LA
RESPONSABILIDAD DE VOX EMPIEZA DONDE TERMINA EL MIEDO
Las democracias no se debilitan únicamente por quienes
ejercen el poder.
También se debilitan cuando quienes podrían exigir
responsabilidades prefieren callar.
Si durante años aceptamos que el partido esté por
encima de las instituciones, que la fidelidad ideológica pese más que la
competencia, que el silencio resulte más rentable que la denuncia y que la
ideología determine nuestra valoración moral de los hechos, el problema deja de
ser exclusivamente una persona.
El problema pasa a
ser la propia cultura política.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente:
¿Quién gobierna?
Sino algo mucho más importante:
¿Qué tipo de
sistema político estamos construyendo entre todos?
España no necesita otro líder providencial.
Necesita algo mucho menos espectacular y mucho más
eficaz:
Instituciones independientes.
Controles efectivos.
Transparencia.
Justicia sin colores políticos.
Y partidos capaces de corregirse a sí mismos.
Y aquí aparece una cuestión que ya no debería poder
despacharse simplemente con una etiqueta:
¿Por qué VOX debe
ser descalificado de antemano por el calificativo de “extremista”, en lugar de
ser juzgado por sus propuestas y por su actuación política?
VOX no ha gobernado España desde el Ejecutivo central.
Por tanto, puede ser cuestionado, criticado y
fiscalizado, como cualquier otro partido, pero también debe poder ser evaluado sin prejuicios y sometido a la prueba de
los hechos.
Porque si realmente queremos romper con las inercias
del bipartidismo, habrá que aceptar una posibilidad que a muchos incomoda:
que los españoles
puedan decidir probar una alternativa diferente.
Y si esa alternativa fuera VOX, su responsabilidad
comenzaría precisamente entonces.
Tendría que demostrar que aquello que exige a los
demás también está dispuesto a aplicárselo a sí mismo:
Constitución.
Estado de Derecho.
Separación de poderes.
Transparencia.
Responsabilidad.
Y prioridad del interés general.
No se trata de cambiar una lista de nombres por otra.
Ni de sustituir una ideología por otra.
Se trata de conseguir que nadie esté por encima de las instituciones.
Porque quizá la verdadera pregunta ya no sea:
“¿Es VOX demasiado
extremo?”
Sino:
¿Es realmente
extremista exigir aquello que debería ser normal en una democracia?
Y quizá haya llegado el momento de dejar de tener
miedo a las etiquetas.
Que los ciudadanos comparen.
Que juzguen.
Que exijan.
Y que voten.
Porque en democracia, la última palabra no debería
pertenecer ni al PSOE, ni al PP, ni a VOX.
Debe pertenecer a los españoles.

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