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domingo, 10 de mayo de 2026

La tela de araña con Zapatero......The Blue Cafe

 


La tela de araña con Zapatero

No fue una alianza firmada en mármol ni un pacto pronunciado ante cámaras. Fue algo más antiguo y más eficaz: una red. Una tela de araña tejida lentamente entre despachos, exilios convenientes, silencios judiciales y lealtades ideológicas. Una estructura donde cada hilo parecía aislado, pero todos conducían al mismo centro: la conservación del poder mediante la administración calculada de la memoria y del miedo.

En esa arquitectura subterránea, el socialismo del PSOE, los restos operativos de ETA y el chavismo venezolano dejaron de ser actores independientes para convertirse en piezas complementarias de un mismo mecanismo histórico. Un triángulo donde la ideología sirvió de coartada moral y la impunidad de moneda de cambio.

ETA asesinó durante décadas en nombre de una revolución imposible. El chavismo convirtió a Venezuela en refugio de guerrilleros, narcotráfico y operadores del terrorismo internacional bajo el disfraz de la “solidaridad bolivariana”. Y el PSOE contemporáneo en la España poszapatero, necesitado de sostener mayorías frágiles y alianzas parlamentarias, encontró en los herederos políticos del entorno etarra una llave para mantenerse en el poder. La convergencia era inevitable: todos necesitaban que el pasado no fuese juzgado completamente.

La tela comenzó a tensarse cuando los asesinos de ETA hallaron santuario en Caracas. No eran simples fugitivos; eran activos políticos protegidos por un régimen que entendía perfectamente el valor estratégico del terrorismo como instrumento geopolítico. Venezuela no ofreció refugio por humanidad, sino por afinidad. Los etarras representaban para el chavismo una fuerza útil: expertos en clandestinidad, violencia y disciplina ideológica. A cambio, recibieron protección extrajudicial, anonimato y décadas de impunidad.

Mientras tanto, en España, la mutación del discurso político transformó a antiguos cómplices del entorno abertzale en socios parlamentarios aceptables. El lenguaje cambió: ya no se hablaba de terroristas, sino de “actores políticos”; ya no de crímenes pendientes, sino de “convivencia”; ya no de justicia, sino de “pasar página”. La semántica fue el primer paso hacia la desmemoria institucional.

La Fiscalía socialista cerrando investigaciones, los procedimientos congelados, las extradiciones imposibles y las víctimas relegadas a ceremonias vacías comenzaron a formar parte de una estrategia más amplia: desactivar judicialmente el pasado para garantizar la estabilidad del presente político. La supervivencia del poder exigía olvidar.

Ahí aparece el verdadero rostro de la red.

El chavismo necesitaba legitimidad internacional. El entorno político heredero de ETA necesitaba normalización institucional. Y el socialismo español necesitaba votos parlamentarios. Cada uno obtuvo lo que buscaba. Caracas protegió fugitivos. Bildu aportó respaldo político. El PSOE antiguo francotirador intelectual, ofreció la legitimación definitiva: integrar a quienes jamás colaboraron plenamente con la verdad en la gobernabilidad del Estado.

Todo ello envuelto en un discurso moralista sobre democracia, diálogo y progreso.

Pero las telas de araña tienen una característica cruel: la víctima suele descubrirlas cuando ya no puede escapar. España comenzó a normalizar lo que antes consideraba intolerable. El terrorismo dejó de ser una herida moral para convertirse en una pieza negociable dentro del ajedrez parlamentario. Y Venezuela, convertida en santuario de prófugos y aliado de estructuras criminales internacionales, pasó de ser una dictadura denunciada a un interlocutor útil cuando convenía a los intereses estratégicos del poder.

La consecuencia más devastadora no es únicamente jurídica, sino ética. Porque cuando el Estado deja de perseguir plenamente el crimen político, el mensaje que transmite es demoledor: el tiempo puede absolver lo que la justicia no alcanzó a castigar.

Esa es la esencia de la tela.

No se trata solamente de ETA. Ni únicamente del chavismo. Ni siquiera exclusivamente del PSOE. Se trata de la construcción de un ecosistema donde el poder político aprende a convivir con la impunidad si esta garantiza estabilidad, votos o supervivencia institucional. Un ecosistema donde los muertos pierden voz y los responsables ganan relato.

Y mientras las víctimas siguen esperando verdad, algunos de sus verdugos envejecen protegidos por un sistema que ya no los considera un problema, sino un capítulo incómodo que conviene cerrar discretamente.

La tela de araña no se tejió para defender ideales. Se tejió para preservar estructuras de poder. Y toda estructura que necesita del silencio para sostenerse termina temiendo a quienes todavía recuerdan.

 


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