REFERENCIA APICE

REFERENCIA APICE

domingo, 8 de noviembre de 2026

El sindicalismo de los privilegios y la huelga del mundo al revés

 


EL SINDICALISMO DE LOS PRIVILEGIOS Y LA HUELGA DEL MUNDO AL REVÉS

Cuando los sindicatos confunden la defensa de los trabajadores con la batalla política

Hay algo profundamente desconcertante en la España de nuestros días: quienes deberían defender a los trabajadores parecen, en ocasiones, más preocupados por defender determinadas posiciones políticas que por exigir responsabilidades a quienes gobiernan. Y cuando una organización que nació para proteger al trabajador termina participando en el juego de los partidos, conviene preguntarse si no está olvidando la razón fundamental de su existencia.

La próxima huelga general del 11 de noviembre, convocada por distintas organizaciones sindicales y sociales, ha puesto sobre la mesa una cuestión que trasciende la vivienda, los salarios y el coste de la vida: ¿a quién pretende interpelar realmente esta movilización y qué legitimidad tiene convertir un conflicto social en una confrontación dirigida contra la oposición política?

No se discute aquí el derecho constitucional de huelga. Tampoco la gravedad de la crisis habitacional, la insuficiencia de determinados salarios o las dificultades de millones de ciudadanos para llegar a fin de mes. Son problemas reales, dolorosos y merecedores de respuestas urgentes. Lo que merece una reflexión crítica es la instrumentalización política de una herramienta que pertenece a los trabajadores, no a los partidos ni a los gobiernos.

Porque una cosa es convocar una huelga para exigir soluciones y otra muy distinta presentar como responsable de los problemas a quien no ocupa el Gobierno.

El extraño arte de gobernar sin asumir responsabilidades

La polémica adquirió especial dimensión cuando María Jesús Montero afirmó que esta huelga general se convocaba «contra la oposición», aludiendo al rechazo parlamentario de las iniciativas legislativas sobre vivienda.

La declaración resulta reveladora, no tanto por la convocatoria sindical en sí misma, sino por la peculiar interpretación de las responsabilidades políticas que introduce.

En una democracia parlamentaria, la oposición tiene el derecho, y también la obligación, de fiscalizar, discrepar, enmendar y votar en contra de las iniciativas del Gobierno. No está obligada a proporcionar una mayoría parlamentaria al Ejecutivo ni a respaldar automáticamente sus propuestas para evitar una movilización social.

El Gobierno gobierna; el Parlamento legisla y controla; la oposición fiscaliza y presenta alternativas. Cada cual debe responder por sus decisiones.

Pretender trasladar a la oposición la responsabilidad de los problemas que corresponden a la acción gubernamental constituye una inversión bastante singular de las obligaciones democráticas.

Si una política de vivienda fracasa, habrá que examinar las decisiones del Gobierno central, las comunidades autónomas, los ayuntamientos, el marco legislativo, la oferta disponible y la evolución del mercado. Si una iniciativa legislativa no obtiene mayoría, habrá que aceptar que el Parlamento no es una cámara de ratificación automática.

Lo que no parece razonable es transformar el desacuerdo parlamentario en una especie de culpabilidad política que justifique una huelga dirigida contra quienes ejercen legítimamente su derecho a disentir.

Hay, además, una contradicción que merece señalarse: el Gobierno puede respaldar una movilización social, pero no puede presentarse al mismo tiempo como un espectador ajeno a las responsabilidades que esa movilización pretende exigir.

Gobernar supone asumir tanto los aciertos como los fracasos. Lo demás es una forma de externalizar responsabilidades.

Los sindicatos: de la defensa del trabajador a la proximidad del poder

El episodio invita a revisar una cuestión mucho más profunda: el papel que desempeñan actualmente las grandes centrales sindicales en España.

UGT y CCOO tienen una trayectoria histórica indiscutible. Su contribución a la consolidación de los derechos laborales y a la democratización de las relaciones de trabajo forma parte de nuestra historia contemporánea. Pero ningún mérito histórico concede inmunidad perpetua frente a la crítica.

El sindicalismo no puede convertirse en una institución protegida por su propio pasado.

Las organizaciones que exigen transparencia a las empresas, responsabilidad a las administraciones y justicia distributiva a los poderes económicos deben aceptar idénticas exigencias respecto de sus propias estructuras.

El artículo de Diego Barceló Larran, titulado «El chollo de los sindicatos en España», plantea una cuestión incómoda mediante estimaciones sobre el coste de la representación sindical. El autor calcula más de 73 millones de horas anuales de representación en el sector privado, equivalentes a unos 40.300 puestos de trabajo a jornada completa, y estima la existencia de 4.200 liberados sindicales plenos.

Son cálculos del autor, no resultados de una auditoría oficial, pero apuntan a una cuestión que no debería despacharse con descalificaciones: ¿conocemos realmente el coste total de las estructuras de representación sindical y podemos evaluar con suficiente precisión los resultados que producen?

Los representantes necesitan tiempo remunerado para defender a sus compañeros. Eso es indiscutible. Lo que no resulta igualmente indiscutible es que la dimensión de las estructuras, las liberaciones, las subvenciones y los recursos empleados deban quedar al margen de una fiscalización rigurosa.

La financiación pública tampoco es, por sí misma, ilegítima. Pero quien recibe dinero de los contribuyentes debe explicar con claridad cuánto recibe, de dónde procede, en qué lo emplea y qué resultados obtiene.

No basta con exhibir memorias de actividades. Hace falta transparencia económica, auditorías independientes y una evaluación pública de la eficacia.

Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿por qué una organización que exige responsabilidades a los demás no habría de aceptar que se le exijan a ella?

Una huelga no puede ser una campaña electoral encubierta

El derecho de huelga es una conquista de la democracia social. Precisamente por eso debe preservarse de su utilización partidista.

Una huelga general tiene una extraordinaria capacidad de presión. Paraliza actividades, altera la vida cotidiana y traslada a la sociedad un mensaje de descontento colectivo. Su fuerza procede de la legitimidad de las reivindicaciones y de la participación voluntaria de los trabajadores.

Pero esa fuerza pierde claridad cuando los mensajes políticos que la acompañan resultan contradictorios.

En esta convocatoria, los sindicatos sostienen que se movilizan por la vivienda, los salarios, los precios y los servicios públicos. El Sindicato de Inquilinas, que impulsó inicialmente la movilización, afirma que interpela a todos los gobiernos, independientemente de su color político. Los responsables de UGT y CCOO también han señalado que las administraciones públicas, incluido el Gobierno central, deben asumir su parte de responsabilidad.

Conviene reconocerlo: no sería riguroso afirmar que la convocatoria nació exclusivamente para atacar al Partido Popular o que sus promotores la presentan formalmente como una huelga contra la oposición.

Sin embargo, la desafortunada interpretación de una dirigente gubernamental, al describirla precisamente en esos términos, ha introducido una confusión política que los convocantes deberían despejar con absoluta claridad.

Porque los trabajadores no pueden convertirse en figurantes de una representación partidista.

Si la vivienda es el problema, la reivindicación debe dirigirse contra las políticas ineficaces, las administraciones responsables y los obstáculos que impiden el acceso a ella. Si los salarios son insuficientes, habrá que exigir mejoras a los empresarios y a quienes tienen competencias para legislar y negociar. Si los servicios públicos se deterioran, habrá que reclamar responsabilidades a quienes los gestionan.

Pero si el verdadero objetivo termina siendo erosionar a una determinada oposición política, entonces ya no estaremos hablando únicamente de reivindicación laboral: estaremos entrando en el terreno de la movilización partidista.

Y esa distinción no es menor.

La tragedia también exige responsabilidad, no oportunismo

La convocatoria del 11 de noviembre llega, además, en un momento de especial sensibilidad nacional, tras el gravísimo accidente ferroviario de Urda, en Toledo, que ha dejado 69 víctimas mortales.

No sería justo afirmar que una tragedia de esta magnitud anula automáticamente el derecho de huelga ni que los trabajadores deban renunciar a sus reivindicaciones por encontrarse el país de luto.

Pero tampoco debería utilizarse el dolor colectivo como argumento para reforzar artificialmente una convocatoria que necesita explicar con claridad sus objetivos.

Los responsables públicos y sindicales deberían comprender que existen momentos en los que la prudencia, la responsabilidad institucional y el respeto a las víctimas deben prevalecer sobre la confrontación retórica.

La defensa de los servicios públicos exige investigar los fallos, determinar responsabilidades y corregir las deficiencias. No convertir cada tragedia en un recurso para alimentar una disputa partidista.

La ciudadanía merece respuestas, no una competición por apropiarse de su indignación.

¿Quién defiende realmente al trabajador?

Quizá la cuestión más importante no sea la fecha de la huelga ni las declaraciones de unos y otros, sino el estado del sindicalismo español.

Una organización sindical debería ser capaz de enfrentarse al Gobierno cuando sus políticas perjudican a los trabajadores, a la oposición cuando sus propuestas resultan insuficientes, a los empresarios cuando vulneran derechos y a sus propios dirigentes cuando anteponen intereses organizativos a la finalidad de la institución.

Esa es la verdadera independencia sindical.

No se puede reclamar autonomía frente al poder económico y aceptar una proximidad complaciente frente al poder político. Tampoco se puede exigir sacrificios a los trabajadores mientras las propias estructuras representativas permanecen insuficientemente sometidas al escrutinio público.

Los sindicatos no están para hacerle la campaña a ningún Gobierno, pero tampoco para convertirse en una plataforma electoral contra la oposición.

Están para defender a los trabajadores, afiliados o no, con independencia de su ideología, de su voto y de sus preferencias políticas.

Y si esa función exige convocar una huelga, que se convoque. Pero que se explique con precisión contra qué decisiones se protesta, quién tiene competencias para corregirlas y qué resultados concretos se pretende conseguir.

Porque la huelga es un derecho, no una patente de legitimidad política.

El sindicalismo necesita recuperar su razón de ser

España no necesita sindicatos debilitados, domesticados ni sometidos a los intereses empresariales. Necesita sindicatos independientes, representativos, transparentes y capaces de demostrar su utilidad.

Necesita organizaciones que se preocupen por los trabajadores que no pueden pagar un alquiler, por los jóvenes condenados a prolongar su emancipación, por quienes encadenan contratos, por los salarios que pierden capacidad adquisitiva y por los empleados que carecen de fuerza para defender individualmente sus derechos.

Y necesita, sobre todo, que sus dirigentes recuerden que representar a los trabajadores no significa apropiarse de su voz.

La democracia no consiste en que todos pensemos igual, ni en que una mayoría parlamentaria tenga que aceptar las propuestas del Gobierno para evitar la protesta social. Consiste precisamente en aceptar la discrepancia, respetar las reglas y exigir responsabilidades a quienes tienen atribuidas las competencias para actuar.

Por eso, la cuestión no es si los sindicatos pueden convocar una huelga. Naturalmente que pueden hacerlo dentro del marco legal. La cuestión es si están dispuestos a explicar con absoluta honestidad qué persiguen, a quién exigen responsabilidades y qué compromisos asumirán después de la movilización.

Una huelga no debería ser un acto de adhesión política, ni un mecanismo de intimidación parlamentaria, ni una ceremonia de reafirmación de las estructuras sindicales.

Debería ser una expresión legítima de la fuerza colectiva de quienes trabajan y reclaman condiciones de vida dignas.

Porque los sindicatos no son propiedad del Gobierno, ni de la oposición, ni de sus dirigentes. Son instrumentos de los trabajadores. Y cuando olvidan esa verdad elemental, dejan de representar una causa colectiva para empezar a defender sus propios intereses.

El sindicalismo no necesita más privilegios ni más proximidad a los despachos. Necesita más credibilidad, más independencia y menos política de partido.

Y si pretende convocar a los trabajadores a una huelga general, debería empezar por responder a una pregunta tan sencilla como ineludible:

¿Vamos a la huelga para defender a los trabajadores o para defender a quienes gobiernan?