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martes, 24 de febrero de 2026

El baile de los orgullos heridos y los decálogos inofensivos...Se presta.

 


El baile de los orgullos heridos y los decálogos inofensivos

Hay momentos en la vida política española en que la solemnidad se disfraza de decálogo y la desconfianza llega con membrete oficial y todo. Estamos ante uno de esos instantes en que la coreografía del poder amenaza con degenerar en vodevil de tres al cuarto, con actores que se necesitan desesperadamente pero que no pueden evitar pisarse los talones en cada paso.

El líder de Vox se declara “molesto” ~palabra suave para lo que en realidad es un enfado de órdago~ porque el PP, con Feijóo al frente, ha tenido la osadía de redactar un documento marco antes de sentarse a negociar. Un decálogo con líneas rojas de manual: proporcionalidad en el reparto, estabilidad presupuestaria, respeto institucional, aprobar presupuestos toda la legislatura y demás obviedades que, según parece, ofenden profundamente cuando vienen escritas por otros. Desde la otra orilla, el secretario general popular insiste, con la frialdad del que ha leído demasiados manuales de protocolo, en que no se trata de un dogma inamovible, sino de un “punto de partida”. Claro, un punto de partida que ya marca el camino, el ritmo y hasta el calzado obligatorio.

La política española, si la miramos con perspectiva histórica, no es más que una larga cadena de pactos incómodos. Desde los apaños de la Restauración hasta los equilibrios autonómicos de hoy, el poder rara vez ha sido limpio y unívoco; casi siempre ha sido un regateo continuo. Lo novedoso aquí no es la negociación en sí, sino la puesta en escena: una negociación que arranca negando que sea negociación. Vox ve en el papelito del PP un intento de domesticación, como si le pusieran bozal a un león; el PP ve imprescindible poner normas para no salir escaldado ante su electorado moderado, ante Bruselas y ante sus propios barones que ya empiezan a oler la libertad de improvisar en sus feudos.

Desde la psicología social, el episodio es un manual de conflicto de estatus. Ese documento no es solo programático: es un símbolo de jerarquía. Quien escribe las reglas antes de la foto oficial se arroga el centro de la mesa. Abascal, con su habitual puntería retórica, lo convierte en “domar a Vox”, activando el clásico agravio que tan bien le funciona para cohesionar a los suyos. El agravio es un combustible político excelente: transforma un tira y afloja en resistencia moral. Mientras, el PP opera bajo la lógica del que teme la contaminación. En su ADN reciente alternan el pragmatismo absorbente y el cordón sanitario selectivo. El decálogo sirve para las dos cosas: tranquiliza al votante de centro y a los socios europeos, y pone en cintura a los presidentes autonómicos que podrían firmar cualquier cosa con tal de no repetir elecciones.

Lo deliciosamente irónico es que ambos comparten el mismo objetivo estratégico: desalojar a Sánchez del mapa. Pero la competición por la hegemonía simbólica en el bloque de la derecha los obliga a escenificar distancias siderales. Se necesitan como el aire, y al mismo tiempo compiten por el mismo nicho electoral. Es la paradoja clásica del aliado-rival: cooperación obligada bajo una desconfianza que parece estructural.

Desde la lógica fría de quien observa como un directivo de multinacional, estas fricciones generan una mezcla de inquietud y cálculo. La estabilidad presupuestaria, la previsibilidad regulatoria y los presupuestos anuales no son eslóganes ideológicos; son variables que mueven inversión. El decálogo del PP parece escrito pensando en esa audiencia: orden, seguimiento, nada de sorpresas. Vox, al exigir primero programa y luego cargos, intenta darle la vuelta a la secuencia clásica del reparto del pastel, pero no escapa a la lógica institucional si realmente quiere gobernar y no solo protestar desde la grada.

La historia española sugiere que tanto dramatismo inicial suele acabar en acuerdo pragmático. La retórica se inflama antes de enfriarse, porque el votante que ha dado mayorías combinadas en Aragón o Extremadura no premia el bloqueo eterno. Ambos lo saben. Lo más probable es un pacto con concesiones mutuas y una narrativa que permita salvar la cara a cada uno: el PP dirá que ha garantizado estabilidad y respeto institucional; Vox proclamará que ha impuesto agenda sustantiva y no se ha dejado domar.

El riesgo existe, claro. Si la cosa se enquista, el PP podría coquetear ~aunque sea de lejos~ con la abstención socialista en algún escenario, hipótesis que Abascal ya ha lanzado como amenaza velada. Sería un costurón reputacional de los gordos. Y Vox, si se siente arrinconado, podría abrazar la victimización permanente: rentable para la identidad, estéril para el poder real.

La ironía suprema es que, mientras discuten quién pone las condiciones previas, lo que realmente pelean es la primacía simbólica en el espacio conservador. No discuten tanto sobre presupuestos como sobre quién escribe el prólogo de la próxima etapa. Y en España, como saben bien los que han leído los libros de historia, quien redacta el prólogo rara vez controla del todo el epílogo.

Así, entre decálogos pomposos y susceptibilidades a flor de piel, la política vuelve a mostrar su cara más humana: cálculo racional mezclado con orgullo herido y necesidad mutua. Un baile de salón en el que nadie quiere admitir que sigue el paso del otro, aunque los dos escuchen exactamente la misma música.


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