La tela de araña con Zapatero
No fue una alianza
firmada en mármol ni un pacto pronunciado ante cámaras. Fue algo más antiguo y
más eficaz: una red. Una tela de araña tejida lentamente entre despachos,
exilios convenientes, silencios judiciales y lealtades ideológicas. Una
estructura donde cada hilo parecía aislado, pero todos conducían al mismo
centro: la conservación del poder mediante la administración calculada de la
memoria y del miedo.
En esa arquitectura subterránea, el socialismo del
PSOE, los restos operativos de ETA y el chavismo venezolano dejaron de ser
actores independientes para convertirse en piezas complementarias de un mismo
mecanismo histórico. Un triángulo donde la ideología sirvió de coartada moral y
la impunidad de moneda de cambio.
ETA asesinó durante décadas en nombre de una
revolución imposible. El chavismo convirtió a Venezuela en refugio de
guerrilleros, narcotráfico y operadores del terrorismo internacional bajo el
disfraz de la “solidaridad bolivariana”. Y el PSOE contemporáneo en la España
poszapatero, necesitado de sostener mayorías frágiles y alianzas parlamentarias,
encontró en los herederos políticos del entorno etarra una llave para
mantenerse en el poder. La convergencia era inevitable: todos necesitaban que
el pasado no fuese juzgado completamente.
La tela comenzó a tensarse cuando los asesinos de
ETA hallaron santuario en Caracas. No eran simples fugitivos; eran activos
políticos protegidos por un régimen que entendía perfectamente el valor
estratégico del terrorismo como instrumento geopolítico. Venezuela no ofreció
refugio por humanidad, sino por afinidad. Los etarras representaban para el
chavismo una fuerza útil: expertos en clandestinidad, violencia y disciplina
ideológica. A cambio, recibieron protección extrajudicial, anonimato y décadas
de impunidad.
Mientras tanto, en España, la mutación del discurso
político transformó a antiguos cómplices del entorno abertzale en socios
parlamentarios aceptables. El lenguaje cambió: ya no se hablaba de terroristas,
sino de “actores políticos”; ya no de crímenes pendientes, sino de
“convivencia”; ya no de justicia, sino de “pasar página”. La semántica fue el
primer paso hacia la desmemoria institucional.
La Fiscalía socialista cerrando investigaciones, los
procedimientos congelados, las extradiciones imposibles y las víctimas
relegadas a ceremonias vacías comenzaron a formar parte de una estrategia más
amplia: desactivar judicialmente el pasado para garantizar la estabilidad del
presente político. La supervivencia del poder exigía olvidar.
Ahí aparece el verdadero rostro de la red.
El chavismo necesitaba legitimidad internacional. El
entorno político heredero de ETA necesitaba normalización institucional. Y el
socialismo español necesitaba votos parlamentarios. Cada uno obtuvo lo que
buscaba. Caracas protegió fugitivos. Bildu aportó respaldo político. El PSOE antiguo
francotirador intelectual, ofreció la legitimación definitiva: integrar a
quienes jamás colaboraron plenamente con la verdad en la gobernabilidad del
Estado.
Todo ello envuelto en un discurso moralista sobre
democracia, diálogo y progreso.
Pero las telas de araña tienen una característica
cruel: la víctima suele descubrirlas cuando ya no puede escapar. España comenzó
a normalizar lo que antes consideraba intolerable. El terrorismo dejó de ser
una herida moral para convertirse en una pieza negociable dentro del ajedrez
parlamentario. Y Venezuela, convertida en santuario de prófugos y aliado de
estructuras criminales internacionales, pasó de ser una dictadura denunciada a
un interlocutor útil cuando convenía a los intereses estratégicos del poder.
La consecuencia más devastadora no es únicamente
jurídica, sino ética. Porque cuando el Estado deja de perseguir plenamente el
crimen político, el mensaje que transmite es demoledor: el tiempo puede
absolver lo que la justicia no alcanzó a castigar.
Esa es la esencia de la tela.
No se trata solamente de ETA. Ni únicamente del
chavismo. Ni siquiera exclusivamente del PSOE. Se trata de la construcción de un
ecosistema donde el poder político aprende a convivir con la impunidad si esta
garantiza estabilidad, votos o supervivencia institucional. Un ecosistema donde
los muertos pierden voz y los responsables ganan relato.
Y mientras las víctimas siguen esperando verdad,
algunos de sus verdugos envejecen protegidos por un sistema que ya no los
considera un problema, sino un capítulo incómodo que conviene cerrar
discretamente.
La tela de araña no se tejió para defender ideales.
Se tejió para preservar estructuras de poder. Y toda estructura que necesita
del silencio para sostenerse termina temiendo a quienes todavía recuerdan.
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