Diez días para el abismo: el rehén invisible
En el umbral del 19 de
febrero de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, extendió a
Teherán un plazo efímero de "diez a quince días" para someterse a un
pacto que disipara las sombras de la tensión en Oriente Medio. De lo contrario,
vaticinó, sobrevendrían "cosas malas". Esta fórmula, velada en su
ambigüedad, evoca la virtud diplomática de lo indeterminado: cada actor, en su
solitud existencial, proyecta el abismo más profundo, reaccionando ante el
fantasma de lo posible. Sin embargo, desde una perspectiva filosófica, esta
vaguedad revela un defecto ontológico: los mercados, como extensiones del ser
humano en su afán por la certeza, exigen la especificidad que el lenguaje
político rehúye. En ausencia de claridad, la volatilidad irrumpe como un daimón
socrático, supliendo la carencia de logos con el caos del pathos.
El escenario delineado ~despliegues
aéreos de aviones cisterna y transportes pesados, preparativos del Pentágono,
especulaciones sobre asaltos limitados para "persuadir" a la República
Islámica, y ecos de un cambio de régimen~ nos remite a una fenomenología de la
presión: un crescendo de presencias que, en su acumulación, transmutan la
amenaza en una realidad inminente. Esta retórica, inevitablemente reminiscente
de los preludios a la invasión de Irak en 2003 ~como lo sugiere el Financial Times~, no se reduce a una
mera analogía histórica. Cualitativamente, encarna el uso maquiavélico de la
amenaza creíble como instrumento de poder: no tanto para conquistar, sino para
doblegar la voluntad del otro, recordándonos el príncipe de Maquiavelo, donde
la apariencia de fuerza suplanta a menudo su ejercicio.
Desde la lente de la
teoría de juegos, esta confrontación se asemeja a un dilema del prisionero
existencial, o más precisamente, a un "juego de gallina" con
audiencias múltiples, donde el ser-en-el-mundo heideggeriano de cada parte se
ve condicionado por el Dasein del adversario. Washington aspira a maximizar
concesiones en tres dominios: el desmantelamiento nuclear, la contención
balística y la limitación regional, buscando una racionalidad instrumental que
Kant criticaría como mera hipotética, carente de imperativo categórico.
Teherán, en su resistencia, preserva su capacidad de enriquecimiento uranio ~aun
bajo velos temporales~ y su arquitectura de influencia, afirmando una
autenticidad nietzscheana ante la imposición externa. El nudo gordiano radica
en la elevación pública del costo reputacional de la cesión: cuando la retórica
suplanta el silencio estratégico, el margen de la libertad se contrae, evocando
la alienación hegeliana donde el amo y el esclavo se enredan en una dialéctica
sin síntesis.
La dimensión económica
trasciende lo accesorio para convertirse en estructural, revelando una
metafísica del petróleo: Irán no es mero dossier nuclear, sino un nodo
onto-económico en la red global del ser. La mera posibilidad de minas en el
Golfo Pérsico o incidentes en el Estrecho de Ormuz despierta primas de riesgo,
ilustrando la inelasticidad del deseo humano ~baja en el corto plazo para el crudo~,
donde perturbaciones mínimas generan oscilaciones titánicas. En un mundo aún
frágil, la guerra se manifiesta como un impuesto inflacionario transnacional,
un tributo al caos que Marx interpretaría como la fetichización de la mercancía
energética, donde el valor de uso cede ante el valor de cambio, y la alienación
colectiva se profundiza.
Más profunda aún es la
arquitectura de alianzas emergente, que señala una transición ontológica del
orden internacional. Los ejercicios navales conjuntos entre Rusia, China e Irán
en el Estrecho de Ormuz, bajo el "Cinturón de Seguridad Marítima
2026", trascienden el simbolismo para convertirse en señales estratégicas
en un sistema que ya no es unipolar, sino multipolar y fragmentado. El acuerdo
reportado por el Financial Times para
adquirir sistemas portátiles de defensa aérea rusos, con entregas entre 2027 y
2029, indica que Teherán internaliza la posibilidad de un conflicto prolongado,
diversificando sus fuentes de resiliencia en una praxis foucaultiana de
contrapoder: cadenas logísticas paralelas que eluden sanciones, resistiendo la
biopolítica imperial.
Recordemos que el
colapso del régimen iraní en 1979 se ancló en una figura cohesionadora: el
ayatolá Ruhollah Jomeini, un arché platónico de unidad. Hoy, como apunta The Wall Street Journal, la oposición se
presenta fragmentada, desorganizada, recordándonos la advertencia arendtiana
sobre el vacío de autoridad: el "cambio de régimen" no es binario,
sino un proceso con varianza infinita, donde la destrucción de un equilibrio
autoritario ~como en Irak o Libia~ no garantiza la emergencia de un telos
democrático. La economía política, en su sabiduría hobbesiana, enseña que el
vacío institucional se llena, pero no necesariamente con las proyecciones de
arquitectos externos; el Leviatán caído puede dar paso a un estado de
naturaleza renovado.
El dilema estratégico
de Washington, descrito por Le Figaro como la elección entre un "acuerdo
barato" y la guerra, se revela más sofisticado en su esencia ética: un
pacto nuclear limitado, preservando lo balístico y regional, podría ser
victoria táctica pero capitulación estratégica, un compromiso utilitario que
Bentham aprobaría pero Rawls rechazaría por su injusticia distributiva. Una
operación militar a gran escala, en cambio, acarrearía costos fiscales, humanos
y reputacionales, más la asimetría iraní: ataques a bases, represalias contra
aliados, acciones mediante actores no estatales, evocando la guerra total de
Clausewitz, donde la fricción disuelve los planes.
En este tapiz, la
ironía se duplica en su socrática profundidad. La amenaza de un ataque
"limitado" se erige como medio para evitar una guerra mayor, cuando
la historia ~testigo hegeliano~ demuestra que los conflictos escapan a los
confines racionales. Al tiempo, la retórica maximalista coexiste con
negociaciones indirectas en Omán y consejos pragmáticos, oscilando la
diplomacia entre el ultimátum espectral y la conversación discreta, un dualismo
platónico entre la caverna de las sombras y la luz de la verdad.
Desde la perspectiva
económica, me inquieta menos la teatralidad política que la aritmética de sus
consecuencias: una conflagración alteraría flujos comerciales, encarecería el
crédito en economías emergentes, reforzando la fragmentación financiera. Las
cadenas de suministro, tensas por crisis previas, enfrentarían disrupciones,
elevando el costo del capital y retrayendo la inversión, en una dialéctica
marxiana donde el crecimiento potencial se aliena de su esencia.
Bajo el prisma
diplomático, contemplo la erosión de las normas: el recurso a la amenaza
preventiva corroe el principio de seguridad colectiva en la Carta de las
Naciones Unidas, un ideal kantiano de paz perpetua. Las misivas iraníes ante la
ONU, advirtiendo "consecuencias catastróficas", forman parte de una
lucha por la legitimidad, una hermenéutica gadameriana donde el horizonte de
comprensión se disputa.
¿Es inevitable la
guerra? La respuesta filosófica es negativa, pero no improbable; en sistemas de
desconfianza y comunicación estridente, el error de cálculo ~esa hybris
aristotélica~ eclipsa la racionalidad. La prudencia estratégica puede sucumbir
ante la política doméstica, donde el ser-para-los de Sartre se impone.
La lección más
incómoda, donde la ironía cede a la phronesis aristotélica, reside en que las
amenazas en la economía internacional imponen costos incluso inmaterializadas:
la incertidumbre es un impuesto ontológico que gravita sobre empresas,
consumidores y Estados. En la contienda entre Washington y Teherán, el rehén
verdadero no es solo el programa nuclear, sino la estabilidad de un sistema
global que, mediante ultimátums, olvida que la disuasión es un arte delicado,
no un espectáculo eterno.
En suma, el conflicto
con Irán trasciende el episodio regional para encarnar un síntoma de transición
sistémica: del orden liberal con reglas imperfectas pero compartidas ~un
cosmopolitismo kantiano~, hacia una competencia de potencias donde economía y
fuerza se entrelazan sin pudor, recordando la voluntad de poder nietzscheana.
En esta metamorfosis, como en tantas epopeyas históricas, la retórica promete
dominio mientras la realidad acumula abismos.
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