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domingo, 22 de febrero de 2026

Diez días para el abismo: el rehén invisible...Make my body move

 


Diez días para el abismo: el rehén invisible

En el umbral del 19 de febrero de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, extendió a Teherán un plazo efímero de "diez a quince días" para someterse a un pacto que disipara las sombras de la tensión en Oriente Medio. De lo contrario, vaticinó, sobrevendrían "cosas malas". Esta fórmula, velada en su ambigüedad, evoca la virtud diplomática de lo indeterminado: cada actor, en su solitud existencial, proyecta el abismo más profundo, reaccionando ante el fantasma de lo posible. Sin embargo, desde una perspectiva filosófica, esta vaguedad revela un defecto ontológico: los mercados, como extensiones del ser humano en su afán por la certeza, exigen la especificidad que el lenguaje político rehúye. En ausencia de claridad, la volatilidad irrumpe como un daimón socrático, supliendo la carencia de logos con el caos del pathos.

El escenario delineado ~despliegues aéreos de aviones cisterna y transportes pesados, preparativos del Pentágono, especulaciones sobre asaltos limitados para "persuadir" a la República Islámica, y ecos de un cambio de régimen~ nos remite a una fenomenología de la presión: un crescendo de presencias que, en su acumulación, transmutan la amenaza en una realidad inminente. Esta retórica, inevitablemente reminiscente de los preludios a la invasión de Irak en 2003 ~como lo sugiere el Financial Times~, no se reduce a una mera analogía histórica. Cualitativamente, encarna el uso maquiavélico de la amenaza creíble como instrumento de poder: no tanto para conquistar, sino para doblegar la voluntad del otro, recordándonos el príncipe de Maquiavelo, donde la apariencia de fuerza suplanta a menudo su ejercicio.

Desde la lente de la teoría de juegos, esta confrontación se asemeja a un dilema del prisionero existencial, o más precisamente, a un "juego de gallina" con audiencias múltiples, donde el ser-en-el-mundo heideggeriano de cada parte se ve condicionado por el Dasein del adversario. Washington aspira a maximizar concesiones en tres dominios: el desmantelamiento nuclear, la contención balística y la limitación regional, buscando una racionalidad instrumental que Kant criticaría como mera hipotética, carente de imperativo categórico. Teherán, en su resistencia, preserva su capacidad de enriquecimiento uranio ~aun bajo velos temporales~ y su arquitectura de influencia, afirmando una autenticidad nietzscheana ante la imposición externa. El nudo gordiano radica en la elevación pública del costo reputacional de la cesión: cuando la retórica suplanta el silencio estratégico, el margen de la libertad se contrae, evocando la alienación hegeliana donde el amo y el esclavo se enredan en una dialéctica sin síntesis.

La dimensión económica trasciende lo accesorio para convertirse en estructural, revelando una metafísica del petróleo: Irán no es mero dossier nuclear, sino un nodo onto-económico en la red global del ser. La mera posibilidad de minas en el Golfo Pérsico o incidentes en el Estrecho de Ormuz despierta primas de riesgo, ilustrando la inelasticidad del deseo humano ~baja en el corto plazo para el crudo~, donde perturbaciones mínimas generan oscilaciones titánicas. En un mundo aún frágil, la guerra se manifiesta como un impuesto inflacionario transnacional, un tributo al caos que Marx interpretaría como la fetichización de la mercancía energética, donde el valor de uso cede ante el valor de cambio, y la alienación colectiva se profundiza.

Más profunda aún es la arquitectura de alianzas emergente, que señala una transición ontológica del orden internacional. Los ejercicios navales conjuntos entre Rusia, China e Irán en el Estrecho de Ormuz, bajo el "Cinturón de Seguridad Marítima 2026", trascienden el simbolismo para convertirse en señales estratégicas en un sistema que ya no es unipolar, sino multipolar y fragmentado. El acuerdo reportado por el Financial Times para adquirir sistemas portátiles de defensa aérea rusos, con entregas entre 2027 y 2029, indica que Teherán internaliza la posibilidad de un conflicto prolongado, diversificando sus fuentes de resiliencia en una praxis foucaultiana de contrapoder: cadenas logísticas paralelas que eluden sanciones, resistiendo la biopolítica imperial.

Recordemos que el colapso del régimen iraní en 1979 se ancló en una figura cohesionadora: el ayatolá Ruhollah Jomeini, un arché platónico de unidad. Hoy, como apunta The Wall Street Journal, la oposición se presenta fragmentada, desorganizada, recordándonos la advertencia arendtiana sobre el vacío de autoridad: el "cambio de régimen" no es binario, sino un proceso con varianza infinita, donde la destrucción de un equilibrio autoritario ~como en Irak o Libia~ no garantiza la emergencia de un telos democrático. La economía política, en su sabiduría hobbesiana, enseña que el vacío institucional se llena, pero no necesariamente con las proyecciones de arquitectos externos; el Leviatán caído puede dar paso a un estado de naturaleza renovado.

El dilema estratégico de Washington, descrito por Le Figaro como la elección entre un "acuerdo barato" y la guerra, se revela más sofisticado en su esencia ética: un pacto nuclear limitado, preservando lo balístico y regional, podría ser victoria táctica pero capitulación estratégica, un compromiso utilitario que Bentham aprobaría pero Rawls rechazaría por su injusticia distributiva. Una operación militar a gran escala, en cambio, acarrearía costos fiscales, humanos y reputacionales, más la asimetría iraní: ataques a bases, represalias contra aliados, acciones mediante actores no estatales, evocando la guerra total de Clausewitz, donde la fricción disuelve los planes.

En este tapiz, la ironía se duplica en su socrática profundidad. La amenaza de un ataque "limitado" se erige como medio para evitar una guerra mayor, cuando la historia ~testigo hegeliano~ demuestra que los conflictos escapan a los confines racionales. Al tiempo, la retórica maximalista coexiste con negociaciones indirectas en Omán y consejos pragmáticos, oscilando la diplomacia entre el ultimátum espectral y la conversación discreta, un dualismo platónico entre la caverna de las sombras y la luz de la verdad.

Desde la perspectiva económica, me inquieta menos la teatralidad política que la aritmética de sus consecuencias: una conflagración alteraría flujos comerciales, encarecería el crédito en economías emergentes, reforzando la fragmentación financiera. Las cadenas de suministro, tensas por crisis previas, enfrentarían disrupciones, elevando el costo del capital y retrayendo la inversión, en una dialéctica marxiana donde el crecimiento potencial se aliena de su esencia.

Bajo el prisma diplomático, contemplo la erosión de las normas: el recurso a la amenaza preventiva corroe el principio de seguridad colectiva en la Carta de las Naciones Unidas, un ideal kantiano de paz perpetua. Las misivas iraníes ante la ONU, advirtiendo "consecuencias catastróficas", forman parte de una lucha por la legitimidad, una hermenéutica gadameriana donde el horizonte de comprensión se disputa.

¿Es inevitable la guerra? La respuesta filosófica es negativa, pero no improbable; en sistemas de desconfianza y comunicación estridente, el error de cálculo ~esa hybris aristotélica~ eclipsa la racionalidad. La prudencia estratégica puede sucumbir ante la política doméstica, donde el ser-para-los de Sartre se impone.

La lección más incómoda, donde la ironía cede a la phronesis aristotélica, reside en que las amenazas en la economía internacional imponen costos incluso inmaterializadas: la incertidumbre es un impuesto ontológico que gravita sobre empresas, consumidores y Estados. En la contienda entre Washington y Teherán, el rehén verdadero no es solo el programa nuclear, sino la estabilidad de un sistema global que, mediante ultimátums, olvida que la disuasión es un arte delicado, no un espectáculo eterno.

En suma, el conflicto con Irán trasciende el episodio regional para encarnar un síntoma de transición sistémica: del orden liberal con reglas imperfectas pero compartidas ~un cosmopolitismo kantiano~, hacia una competencia de potencias donde economía y fuerza se entrelazan sin pudor, recordando la voluntad de poder nietzscheana. En esta metamorfosis, como en tantas epopeyas históricas, la retórica promete dominio mientras la realidad acumula abismos.


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