DOS
PRIMAVERAS
Crónica estacional con deriva judicial y algo de luz entrando
por la ventana
Cada año,
sin excepción, la primavera irrumpe con su promesa de alivio. La luz se alarga,
el cuerpo responde, la vida parece reorganizarse con una eficacia que no
depende de planes ni de voluntad. Y, sin embargo, mientras unos sistemas se
regulan casi solos, otros entran -con puntualidad menos amable- en fases de
máxima exposición.
Porque hay
primaveras que no solo despiertan parques y terrazas. También despiertan
calendarios. Y algunos vienen cargados.
El cuerpo se activa; la agenda no cede
Mientras el
organismo ajusta ritmos con la naturalidad de siempre -menos inercia, más
movimiento, más disponibilidad para lo cotidiano-, el entorno institucional
parece moverse en dirección contraria. No es que se acelere. Es que acumula, y
la acumulación tiene un modo particular de volverse visible en primavera,
cuando todo lo que estaba detenido vuelve a ponerse en marcha.
El próximo
1 de abril, Begoña Gómez está citada a declarar ante el juez Juan Carlos
Peinado. No será un episodio aislado, sino el inicio de una secuencia de
procedimientos que habían quedado en pausa y que ahora retoman su curso con la
indiferencia de los procesos que no atienden a estaciones.
Seis días
después, el 7 de abril, comenzará el juicio oral contra José Luis Ábalos y
Koldo García, ambos en prisión. El proceso se extenderá durante semanas,
coincidiendo con una fase políticamente sensible. Mientras tanto, fuera de los
juzgados, la primavera sigue haciendo su trabajo sin necesidad de calendario
judicial, sin letrados, sin antesalas.
Lo que la luz regula y lo que no
Hay algo
casi irónico en esta superposición. Por un lado, un sistema -el biológico- que
responde de forma eficiente a la luz, ajustando energía y conducta sin
fricción, sin necesidad de acuerdos parlamentarios. Por otro, un sistema -el
político- que lleva meses acumulando tensiones diferidas, conflictos abiertos y
decisiones que no terminan de cerrarse.
En mayo, el
foco se desplaza hacia otro frente: el juicio oral contra David Sánchez, en un
contexto ya marcado por la fragilidad parlamentaria, la ausencia de
presupuestos y las fricciones internas dentro del Ejecutivo. La biología tiende
a simplificar. La política, esta primavera en particular, tiende a ramificarse.
El
contraste no es nuevo, pero sí resulta especialmente nítido ahora: mientras el
hipotálamo trabaja con la eficiencia de millones de años de ajuste fino, el
Consejo de Ministros trabaja con la eficiencia de una coalición que no termina
de definir si está unida o si simplemente contigua.
La narrativa del renacer y la del desgaste
La
primavera activa, como cada año, la idea de recomienzo. Nuevos ciclos, nuevas
oportunidades, la sensación de que algo puede reorganizarse mejor. Es un relato
antiguo, arraigado en la psique colectiva mucho antes de que nadie lo convirtiera
en contenido de bienestar.
Pero ese
relato convive ahora con otro: el del desgaste acumulado. El presidente Pedro
Sánchez afronta un escenario donde los procedimientos judiciales, los
resultados electorales recientes y las tensiones internas configuran un marco
que no se deja reordenar con la facilidad con la que el cuerpo responde al
cambio de estación.
A eso se
suman las investigaciones europeas -incluyendo la vinculada al incidente de
Adamuz y el análisis del sistema energético- y un clima político cada vez más
polarizado que convierte cada declaración en una nueva trinchera. El organismo,
ante la luz, se abre. El espacio público, ante la misma luz, se tensiona.
Inercia biológica, inercia institucional
En el plano
individual, la primavera demuestra algo contraintuitivo: la acción no siempre
necesita motivación previa. Uno se mueve y, después, aparece la gana de seguir
moviéndose. El cuerpo lidera; la mente racionaliza a posteriori.
En el plano
político, la lógica se invierte, o quizá simplemente se vuelve más bruta: las
dinámicas, una vez activadas, no siempre son reconducibles. Los procesos
judiciales avanzan con independencia del estado de ánimo de quienes aparecen en
ellos. Los tiempos electorales presionan sin atender a si el momento es oportuno.
Las decisiones ya tomadas generan efectos que no dependen de estaciones.
Aquí no hay
espontaneidad fisiológica. Hay inercia institucional. Y la diferencia es
importante: la primera lleva hacia delante. La segunda puede llevar hacia
cualquier parte.
La terraza y la tribuna
Mientras la
vida cotidiana recupera contacto, conversación y presencia -esa dimensión
básica que devuelve sensación de normalidad-, el espacio público se intensifica
en dirección opuesta. Declaraciones, ruedas de prensa, acusaciones cruzadas que
llenan el espacio sonoro de manera inversamente proporcional a su contenido.
Desde la
oposición, voces como la de Miguel Tellado describen la situación como un
“fallo multiorgánico” del Gobierno. El diagnóstico es, cuando menos, creativo:
recurrir al vocabulario de la medicina crítica para describir un ejecutivo que
sigue en pie, gobernando en minoría, y que presumiblemente no tiene intención
de firmar el alta voluntaria.
Al mismo
tiempo, las tensiones dentro del propio Ejecutivo -con Sumar marcando
distancias en momentos clave- añaden otra capa de complejidad a un cuadro
clínico que, sea cual sea el diagnóstico correcto, no sugiere especial calma.
La primavera social acerca. La primavera política confronta. Y en el espacio
entre ambas, la ciudadanía gestiona como puede.
Los que no se descongelan
No todas
las primaveras se viven como alivio. En el plano individual ya ocurre: hay
quienes no experimentan esa mejoría esperada, quienes sienten que el entorno se
acelera mientras ellos permanecen detenidos, incapaces de acompasar el ritmo
externo con el interno.
En el plano
colectivo, algo similar. En Andalucía, la posibilidad de elecciones anticipadas
-con Juanma Moreno evaluando fechas con la calma estratégica de quien tiene
margen- introduce un factor adicional de presión sobre quienes no están en
condiciones de desear que se adelante el calendario.
María Jesús
Montero afronta un escenario donde los datos no acompañan y las estrategias
pasan más por la contención que por la expansión. Aquí la estación no aligera.
Intensifica. Y la pregunta que flota sin respuesta fácil es si hay una
primavera para todos o si, como tantas otras cosas, también ésta llega de forma
desigual.
El error de la sobre aceleración
En lo
individual, el error típico de la primavera es bien conocido: intentar
recuperar en tres semanas todo lo aplazado durante el invierno. El resultado
predecible es el agotamiento, seguido de la conclusión desalentadora de que “no
funcionó otra vez”, como si el problema fuera la primavera y no la ambición
desmedida con que se le pide que resuelva lo que lleva meses acumulado.
En lo
político, el equivalente es la saturación de frentes: múltiples procesos
simultáneos, conflictos abiertos en paralelo, falta de margen para estabilizar
cualquiera de ellos antes de que aparezca el siguiente. El resultado, en ambos
casos, tiende a parecerse: desgaste, pérdida de control y dificultad creciente
para distinguir qué es urgente de qué simplemente hace ruido.
La
diferencia es que el cuerpo suele corregirse solo, con algo de reposo y tiempo.
Los sistemas institucionales, no necesariamente. Y a veces ni con tiempo.
Dos lógicas, una estación
Hay una
primavera que funciona con precisión casi automática: la de la luz, el cuerpo y
los ritmos internos. Ajusta, activa, reorganiza sin necesidad de intervención
constante. No pide consenso. No requiere mayoría absoluta. No tiene socios de
coalición.
Y hay otra
primavera -la pública, la política- que responde a dinámicas más opacas:
acumulación de decisiones, exposición judicial, presión electoral, conflicto
estratégico que no cesa porque cambie la luz exterior.
Ambas
coexisten. Pero no obedecen a las mismas reglas, no aceptan los mismos remedios
y no prometen los mismos resultados. Mientras una invita a simplificar, la otra
tiende a ramificarse. Mientras una descansa sobre millones de años de ajuste
fino, la otra descansa sobre acuerdos que pueden romperse cualquier martes.
Quizá la
única constante entre ambas sea ésta: cuando los procesos se ponen en marcha -sean
biológicos o institucionales-, no basta con desear que cambien. Hay que
entender su lógica, su ritmo y, sobre todo, sus límites.
La luz seguirá entrando por la ventana.
Lo demás dependerá de cómo se gestione
lo que ya está en curso.
Y de si alguien, en algún despacho,
tiene la ventana abierta.


