El baile de los orgullos heridos y los decálogos
inofensivos
Hay momentos en la vida política española en que la
solemnidad se disfraza de decálogo y la desconfianza llega con membrete oficial
y todo. Estamos ante uno de esos instantes en que la coreografía del poder
amenaza con degenerar en vodevil de tres al cuarto, con actores que se
necesitan desesperadamente pero que no pueden evitar pisarse los talones en
cada paso.
El líder de Vox se declara “molesto” ~palabra suave
para lo que en realidad es un enfado de órdago~ porque el PP, con Feijóo al
frente, ha tenido la osadía de redactar un documento marco antes de sentarse a
negociar. Un decálogo con líneas rojas de manual: proporcionalidad en el
reparto, estabilidad presupuestaria, respeto institucional, aprobar
presupuestos toda la legislatura y demás obviedades que, según parece, ofenden
profundamente cuando vienen escritas por otros. Desde la otra orilla, el
secretario general popular insiste, con la frialdad del que ha leído demasiados
manuales de protocolo, en que no se trata de un dogma inamovible, sino de un “punto
de partida”. Claro, un punto de partida que ya marca el camino, el ritmo y
hasta el calzado obligatorio.
La política española, si la miramos con perspectiva
histórica, no es más que una larga cadena de pactos incómodos. Desde los apaños
de la Restauración hasta los equilibrios autonómicos de hoy, el poder rara vez
ha sido limpio y unívoco; casi siempre ha sido un regateo continuo. Lo novedoso
aquí no es la negociación en sí, sino la puesta en escena: una negociación que
arranca negando que sea negociación. Vox ve en el papelito del PP un intento de
domesticación, como si le pusieran bozal a un león; el PP ve imprescindible
poner normas para no salir escaldado ante su electorado moderado, ante Bruselas
y ante sus propios barones que ya empiezan a oler la libertad de improvisar en
sus feudos.
Desde la psicología social, el episodio es un manual
de conflicto de estatus. Ese documento no es solo programático: es un símbolo
de jerarquía. Quien escribe las reglas antes de la foto oficial se arroga el
centro de la mesa. Abascal, con su habitual puntería retórica, lo convierte en
“domar a Vox”, activando el clásico agravio que tan bien le funciona para
cohesionar a los suyos. El agravio es un combustible político excelente:
transforma un tira y afloja en resistencia moral. Mientras, el PP opera bajo la
lógica del que teme la contaminación. En su ADN reciente alternan el
pragmatismo absorbente y el cordón sanitario selectivo. El decálogo sirve para
las dos cosas: tranquiliza al votante de centro y a los socios europeos, y pone
en cintura a los presidentes autonómicos que podrían firmar cualquier cosa con
tal de no repetir elecciones.
Lo deliciosamente irónico es que ambos comparten el
mismo objetivo estratégico: desalojar a Sánchez del mapa. Pero la competición por
la hegemonía simbólica en el bloque de la derecha los obliga a escenificar
distancias siderales. Se necesitan como el aire, y al mismo tiempo compiten por
el mismo nicho electoral. Es la paradoja clásica del aliado-rival: cooperación
obligada bajo una desconfianza que parece estructural.
Desde la lógica fría de quien observa como un
directivo de multinacional, estas fricciones generan una mezcla de inquietud y
cálculo. La estabilidad presupuestaria, la previsibilidad regulatoria y los
presupuestos anuales no son eslóganes ideológicos; son variables que mueven
inversión. El decálogo del PP parece escrito pensando en esa audiencia: orden,
seguimiento, nada de sorpresas. Vox, al exigir primero programa y luego cargos,
intenta darle la vuelta a la secuencia clásica del reparto del pastel, pero no
escapa a la lógica institucional si realmente quiere gobernar y no solo
protestar desde la grada.
La historia española sugiere que tanto dramatismo
inicial suele acabar en acuerdo pragmático. La retórica se inflama antes de
enfriarse, porque el votante que ha dado mayorías combinadas en Aragón o
Extremadura no premia el bloqueo eterno. Ambos lo saben. Lo más probable es un
pacto con concesiones mutuas y una narrativa que permita salvar la cara a cada
uno: el PP dirá que ha garantizado estabilidad y respeto institucional; Vox
proclamará que ha impuesto agenda sustantiva y no se ha dejado domar.
El riesgo existe, claro. Si la cosa se enquista, el PP
podría coquetear ~aunque sea de lejos~ con la abstención socialista en algún
escenario, hipótesis que Abascal ya ha lanzado como amenaza velada. Sería un
costurón reputacional de los gordos. Y Vox, si se siente arrinconado, podría
abrazar la victimización permanente: rentable para la identidad, estéril para
el poder real.
La ironía suprema es que, mientras discuten quién pone
las condiciones previas, lo que realmente pelean es la primacía simbólica en el
espacio conservador. No discuten tanto sobre presupuestos como sobre quién
escribe el prólogo de la próxima etapa. Y en España, como saben bien los que
han leído los libros de historia, quien redacta el prólogo rara vez controla
del todo el epílogo.
Así, entre decálogos pomposos y susceptibilidades a
flor de piel, la política vuelve a mostrar su cara más humana: cálculo racional
mezclado con orgullo herido y necesidad mutua. Un baile de salón en el que
nadie quiere admitir que sigue el paso del otro, aunque los dos escuchen
exactamente la misma música.
No hay comentarios:
Publicar un comentario