Anatomía de una decadencia telefonica anunciada.
O cómo el socialismo
corporativo convierte una multinacional en un comité de bienestar con fibra
óptica. "El socialismo es la doctrina sublime según la cual no importa
adónde vas, siempre que vayas todos juntos."
Hay una forma peculiar
de destrucción que no produce ruido, ni escombros, ni detenidos. Es silenciosa,
burocrática y, lo que es más admirable, sinceramente convencida de su propia
virtud. Me refiero al proceso mediante el cual el socialismo, esa fe sin Dios
pero con muchos sacerdotes, coloniza progresivamente las instituciones que no
construyó pero que, con infinita paciencia, termina administrando hasta su
irrelevancia.
Telefónica nos ofrece
hoy un caso de estudio de valor pedagógico incalculable. No porque haya
quebrado, eso sería demasiado dramático y poco rentable como lección, sino
porque está ejecutando algo mucho más sofisticado: la contracción ordenada, la
retirada elegante, el adelgazamiento justificado. En suma: la excelencia de la
mediocridad bien gestionada.
"Cuando una
empresa necesita explicar constantemente que sus resultados serían buenos si no
contásemos lo malo, hemos alcanzado una nueva frontera de la creatividad
contable."
I. El EBITDA
ajustado, o la metafísica de los beneficios imaginarios
Permítaseme comenzar
con una observación filosófica elemental: la ealidad no se ajusta. Los costes
no se ajustan. Los trabajadores despedidos no son "extraordinarios".
Sólo los informes de resultados tienen ese privilegio ontológico: existir en un
plano paralelo donde las pérdidas son siempre circunstanciales y los
beneficios, siempre estructurales.
Los resultados de
Telefónica para 2026 exhiben con maestría esta técnica. Cuatrocientos once
millones de euros en pérdidas netas. Pero,y aquí el comunicado adopta un tono
casi pastoral, si uno se abstrae de las desinversiones en Chile, Colombia y
México, si uno cierra los ojos ante lo discontinuado, si uno respira hondo y se
concentra en el "beneficio neto ajustado", el paisaje se torna
idílico. Es el método de quien, habiendo perdido tres cuartas partes del
jardín, alaba la salud del macetero que le queda.
La pregunta
académicamente pertinente no es si este método es deshonesto, no lo es,
formalmente, sino si revela una cultura organizativa en la que el relato ha
comenzado a sustituir a la realidad. Y esa sustitución, lectores, tiene nombre
en filosofía política: es el síntoma clásico de las instituciones colonizadas
por el pensamiento de la permanencia, es decir, por el socialismo corporativo.
"Nunca juzguéis a
una empresa por sus pérdidas. Juzgadla por la sofisticación con que las
explica." II. El repliegue estratégico, o la épica de retirarse hacia
ninguna parte
Durante décadas, Latinoamérica
fue el espacio natural de expansión de Telefónica. Su equivalente funcional a
lo que la Commonwealth representaba para las telecos británicas, o África para
Orange. Un territorio donde la "Marca España" se materializaba en
cobre, fibra y contratos de servicio universal.
Ahora vendemos eso. Lo
vendemos para reducir deuda. Lo vendemos para mejorar ratios. Lo vendemos
porque, nos dice la narrativa oficial, algunos de esos mercados presentaban
"tensiones financieras". Brasil, convenientemente, no se vende:
Brasil crece, Brasil genera EBITDA récord, Brasil tiene millones de nuevos
accesos. Brasil sigue siendo Latinoamérica, pero de la Latinoamérica rentable,
de manera que la teoría de los "mercados deficitarios" requiere, como
toda buena teoría socialista, de excepciones que la salven.
Lo que en realidad
describe este proceso es clásico en la teoría de la decadencia institucional:
cuando una organización deja de pensar en términos de creación de valor futuro
y comienza a pensar en términos de estabilización presente, se vuelve
racionalmente autodestructiva. Vende el futuro para financiar la tranquilidad
del presente. Y lo hace con la mejor de las intenciones.
"Reducir deuda
mientras se reduce perímetro no es una estrategia de transformación. Es una
estrategia de adelgazamiento. Y un paciente que adelgaza demasiado no siempre
está en forma: a veces, sencillamente, está enfermando."
III. La
financiarización, o cuando la empresa olvida para qué existe
Hay un momento preciso,
aunque difícil de fechar, en el que una empresa deja de ser una empresa y se
convierte en un instrumento de gestión financiera. Ese momento suele coincidir
con la llegada de un nuevo perfil directivo: el administrador. No el constructor,
no el visionario, no el técnico; el administrador. El hombre o mujer, por
supuesto, el socialismo es igualitario hasta en esto, que hereda una catedral y
la convierte en una oficina de seguros.
El lenguaje de los
informes actuales de Telefónica es elocuente en su insistencia: preservar
dividendo, tranquilizar accionistas, mejorar ratios de deuda, optimizar
eficiencia. Todo correcto. Todo razonable. Todo, sospechosamente, de corto
plazo.
¿Dónde está el cloud
soberano europeo? ¿La inteligencia artificial industrial? ¿La ciberseguridad
como palanca estratégica? ¿El edge computing? Las grandes telecos que
sobrevivirán a esta década no son las que reducen deuda: son las que controlan
los ecosistemas tecnológicos del futuro. AT&T y su deuda astronómica son un
aviso. Pero también lo es Orange, que financia con disciplina financiera
proyectos de soberanía digital europea. La diferencia no es contable: es
filosófica. Es la diferencia entre administrar el presente y construir el
futuro.
IV. La
meritocracia erosionada, o el triunfo del expediente sobre la excelencia
Toda gran corporación
colonizada por la lógica política produce el mismo fenómeno interno: la
sustitución gradual del mérito técnico por la afinidad institucional. No es un
proceso intencionado. Es el efecto inevitable de estructuras donde el riesgo de
equivocarse es mayor que el beneficio de acertar; donde el alineamiento con el
discurso oficial protege más que la competencia técnica; donde la lealtad
corporativa sube más deprisa que la excelencia operativa.
Telefónica no es, en
esto, una excepción: es un ejemplo particularmente bien documentado. Las
"reestructuraciones" que el informe menciona con estudiada discreción
equivalen, en lenguaje no ajustado, a la salida del conocimiento acumulado y su
sustitución por perfiles más baratos, más dóciles y, en términos de innovación
real, más vacíos. La empresa que pierde a sus mejores ingenieros para mejorar
su ratio de eficiencia puede ganar trimestralmente y perder históricamente.
El socialismo
corporativo ama la eficiencia de corto plazo porque es medible, presentable y
aplaude bien en rueda de prensa. Aborrece la innovación de largo plazo porque
es incierta, costosa y no cabe en un PowerPoint trimestral.
V. España y el
lujo de la irrelevancia tecnológica
Concluyo con la
observación más grave, y por tanto la que más incomoda formular en voz alta:
mientras el mundo entra aceleradamente en una era de soberanía digital y
competencia geoestratégica, España parece dispuesta a aceptar, con encomiable
ecuanimidad, la reducción progresiva de su única multinacional tecnológica de
escala global.
China expande Huawei.
Estados Unidos blindan sus infraestructuras críticas y exportan su hegemonía
digital con voluntad explícita. Francia protege Orange. Alemania construye
ecosistemas industriales propios. Nosotros ajustamos el EBITDA.
No es un reproche a los
ejecutivos. Es un reproche a la cultura política que produce ejecutivos así:
prudentes, razonables, financieramente responsables y geopolíticamente
invisibles. Una cultura que ha aprendido a gestionar la decadencia con tanta
eficiencia que ya no la distingue del éxito.
Hay naciones que
pierden imperios entre gritos y catástrofes. Otras los pierden entre notas de
prensa y conferencias de resultados. Las segundas raramente se dan cuenta de
cuándo exactamente ocurrió la pérdida. Para cuando lo hacen, el EBITDA ajustado
ya no alcanza para financiar la nostalgia.
"Una sociedad que
no puede distinguir entre administrar su declive y construir su futuro, está
condenada a perfeccionar el primero."
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