera con la limpieza que el debate público exige?

Ahí comienza el verdadero problema. Porque una democracia puede sobrevivir a una mala encuesta. Lo que le resulta considerablemente más difícil es sobrevivir a una sociedad que termina confundiendo el derecho con el favor, la prestación con la dádiva y al gobernante con el benefactor que un día podría retirarla.

 

II. El dinero público no tiene dueño, aunque a veces lo parezca

Conviene comenzar por una precisión casi obscena de tan elemental: el dinero público no pertenece al presidente del Gobierno. Tampoco perteneció a sus predecesores. El presupuesto es propiedad de la comunidad política y es administrado temporalmente por quienes reciben el mandato democrático de gestionarlo.

Dicho así, parece un principio que nadie discutiría. Y sin embargo, la política contemporánea posee una extraordinaria capacidad para convertir ese dinero colectivo en una fotografía personal.

El Gobierno anuncia una ayuda y parece que la ayuda hubiera salido del bolsillo del ministro. Se incrementa una pensión y el gobernante adopta el gesto del benefactor. Se concede una subvención y la Administración adquiere la apariencia de una madrina generosa. Se crea una plaza pública y el partido de turno parece haber descubierto personalmente la institución del empleo.

Es una formidable operación psicológica que funciona en ambas direcciones: el Gobierno gana adhesión emocional y el ciudadano pierde algo más valioso que un argumento político. Pierde la conciencia de que aquello que recibe le pertenece por derecho, no por gracia.

El Estado no regala lo que reconoce como derecho. Lo administra. Y cuando un derecho comienza a percibirse como regalo, el ciudadano deja de sentirse titular y empieza a sentirse deudor. Ahí está el peligro: no en la existencia de las prestaciones, que son conquistas de civilización, sino en la pedagogía política que puede acompañarlas y desfigurarlas.

 

III. La democracia del «no me quites lo mío»

Existe una frase que nunca aparecerá en ninguna encuesta porque ningún ciudadano la pronunciaría con esas palabras ante un entrevistador. Pero que habita, con perfecta naturalidad, en el fuero interno de muchos votantes:

«Votaría otra cosa, pero no quiero que me quiten lo mío.»

Esa frase contiene una pequeña bomba sociológica. Para que la relación entre el ciudadano y el poder cambie de naturaleza no hace falta que exista una compra explícita del voto. No hace falta que un político entregue un sobre. No hace falta siquiera que haya una conversación. Basta con que el ciudadano perciba que su seguridad económica depende de que continúe en el poder determinado grupo político.

Y el miedo es un elector extraordinariamente disciplinado. A diferencia de la indignación ,que grita, publica, dura una tarde y se disipa, el miedo calcula, firma y llega hasta final de mes. La indignación es un estado de ánimo. El miedo es una estrategia de supervivencia.

Por eso resulta ingenuo pensar que una sociedad vota exclusivamente desde la ideología. La ideología explica mucho. El bolsillo también. Y entre ambos se extiende ese territorio oscuro donde conviven la memoria familiar, la incertidumbre económica, la identidad de clase y el miedo muy concreto a perder aquello que se considera ganado con esfuerzo.

 

IV. El censo como instrumento: el caso de la ley de nietos

Hasta aquí, todo cuanto se ha dicho podría parecer una abstracción filosófica. Un teorema sobre democracia y dependencia que flotan en el aire de los libros de ciencia política. Pero ocurre que la realidad, con su habitual falta de pudor, tiene la costumbre de convertir los teoremas en expedientes administrativos.

En el otoño de 2022, el Gobierno de Pedro Sánchez aprobó la Ley de Memoria Democrática. Su disposición adicional octava, la que el lenguaje popular bautizó como «ley de nietos», reconocía el derecho a optar a la nacionalidad española a los descendientes de exiliados, de mujeres que perdieron la ciudadanía por matrimonio con extranjeros antes de la Constitución y de quienes ya se habían acogido a la legislación memorial de 2007. Una norma, en principio, de reparación histórica.

La intención declarada era justa. La historia de los exilios españoles del siglo XX ,el republicano, el económico, el silencioso, dejó una diáspora real cuyos vínculos con España merecían reconocimiento. Nadie lo discutió durante quince meses de tramitación parlamentaria. Ni la derecha lo cuestionó entonces.

Pero en 2026, la ley ha devenido en escándalo de proporciones considerables. Y lo que el escándalo revela merece ser leído con cuidado, porque no es un escándalo ordinario: no se trata de dinero robado ni de contratos irregulares. Se trata de algo más sofisticado y, en cierto sentido, más perturbador: la sospecha fundada de que una norma de reparación histórica fue diseñada, o al menos aprovechada con posterioridad, como instrumento de ingeniería electoral.

Los datos son los siguientes. Entre las elecciones generales de julio de 2023 y julio de 2026, el Censo Electoral de Residentes Ausentes, el CERA, el registro que determina quién vota desde el extranjero, creció en más de 400.000 inscritos: de 2.333.056 a 2.736.522 electores. Un incremento del 17,3% en menos de tres años. Solo en un mes de 2026 se registraron más de 20.000 nuevas altas, el mayor crecimiento mensual de la historia del censo exterior. Se habían presentado más de 876.000 solicitudes de nacionalidad al amparo de la ley; más de 540.000 expedientes habían sido aprobados.

Nada de eso constituiría irregularidad por sí solo. La ley estaba en vigor; los solicitantes cumplían, o decían cumplir, sus requisitos. El problema surgió cuando comenzó a acreditarse que la instrucción elaborada por Sofía Puente, directora general del Ministerio de Justicia y hermana del ministro de Transportes Óscar Puente, había ampliado por vía administrativa los supuestos contemplados expresamente por el Parlamento, extendiendo el derecho más allá de los hijos y nietos de exiliados para alcanzar a bisnietos y tataranietos sin exigencia efectiva de acreditar el vínculo con el exilio. En otras palabras: la norma votada por las Cortes decía una cosa; la instrucción administrativa hacía otra.

La Junta Electoral Central, en julio de 2026, se declaró incompetente para resolver las denuncias presentadas. El 10 de septiembre de ese año, la Sección Cuarta de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo adoptó una medida cautelar de alcance histórico: suspendió las inscripciones en el CERA de los nacionalizados por la ley de nietos y dejó sin efecto electoral las ya registradas, salvo acreditación expresa del vínculo con el exilio. El alto tribunal advirtió de un «riesgo de alteración del censo electoral» y apreció un «peligro fundado, real y serio» para la objetividad y la transparencia de los comicios.

No se trata, conviene subrayarlo, de que el Supremo haya concluido que hubo fraude. Una medida cautelar no es sentencia. Lo que el Supremo ha dicho es que el riesgo es lo suficientemente fundado como para paralizarlo mientras se sustancia el fondo. Y eso, en lenguaje jurídico, no es poca cosa.

Lo que el caso sí demuestra, con independencia del fallo final, es algo que el ensayo político raramente consigue argumentar con tanta concreción: que el poder no necesita comprar votos en sentido estricto. Le puede bastar con construir el censo.

 

V. El clientelismo no es la pensión; es la condición de la pensión

Conviene aquí evitar una trampa en la que caen con facilidad los dos extremos del debate.

Una pensión no compra votos. Una beca no compra votos. Una prestación por desempleo no compra votos. Un funcionario no es, por el hecho de serlo, un cliente político. Un beneficiario de políticas sociales no es automáticamente un rehén electoral. Presentarlo así sería una caricatura tan absurda como afirmar que quien paga impuestos y utiliza la sanidad pública ha vendido su conciencia al Ministerio de Sanidad.

El clientelismo no reside en la existencia de las prestaciones. Reside en la condición que se les impone o que se permite que se perciba. Comienza cuando el derecho deja de ser impersonal: cuando importa quién eres, a quién conoces, qué organización te ampara, qué favor recibes y qué favor habrás de devolver.

Pero el caso de la ley de nietos introduce una variante nueva en este catálogo. No se trata solo de que el ciudadano que ya existe perciba su prestación como favor. Se trata de que el propio cuerpo electoral, quién vota, cuántos votan, desde dónde votan, pueda ser diseñado o ampliado con la vista puesta en el resultado. Si esa sospecha resultara fundada, el daño a la democracia no sería psicológico sino estructural. No estaríamos hablando de un elector que teme perder lo suyo: estaríamos hablando de un elector que ha sido fabricado.

Esa relación puede existir bajo colores partidistas distintos, porque el clientelismo no tiene ideología exclusiva. Tiene una característica mucho más vulgar: le gusta el poder, cualquier poder, y prospera con igual comodidad en la izquierda y en la derecha, en los gobiernos nacionales y en los ayuntamientos más pequeños.

 

VI. El gran malentendido: libertad no es indigencia

Una de las confusiones más tenaces del debate político contemporáneo consiste en imaginar que el elector verdaderamente libre es aquel que no recibe nada del Estado.

No. El elector libre es aquel que puede recibir del Estado sin deberle políticamente su voto.

La diferencia parece pequeña. Es enorme.

Una pensión digna puede ser una conquista de ciudadanía. Una beca puede abrir oportunidades que de otro modo permanecerían cerradas. Una prestación puede impedir que una familia caiga en la pobreza. Nada de esto convierte al beneficiario en súbdito.

Pero si el ciudadano llega a pensar, aunque no lo diga, aunque ni siquiera lo piense con esa claridad, que un cambio de gobierno pondrá en riesgo lo que tiene, entonces el debate ha abandonado el terreno de los derechos y ha entrado en el de la dependencia percibida. Y una sociedad que vota desde la dependencia percibida no está ejerciendo la soberanía popular: está gestionando el miedo.

Y si el Estado, además, decide quién entra en el censo, la dependencia ya no es percibida. Es institucional.

 

VII. Por qué los escándalos no producen siempre el terremoto esperado

Llegamos aquí a la pregunta que subyace a mucha de la indignación pública: ¿por qué determinados escándalos políticos no producen el terremoto electoral que algunos esperan?

La respuesta más cómoda, «la gente está comprada», es también la más perezosa. Un ciudadano puede considerar intolerable un caso de irregularidad y, simultáneamente, seguir votando a un partido por razones económicas, territoriales, ideológicas o porque considera que las alternativas disponibles son peores o más peligrosas.

Puede pensar que lo que han hecho está mal y seguir sin entregar su voto al adversario que le resulta incompatible con sus valores. Puede parecer irracional. No lo es necesariamente.

La política no es un examen de lógica formal. El ciudadano no está obligado a maximizar una función matemática de pureza moral antes de introducir la papeleta en la urna. La democracia está llena de contradicciones. Y precisamente por eso funciona, o al menos sobrevive.

Pero hay un matiz nuevo que la ley de nietos introduce en esta reflexión: cuando el escándalo no afecta a la gestión del poder sino a la composición del cuerpo electoral que lo elige, el terremoto puede no llegar nunca. No porque los ciudadanos perdonen, sino porque los ciudadanos que deberían castigarlo son, precisamente, los que más directamente dependen de quien está siendo cuestionado. Es una trampa perfecta. Y tiene la elegancia sombría de los sistemas que se perpetúan a sí mismos.

 

VIII. El ciudadano no es un idiota ni un santo

Hay una cierta arrogancia, que tampoco tiene ideología propia, en considerar que millones de personas votan como votan exclusivamente porque reciben alguna prestación del Estado. Es una manera cómoda de explicar el mundo: si votan como nosotros, son ciudadanos conscientes; si votan contra nosotros, son clientes, ignorantes, manipulados o comprados.

Quizá convendría concederle al ciudadano algo extraordinariamente revolucionario: la capacidad de decidir por razones que no compartimos. El elector puede estar equivocado. Puede tener prejuicios. Puede votar contra sus intereses materiales porque prioriza otros valores. Puede incluso votar al mismo partido que considera corrupto si lo considera menos peligroso que la alternativa. No deja de ser ciudadano.

Pero también merece que los datos de quién forma el elector sean transparentes, verificables e independientes de la voluntad del gobernante. Eso no es un privilegio de los ciudadanos: es una condición del sistema.

IX. El poder no necesita comprar votos; le basta construir expectativas, o el censo.

La política moderna no necesita adquirir millones de voluntades. Le basta con construir expectativas. El ciudadano no tiene que recibir un cheque: puede bastarle con creer que determinado gobierno protegerá aquello que considera suyo.

La política contemporánea ha descubierto algo que Maquiavelo habría comprendido a la perfección: el poder no necesita que el ciudadano ame al gobernante. A veces le basta con que tema perderlo.

Pero el caso de la ley de nietos sugiere un estadio ulterior de esa misma lógica. No solo el miedo. También el diseño. No solo convencer al elector de que tiene algo que perder. También decidir, con criterios propios, quiénes serán los electores.

El miedo electoral no siempre dice «vota por mí». A veces susurra algo mucho más eficaz:

«No votes al otro. Y, de paso, tú eres de los nuestros.»

Cuatro palabras en lugar de tres. El mismo mecanismo. Una eficacia que muchos programas electorales no consiguen.

 

X. Izquierda, derecha y el eterno pecado del dinero ajeno

Sería demasiado fácil, y demasiado inexacto, convertir todo esto en una acusación exclusiva contra determinada familia política. La historia española demuestra con claridad que ningún partido posee el monopolio de la utilización electoral del presupuesto o de las instituciones.

La diferencia suele estar en el relato. Unos llaman al gasto protección social; otros, inversión. Unos hablan de solidaridad; otros, de cohesión territorial. El presupuesto cambia de camisa con una facilidad admirable. Pero continúa siendo el mismo presupuesto, y el ciudadano continúa pagando la misma factura.

Por eso, quizá, la discusión más seria no sea cuánto Estado queremos, sino qué clase de Estado queremos. Uno que conceda favores o uno que garantice derechos. Uno que fabrique dependencia o uno que produzca autonomía. Uno que diseñe su propio electorado o uno que lo reciba, con todas sus contradicciones, de la soberanía popular.

Un Estado democrático verdaderamente sólido debería poder soportar que sus propios beneficiarios votaran contra quienes gobiernan. Que el pensionista vote a quien quiera. Que el becario cambie de partido. Que el funcionario elija en conciencia. Y, sobre todo, que el censo que recoge esas decisiones sea irreprochablemente ajeno a cualquier interés de quienes están en el poder.

 

XI. El día que el ciudadano deje de dar las gracias

Imagínese la escena, improbable, quizá utópica, pero útil como horizonte.

Un pensionista recibe su pensión. No dice: «Gracias, presidente». Dice: «Es mi derecho». Un estudiante recibe una beca. No dice: «Gracias, Gobierno». Dice: «Cumplí las condiciones que establece la ley». Una familia recibe una prestación. No piensa: «Qué generoso es el poder». Piensa: «La ley reconoce que tengo derecho a ella».

Un descendiente de exiliados recibe la nacionalidad que la historia le negó. No piensa: «Qué generoso es el Gobierno que me la concede». Piensa: «Es una reparación que la justicia histórica exige, con independencia de quién gobierne». Y exige, también, que los criterios sean los que votó el Parlamento, no los que decidió una instrucción administrativa.

Eso es ciudadanía. La diferencia entre una sociedad de súbditos agradecidos y una sociedad de ciudadanos conscientes de sus derechos no es semántica. Es la diferencia en la que se juega, en buena medida, la salud de una democracia.

 

XII. Lo que las encuestas, y el censo, no deberían ocultar

Las encuestas resultan, al final, mucho más interesantes de lo que la provocación inicial sugería. No porque permitan saber quién «cobra del presupuesto», sino porque revelan algo que debería preocuparnos más: cuántos ciudadanos mantienen su confianza en determinada opción política, y por qué.

¿Es ideología? ¿Es interés económico percibido? ¿Es identidad? ¿Es miedo? ¿Es tradición? ¿Es rechazo al adversario? ¿Es dependencia? ¿Es todo eso simultáneamente, en proporciones que varían según el ciudadano, el momento y las circunstancias?

Probablemente sí. Porque el elector no es una variable estadística. Es una biografía.

Pero para que esas biografías sean soberanas, para que cada una decida desde sí misma, con independencia del poder que administra su seguridad y, eventualmente, su ciudadanía, el sistema que las cuenta debe ser incontestable. Un censo que puede ser cuestionado ante el Tribunal Supremo no es solamente un problema jurídico. Es una herida en la legitimidad de todo lo que viene después.

 

Cierre: la papeleta, el recibo y el padrón

El dinero público puede comprar muchas cosas. Puede financiar carreteras, sostener hospitales, pagar salarios, mantener pensiones, costear universidades, financiar partidos conforme a la ley y sostener los servicios que hacen posible la vida en común.

Lo único que no debería comprar jamás es una papeleta.

Ni el censo en el que esa papeleta aparece.

Porque cuando el ciudadano introduce el voto en la urna pensando en quién puede arrebatarle aquello que cree que le han concedido, ya no está ejerciendo la soberanía popular. Está gestionando el miedo. Y cuando el propio electorado ha sido diseñado por quienes serán evaluados con ese voto, el problema ya no es psicológico. Es estructural.

La democracia no muere necesariamente el día en que dejan de celebrarse elecciones. A veces empieza a deteriorarse mucho antes: cuando el ciudadano conserva la papeleta pero ha perdido la convicción de que puede utilizarla libremente contra el poder. Y a veces , ahí está la novedad que el presente nos ofrece, cuando no sabe con certeza quién comparte urna con él.

La papeleta, afortunadamente, no lleva recibo.

Que siga siendo así. Que el censo tampoco lleve instrucción.

 


domingo, 20 de septiembre de 2026

Ceuta: El crimen político calculado


 

Ceuta: El crimen político calculado

LA CRÍTICA: ALTA TRAICION

En el análisis no nos hallamos ante una “ruptura de escalas” inevitable, ni ante una “confrontación entre principios irreconciliables”, ni ante un “misterio que trasciende la comprensión”.

Estamos ante un acto político calculado con consecuencias perfectamente predecibles; ante una manipulación institucional que utilizó a población vulnerable como instrumento; y ante un crimen contra los principios democráticos que exige identificación, denuncia y reparación.

La contemplación filosófica de la “tragedia irresoluble” se convierte, en este caso, en complicidad con la injusticia política, porque sabemos quién la generó.

DIAGNÓSTICO POLÍTICO

I. La evidencia de la orquestación

La hipótesis de que lo ocurrido en Ceuta fue deliberadamente permitido o facilitado por actores políticos españoles se sostiene sobre tres pilares:

A) Indicadores de coordinación

  • Convergencia simultánea de decenas de miles de personas en un punto geográfico concreto, hecho altamente improbable sin organización previa.
  • Sincronización temporal incompatible con cualquier espontaneidad orgánica.
  • Patrones de movimiento que apuntan a facilitación logística.
  • Ausencia de la respuesta estatal que hubiera sido trivial aplicar cuarenta y ocho horas antes.

B) Beneficiarios políticos evidentes

El Gobierno español (gestión 2023-2026) obtuvo beneficios políticos inmediatos:

  • Refuerzo de la narrativa de “crisis migratoria” que legitimaba políticas restrictivas.
  • Fortalecimiento de la coalición política mediante una crisis compartida.
  • Desviación de la atención pública respecto de otros conflictos (crisis económica, corrupción, las regularizaciones, la Ley de Nietos, etc.).
  • Legitimación de medidas excepcionales destinadas a consolidarse como “nueva normalidad”.

C) Ausencia de consecuencias reales

  • Ningún funcionario fue destituido.
  • Ningún control parlamentario significativo se produjo.
  • Ningún procesamiento legal de los responsables tuvo lugar.
  • Ninguna reforma institucional se impulsó para impedir la repetición.

Esta tríada, coordinación implícita, beneficio político claro y total impunidad, constituye evidencia de una acción política intencional.

II. La naturaleza del acto político

Si el episodio fue deliberado, entonces constituyó:

1.    Un acto de violencia política contra población vulnerable

Utilizó a seres humanos en situación de extrema precariedad como peones. Generó daño comprobable (menores traumatizados, saturación de servicios, muertes). Se ejecutó a sabiendas de que provocaría sufrimiento.

2.    Un acto de fraude democrático

Fabricó la percepción falsa de una “crisis espontánea” para justificar políticas. Empleó manipulación mediática para ocultar la autoría. Transformó una catástrofe humanitaria en narrativa política útil.

3.    Un acto de sabotaje institucional

Demostró que el Estado puede deliberadamente generar su propio colapso. Expuso la capacidad de actores estatales para manipular los sistemas de gestión de crisis. Reveló el vacío de control efectivo sobre los actos “excepcionales”.

Esto no es filosofía política abstracta. Es un crimen político concreto que exige una respuesta concreta, ante un acto de Alta Traición.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Jenofonte en Moncloa...O del arte de administrar lo ajeno sin saber de qué se habla.

 



JENOFONTE EN MONCLOA

O del arte de administrar lo ajeno sin saber de qué se habla

I. Cuando el término «economía» era algo serio

 

Corría el siglo IV antes de nuestra era cuando un ateniense de nombre Jenofonte, general, filósofo y escritor que había combatido en Persia, contemplado la decadencia de su ciudad y meditado sobre el arte de gobernar, inventó el término oikonomikos: la ciencia de administrar el hogar, la propiedad, los recursos escasos de la comunidad. No era retórica vacía. Era una disciplina que exigía conocer la tierra que se pisa, los ingresos reales que se tienen, la naturaleza de los hombres a quienes se confía la gestión. Quien quisiera ser administrador, según el propio Jenofonte, mediante boca de Isómaco en el Domostroy, no podía ser ebrio, ni perezoso, ni entregado a los placeres hasta el olvido del deber. Tampoco podía robar: «si quien recoge los frutos del campo se atreve a robar tanto que lo que queda no justifica el costo de su trabajo, ¿de qué servirá la agricultura bajo su administración?»

Lean ustedes con atención esos requisitos. Y piensen luego en el gabinete económico del gobierno del señor Sánchez. Hay algo casi obsceno en la comparación.

II. El oikonomikos y sus aprendices de Moncloa

El ministro de Economía, don Carlos Cuerpo, llegó al cargo con el expediente de un técnico del Estado. Una tesis doctoral que ha generado más dudas que certezas sobre su origen intelectual: investigaciones periodísticas han señalado en ella un grado de coincidencia con trabajos ajenos que, en cualquier universidad anglosajona con una política de integridad académica mínimamente en serio, habría bastado para retirarla. En España, estas cosas se gestionan de otra manera: con silencio institucional, con la complicidad de quien toca, con el tiempo suficiente para que el escándalo se disuelva en la siguiente noticia.

Jenofonte, que en su tratado anticrisis Sobre los ingresos fue capaz de diseñar el primer plan de macroeconomía de la historia occidental, con sus errores, con su ingenua propuesta de comprar esclavos para las minas de Laurión, pero con una coherencia intelectual y una honradez analítica que merecen respeto, habría expulsado sin contemplaciones al señor Cuerpo de cualquier cargo de responsabilidad. No por sus ideas. Por la falta de carácter que implica presentar como propio lo que no lo es.

La gestión económica del Gobierno socialista se ha caracterizado por una retórica de la suficiencia que choca frontalmente con los datos. Se habla de «blindar» el Estado del bienestar mientras el déficit estructural se perpetúa; se promete inversión pública transformadora mientras los presupuestos del Estado llevan más de dos años prorrogados por incapacidad política de aprobar unos nuevos; se celebran décimas de crecimiento del PIB como si fueran victorias históricas mientras la productividad española sigue siendo una de las más bajas de la eurozona y el mercado de trabajo es un monumento a la precariedad disfrazada de estadística favorable.

III. Pedro Sánchez y el plan de Jenofonte

Jenofonte, al menos, tuvo la honestidad de reconocer que Atenas era pobre porque no aprovechaba bien sus ventajas. Eso supone, ante todo, una lucidez sobre la situación real. El señor Sánchez, en cambio, ha elevado a sistema de gobierno la negación de la realidad. En cada crisis, la energética, la inflacionaria, la habitacional, la fiscal, ha reaccionado primero culpando a otros (la guerra, los especuladores, Europa, la derecha), luego anunciando medidas espectaculares que raramente se ejecutan en los plazos prometidos, y finalmente atribuyéndose los efectos de tendencias que nada tienen que ver con su política.

El Presidente del Gobierno se ha construido como una figura de la modernidad progresista, pero su relación con la economía recuerda más al Eubulo de Jenofonte que al Jenofonte mismo: Eubulo fue quien, tras la derrota de Atenas en la Guerra Social, canalizó el presupuesto hacia el theorikon, el fondo de festivales y subsidios para el teatro, y prohibió por ley que esos fondos se destinaran a nada que pudiera molestar. Una forma antigua y refinada de comprar la paz social con dinero público. Una forma, en definitiva, que los griegos ya conocían y que no necesitaba ser reinventada veinticuatro siglos después en Madrid.

El resultado, en Atenas, fue la derrota de Queronea y el fin de su hegemonía. El resultado aquí todavía no ha terminado de escribirse. Pero los síntomas son conocidos.

IV. La soberbia del Banco de España

Hay en esta tragicomedia un personaje que merece tratamiento aparte: el gobernador del Banco de España, cuya característica más notable no es la agudeza de sus diagnósticos, que a veces acierta, como reloj parado dos veces al día, sino la altivez con que los formula. Existe en ciertos tecnócratas una variedad peculiar de soberbia: la del hombre que ha llegado a un cargo por méritos reales y ha concluido de ello que su autoridad es epistémica, no solo institucional. Que sabe. Que ve. Que los demás, si le escucharan, estarían mejor.

Jenofonte, que también escribió sobre el liderazgo en la Ciropedia y en las Memorias de Sócrates, entendía perfectamente este tipo humano. El administrador eficaz, Isómaco, el gerente modélico del Domostroy, no daba órdenes directas. Formaba, convencía, incentivaba. El gobernador del Banco de España no convence: dictamina. Y cuando la realidad no le da la razón exactamente en los plazos que él había calculado, el problema siempre está en otro lado: en el Gobierno que no escucha, en los mercados que no reaccionan, en la ciudadanía que no ahorra suficiente. Nunca en el propio modelo.

La independencia del banco central es una conquista institucional valiosa y debe preservarse. Pero la independencia no es sinónimo de infalibilidad, y la infalibilidad jamás debería confundirse con la autoridad moral. España lleva años con una inflación que el propio Banco de España erró sistemáticamente en sus previsiones, y con un mercado de la vivienda cuya disfunción fue advertida tardíamente y con la misma autoridad pontificia con que se anuncian los torneos de tenis.

V. El error de Jenofonte y la trampa del Gobierno

Sería injusto terminar sin señalar que el propio Jenofonte no era infalible. Su plan anticrisis para Atenas contenía errores graves que los economistas modernos han identificado con facilidad: la liberación masiva de plata habría generado inflación; la propuesta de esclavos estatales ignoraba la ley de rendimientos decrecientes; la idea de los «pacificadores» era una construcción institucional sin sustento real. Y sin embargo, Jenofonte fue honesto en sus limitaciones, puso sus ideas a disposición de la deliberación pública y terminó su tratado pidiéndole a la ciudad que consultara a los oráculos de Dodona y Delfos antes de ejecutar nada. Una forma antigua de decir: podría estar equivocado; piénsenlo ustedes también.

Esa humildad es exactamente lo que falta en el gabinete económico del señor Sánchez. No la incertidumbre, esa la tienen de sobra y la disimulan con cifras de coyuntura, sino la disposición a reconocerla públicamente, a someter las propias ideas al escrutinio real, a admitir que una tesis puede estar mal hecha, que una previsión puede ser errónea, que una política que no funciona debe cambiarse y no renombrarse.

La economía, desde que Jenofonte la bautizó, es el arte de administrar los recursos de la comunidad en beneficio de quienes la integran. No el arte de administrar el relato sobre esos recursos. No el arte de parecer que se administra mientras se delega en la coyuntura favorable. Y desde luego no el arte de plagiar, pontificar o gobernar desde la soberbia del que cree que el cargo le da la razón.

VI. Conclusión: lo que Jenofonte habría dicho

Si Jenofonte de Atenas levantara la cabeza y contemplara el espectáculo de la economía política española de 2026, no se sentiría ajeno a él. Reconocería los mecanismos: la élite que confunde el cargo con el mérito, la retórica que sustituye al análisis, la fiesta pública financiada con deuda futura, la complacencia de quien gobierna sin oposición intelectual real dentro de su propio círculo. Los griegos lo llamaban hybris: la soberbia del que olvida sus límites. Y conocían bien el final de esa historia.

Isómaco, el modelo de gestor en el Domostroy, no toleraba a quien «se excede con el vino», ni al que «duerme en exceso», ni al «excesivamente entregado a los placeres». Hoy diríamos: no toleraba al que ocupa el cargo sin conocer el oficio, al que firma lo que no ha escrito, al que habla de lo que no sabe con la convicción del que todo lo sabe.

España merece gestores económicos que conozcan el oikonomikos en su sentido más puro: el arte de administrar bien lo que pertenece a todos. No técnicos que medran en el cargo, ni doctores cuestionados que pontifican sobre el déficit, ni gobernadores que confunden la independencia institucional con la impunidad intelectual. Merece, en definitiva, algo que en Moncloa escasea casi tanto como en la Atenas de después de Queronea: la honradez de reconocer lo que no se sabe.