REFERENCIA APICE

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miércoles, 12 de agosto de 2026

La electricidad como límite del desarrollo...No puedo ser contigo.

 


La electricidad como límite del desarrollo: ¿está España planificando su transición energética o simplemente reaccionando a ella?

La decisión de Red Eléctrica de activar nuevamente mecanismos de reducción de la demanda eléctrica industrial debería preocupar mucho más de lo que aparentemente preocupa. A primera vista, podría interpretarse como una actuación técnica normal destinada a garantizar la estabilidad del sistema eléctrico. Sin embargo, desde la perspectiva de la Ingeniería Industrial, existe una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando un mecanismo concebido para situaciones excepcionales empieza a convertirse en una herramienta recurrente para gestionar las insuficiencias de un sistema que debería haber sido planificado con antelación?

La cuestión adquiere todavía mayor importancia si se relaciona la electricidad con algo tan básico como la capacidad de construir viviendas, desarrollar polígonos industriales, instalar nuevas fábricas o electrificar el transporte. Una economía moderna no puede limitarse a anunciar inversiones, proyectos industriales y nuevas viviendas. Necesita disponer de algo mucho menos visible, pero absolutamente imprescindible: capacidad real de conexión y suministro eléctrico.

España está aumentando rápidamente su potencia renovable. En 2025 la demanda eléctrica creció un 2,8 %, mientras se incorporaron cerca de 10 GW de nueva potencia eólica y fotovoltaica. Al mismo tiempo, la red de transporte añadió nuevas líneas y posiciones para integrar renovables y atender nuevas demandas. El problema, por tanto, no parece ser exclusivamente la cantidad de electricidad que España puede producir, sino la capacidad de ponerla a disposición del consumidor correcto, en el lugar correcto y en el momento correcto.

Y aquí aparece la primera contradicción.

Podemos tener miles de proyectos renovables, pero si una fábrica no puede obtener una conexión eléctrica suficiente, la fábrica no se construye. Podemos aprobar planes urbanísticos para miles de viviendas, pero si la red no dispone de capacidad para atender nuevos desarrollos, esas viviendas pueden quedar condicionadas durante años. Podemos anunciar centros de datos, electrificación industrial o nuevas infraestructuras ferroviarias, pero todos ellos compiten por un recurso físico limitado: la capacidad de las redes.

Por ello, el problema eléctrico deja de ser exclusivamente energético y pasa a convertirse en un problema de planificación económica e industrial.

1. El problema no es producir electricidad: es poder utilizarla

El debate energético español suele concentrarse en cuántos megavatios renovables se instalan. Sin embargo, esta cifra puede resultar engañosa si no se acompaña de información sobre redes, almacenamiento, capacidad de transformación y acceso de la demanda.

Red Eléctrica informó en febrero de 2026 de que desde 2022 se habían concedido 11,8 GW de capacidad de acceso para demanda en la red de transporte que todavía no estaban en servicio. La cifra resulta especialmente significativa porque muestra que disponer de un permiso de acceso no equivale necesariamente a disponer inmediatamente de electricidad disponible para una nueva actividad.

Esta diferencia debería ser central en cualquier estrategia industrial.

Una empresa que pretende construir una planta necesita conocer no solamente el precio futuro de la electricidad, sino cuándo podrá conectarse, qué potencia tendrá disponible y con qué nivel de seguridad podrá operar. Sin esas garantías, una inversión industrial se convierte en una apuesta.

Y una economía que obliga a las empresas a apostar antes de invertir corre el riesgo de perder precisamente aquellas inversiones que necesita para generar empleo, aumentar productividad y reducir su dependencia exterior.

La cuestión se vuelve todavía más delicada cuando hablamos de vivienda. Construir una vivienda no consiste simplemente en disponer de suelo y financiación. El nuevo desarrollo necesita agua, transporte, saneamiento, telecomunicaciones y, cada vez más, una red eléctrica capaz de soportar climatización, vehículos eléctricos, bombas de calor y autoconsumo.

Por tanto, la planificación eléctrica se está convirtiendo indirectamente en planificación urbana e industrial.

2. ¿Estamos planificando el futuro o intentando solucionar las consecuencias del presente?

Aquí aparece una de las cuestiones más incómodas.

El Gobierno ha reconocido que la próxima planificación eléctrica debe adaptarse a una transformación profunda de la demanda. Las solicitudes de acceso para demanda, industria, vivienda, centros de datos, vehículos eléctricos y otros usos, representan ya una parte muy importante de las nuevas solicitudes. El propio Ministerio señala que la demanda se ha convertido en el principal motor de la nueva planificación.

Esto plantea una pregunta legítima:

Si ya sabemos que la demanda eléctrica va a crecer, ¿por qué la capacidad de red no crece al mismo ritmo que los proyectos que pretendemos atraer?

No se trata de afirmar que no exista planificación. La existe. De hecho, Red Eléctrica está ejecutando actuaciones incluidas en la planificación vigente para reforzar el suministro residencial e industrial, como las nuevas infraestructuras de Burgos, Madrid o Castellón.

El problema es otro: la velocidad de la planificación puede no coincidir con la velocidad de las expectativas económicas y políticas.

Un Gobierno puede anunciar una fábrica en 2026. Una promotora puede proyectar miles de viviendas. Una empresa tecnológica puede anunciar un centro de datos. Pero una subestación, una línea de alta tensión o una ampliación de capacidad no se construyen con la misma rapidez que se anuncia una inversión.

Existe, por tanto, un riesgo evidente de crear una economía de anuncios: grandes proyectos sobre el papel que después descubren que la infraestructura necesaria para hacerlos realidad todavía no existe.

Desde la Ingeniería Industrial, esto constituye un problema clásico de desalineación entre capacidad y demanda.

3. La industria no puede convertirse en el amortiguador del sistema

La activación repetida del Servicio de Respuesta Activa de la Demanda introduce otra cuestión.

El mecanismo es técnicamente razonable: cuando existe riesgo para la estabilidad del sistema, determinadas industrias reducen temporalmente su consumo. Pero una cosa es utilizar esta herramienta como seguro y otra muy diferente convertirla de facto en una pieza habitual de la operación.

Una fábrica no es una batería.

Cuando se ordena a una industria reducir su consumo, no desaparece simplemente un número de megavatios de una pantalla. Pueden detenerse máquinas, alterarse procesos, perderse producción, desperdiciarse materias primas, producirse retrasos y aumentar los costes de reinicio.

Por eso, el coste real de la interrupción no puede calcularse únicamente mediante el precio de la electricidad no consumida.

Existe un coste industrial.

Y aquí debería plantearse una pregunta especialmente incómoda:

¿Hasta qué punto resulta razonable que una industria privada asuma el coste de corregir las deficiencias de flexibilidad del sistema eléctrico?

La industria puede y debe colaborar con la estabilidad de la red. Pero esa colaboración tiene que estar basada en incentivos transparentes, compensaciones adecuadas y reglas previsibles. Si no, existe el riesgo de que el sistema eléctrico termine trasladando parte de sus problemas de planificación precisamente a los consumidores que generan actividad económica.

4. Renovables sí, pero ¿con qué infraestructura?

La crítica no debería dirigirse contra las energías renovables. El problema sería mucho más profundo: instalar generación sin desarrollar simultáneamente las infraestructuras que permiten aprovecharla.

España ha avanzado extraordinariamente en generación renovable. En 2025, las renovables representaron una parte creciente del sistema y el almacenamiento ya permitió integrar una cantidad relevante de generación renovable.

Pero una economía industrial necesita algo más que energía renovable barata.

Necesita energía disponible, gestionable y conectada.

La diferencia es fundamental.

Una planta fotovoltaica puede producir enormes cantidades de electricidad cuando existe radiación solar. Pero una fábrica no necesariamente consume exactamente en esas horas. Una vivienda tampoco. Un tren tampoco. Un hospital tampoco.

Por tanto, el desafío consiste en sincronizar generación, almacenamiento, redes y consumo.

Desde la Ingeniería Industrial, esto es un problema de gestión de variabilidad. Y cuando se conoce que una variable es variable, no resulta razonable diseñar el sistema ignorando precisamente esa característica.

5. La otra dependencia: de los combustibles fósiles a la tecnología china

Aquí aparece una dimensión geopolítica que debería ocupar un lugar mucho mayor en el debate.

La transición energética pretende reducir la dependencia exterior de los combustibles fósiles. Es un objetivo razonable. Pero existe el riesgo de sustituir una dependencia por otra.

La Agencia Internacional de la Energía señala que China concentra más del 80 % de la capacidad mundial de fabricación de módulos solares y alrededor del 95 % de la fabricación de obleas. En la Unión Europea, la dependencia comercial es todavía más evidente: en 2024 China representó el 98 % de las importaciones comunitarias de paneles solares.

Esto no significa que comprar tecnología china sea necesariamente negativo. La industria china ha conseguido enormes economías de escala y ha contribuido decisivamente a reducir el coste de la energía solar.

Pero sí plantea una pregunta estratégica:

¿Tiene sentido hablar de soberanía energética mientras la infraestructura que permite producir esa energía depende en una proporción extraordinaria de cadenas de suministro controladas desde el exterior?

Si España abandona progresivamente el gas y otros combustibles importados pero aumenta simultáneamente su dependencia de paneles, inversores, baterías, componentes y materias primas procedentes de cadenas de suministro altamente concentradas, no ha eliminado completamente su vulnerabilidad.

Simplemente la ha trasladado.

La propia Unión Europea reconoce el problema y ha señalado la elevada dependencia de proveedores externos, especialmente China, como una vulnerabilidad para la cadena fotovoltaica europea.

Por ello, sería legítimo exigir que una política energética española no se limite a instalar tecnología importada, sino que contribuya también a desarrollar capacidad industrial, tecnológica y de fabricación propia o europea.

6. ¿Y dónde queda la industria española?

Esta cuestión merece todavía más atención. Si España utiliza dinero público para acelerar la transición energética, debería preguntarse cuánto de ese esfuerzo genera capacidad industrial permanente dentro del país.

Porque existe una diferencia fundamental entre: comprar una tecnología y crear una industria capaz de fabricar, mantener, reparar, mejorar y exportar esa tecnología.

El primer modelo puede acelerar rápidamente la instalación de renovables. El segundo genera conocimiento, empleo cualificado, proveedores, patentes, capacidad tecnológica y autonomía estratégica.

La dependencia excesiva de proveedores extranjeros puede resultar especialmente problemática cuando se combina con una red eléctrica que todavía debe adaptarse a un fuerte crecimiento de la demanda.

Podríamos acabar en una situación paradójica: España instala una enorme cantidad de generación renovable, pero necesita importar buena parte de los equipos; aumenta la demanda industrial, pero algunas conexiones tardan en materializarse; se anuncian nuevas viviendas, pero la infraestructura eléctrica necesita ampliaciones; y cuando aparecen problemas de equilibrio, se pide a la industria que reduzca temporalmente su consumo.

Si esta secuencia se repite, no estaríamos ante un problema aislado. Estaríamos ante un problema de modelo.

7. Las comisiones: una sospecha no basta, pero la transparencia sí es obligatoria

El planteamiento más crítico del debate puede llevar a sospechar que detrás de determinadas decisiones existen intereses económicos vinculados a proveedores extranjeros. Sin embargo, aquí es necesario distinguir entre sospecha y evidencia.

No sería riguroso afirmar que el Gobierno obtiene “comisiones de la producción china” sin aportar contratos, adjudicaciones, beneficiarios, intermediarios o pruebas documentales que demuestren esa acusación.

Pero precisamente por eso la respuesta democrática no debería ser evitar la pregunta, sino exigir más transparencia.

Cuando existen grandes inversiones públicas, fondos europeos, contratos de infraestructura y una dependencia exterior tan elevada, resulta razonable exigir que puedan conocerse con claridad: quién recibe los contratos; qué empresas participan; qué porcentaje del valor añadido permanece en España; qué componentes proceden del exterior; qué criterios se utilizan para seleccionar proveedores; cuánto dinero público termina en cadenas industriales extranjeras; qué retornos industriales obtiene España; y qué mecanismos existen para evitar conflictos de intereses.

La cuestión no debería ser solamente cuánto cuesta instalar la transición energética, sino también quién captura el valor económico generado por ella.

Esa es una pregunta mucho más incómoda.

8. La vivienda puede convertirse en otra víctima invisible

El problema eléctrico también puede afectar directamente a la política de vivienda.

Si se pretende construir rápidamente nuevas viviendas, urbanizaciones o desarrollos industriales, las administraciones necesitan anticipar las necesidades de electricidad de esas nuevas zonas.

No basta con aprobar suelo. No basta con conceder licencias. No basta con anunciar viviendas. La infraestructura eléctrica tiene que estar disponible.

De hecho, el Gobierno ha aprobado en julio de 2026 una inversión adicional de 17.900 millones de euros hasta 2030 destinada, entre otros objetivos, a infraestructuras que permitan conectar vivienda, industria y transporte electrificado y mejorar la seguridad del sistema.

La cifra demuestra precisamente la magnitud del desafío.

Si son necesarios miles de millones adicionales para adaptar las redes, significa que la infraestructura eléctrica se ha convertido en uno de los principales cuellos de botella de la electrificación.

Por tanto, cualquier política seria de vivienda debería coordinarse con la planificación energética. No tiene sentido prometer viviendas donde todavía no existe capacidad suficiente para suministrarlas.

Conclusión

El episodio analizado debería interpretarse como algo más que una cuestión técnica relacionada con la operación puntual de la red eléctrica.

Es una advertencia sobre la necesidad de planificar simultáneamente energía, industria, vivienda, transporte e infraestructura.

España está realizando un enorme despliegue renovable y ha conseguido avances importantes. La demanda eléctrica crece, la generación renovable aumenta y la red continúa ampliándose. Pero precisamente ese éxito está generando una nueva dificultad: cada vez existen más proyectos que necesitan conectarse a una infraestructura que no puede crecer instantáneamente al mismo ritmo.

La pregunta, por tanto, no debería ser si España tiene suficientes renovables.

La pregunta debería ser: ¿Tenemos suficiente red, almacenamiento, capacidad de transformación, generación gestionable y planificación industrial para convertir esas renovables en electricidad realmente disponible para ciudadanos y empresas?

Y existe una segunda pregunta todavía más incómoda: ¿Estamos utilizando la transición energética para construir una industria española y europea más fuerte o simplemente para convertirnos en grandes compradores de tecnología fabricada en otros países?

La dependencia china de la cadena fotovoltaica demuestra que esta cuestión no es imaginaria. Por eso, el verdadero éxito de la transición energética no debería medirse únicamente por los gigavatios instalados ni por el porcentaje de generación renovable.

Debería medirse por algo más exigente: cuánta industria nacional genera, cuánta tecnología propia desarrolla, cuántas viviendas puede abastecer, cuántas inversiones puede conectar y hasta qué punto garantiza electricidad fiable y competitiva para empresas y ciudadanos.

Una transición energética que produce electricidad pero no garantiza capacidad de conexión, que anuncia inversiones pero no puede asegurar su suministro, o que reduce una dependencia exterior mientras crea otra dependencia tecnológica, corre el riesgo de confundir transformación energética con planificación estratégica.

Y esa diferencia es demasiado importante como para ignorarla.

En definitiva, el problema no es solamente cómo producir electricidad limpia. El verdadero problema es decidir qué país queremos construir alrededor de esa electricidad, quién controla la infraestructura necesaria para hacerlo y quién obtiene el valor económico de la transformación.

Ahí es donde la Ingeniería Industrial deja de ser una cuestión puramente técnica y se convierte en una herramienta para evaluar si las decisiones públicas están construyendo un sistema verdaderamente resiliente, competitivo y autónomo, o simplemente reaccionando a problemas que podrían haberse previsto.

 


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