REFERENCIA APICE

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sábado, 25 de julio de 2026

Siete tanques para ganar una guerra...All For You

 


Siete tanques para ganar una guerra

Dicen que las metáforas simplifican la realidad. En ocasiones ocurre justo lo contrario: la dejan al descubierto.

Imaginen que el Ministerio de Defensa anunciara con solemnidad que, ante una hipotética invasión, España dispone de siete tanques plenamente operativos. La reacción sería inmediata. Editoriales, tertulias, comisiones parlamentarias y comparecencias urgentes llenarían la agenda política. Nadie aceptaría semejante nivel de improvisación en un asunto de Estado.

Sin embargo, cuando la guerra no la libra un ejército enemigo sino el fuego, la noticia parece perder dramatismo. Entonces descubrimos que el país afronta cada verano una amenaza perfectamente conocida con unos medios que, como poco, invitan al optimismo más temerario. Lo extraordinario no es que falten recursos; lo extraordinario es que nadie parezca sorprenderse.

La política española lleva años confundiendo gestión con reacción. Se actúa cuando las llamas ya aparecen en los informativos, cuando los helicópteros sobrevuelan las montañas y cuando las fotografías aéreas ocupan las portadas. Antes, la prevención resulta demasiado silenciosa para dar rédito electoral.

El problema es que el fuego no vota.

Cada verano asistimos al mismo ritual. Declaraciones institucionales, visitas oficiales, promesas de inversiones futuras y agradecimientos a unos profesionales que, una vez más, compensan con esfuerzo lo que la planificación no ha previsto. Después llega el otoño, desaparecen las cámaras y con ellas desaparece también la urgencia política. Hasta el siguiente incendio.

Resulta curioso comprobar cómo el Estado es capaz de movilizar millones de euros cuando el desastre ya está declarado, pero encuentra enormes dificultades para invertir de forma sostenida en evitar que ese desastre ocurra. Es una brillante estrategia económica: gastar diez para no invertir uno.

Quizá el verdadero problema sea conceptual. Seguimos considerando los incendios forestales como emergencias excepcionales cuando hace tiempo que se han convertido en una constante. Si algo ocurre todos los años, deja de ser una emergencia para convertirse en una obligación de planificación.

Y ahí aparece la gran paradoja española: confiamos en que la climatología tenga más sentido común que la política.

No se trata únicamente de hidroaviones, ni de presupuestos, ni siquiera de incendios. Se trata de una cultura institucional que administra las consecuencias con mayor entusiasmo del que dedica a prevenir las causas.

Porque gobernar no consiste en apagar fuegos. Eso lo hacen magníficamente los bomberos.

Gobernar consiste en procurar que cada verano no parezca una improvisación nacional.

Y mientras eso no cambie, seguiremos celebrando cada avión operativo como si fuera una hazaña, cuando en realidad debería ser simplemente la normalidad. Igual que nadie pretendería ganar una guerra con siete tanques, tampoco debería conformarse un país con afrontar sus mayores amenazas esperando que la suerte haga el trabajo de la previsión.


viernes, 24 de julio de 2026

El Tiempo como poder...Lala

 


El Tiempo como poder

En toda organización política existe una diferencia esencial entre gobernar y administrar el tiempo. Gobernar implica decidir; administrar el tiempo consiste, con frecuencia, en decidir que nadie más decida. Es una vieja tentación del poder: si el debate resulta incómodo, basta con posponerlo hasta que la realidad cambie, los afectados se cansen o la memoria pública haga el resto. La innovación institucional consiste en revestir esa dilación de impecable formalidad reglamentaria.

La presidencia de una cámara parlamentaria debería encarnar la neutralidad procedimental. Su legitimidad no deriva solo del respaldo de una mayoría, sino de la confianza de todos los representantes en que las reglas se aplicarán con imparcialidad. Cuando esa expectativa se erosiona, la institución deja de ser árbitro para convertirse en un jugador ventajista.

La Mesa del Congreso acumula una parálisis legislativa histórica con 438 prórrogas que mantienen bloqueadas diversas proposiciones de ley hasta el 2 de septiembre de 2026. Los casos más destacados incluyen la bajada del IVA a la imagen personal (2 años y 9 meses), leyes contra la okupación ilegal (2 años y 6 meses) y la modificación de la Ley de Costas (2 años y 5 meses), entre otros proyectos inmovilizados.

En la actual legislatura española, este fenómeno se ha manifestado con claridad. Numerosas proposiciones de ley registradas por la oposición, en materias tan diversas como la ocupación ilegal de viviendas, la protección de víctimas, el régimen fiscal de determinados sectores profesionales o la ordenación territorial, llevan meses, en algunos casos más de un año, sin avanzar de forma significativa. No se rechazan, porque ello exigiría un debate abierto y asumir el coste político de la decisión. Tampoco se aprueban. Permanecen suspendidas en un limbo administrativo donde el calendario pesa más que los diputados.

La paradoja es sociológicamente exquisita: se invoca sin descanso la defensa de la democracia mientras se perfeccionan mecanismos que la reducen a un elegante ejercicio de espera. El procedimiento ya no facilita la deliberación, sino que la sustituye. El reglamento deja de ser autopista de la representación política para convertirse en una rotonda infinita de la que ninguna iniciativa consigue salir.

El fenómeno recuerda menos a un Parlamento vivo que a una sofisticada cámara criogénica. Las proposiciones de ley entran en hibernación normativa. La biología conoce la hibernación; la política española parece haber perfeccionado la congelación selectiva.

Lo extraordinario ha pasado a ser rutinario. La excepción se ha institucionalizado como método. La burocracia consigue así una hazaña notable: impedir que ocurra nada sin prohibir formalmente nada. Kafka habría reclamado derechos de autor.

Desde la sociología institucional sabemos que las organizaciones rara vez necesitan vulnerar abiertamente las normas para alterar su funcionamiento. Basta con reinterpretarlas, estirarlas hasta sus límites o convertir instrumentos excepcionales en práctica ordinaria. El poder contemporáneo ya no necesita cerrar la puerta; le basta con prometer que la abrirá la semana próxima… y repetir la promesa durante meses o años.

Resulta especialmente revelador que las iniciativas afectadas abarquen ámbitos tan distintos. No se trata de un bloqueo puntual sobre una materia concreta, sino de una percepción creciente: el tiempo parlamentario ha dejado de responder primordialmente a criterios institucionales para obedecer a cálculos políticos coyunturales. Cuando la agenda legislativa se convierte en instrumento táctico más que en espacio deliberativo, la confianza pública se deteriora de forma difícilmente reversible.

Toda democracia vive de una ficción útil: la convicción de que las reglas están por encima de quienes las administran. Cuando los ciudadanos sospechan que el procedimiento depende del interés inmediato de la Presidencia, esa ficción se agrieta. La legalidad formal permanece, pero se erosiona la autoridad moral de la institución.

En esta legislatura, la figura de Francina Armengol ha terminado simbolizando esta forma de ejercer el poder: no tanto la dirigente que persuade mediante el debate, cuanto la administradora estratégica del calendario legislativo. Una presidencia que prioriza el control del tiempo sobre el impulso normal de la actividad parlamentaria. Es una transformación silenciosa pero enormemente eficaz: la política ya no necesita convencer al adversario cuando puede agotarlo mediante sucesivas prórrogas.

Existe además un refinamiento casi estético en este modo de proceder. La negativa explícita es áspera y genera titulares; el retraso administrativo ofrece la elegancia burocrática de quien nunca dice “no”, sino “todavía no”. Es el equivalente institucional del clásico “ya te llamaré”, elevado a técnica de gobierno.

Las instituciones democráticas no mueren solo con golpes espectaculares o rupturas constitucionales. También se debilitan lentamente, por acumulación de pequeñas renuncias, debates aplazados y procedimientos convertidos en refugio frente a la deliberación. La erosión es menos dramática que el derrumbe, pero mucho más difícil de revertir.

Porque, al final, el problema nunca fue el calendario. El problema comienza cuando el calendario sustituye a la política, cuando el reloj adquiere más autoridad que el debate y cuando la representación parlamentaria se convierte en un ejercicio de administración del tiempo muerto. Entonces el Parlamento deja de legislar para especializarse en aplazar, y la democracia acaba pareciéndose menos a un espacio de deliberación que a una sala de espera donde las leyes envejecen sin haber nacido. Quizá, cuando algún ciudadano pregunte por ellas, no reciba una explicación constitucional ni una justificación reglamentaria. Bastará una respuesta, tan familiar como reveladora, que resume con inquietante precisión toda una forma de entender el poder: «Vale, cariño, te mantengo informada de todo». Mientras tanto, las leyes seguirán esperando la llamada.




jueves, 23 de julio de 2026

La ingeniería del engaño político...Solo te necesito.

 


La ingeniería del engaño político: cuando el poder conquista la mente antes que las instituciones

"El mayor triunfo del poder no consiste en obligar a obedecer, sino en lograr que los ciudadanos crean que obedecen libremente."

Introducción

Toda sociedad democrática descansa sobre un principio fundamental: la capacidad del ciudadano para distinguir entre la verdad y la propaganda, entre la información y la manipulación, entre el razonamiento y la emoción inducida. Cuando esa capacidad comienza a deteriorarse, la democracia conserva sus formas externas —elecciones, parlamentos y tribunales—, pero pierde progresivamente su esencia.

La política contemporánea ha dejado de ser, en gran medida, el arte de gobernar para convertirse en el arte de controlar el relato. La conquista del poder ya no depende exclusivamente de los resultados económicos, de la calidad de las leyes o de la eficacia administrativa, sino de la capacidad para modelar la percepción colectiva. Como advirtió George Orwell, el dominio sobre el presente comienza por el dominio del lenguaje; quien consigue definir las palabras termina condicionando el pensamiento.

España representa hoy uno de los ejemplos más significativos de esta transformación. Bajo el actual Gobierno de coalición, la comunicación política ha adquirido una dimensión casi permanente, donde el relato ocupa con frecuencia un espacio superior al de la gestión. No se trata únicamente de gobernar, sino de construir una interpretación de la realidad favorable al poder.

La política emocional frente a la política racional

Aristóteles afirmaba que el ser humano es un animal racional; sin embargo, la psicología moderna ha demostrado que las decisiones colectivas nacen mucho más de las emociones que del razonamiento.

El miedo, la indignación, la esperanza, el resentimiento o la identidad movilizan con mayor eficacia que cualquier dato económico.

La comunicación política contemporánea explota precisamente esta realidad.

El ciudadano deja de analizar argumentos para reaccionar emocionalmente ante consignas cuidadosamente diseñadas.

No importa tanto demostrar una afirmación como conseguir que resulte verosímil.

No importa convencer mediante pruebas, sino generar adhesiones emocionales.

En este escenario, la política abandona el terreno del debate intelectual para convertirse en una competición permanente por controlar el estado emocional de la sociedad.

La fabricación del enemigo

Todo proyecto político necesita cohesionar a sus seguidores.

La forma más sencilla de lograrlo consiste en construir un enemigo permanente.

La historia demuestra que los gobiernos encuentran una enorme ventaja en dividir la sociedad entre buenos y malos, demócratas y enemigos de la democracia, progresistas y reaccionarios, pueblo y élites, patriotas y traidores.

Cuando la realidad política se reduce a categorías morales absolutas desaparece el espacio para el pensamiento crítico.

Quien discrepa deja de ser un adversario legítimo para convertirse en un obstáculo moral.

España vive desde hace años una creciente polarización donde la confrontación parece haber sustituido al diálogo institucional.

El actual Gobierno ha utilizado con frecuencia una narrativa basada en esa división, presentando determinadas discrepancias políticas como enfrentamientos entre el progreso y el retroceso histórico. Esa estrategia puede reforzar la cohesión de una parte del electorado, pero también contribuye a erosionar la deliberación pública al simplificar una realidad mucho más compleja.

El poder del lenguaje

Victor Klemperer escribió que las palabras pueden actuar como pequeñas dosis de arsénico: se ingieren sin advertirlo y terminan modificando la forma de pensar.

La política conoce perfectamente este principio.

No se habla de concesiones, sino de diálogo.

No se habla de cesiones, sino de convivencia.

No se habla de problemas, sino de relatos.

No se habla de propaganda, sino de pedagogía.

Cambiar el vocabulario significa alterar la percepción de los hechos.

El lenguaje deja de describir la realidad para convertirse en un instrumento destinado a construir una nueva realidad política.

George Orwell comprendió que quien controla el significado de las palabras acaba condicionando los límites mismos del pensamiento.

La saturación informativa

Nunca en la historia había existido tanta información disponible.

Paradójicamente, nunca había resultado tan difícil comprender la realidad.

El exceso de declaraciones, ruedas de prensa, comparecencias, entrevistas, titulares, redes sociales y campañas institucionales genera un ruido permanente que dificulta distinguir lo importante de lo accesorio.

El ciudadano termina agotado.

Y una sociedad intelectualmente agotada deja de analizar.

Simplemente reacciona.

La política moderna comprende perfectamente este fenómeno.

Mientras la atención pública permanece ocupada por conflictos sucesivos, disminuye la capacidad de examinar con serenidad las decisiones estructurales.

El debate se vuelve inmediato, emocional y efímero.

La reflexión desaparece.

La dependencia psicológica del Estado

Uno de los cambios más profundos de las democracias occidentales consiste en la creciente expansión del Estado sobre ámbitos tradicionalmente reservados a la sociedad civil.

Cada nueva necesidad parece requerir una nueva intervención pública.

Cada incertidumbre parece exigir una mayor tutela gubernamental.

Poco a poco se instala una cultura política donde el ciudadano deja de verse como sujeto responsable para convertirse en receptor permanente de soluciones diseñadas desde el poder.

Esta transformación tiene consecuencias filosóficas profundas.

La libertad deja de entenderse como autonomía para convertirse en dependencia organizada.

El individuo acaba aceptando que sea el Gobierno quien interprete la realidad, establezca las prioridades sociales y determine incluso qué emociones merecen reconocimiento público.

La democracia corre entonces el riesgo de transformarse en una forma sofisticada de paternalismo político.

La ética del poder

Maquiavelo sostuvo que el gobernante procura conservar el poder porque sin él pierde toda capacidad de actuación.

Sin embargo, también advertía que el abuso de la manipulación termina deteriorando la legitimidad de quien gobierna.

Todo poder necesita credibilidad.

Cuando el ciudadano percibe contradicciones constantes entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana, comienza un proceso silencioso de desconfianza institucional.

No desaparece únicamente la confianza en un gobierno concreto.

Se deteriora la confianza en el propio sistema democrático.

Ése constituye probablemente el mayor riesgo para España.

La polarización permanente, el enfrentamiento continuo entre instituciones y la utilización partidista del lenguaje acaban debilitando los consensos básicos que hicieron posible la convivencia constitucional durante décadas.

La responsabilidad del ciudadano

Sería un error atribuir toda la responsabilidad al poder político.

Ningún gobierno puede manipular indefinidamente a una sociedad formada por ciudadanos críticos.

La democracia exige esfuerzo intelectual.

Exige contrastar información.

Exige desconfiar tanto de las consignas favorables como de las desfavorables.

Exige aceptar que ningún gobierno posee el monopolio de la verdad.

También exige reconocer que ninguna ideología está inmunizada contra la tentación propagandística.

La libertad no consiste únicamente en votar cada cuatro años.

Consiste, sobre todo, en conservar intacta la independencia del juicio.

Conclusión

España atraviesa una etapa en la que la batalla política se libra menos sobre los hechos que sobre su interpretación. La gestión compite con el relato; la razón cede terreno ante la emoción; el debate se simplifica hasta convertirse, con demasiada frecuencia, en una confrontación de identidades irreconciliables.

Desde una perspectiva crítica, puede sostenerse que el actual Gobierno de coalición ha llevado esta lógica comunicativa a un alto nivel de sofisticación, utilizando con frecuencia estrategias narrativas que priorizan la movilización emocional, la polarización y la redefinición del lenguaje político. Esa valoración pertenece al terreno del análisis político y puede ser discutida, pero plantea una cuestión de fondo que trasciende a cualquier ejecutivo: cuando el poder aspira a moldear la percepción antes que a convencer mediante razones, la calidad de la democracia se resiente.

La mayor amenaza para una sociedad libre no es la existencia de un gobierno fuerte, sino la aparición de ciudadanos que renuncian a pensar por sí mismos. Las instituciones pueden reformarse, los gobiernos pueden cambiar y las mayorías pueden alternarse. Lo verdaderamente difícil de recuperar es una ciudadanía acostumbrada a cuestionar, a deliberar y a exigir verdad por encima de propaganda.

Porque la libertad política no comienza en las urnas, sino en la conciencia de cada individuo. Allí donde el pensamiento crítico permanece vivo, ningún poder puede dominar completamente a la sociedad. Allí donde ese pensamiento se extingue, la democracia conserva su nombre, pero pierde lentamente su alma.


viernes, 17 de julio de 2026

La justicia y el espejo roto de la opinión.... vuelo con imaginación.

 

                                            Vuelo con imaginación

La Justicia y el espejo roto de la opinión

Hay épocas en las que las sociedades hablan demasiado y piensan demasiado poco. La nuestra parece haber elevado esa contradicción a categoría histórica. Nunca se había dispuesto de tanta información y, sin embargo, jamás había resultado tan difícil distinguir el conocimiento del ruido. La velocidad ha derrotado a la reflexión, y la opinión, convertida en mercancía de consumo inmediato, se presenta con la insolencia de quien pretende ocupar el lugar de los hechos.

Toda investigación judicial que afecta a un personaje público deja de pertenecer exclusivamente a los tribunales para convertirse en patrimonio del espectáculo. La toga comparte escenario con las cámaras; el sumario, con las tertulias; la prueba, con el rumor. Y así, lo que debería desarrollarse en la serenidad del procedimiento acaba representándose en el gran teatro de la polarización.

El caso de Begoña Gómez constituye un ejemplo paradigmático, no por la singularidad jurídica del procedimiento, sino porque ha servido para revelar una enfermedad más profunda: la incapacidad creciente de la sociedad para convivir con la incertidumbre.

El ciudadano contemporáneo parece haber perdido la paciencia necesaria para esperar una sentencia. Necesita una respuesta inmediata. El tiempo judicial le resulta insoportable porque contradice la lógica acelerada de las redes sociales, donde cada minuto sin pronunciamiento se interpreta como un vacío que alguien debe rellenar. Y ese alguien suele ser la opinión.

Ortega y Gasset advertía que el mayor peligro para una civilización aparece cuando el hombre deja de sentirse obligado a comprender antes de juzgar. El hombre-masa, decía, no discute porque crea tener razón; discute porque ignora que pudiera no tenerla. Esa observación, formulada hace casi un siglo, parece escrita para describir el ecosistema digital del presente.

Hoy cualquiera se siente legitimado para ejercer simultáneamente de instructor, fiscal, magistrado y comentarista político. Bastan unos titulares, un vídeo de treinta segundos y dos mensajes compartidos miles de veces para construir una convicción inquebrantable. No importa que el procedimiento apenas haya comenzado. La sentencia emocional ya ha sido dictada.

Y, sin embargo, la Justicia posee una virtud que desespera al impaciente: duda.

Duda porque debe hacerlo.

La duda constituye el fundamento mismo del Derecho. Allí donde la opinión exige certezas instantáneas, el juez está obligado a exigir pruebas. Donde el ciudadano reclama castigos ejemplares, el ordenamiento jurídico exige garantías. Esa lentitud que tantos critican no siempre es una debilidad; con frecuencia constituye la expresión más elevada del respeto por la libertad.

Resulta paradójico comprobar cómo quienes reclaman independencia judicial suelen hacerlo únicamente cuando la resolución coincide con sus expectativas. Cuando no sucede así, el juez deja de ser independiente para convertirse, según convenga, en instrumento del poder o de la oposición. La confianza institucional se ha vuelto condicional, subordinada al resultado y no al procedimiento.

Es aquí donde el periodismo afronta una de sus mayores pruebas éticas.

Informar nunca consistió en alimentar emociones, sino en disciplinarlas mediante los hechos. El periodista no fue concebido para fabricar culpables ni absolver inocentes, sino para explicar la realidad con la mayor honestidad posible. Sin embargo, la lógica del mercado informativo premia justamente lo contrario. La prudencia apenas genera audiencia; la indignación, en cambio, produce millones de clics.

El antiguo oficio de contrastar fuentes ha sido sustituido, con inquietante frecuencia, por el más rentable ejercicio de confirmar prejuicios. Cada medio ofrece al lector aquello que desea escuchar, del mismo modo que un comerciante inteligente coloca en el escaparate el producto con mayor demanda. La consecuencia resulta devastadora: el ciudadano deja de buscar información para buscar reafirmación.

No vivimos únicamente una crisis de confianza en las instituciones. Vivimos, sobre todo, una crisis de confianza en la verdad compartida.

Arturo Pérez-Reverte ha escrito en numerosas ocasiones que el problema de España no reside únicamente en sus dirigentes, sino en una vieja inclinación nacional a convertir cualquier discrepancia en una guerra civil moral. Basta observar el debate público para advertir la vigencia de esa intuición. Aquí rara vez existen adversarios; existen enemigos. No se discrepa: se descalifica. No se argumenta: se etiqueta.

En semejante clima, un proceso judicial deja de ser un procedimiento regulado por normas para transformarse en un combate simbólico donde cada resolución alimenta un relato previo. La sentencia ya no importa por su fundamentación jurídica, sino por la utilidad política que pueda extraerse de ella.

Y, sin embargo, el Derecho permanece ajeno a esa lógica tribal. El Código Penal no conoce simpatías ni antipatías. Las garantías procesales fueron concebidas precisamente para resistir los impulsos colectivos. La presunción de inocencia no protege únicamente al acusado; protege a toda la sociedad frente a la arbitrariedad.

Quienes celebran la erosión de ese principio porque afecta a un adversario político olvidan que mañana podría amparar a alguien con quien sí compartan afinidades. Las garantías jurídicas jamás se diseñan pensando en el caso cómodo, sino en el difícil.

Existe una tendencia inquietante a medir la calidad de la Justicia por el número de condenas o por la dureza de las penas. Es un error tan antiguo como la propia condición humana y, en nuestros días, extraordinariamente rentable para quienes hacen de la política un ejercicio de agitación permanente. La fortaleza de un Estado de Derecho no consiste en llenar las cárceles, sino en garantizar que nadie sea condenado sin pruebas suficientes y que nadie quede al margen de la ley por la posición que ocupa.

Pero existe un peligro aún más profundo. Cuando los jueces, los fiscales, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o cualquier servidor público que participa en la investigación de los delitos comienzan a ser objeto de campañas de descrédito, de presiones políticas o de intentos de deslegitimación cada vez que sus decisiones resultan incómodas para unos u otros, la discusión deja de ser jurídica para convertirse en institucional. En ese momento ya no se cuestiona únicamente una resolución concreta; se erosiona la confianza en los pilares sobre los que descansa el Estado de Derecho.

Una democracia madura no necesita héroes togados ni villanos de ocasión. Necesita instituciones suficientemente fuertes para soportar la crítica legítima y suficientemente independientes para resistir cualquier intento de condicionarlas. Porque la independencia judicial no se pone a prueba cuando las resoluciones complacen al poder o a la oposición; se pone a prueba precisamente cuando incomodan a ambos.

El verdadero problema nunca ha sido que la Justicia avance con la lentitud que exigen las garantías procesales. El verdadero problema aparece cuando se pretende sustituir el razonamiento jurídico por el relato político, cuando la sentencia deja de buscarse en los autos para buscarse en los titulares, o cuando la confianza en las instituciones depende exclusivamente de que el fallo confirme nuestras propias convicciones.

Ese es el instante en que la Justicia comienza a dejar de ser un poder del Estado para convertirse en un escenario donde se representa una batalla de intereses. Y una vez que esa transformación se consuma, ya no importa quién ocupe el banquillo, quién vista la toga o quién dirija una investigación: todos terminan siendo sospechosos ante una parte de la sociedad.

La Historia enseña una lección tan incómoda como constante. Las democracias rara vez se deterioran de manera súbita; lo hacen mediante un desgaste lento y casi imperceptible de la credibilidad de sus instituciones. Cada ataque injustificado, cada descalificación interesada, cada intento de sembrar la sospecha permanente sobre quienes tienen la misión de investigar, acusar o juzgar, añade una grieta más a un edificio cuya solidez depende, precisamente, de la confianza de los ciudadanos.

Porque las garantías procesales, la independencia judicial y el respeto a las instituciones no fueron concebidos para proteger a un gobierno, a una oposición o a un personaje público. Fueron concebidos para proteger al ciudadano frente a cualquier abuso del poder. Y cuando una sociedad olvida esa verdad elemental, descubre demasiado tarde que lo que creía estar debilitando era la posición de sus adversarios, cuando en realidad estaba debilitando los cimientos de su propia libertad.

 

 


martes, 14 de julio de 2026

La inhabilitación presupuestaria...Quédate con quien te quiere.


 

La inhabilitación presupuestaria:

Hay pocos momentos en la vida de una democracia parlamentaria tan reveladores como el debate presupuestario. No se trata únicamente de un ejercicio contable, sino del instante en que un Gobierno pone sobre la mesa su visión del país y pide, a cambio, la confianza de la Cámara para ejecutarla. Cuando esa confianza falta, y los números del reciente rechazo a la senda de estabilidad 2027-2029 así lo indican, con 178 votos en contra frente a 167 a favor y cinco abstenciones, el ejercicio presupuestario deja de ser un instrumento de planificación para convertirse en un símbolo de la fragilidad institucional del momento.

Conviene preguntarse, con la serenidad que exige el análisis económico y no la urgencia del titular, si tiene sentido insistir en la tramitación de unos Presupuestos Generales del Estado cuando el propio trámite previo,técnico, casi automático en legislaturas con mayorías sólidas, ha naufragado en el Congreso.

Dos naturalezas, un mismo documento

El presupuesto público posee, como recuerda buena parte de la literatura de hacienda pública, una doble condición: es un documento económico y es, simultáneamente, un contrato político. Como plan financiero, ordena ingresos y gastos, fija prioridades y condiciona el comportamiento de los agentes económicos durante todo el ejercicio. Como contrato político, presupone una mayoría capaz de sostenerlo, no solo de aprobarlo.

Cuando ese contrato se rompe, el presupuesto corre el riesgo de transformarse en un ejercicio de supervivencia parlamentaria más que en una hoja de ruta económica. La votación conocida no es un simple tropiezo de trámite: refleja la ausencia de una coalición capaz de respaldar, con continuidad, la política fiscal del Ejecutivo.

Autores como Douglas North u Oliver Williamson han insistido en que la estabilidad de las reglas, y de quienes las sostienen, constituye uno de los activos más valiosos de una economía desarrollada. La incertidumbre política no es neutral: encarece la inversión, retrae el consumo y presiona al alza las primas de riesgo institucional. Prolongar una negociación presupuestaria sin mayoría consolidada no es prudencia, es aplazar el coste.

Una senda fiscal generosa en optimismo

El Gobierno plantea una reducción gradual del déficit: 1,8 % del PIB en 2027, 1,6 % en 2028 y 1,5 % en 2029. Sobre el papel, una consolidación ordenada. En la práctica, dos reservas resultan inevitables.

La primera es de volumen: España mantiene uno de los niveles de deuda pública más elevados de la Unión Europea, y una reducción lenta del déficit no altera sustancialmente esa carga acumulada.

La segunda es de método: toda senda fiscal descansa sobre hipótesis de crecimiento, inflación, empleo y recaudación que rara vez se cumplen con exactitud. La experiencia reciente de la hacienda española, con sucesivos créditos extraordinarios corrigiendo previsiones iniciales, aconseja cautela ante cualquier cifra que se presente como certeza.

El espejismo del margen fiscal autonómico

Uno de los puntos más discutidos de la negociación es el margen adicional de deuda, cercano a los 5.849 millones de euros, reconocido a las comunidades autónomas. La crítica de la oposición, más allá de su intención política, contiene un argumento técnico atendible: disponer de margen de déficit no equivale a disponer de capacidad real de gasto, puesto que las comunidades siguen sujetas a la regla europea de gasto computable.

El resultado es una flexibilidad más nominal que efectiva: se amplía el margen de endeudamiento mientras se mantiene la restricción sobre su ejecución. La autonomía financiera que sugiere el discurso político resulta, en la práctica, bastante más limitada.

Gobernar sin mayoría: el verdadero problema de fondo

La economía política enseña que un presupuesto técnicamente impecable no basta si carece de sostén parlamentario. El dato más elocuente de este episodio no es la cifra del déficit, sino la composición del voto: el rechazo no proviene solo de la oposición tradicional, sino también de antiguos socios de investidura que se abstienen o votan en contra.

Cuando eso ocurre, el problema deja de ser presupuestario y pasa a ser un problema de gobernabilidad. Insistir en la tramitación en ese contexto puede leerse, más que como una apuesta por unas cuentas viables, como una estrategia para prolongar la legislatura ganando tiempo político.

Presión fiscal y eficiencia del gasto

Aunque el debate público se concentra en el déficit y en el reparto territorial, conviene no perder de vista una cuestión de fondo: sostener el nivel de gasto previsto exigirá, previsiblemente, mantener una presión fiscal ya elevada en términos históricos. La literatura económica advierte de que el incremento continuado de ingresos por la vía de nuevas figuras tributarias tiene rendimientos decrecientes: por encima de ciertos umbrales, desincentiva la inversión, alienta la planificación fiscal de las empresas y erosiona la competitividad. La consolidación fiscal debería apoyarse, en primer término, en la eficiencia del gasto público, no únicamente en la capacidad recaudatoria.

La certidumbre como bien económico

Los mercados, las empresas y los hogares no operan en el vacío: toman decisiones de inversión, contratación y ahorro a varios años vista, y necesitan saber con qué reglas fiscales van a convivir. Cada mes de incertidumbre presupuestaria tiene un coste que trasciende la aritmética parlamentaria: afecta a la ejecución de fondos europeos, a la contratación pública y a la política salarial del sector público. La estabilidad institucional no es un adorno democrático; es, en sí misma, un factor productivo.

Una perspectiva distinta: el argumento a favor de seguir intentándolo

Sería, sin embargo, incompleto, y poco riguroso, presentar esta lectura crítica como la única posible. Quienes defienden la insistencia del Ejecutivo en tramitar los Presupuestos pueden argumentar, con razones no desdeñables, que:

La alternativa, prórroga presupuestaria indefinida, tiene también costes económicos, al congelar partidas y dificultar la adaptación del gasto público a necesidades cambiantes.

Negociar hasta el final es parte legítima del juego parlamentario: muchos gobiernos en minoría, en España y en otras democracias europeas, han sacado adelante presupuestos tras meses de negociación que parecían estancados.

El rechazo a la senda de estabilidad no equivale automáticamente al rechazo del proyecto de presupuestos, que aún no se ha presentado ni votado; los equilibrios parlamentarios pueden variar entre uno y otro trámite.

Las reglas fiscales europeas, lejos de ser un obstáculo, pueden interpretarse como una garantía de disciplina que limita el riesgo de desviaciones excesivas, incluso en un contexto de negociación compleja.

Estas consideraciones no invalidan las dudas planteadas en las secciones anteriores, pero recuerdan que el diagnóstico de "improvisación institucional" es una interpretación entre varias posibles, y que la valoración final dependerá, en gran medida, de cómo evolucionen los apoyos parlamentarios en las próximas semanas.

Conclusión

El rechazo a la senda de estabilidad no es un simple accidente de trámite: es una señal de debilidad política que condiciona la credibilidad de cualquier proyecto presupuestario posterior. La incertidumbre institucional, la fragilidad de los apoyos parlamentarios, el margen real, más limitado de lo que sugiere el discurso oficial, y el elevado nivel de deuda pública configuran un escenario en el que la planificación presupuestaria corre el riesgo de convertirse en un gesto más simbólico que efectivo.

Pero también es cierto que la política presupuestaria rara vez se decide en una sola votación, y que la capacidad de un Gobierno para recomponer mayorías, o para gestionar sin ellas, forma parte de la normalidad democrática en sistemas parlamentarios fragmentados como el español. El verdadero desafío no es solo aprobar unas cuentas públicas, sino recuperar las condiciones de estabilidad política que las hagan creíbles, ejecutables y compatibles con una estrategia de crecimiento sostenible. Un presupuesto puede aprobarse sin respaldo amplio; un modelo económico sólido, en cambio, exige certidumbre, disciplina y consenso.


domingo, 12 de julio de 2026

Coerción, consenso y armamentización.... Sangre y terciopelo-

 


Coerción, consenso y armamentización: una crítica a la gobernanza climática contemporánea

Introducción

La política climática internacional se presenta habitualmente como un campo neutral, fundamentado exclusivamente en la evidencia científica y orientado al bien común planetario. Sin embargo, un análisis riguroso, desde la Geoingeniería y la Sociología política, exige distinguir entre la solidez del consenso científico sobre el calentamiento antropogénico y los mecanismos discursivos, regulatorios e institucionales que se han construido en su nombre. Este ensayo examina tres fenómenos que merecen escrutinio crítico: la tendencia hacia mandatos regulatorios coercitivos que eluden el debate democrático; el uso retórico del "consenso científico" como herramienta para clausurar la deliberación legítima; y el riesgo, menos discutido pero históricamente documentado, de que las tecnologías de modificación climática sean instrumentalizadas con fines militares o geopolíticos.

La coerción regulatoria: cuando la urgencia sustituye al debate

Gran parte de la arquitectura regulatoria climática contemporánea, impuestos al carbono, prohibiciones de tecnologías específicas, mandatos de electrificación forzosa, restricciones a la agricultura o al transporte, se ha diseñado bajo la premisa de que la urgencia del problema justifica reducir el margen de deliberación democrática. Economistas como William Nordhaus han señalado que la fijación de objetivos absolutos sin considerar los costos marginales de abatimiento puede generar ineficiencias severas y cargas desproporcionadas sobre las poblaciones de menores ingresos.

El problema no es la existencia de regulación, toda política pública implica normas vinculantes, sino la sustitución del debate técnico y plural por decisiones tecnocráticas que se presentan como moralmente incuestionables. Cuando una medida regulatoria se defiende no por sus méritos comparativos frente a alternativas, sino apelando a la urgencia existencial del planeta, el espacio para la crítica legítima, incluso una crítica que acepte plenamente el calentamiento antropogénico, se reduce artificialmente. Esto no es un argumento contra la acción climática; es un argumento contra la sustitución de la política por la coerción administrativa disfrazada de necesidad científica.

La retórica del consenso como mecanismo de clausura

Existe una diferencia fundamental entre el consenso científico, que sí existe respecto al calentamiento global antropogénico como fenómeno físico, y el consenso normativo sobre qué políticas concretas deben implementarse para enfrentarlo. Gran parte del discurso público colapsa deliberadamente esta distinción: se invoca la autoridad del IPCC para validar políticas específicas (por ejemplo, la eliminación acelerada de una tecnología energética particular) como si estas se derivaran directamente de los datos físicos, cuando en realidad son decisiones de valor sobre riesgo, distribución de costos y prioridades sociales.

Este deslizamiento retórico, de "el clima se está calentando" a "por lo tanto esta política específica es la única aceptable", funciona como un mecanismo de silenciamiento: quien cuestiona la política queda automáticamente etiquetado como quien niega la ciencia, aun cuando su objeción sea puramente sobre la eficacia, el costo o la equidad de la medida propuesta. Filósofos de la ciencia como los que han estudiado la relación entre autoridad epistémica y legitimidad democrática han advertido sobre este riesgo: la ciencia puede informar la política, pero no puede sustituir el proceso deliberativo mediante el cual una sociedad decide cómo distribuir sacrificios y beneficios.

El riesgo de instrumentalización militar y geopolítica de la modificación climática

Un aspecto insuficientemente discutido en el debate público es que las tecnologías de intervención climática, incluida la modificación deliberada de patrones de precipitación o la manipulación de sistemas atmosféricos, tienen un historial de uso con fines estratégicos y militares, no únicamente ambientales. El caso más documentado es la Operación Popeye durante la guerra de Vietnam, en la que Estados Unidos empleó siembra de nubes para prolongar la temporada de monzones y dificultar el movimiento logístico del adversario. Este precedente motivó la Convención ENMOD de 1977, que prohíbe el uso hostil de técnicas de modificación ambiental.

La existencia de este tratado es, en sí misma, evidencia de que la comunidad internacional reconoció tempranamente que las mismas tecnologías presentadas hoy como soluciones "verdes" o climáticamente responsables, geoingeniería solar, manipulación de nubes, gestión de radiación, son de naturaleza dual: pueden emplearse para mitigar el calentamiento global o para obtener ventajas geopolíticas y militares, alterando deliberadamente el clima de territorios rivales o disputando el control sobre recursos hídricos. La ausencia de mecanismos de verificación robustos en el marco de la ENMOD, sumada a la opacidad de numerosos programas estatales de investigación en modificación climática, constituye un vacío de gobernanza que la agenda climática contemporánea rara vez aborda con la seriedad que merece. Presentar estas tecnologías exclusivamente bajo el lenguaje de la responsabilidad ambiental, sin reconocer su historial de uso como instrumento de poder, es una omisión crítica que merece ser señalada.

Perspectivas opuestas

Es necesario, sin embargo, presentar con honestidad las objeciones a esta crítica. En primer lugar, defensores de la regulación climática argumentan que la naturaleza de bien público global del clima justifica mecanismos vinculantes: los costos de la inacción, eventos extremos, pérdida de biodiversidad, desplazamiento poblacional, superan ampliamente los costos de transición, y esperar un consenso democrático perfecto ante una externalidad de esta magnitud equivale, en la práctica, a favorecer la inacción. En segundo lugar, respecto al uso del "consenso científico", muchos climatólogos sostienen que la distinción entre hechos físicos y políticas públicas ha sido históricamente utilizada como estrategia retórica por sectores con intereses económicos directos (particularmente la industria de combustibles fósiles) para sembrar duda donde no existe incertidumbre científica genuina, citando paralelismos con campañas previas de la industria tabacalera. Finalmente, respecto a la instrumentalización militar de la geoingeniería, algunos especialistas consideran que este riesgo, aunque real, no invalida la investigación responsable en modificación climática defensiva, y que la solución reside en fortalecer, no abandonar, los marcos multilaterales de verificación.

Conclusión

Una crítica defendible de la agenda climática contemporánea no requiere negar el calentamiento antropogénico ni rechazar la necesidad de acción colectiva. Requiere, en cambio, distinguir con precisión entre la evidencia física, las decisiones normativas que de ella se derivan y los mecanismos de poder, regulatorios, retóricos y tecnológicos, que se construyen en su nombre. La coerción regulatoria sin deliberación, el uso del consenso científico para clausurar el debate legítimo, y la instrumentalización estratégica de las tecnologías de modificación climática son fenómenos que merecen escrutinio crítico independiente, precisamente porque la legitimidad de la acción climática depende de que esta se construya sobre procesos transparentes, plurales y verificables, y no sobre la sustitución de la política por la urgencia.


sábado, 11 de julio de 2026

Europa en la antesala de la guerra permanente... Ella quiere ser.

 


 

Europa en la antesala de la guerra permanente

La militarización silenciosa, el euro digital y la transformación del Estado europeo

"Las grandes transformaciones históricas no comienzan cuando se disparan los primeros cañones, sino cuando una sociedad acepta que la guerra deja de ser una excepción para convertirse en el principio organizador de su economía y de sus instituciones."

Introducción

Durante décadas, la Unión Europea construyó un relato político sustentado sobre tres pilares: prosperidad económica, integración supranacional y paz permanente. La experiencia traumática de las dos guerras mundiales convirtió el rechazo al militarismo en uno de los fundamentos de la identidad europea. La política exterior comunitaria fue concebida, al menos formalmente, como un instrumento de estabilidad, cooperación y desarrollo.

Sin embargo, la historia demuestra que las civilizaciones rara vez permanecen inmutables. La guerra entre Rusia y Ucrania ha actuado como un acelerador de cambios que ya se incubaban desde hacía años: el retorno de la competencia entre grandes potencias, la fragmentación del orden internacional y la sustitución de la globalización económica por una lógica de bloques geoestratégicos.

En este contexto, la noticia sobre la existencia de una planta prácticamente clandestina en Alemania dedicada a la producción masiva de drones militares con inteligencia artificial constituye mucho más que un hecho industrial. Es la evidencia visible de una transformación mucho más profunda: Europa está reorganizando progresivamente su estructura económica, tecnológica y financiera para sostener un escenario de confrontación prolongada.

La cuestión esencial ya no consiste en preguntarse si Europa participa indirectamente en una guerra, sino si está evolucionando hacia un modelo de economía de guerra permanente, donde las instituciones civiles comienzan a adaptarse a necesidades estratégicas que hace apenas una década parecían impensables.

Clausewitz revisitado: la guerra sin declaración formal

Carl von Clausewitz definía la guerra como "la continuación de la política por otros medios". Durante dos siglos esta formulación describió conflictos caracterizados por declaraciones formales, ejércitos regulares y fronteras claramente delimitadas.

El siglo XXI ha alterado completamente ese paradigma.

Las guerras actuales ya no requieren declaraciones solemnes.

Se desarrollan simultáneamente en cinco dimensiones:

económica; tecnológica; financiera; informativa;y militar.

Europa no ha declarado oficialmente la guerra a Rusia.

Pero resulta igualmente evidente que ha abandonado la posición de mero observador.

El suministro continuado de armamento, la financiación de capacidades militares, el entrenamiento de fuerzas ucranianas, la reorganización de la industria de defensa y la aceleración de programas estratégicos revelan una implicación creciente en un conflicto cuya duración nadie se atreve ya a pronosticar.

Sociológicamente, ello supone un cambio de enorme trascendencia: la guerra deja de ser un episodio excepcional para convertirse en una variable estructural de la planificación estatal.

La revolución tecnológica del campo de batalla

El documento analizado pone de manifiesto una realidad especialmente significativa.

La fábrica alemana perteneciente a Helsing SE produce drones relativamente baratos, dotados de inteligencia artificial y concebidos para fabricarse por miles. Algunos ya han sido utilizados en operaciones en Ucrania.

La importancia estratégica de este hecho resulta extraordinaria.

Durante décadas, la superioridad militar occidental descansó sobre plataformas extremadamente costosas.

Hoy, miles de sistemas autónomos de bajo coste pueden destruir equipamiento cuyo precio multiplica por centenares el de cada dron.

Nos encontramos ante una auténtica democratización de la capacidad destructiva.

La consecuencia económica es inmediata.

Los grandes contratistas tradicionales ya no monopolizan la innovación.

Empresas tecnológicas especializadas en inteligencia artificial se convierten en actores estratégicos de primer nivel.

La guerra entra plenamente en la economía digital.

La sociología del miedo como fundamento del nuevo consenso europeo

Michel Foucault sostenía que todo poder necesita construir un determinado régimen de verdad.

Ulrich Beck explicó posteriormente cómo las sociedades contemporáneas se organizan alrededor de la gestión permanente del riesgo.

Ambas perspectivas permiten comprender el momento actual.

Las amenazas existen; Rusia representa un desafío estratégico para Europa; La inestabilidad internacional es evidente.

Pero toda amenaza objetiva genera también una consecuencia política: facilita la aceptación social de decisiones extraordinarias.

Así aparecen fenómenos que hace pocos años habrían parecido políticamente inviables:

incremento continuado del gasto militar; flexibilización de reglas fiscales; endeudamiento masivo; transferencia de recursos públicos hacia la industria de defensa; y fortalecimiento del aparato tecnológico del Estado.

No necesariamente porque exista una manipulación deliberada. Sino porque las sociedades, cuando perciben peligro, modifican espontáneamente su escala de prioridades. La seguridad comienza a desplazar al bienestar.

El euro digital: entre la innovación monetaria y la razón de Estado

Pocas iniciativas financieras han generado tanto debate como el futuro euro digital.

Oficialmente, sus objetivos son conocidos:

modernizar el sistema de pagos, proteger la soberanía monetaria europea, competir con monedas digitales privadas, adaptar la política monetaria a la economía digital. Nada de ello implica, por sí mismo, una finalidad militar. Sin embargo, la sociología del poder obliga a formular una cuestión distinta.

Toda nueva infraestructura financiera amplía la capacidad operativa del Estado.

Una moneda digital emitida por un banco central permite una trazabilidad mucho mayor de los flujos económicos, una transmisión más directa de las decisiones monetarias y nuevas posibilidades técnicas cuya aplicación dependerá siempre del marco jurídico y político vigente.

En un contexto caracterizado por un aumento sostenido del gasto en defensa, es legítimo preguntarse si las futuras herramientas financieras facilitarán una gestión más eficiente de economías sometidas a tensiones estratégicas.

Lo que no resulta intelectualmente aceptable es convertir esa posibilidad en una certeza demostrada.

Hasta la fecha no existen pruebas documentales que permitan afirmar que el euro digital haya sido diseñado específicamente para financiar una guerra o para ocultar gastos militares.

El análisis crítico exige separar cuidadosamente la evidencia de la conjetura.

Precisamente esa distinción constituye la diferencia entre la investigación rigurosa y la propaganda.

El nacimiento de la economía de guerra permanente

Quizá el cambio más importante no sea militar.

Sea económico.

La noticia revela que la Unión Europea financia programas específicos destinados al desarrollo de tecnologías militares basadas en inteligencia artificial.

Ello indica una modificación de largo alcance.

Las industrias de defensa dejan de responder únicamente a necesidades coyunturales.

Comienzan a integrarse en la estrategia industrial europea.

Cuando una economía incorpora permanentemente el gasto militar como uno de sus motores de innovación, empleo, inversión y desarrollo tecnológico, deja de funcionar exclusivamente bajo criterios civiles.

En términos macroeconómicos, estamos ante la transición hacia una economía dual, donde el crecimiento comienza a depender también de la demanda estratégica del Estado.

La transformación silenciosa de la democracia europea

Existe una paradoja especialmente inquietante.

Europa continúa definiéndose como el espacio político de las libertades.

Sin embargo, cuanto mayor es la percepción de amenaza exterior, mayor es también la concentración de competencias en instituciones supranacionales y ejecutivas.

La experiencia histórica demuestra que los estados de excepción rara vez desaparecen completamente. Con frecuencia terminan institucionalizándose. No mediante golpes de Estado. Sino mediante reformas graduales perfectamente legales.

La historia constitucional europea demuestra que muchas limitaciones inicialmente temporales acabaron incorporándose al funcionamiento ordinario del Estado.

No porque existiera necesariamente una voluntad autoritaria, sino porque las instituciones tienden a conservar las competencias adquiridas durante las crisis.

Conclusión

Europa no puede describirse jurídicamente como una potencia beligerante en el sentido clásico del Derecho Internacional. Sin embargo, tampoco puede afirmarse que permanezca completamente al margen del conflicto.

Los hechos muestran una implicación creciente en la producción industrial de armamento, en la financiación tecnológica de sistemas militares y en la reorganización estratégica de su economía.

La fábrica alemana de drones constituye únicamente la manifestación visible de un fenómeno mucho más amplio: la construcción progresiva de una arquitectura económica adaptada a escenarios de confrontación prolongada.

Respecto al euro digital, la prudencia académica obliga a rechazar tanto la ingenuidad como el conspiracionismo. Sería un error asumir que se trata únicamente de una innovación técnica sin implicaciones políticas; pero también lo sería afirmar, sin pruebas concluyentes, que su finalidad es ocultar o financiar conflictos militares.

Lo verdaderamente trascendente reside en otra cuestión.

Cuando una sociedad incrementa simultáneamente su capacidad militar, flexibiliza sus reglas fiscales, acelera la digitalización monetaria, fortalece el control financiero y reorganiza su industria alrededor de la defensa, el debate deja de centrarse en cada medida aislada.

La cuestión pasa a ser sistémica.

Europa quizá aún no haya entrado formalmente en guerra.

Pero existen indicios suficientes para sostener que ya ha comenzado a prepararse para vivir durante décadas bajo la lógica política, económica y tecnológica propia de una guerra permanente.

Y la historia enseña que, cuando una civilización reorganiza silenciosamente todas sus instituciones en función de un conflicto futuro, el verdadero cambio no se produce en los campos de batalla, sino en la naturaleza misma de la democracia y en la relación entre el Estado y sus ciudadanos.