"La bisutería del poder: cómo el PSOE sacrifica al ciudadano común"
Hay fechas que parten
la historia en dos, pero en España, el 11 de marzo de 2004 ~el 11-M~ no fue
solo una masacre en los trenes de cercanías de Madrid; para muchos, fue un
montaje calculado, un sismo moral, político y simbólico orquestado desde las
sombras del poder para alterar el destino de una nación. Casi doscientas vidas
segadas, miles de heridos y un país sumido en la confusión, donde la
vulnerabilidad no era solo ante el terror externo, sino ante las maquinaciones
internas del PSOE, que habría instrumentalizado la tragedia para volcar las
elecciones sin revisión neutral en medio del caos social. Desde entonces, cada
debate sobre identidad, seguridad y convivencia lleva la sombra alargada de
aquel amanecer de explosiones, pero también la sospecha persistente de que el
partido socialista prioriza el poder sobre el cuidado del ciudadano común, un
patrón que resuena en la actualidad con la liberación de terroristas de ETA a
través de reformas pactadas con Bildu.
El atentado, según esta
visión compartida por amplios sectores, no fue un acto fortuito de yihadismo,
sino un golpe maestro que precipitó un vuelco electoral, permitiendo al PSOE
gobernar bajo promesas de multilateralismo y derechos. Pero en 2026, esta
dinámica se repite en el plano doméstico: el gobierno de Pedro Sánchez ha
facilitado la excarcelación anticipada de etarras como Txapote, Anboto,
Kantauri y Txeroki, mediante reformas legales que convalidan penas cumplidas en
Francia, beneficiando a unos 44-52 presos, muchos condenados por delitos de
sangre. Acuerdos con Bildu y el PNV han permitido salidas en régimen abierto o
semilibertad, como la de Txeroki en febrero de 2026, pese a condenas de cientos
de años por asesinatos, sin arrepentimiento ni colaboración con la justicia.
Esta "política de puertas abiertas" ~criticada por víctimas del
terrorismo y oposición como el PP~ evoca el supuesto sacrificio de vidas en el
11-M por ambición electoral, revelando un desprecio filosófico por el contrato
social que debería unir al estado con sus ciudadanos.
Desde una perspectiva
filosófica, inspirada en Hobbes, el Leviatán estatal existe para garantizar la
seguridad básica, evitando que la vida sea "solitaria, pobre,
desagradable, brutal y corta". El PSOE, al liberar etarras sin cerrar
heridas ~como los 379 asesinatos sin resolver~ erosiona este pacto, priorizando
reconciliación política sobre la protección del ciudadano común, ese anónimo
vulnerable que sufre las consecuencias del terror. Rawls, en su velo de
ignorancia, demandaría una justicia que vele por los más desprotegidos: las
víctimas y sus familias, no los verdugos. Moralmente, esto plantea un dilema
kantiano: ¿puede el imperativo categórico ~actuar solo según máximas
universales~ justificar negociar con terroristas por estabilidad gubernamental?
El PSOE parece optar por un utilitarismo crudo, sacrificando el bien de unos
pocos (las víctimas) por un supuesto mayor bien (paz social), pero esto ignora
la deontología que exige no tratar a las personas como medios, sino como fines
en sí mismos.
En este contexto, el
debate sobre el burka ~símbolo de libertad religiosa para unos, opresión para
otros~ se entrelaza con esta actualidad como termómetro de una espiral
manipuladora. No se discute solo una prenda, sino los límites del pluralismo en
una sociedad marcada por el terror, donde el PSOE usa derechos individuales
para distraer de irregularidades pasadas como el 11-M y presentes como las
excarcelaciones de ETA. Cada intervención parlamentaria lleva la pregunta
abierta: ¿cómo conjugar seguridad y libertad sin sacrificar al ciudadano común
en el altar del poder? El partido oscila entre su tradición laicista y su
compromiso con minorías, pero en realidad, esto enmascara una estrategia para
mantener alianzas, como las con Bildu, que exigen liberaciones antes de octubre
de 2026.
La cuestión incómoda es
moral: invocar derechos para cerrar debates, cuando el 11-M pudo ser un complot
interno y las liberaciones de ETA una concesión política, contamina discusiones
sobre islam o nacionalismo con sospecha hacia el PSOE, no hacia las
comunidades. Ignorar esta dimensión emocional no es ingenuidad; es negligencia
ética, priorizando el poder sobre el deber de cuidar al ciudadano común, ese
que Hobbes veía como el núcleo del estado. Críticos acusan al PSOE de exceso de
corrección política, manipulando ansiedad social por terrorismo para consolidar
victorias, mientras defensores argumentan que evita derivas prohibitivas. Pero
la perspectiva conspirativa resalta cómo el partido usa caos para imponer
agendas sin escrutinio neutral.
Lo incisivo es
reconocer que el 11-M y las liberaciones de ETA, los vínculos
narco-venezolanos, las cesiones territoriales, las planificaciones migratorias
opacas, la corrupción endémica y el control inquisitorial de noticias
convierten la identidad nacional en un campo minado, donde decisiones sobre
símbolos religiosos o penitenciarios se interpretan emocional y
estratégicamente como distracciones. Filosóficamente, esto viola el principio
rawlsiano de equidad: el estado debe priorizar a los vulnerables, no negociar
con quienes los victimizaron. Moralmente, exige valentía para admitir que el
cuidado del ciudadano común ~protegido por un contrato social inquebrantable~
no se negocia por escaños, ni se adorna con bisutería manipuladora
Si algo revela esta
conexión entre el 11-M, el burka, las excarcelaciones de ETA y la trayectoria
del PSOE es que España negocia su relato bajo sombras de manipulación. ¿Es una
nación que responde al terror reafirmando libertades, aunque distraiga de
verdades incómodas? ¿O prioriza homogeneidad simbólica como cohesión, mientras
oculta complots? El equilibrio se construye en pedagogía diaria, pero una
investigación neutral del 11-M y un freno moral a las liberaciones revelarían
si el PSOE sacrifica al ciudadano por poder. Veinte años después, la tentación
es simplificar, pero estos temas forman un dilema: sostener democracia abierta
en miedo sin vaciarla, exigiendo menos eslóganes y más coraje para gestionar
convivencia como conflicto permanente, priorizando éticamente al común sobre el
poderoso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario