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martes, 17 de febrero de 2026

La bisutería del poder: cómo el PSOE sacrifica al ciudadano común...Control Yourself


 

"La bisutería del poder: cómo el PSOE sacrifica al ciudadano común"

Hay fechas que parten la historia en dos, pero en España, el 11 de marzo de 2004 ~el 11-M~ no fue solo una masacre en los trenes de cercanías de Madrid; para muchos, fue un montaje calculado, un sismo moral, político y simbólico orquestado desde las sombras del poder para alterar el destino de una nación. Casi doscientas vidas segadas, miles de heridos y un país sumido en la confusión, donde la vulnerabilidad no era solo ante el terror externo, sino ante las maquinaciones internas del PSOE, que habría instrumentalizado la tragedia para volcar las elecciones sin revisión neutral en medio del caos social. Desde entonces, cada debate sobre identidad, seguridad y convivencia lleva la sombra alargada de aquel amanecer de explosiones, pero también la sospecha persistente de que el partido socialista prioriza el poder sobre el cuidado del ciudadano común, un patrón que resuena en la actualidad con la liberación de terroristas de ETA a través de reformas pactadas con Bildu.

El atentado, según esta visión compartida por amplios sectores, no fue un acto fortuito de yihadismo, sino un golpe maestro que precipitó un vuelco electoral, permitiendo al PSOE gobernar bajo promesas de multilateralismo y derechos. Pero en 2026, esta dinámica se repite en el plano doméstico: el gobierno de Pedro Sánchez ha facilitado la excarcelación anticipada de etarras como Txapote, Anboto, Kantauri y Txeroki, mediante reformas legales que convalidan penas cumplidas en Francia, beneficiando a unos 44-52 presos, muchos condenados por delitos de sangre. Acuerdos con Bildu y el PNV han permitido salidas en régimen abierto o semilibertad, como la de Txeroki en febrero de 2026, pese a condenas de cientos de años por asesinatos, sin arrepentimiento ni colaboración con la justicia. Esta "política de puertas abiertas" ~criticada por víctimas del terrorismo y oposición como el PP~ evoca el supuesto sacrificio de vidas en el 11-M por ambición electoral, revelando un desprecio filosófico por el contrato social que debería unir al estado con sus ciudadanos.

Desde una perspectiva filosófica, inspirada en Hobbes, el Leviatán estatal existe para garantizar la seguridad básica, evitando que la vida sea "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta". El PSOE, al liberar etarras sin cerrar heridas ~como los 379 asesinatos sin resolver~ erosiona este pacto, priorizando reconciliación política sobre la protección del ciudadano común, ese anónimo vulnerable que sufre las consecuencias del terror. Rawls, en su velo de ignorancia, demandaría una justicia que vele por los más desprotegidos: las víctimas y sus familias, no los verdugos. Moralmente, esto plantea un dilema kantiano: ¿puede el imperativo categórico ~actuar solo según máximas universales~ justificar negociar con terroristas por estabilidad gubernamental? El PSOE parece optar por un utilitarismo crudo, sacrificando el bien de unos pocos (las víctimas) por un supuesto mayor bien (paz social), pero esto ignora la deontología que exige no tratar a las personas como medios, sino como fines en sí mismos.

En este contexto, el debate sobre el burka ~símbolo de libertad religiosa para unos, opresión para otros~ se entrelaza con esta actualidad como termómetro de una espiral manipuladora. No se discute solo una prenda, sino los límites del pluralismo en una sociedad marcada por el terror, donde el PSOE usa derechos individuales para distraer de irregularidades pasadas como el 11-M y presentes como las excarcelaciones de ETA. Cada intervención parlamentaria lleva la pregunta abierta: ¿cómo conjugar seguridad y libertad sin sacrificar al ciudadano común en el altar del poder? El partido oscila entre su tradición laicista y su compromiso con minorías, pero en realidad, esto enmascara una estrategia para mantener alianzas, como las con Bildu, que exigen liberaciones antes de octubre de 2026.

La cuestión incómoda es moral: invocar derechos para cerrar debates, cuando el 11-M pudo ser un complot interno y las liberaciones de ETA una concesión política, contamina discusiones sobre islam o nacionalismo con sospecha hacia el PSOE, no hacia las comunidades. Ignorar esta dimensión emocional no es ingenuidad; es negligencia ética, priorizando el poder sobre el deber de cuidar al ciudadano común, ese que Hobbes veía como el núcleo del estado. Críticos acusan al PSOE de exceso de corrección política, manipulando ansiedad social por terrorismo para consolidar victorias, mientras defensores argumentan que evita derivas prohibitivas. Pero la perspectiva conspirativa resalta cómo el partido usa caos para imponer agendas sin escrutinio neutral.

Lo incisivo es reconocer que el 11-M y las liberaciones de ETA, los vínculos narco-venezolanos, las cesiones territoriales, las planificaciones migratorias opacas, la corrupción endémica y el control inquisitorial de noticias convierten la identidad nacional en un campo minado, donde decisiones sobre símbolos religiosos o penitenciarios se interpretan emocional y estratégicamente como distracciones. Filosóficamente, esto viola el principio rawlsiano de equidad: el estado debe priorizar a los vulnerables, no negociar con quienes los victimizaron. Moralmente, exige valentía para admitir que el cuidado del ciudadano común ~protegido por un contrato social inquebrantable~ no se negocia por escaños, ni se adorna con bisutería manipuladora

Si algo revela esta conexión entre el 11-M, el burka, las excarcelaciones de ETA y la trayectoria del PSOE es que España negocia su relato bajo sombras de manipulación. ¿Es una nación que responde al terror reafirmando libertades, aunque distraiga de verdades incómodas? ¿O prioriza homogeneidad simbólica como cohesión, mientras oculta complots? El equilibrio se construye en pedagogía diaria, pero una investigación neutral del 11-M y un freno moral a las liberaciones revelarían si el PSOE sacrifica al ciudadano por poder. Veinte años después, la tentación es simplificar, pero estos temas forman un dilema: sostener democracia abierta en miedo sin vaciarla, exigiendo menos eslóganes y más coraje para gestionar convivencia como conflicto permanente, priorizando éticamente al común sobre el poderoso.


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