El poder en jarrón: botánica del continuismo
Ah, qué hermoso ramo ha
colocado el Gobierno en el centro de la mesa. Teresa Peramato, fiscal con
treinta y cinco años de carrera, especialista en violencia machista, licenciada
en Salamanca y con un currículum que brilla como un jarrón de porcelana recién
sacado del aparador. Llega en diciembre de 2025, tras la dimisión forzosa de
Álvaro García Ortiz (condenado por revelar secretos como quien comparte un
chisme en el ascensor). El anuncio oficial: mérito, capacidad, renovación,
sanar heridas, nueva etapa. La coreografía es impecable. Se aplaude. Se tuitea.
Se fotografía. Y el ciudadano medio, saturado de escándalos, suspira aliviado:
por fin una mujer al frente. Primavera institucional.
Pero tres meses
después, el 27 de febrero de 2026, llega la primera poda real. Diecisiete altos
cargos. Diecisiete plazas clave en Supremo, Audiencia Nacional, fiscalías
especializadas. Y sorpresa, sorpresa: la mayoría de los elegidos son los mismos
tallos que regaba García Ortiz. Ana García León, su ex jefa de Secretaría Técnica,
a fiscal de Sala Jefe de lo Penal del Supremo. Diego Villafañe, su número dos,
ascendido a fiscal del alto tribunal. Otros colaboradores cercanos también
suben. Los fiscales del procés (Consuelo Madrigal, Jaime Moreno) se quedan
fuera. Los críticos con la etapa anterior, también. El comunicado habla de
“equilibrio”. El resultado huele a continuidad con perfume nuevo.
Esto no es un relevo.
Es un cambio de jarrón. Y para rematar la decoración, nada como una buena
cortina de humo: el caso Julio Iglesias, esa opereta judicial fabricada por el
propio Gobierno para distraer, difamar y, al final, negar acceso a la verdad
bajo el manto de la "reserva procesal". Un patinazo monumental que
revela cómo la Fiscalía de Peramato no solo mantiene la partitura, sino que
añade efectos especiales para ocultar los errores del guion.
El barniz de la
modernidad y la humareda distractora
La política española ha
perfeccionado el arte de la sustitución cosmética. Cuando una institución huele
a podrido (filtraciones, condenas, desconfianza), no se reforma: se decora. Y
nada decora mejor que una mujer competente en un cargo visible. No porque sea
mujer, sino porque el relato “avance de la igualdad” desactiva críticas.
Criticar a Peramato no es cuestionar su gestión; es, automáticamente,
“machismo” o “ataque a la diversidad”. El truco es viejo, pero sigue
funcionando: la representación descriptiva (una mujer) sustituye a la
sustantiva (un cambio de poder real). Igualdad como eslogan, continuidad como
práctica.
Pero en el caso Iglesias,
la decoración alcanza niveles de ilusionismo. Dos ex empleadas denuncian al
cantante en enero de 2026 por agresión sexual, trata de seres humanos y delitos
contra trabajadores, con el apoyo de la ONG Women's Link Worldwide. La
vicepresidenta Yolanda Díaz, desde el Gobierno, amplifica el escándalo: acusa a
Iglesias de mantener a sus trabajadoras en "situación de esclavitud"
y sufrir "abusos sexuales". Suena a bomba mediática, perfecta para
tapar otros líos institucionales. La Fiscalía investiga, toma declaraciones
como testigos protegidas... y el 23 de enero archiva por "falta de
competencia" (los hechos supuestamente en República Dominicana y Bahamas,
pero ¿no era denunciable en España por la nacionalidad de Iglesias?). Fin de la
función? No: Iglesias pide acceso al contenido de la denuncia para preparar su
querella por falsa acusación. El fiscal jefe consulta a la Fiscalía General de
Peramato, y ¡zas! Denegado. Motivo: "las actuaciones son reservadas",
invocando el artículo 234 de la LOPJ. Legalmente defendible, sí. Pero
políticamente, un patinazo que apesta a cortina de humo gubernamental: difamar
primero (con ayuda de ministras), archivar rápido y luego negar transparencia
para que Iglesias no pueda contraatacar fácilmente. Mientras, el cantante ultima
querella contra las denunciantes y la ONG, y demanda a Díaz por injurias y
calumnias. El Gobierno fabrica el escándalo, la Fiscalía lo gestiona... y el
jarrón lo perfuma con formalismos.
Peramato no es florero
pasiva. Tiene experiencia, ha luchado contra la violencia de género y sabe
manejar tribunales. El problema no es ella. Es la función que se le asigna: ser
la cara amable de un sistema que sigue dependiendo del Ejecutivo, que premia
lealtades y que usa la diversidad como escudo narrativo. El jarrón no decide el
jardín; solo lo hace más fotogénico, y en este caso, lo envuelve en humo para
que no veamos las raíces podridas.
Mérito: la palabra
mágica que todo lo estira (y lo oculta)
“Los mejores han sido
elegidos”. La frase se repite como mantra. Y sí, jurídicamente la
discrecionalidad existe. Pero sociológicamente el patrón es clarísimo: los
“mejores” casualmente coinciden con los que ya estaban dentro, con los que
compartieron criterio en la ley del solo sí es sí, en la amnistía, en los casos
mediáticos. El mérito se vuelve elástico: se estira para los afines, se encoge
para los incómodos.
En el patinazo
Iglesias, el mérito se estira hasta el absurdo. La Fiscalía tardó solo 4 horas
en rechazar la personación inicial de Iglesias, pero ignora durante 8 días su
petición de acceso. ¿Eficiencia selectiva? Más bien, protección a una denuncia
que huele a operación política. Y mientras, detalles sórdidos emergen: una
denunciante con cuenta erótica en OnlyFans, lo que no invalida nada, pero añade
ironía a un caso amplificado por feministas institucionales. El mérito, en
política, siempre ha sido una categoría política disfrazada de técnica. Aquí,
disfraza una cortina de humo.
La pedagogía del
ascenso y la lección del humo
Cada nombramiento
enseña. Dice a la carrera fiscal: la lealtad paga. La independencia incomoda.
Quien se alineó con el anterior, sube. Quien criticó, espera. El mensaje es
cristalino: la tormenta fue personal (García Ortiz), no estructural. El timón
sigue en las mismas manos, solo que ahora con manicura.
Y aquí la “mujer
florero” cumple su papel estético supremo: suaviza la imagen. Una mujer al
frente hace que la continuidad parezca progreso. El feminismo instrumentalizado
como barniz: criticar la gestión es “cuestionar el avance de las mujeres”.
Debate cerrado. Cortina corrida. En el caso Iglesias, la lección es doble: no
solo se mantiene la red interna, sino que se usa la reserva procesal para
proteger una denuncia que el Gobierno usó como arma arrojadiza. ¿Independencia?
Más bien, alineamiento con el Ejecutivo, que fabrica humaredas para distraer de
sus propios patinazos.
El tokenismo elevado a
categoría institucional, con efectos especiales
No es token clásico (la
mujer sin poder). Es token avanzado: mujer con poder, pero dentro de márgenes
estrictos. Puede ser firme, trabajadora, honesta. Pero sabe (o debería saber)
que su estabilidad depende de no romper el guion. El Ejecutivo la nombra; el
Ejecutivo puede cesarla. La autonomía se mide por lo que se hace… y por lo que
se evita hacer.
En este escándalo,
Peramato evita entregar la documentación, remitiendo a Iglesias al órgano
judicial. Legal, sí. Pero oportuno para quien quiere mantener el humo: Iglesias
no accede fácilmente, la querella se retrasa, y el relato de "lucha contra
la violencia machista" sigue intacto, aunque el caso se desinfle. El
verdadero poder no está en el jarrón. Está en quien decide qué flores se
cortan, cuáles se dejan marchitar... y cuándo soltar el humo.
Ironía final (y ahumada)
El poder contemporáneo
ya no necesita conspiraciones. Le basta con escenografías. Cambiar la cara,
mantener la partitura. Poner a una mujer experta en igualdad al frente de una
institución cuestionada por filtraciones y dependencia. Ascender a los mismos
de siempre. Proclamar “nueva etapa”. Y, para colmo, negar transparencia en un
caso que el Gobierno infló como distracción: acusaciones graves, archivo
exprés, denegación de acceso. Todo para que Iglesias luche en la niebla
mientras Díaz responde desde el púlpito oficial.
Teresa Peramato no es
el problema. Es el síntoma perfecto. El sistema la necesitaba: rostro nuevo,
género correcto, currículum impecable, capacidad real… y cero intención (o
posibilidad) de alterar las estructuras que la elevaron. El florero no es
pasivo: organiza el ramo. Pero el jardín sigue siendo el mismo, con los mismos
dueños, los mismos abonos... y ahora, con una cortina de humo que oculta los
patinazos gubernamentales.
Mientras el
nombramiento del Fiscal General dependa del Gobierno, mientras los ascensos
estratégicos se lean en clave de lealtades, y mientras la diversidad se use
como perfume para tapar olor a cerrado (o a humo), seguiremos hablando de
jarrones en vez de cimientos.
Y el salón,
impecablemente decorado y ahumado, seguirá oliendo a lo de siempre. Solo que
ahora con un toque floral... y un regusto a quemado.


