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viernes, 27 de febrero de 2026

El poder en jarrón: botánica del continuismo --...Multimillonario

 


El poder en jarrón: botánica del continuismo

Ah, qué hermoso ramo ha colocado el Gobierno en el centro de la mesa. Teresa Peramato, fiscal con treinta y cinco años de carrera, especialista en violencia machista, licenciada en Salamanca y con un currículum que brilla como un jarrón de porcelana recién sacado del aparador. Llega en diciembre de 2025, tras la dimisión forzosa de Álvaro García Ortiz (condenado por revelar secretos como quien comparte un chisme en el ascensor). El anuncio oficial: mérito, capacidad, renovación, sanar heridas, nueva etapa. La coreografía es impecable. Se aplaude. Se tuitea. Se fotografía. Y el ciudadano medio, saturado de escándalos, suspira aliviado: por fin una mujer al frente. Primavera institucional.

Pero tres meses después, el 27 de febrero de 2026, llega la primera poda real. Diecisiete altos cargos. Diecisiete plazas clave en Supremo, Audiencia Nacional, fiscalías especializadas. Y sorpresa, sorpresa: la mayoría de los elegidos son los mismos tallos que regaba García Ortiz. Ana García León, su ex jefa de Secretaría Técnica, a fiscal de Sala Jefe de lo Penal del Supremo. Diego Villafañe, su número dos, ascendido a fiscal del alto tribunal. Otros colaboradores cercanos también suben. Los fiscales del procés (Consuelo Madrigal, Jaime Moreno) se quedan fuera. Los críticos con la etapa anterior, también. El comunicado habla de “equilibrio”. El resultado huele a continuidad con perfume nuevo.

Esto no es un relevo. Es un cambio de jarrón. Y para rematar la decoración, nada como una buena cortina de humo: el caso Julio Iglesias, esa opereta judicial fabricada por el propio Gobierno para distraer, difamar y, al final, negar acceso a la verdad bajo el manto de la "reserva procesal". Un patinazo monumental que revela cómo la Fiscalía de Peramato no solo mantiene la partitura, sino que añade efectos especiales para ocultar los errores del guion.

El barniz de la modernidad y la humareda distractora

La política española ha perfeccionado el arte de la sustitución cosmética. Cuando una institución huele a podrido (filtraciones, condenas, desconfianza), no se reforma: se decora. Y nada decora mejor que una mujer competente en un cargo visible. No porque sea mujer, sino porque el relato “avance de la igualdad” desactiva críticas. Criticar a Peramato no es cuestionar su gestión; es, automáticamente, “machismo” o “ataque a la diversidad”. El truco es viejo, pero sigue funcionando: la representación descriptiva (una mujer) sustituye a la sustantiva (un cambio de poder real). Igualdad como eslogan, continuidad como práctica.

Pero en el caso Iglesias, la decoración alcanza niveles de ilusionismo. Dos ex empleadas denuncian al cantante en enero de 2026 por agresión sexual, trata de seres humanos y delitos contra trabajadores, con el apoyo de la ONG Women's Link Worldwide. La vicepresidenta Yolanda Díaz, desde el Gobierno, amplifica el escándalo: acusa a Iglesias de mantener a sus trabajadoras en "situación de esclavitud" y sufrir "abusos sexuales". Suena a bomba mediática, perfecta para tapar otros líos institucionales. La Fiscalía investiga, toma declaraciones como testigos protegidas... y el 23 de enero archiva por "falta de competencia" (los hechos supuestamente en República Dominicana y Bahamas, pero ¿no era denunciable en España por la nacionalidad de Iglesias?). Fin de la función? No: Iglesias pide acceso al contenido de la denuncia para preparar su querella por falsa acusación. El fiscal jefe consulta a la Fiscalía General de Peramato, y ¡zas! Denegado. Motivo: "las actuaciones son reservadas", invocando el artículo 234 de la LOPJ. Legalmente defendible, sí. Pero políticamente, un patinazo que apesta a cortina de humo gubernamental: difamar primero (con ayuda de ministras), archivar rápido y luego negar transparencia para que Iglesias no pueda contraatacar fácilmente. Mientras, el cantante ultima querella contra las denunciantes y la ONG, y demanda a Díaz por injurias y calumnias. El Gobierno fabrica el escándalo, la Fiscalía lo gestiona... y el jarrón lo perfuma con formalismos.

Peramato no es florero pasiva. Tiene experiencia, ha luchado contra la violencia de género y sabe manejar tribunales. El problema no es ella. Es la función que se le asigna: ser la cara amable de un sistema que sigue dependiendo del Ejecutivo, que premia lealtades y que usa la diversidad como escudo narrativo. El jarrón no decide el jardín; solo lo hace más fotogénico, y en este caso, lo envuelve en humo para que no veamos las raíces podridas.

Mérito: la palabra mágica que todo lo estira (y lo oculta)

“Los mejores han sido elegidos”. La frase se repite como mantra. Y sí, jurídicamente la discrecionalidad existe. Pero sociológicamente el patrón es clarísimo: los “mejores” casualmente coinciden con los que ya estaban dentro, con los que compartieron criterio en la ley del solo sí es sí, en la amnistía, en los casos mediáticos. El mérito se vuelve elástico: se estira para los afines, se encoge para los incómodos.

En el patinazo Iglesias, el mérito se estira hasta el absurdo. La Fiscalía tardó solo 4 horas en rechazar la personación inicial de Iglesias, pero ignora durante 8 días su petición de acceso. ¿Eficiencia selectiva? Más bien, protección a una denuncia que huele a operación política. Y mientras, detalles sórdidos emergen: una denunciante con cuenta erótica en OnlyFans, lo que no invalida nada, pero añade ironía a un caso amplificado por feministas institucionales. El mérito, en política, siempre ha sido una categoría política disfrazada de técnica. Aquí, disfraza una cortina de humo.

La pedagogía del ascenso y la lección del humo

Cada nombramiento enseña. Dice a la carrera fiscal: la lealtad paga. La independencia incomoda. Quien se alineó con el anterior, sube. Quien criticó, espera. El mensaje es cristalino: la tormenta fue personal (García Ortiz), no estructural. El timón sigue en las mismas manos, solo que ahora con manicura.

Y aquí la “mujer florero” cumple su papel estético supremo: suaviza la imagen. Una mujer al frente hace que la continuidad parezca progreso. El feminismo instrumentalizado como barniz: criticar la gestión es “cuestionar el avance de las mujeres”. Debate cerrado. Cortina corrida. En el caso Iglesias, la lección es doble: no solo se mantiene la red interna, sino que se usa la reserva procesal para proteger una denuncia que el Gobierno usó como arma arrojadiza. ¿Independencia? Más bien, alineamiento con el Ejecutivo, que fabrica humaredas para distraer de sus propios patinazos.

El tokenismo elevado a categoría institucional, con efectos especiales

No es token clásico (la mujer sin poder). Es token avanzado: mujer con poder, pero dentro de márgenes estrictos. Puede ser firme, trabajadora, honesta. Pero sabe (o debería saber) que su estabilidad depende de no romper el guion. El Ejecutivo la nombra; el Ejecutivo puede cesarla. La autonomía se mide por lo que se hace… y por lo que se evita hacer.

En este escándalo, Peramato evita entregar la documentación, remitiendo a Iglesias al órgano judicial. Legal, sí. Pero oportuno para quien quiere mantener el humo: Iglesias no accede fácilmente, la querella se retrasa, y el relato de "lucha contra la violencia machista" sigue intacto, aunque el caso se desinfle. El verdadero poder no está en el jarrón. Está en quien decide qué flores se cortan, cuáles se dejan marchitar... y cuándo soltar el humo.

Ironía final (y ahumada)

El poder contemporáneo ya no necesita conspiraciones. Le basta con escenografías. Cambiar la cara, mantener la partitura. Poner a una mujer experta en igualdad al frente de una institución cuestionada por filtraciones y dependencia. Ascender a los mismos de siempre. Proclamar “nueva etapa”. Y, para colmo, negar transparencia en un caso que el Gobierno infló como distracción: acusaciones graves, archivo exprés, denegación de acceso. Todo para que Iglesias luche en la niebla mientras Díaz responde desde el púlpito oficial.

Teresa Peramato no es el problema. Es el síntoma perfecto. El sistema la necesitaba: rostro nuevo, género correcto, currículum impecable, capacidad real… y cero intención (o posibilidad) de alterar las estructuras que la elevaron. El florero no es pasivo: organiza el ramo. Pero el jardín sigue siendo el mismo, con los mismos dueños, los mismos abonos... y ahora, con una cortina de humo que oculta los patinazos gubernamentales.

Mientras el nombramiento del Fiscal General dependa del Gobierno, mientras los ascensos estratégicos se lean en clave de lealtades, y mientras la diversidad se use como perfume para tapar olor a cerrado (o a humo), seguiremos hablando de jarrones en vez de cimientos.

Y el salón, impecablemente decorado y ahumado, seguirá oliendo a lo de siempre. Solo que ahora con un toque floral... y un regusto a quemado.

 


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