La
mayoría intelectual: hacia quién controlará la inteligencia artificial
Durante mucho tiempo, el poder internacional se ha medido
en territorios, ejércitos, recursos naturales, capacidad industrial o
influencia financiera. El siglo XXI está introduciendo una nueva unidad de
medida: la capacidad de producir, controlar y orientar inteligencia artificial.
Este cambio puede parecer, a primera vista, una cuestión
reservada a ingenieros, científicos y grandes empresas tecnológicas. No lo es.
La inteligencia artificial está dejando de ser una herramienta para convertirse
progresivamente en una infraestructura de poder. Del mismo modo que en otras
épocas resultaron decisivos el dominio de las rutas marítimas, de la energía o
de las telecomunicaciones, comienza a ser determinante quién posee los modelos,
los datos, los procesadores, la capacidad de cálculo, los centros de datos y,
sobre todo, la facultad de establecer las reglas con las que funcionarán.
Y es precisamente ahí donde comienza una nueva disputa.
La
paradoja de la mayoría
En apariencia, el mundo dispone hoy de más participación
internacional que nunca. Cada vez son más los países que quieren intervenir en
la discusión sobre el futuro de la inteligencia artificial. Se habla de
cooperación, seguridad, igualdad de acceso, reducción de la brecha digital y
gobernanza internacional.
Sin embargo, existe una paradoja evidente: participar en
la conversación no equivale a poseer la capacidad tecnológica necesaria para
decidir su resultado.
Un Estado puede sentarse alrededor de una mesa, disponer
de un voto y participar en la aprobación de determinadas normas. Pero si no
posee capacidad de cálculo, infraestructura digital, investigadores, tecnología
de semiconductores, modelos propios o propiedad intelectual, su capacidad
efectiva de decisión será necesariamente limitada.
Aquí aparece el verdadero significado de la expresión
«mayoría intelectual».
No se trata de contar cuántos países participan. Se trata
de averiguar cuántos tienen capacidad real para pensar, producir, controlar y
transformar la tecnología que determinará el futuro.
La diferencia es extraordinariamente importante.
La democracia institucional puede establecer que cada
Estado tenga un voto. La realidad tecnológica puede establecer que algunos
Estados posean casi todos los instrumentos necesarios para hacer efectivo ese
voto.
Por eso, la futura geopolítica de la inteligencia
artificial no se decidirá únicamente en las instituciones internacionales. Se
decidirá también en los centros de datos, en los laboratorios, en las fábricas
de semiconductores, en las universidades y en las infraestructuras energéticas
que permiten funcionar a los sistemas de inteligencia artificial.
Del territorio a la infraestructura
La transformación que se aproxima tiene una
característica especialmente relevante: el poder comienza a desplazarse del
territorio hacia la infraestructura.
Un país puede conservar intactas sus fronteras, su
soberanía política y sus instituciones y, sin embargo, depender
tecnológicamente de otros para desarrollar su economía, administrar sus
servicios públicos, proteger sus infraestructuras o incluso procesar su
información.
La dependencia, por tanto, puede dejar de ser visible.
Ya no será necesariamente una dependencia basada en la
ocupación, la imposición o la presencia física. Podrá manifestarse como una
dependencia silenciosa de servidores, algoritmos, plataformas, sistemas
operativos, procesadores, modelos de lenguaje y estándares técnicos.
Esta transformación obliga a revisar incluso el concepto
tradicional de soberanía.
Durante siglos, ser soberano significó fundamentalmente
poder gobernar un territorio sin una autoridad exterior que lo sometiera.
En la era de la inteligencia artificial habrá que añadir
otra pregunta:
¿Puede considerarse plenamente soberano un país que no
puede controlar las tecnologías esenciales con las que funciona su sociedad?
La pregunta todavía no tiene una respuesta definitiva.
Pero su importancia crecerá rápidamente.
La
nueva batalla no será solamente por la tecnología
La competición tecnológica tampoco consistirá únicamente
en desarrollar el modelo de inteligencia artificial más poderoso.
Será necesario controlar toda una cadena.
Primero están los recursos materiales: energía, centros
de datos, semiconductores y capacidad de almacenamiento.
Después aparecen los recursos intelectuales: científicos,
ingenieros, universidades, investigación y conocimiento especializado.
A continuación se encuentran los datos, que constituyen
una materia prima esencial para numerosos sistemas de inteligencia artificial.
Y finalmente aparece un elemento todavía más poderoso: los
estándares.
Quien establece los estándares no necesita controlar
directamente todos los productos. Puede conseguir que los demás tengan que
adaptarse a unas reglas que ya han sido definidas.
Por eso la disputa por la inteligencia artificial es
también una disputa normativa.
Quien determine cómo debe funcionar una tecnología, qué
condiciones debe cumplir, qué niveles de seguridad se consideran aceptables,
cómo se intercambia la información o cómo se reconoce la propiedad intelectual
estará participando en la construcción del futuro incluso aunque no sea quien
haya creado cada modelo.
La batalla decisiva, por tanto, puede no consistir en
saber quién posee la mejor inteligencia artificial.
Puede consistir en saber quién consigue que los demás
utilicen la suya.
Cooperación
o dependencia
Aquí surge la cuestión más delicada.
La cooperación tecnológica puede convertirse en uno de
los instrumentos más poderosos para reducir las desigualdades entre países. Compartir
conocimiento, formar especialistas, crear centros tecnológicos y facilitar el
acceso a sistemas avanzados puede permitir que países actualmente rezagados
construyan capacidades propias.
Pero existe una frontera que no debería ignorarse.
Cooperar no es lo mismo que depender.
Si la transferencia de tecnología permite que un país
desarrolle progresivamente su propia capacidad, existe cooperación.
Si, por el contrario, la transferencia genera una
dependencia permanente del proveedor original, la desigualdad simplemente
cambia de forma.
La cuestión fundamental será, por tanto, quién controla
la infraestructura después de recibirla.
No basta con proporcionar tecnología.
Hay que preguntarse si quien la recibe podrá
comprenderla, adaptarla, modificarla, producir alternativas y, llegado el caso,
prescindir del proveedor.
Ahí se encuentra la diferencia entre acceso tecnológico y
autonomía tecnológica.
Una
nueva geografía del poder
El futuro no parece
encaminado necesariamente hacia un mundo dividido en dos bloques perfectamente
definidos.
Es posible que
aparezca algo mucho más complejo.
Algunos países
colaborarán simultáneamente con diferentes centros tecnológicos. Otros
intentarán mantener una posición intermedia. Algunos utilizarán las tecnologías
disponibles sin comprometerse plenamente con ningún ecosistema. Y otros
tratarán de desarrollar una infraestructura propia.
Esta situación dará
lugar a una nueva geografía del poder.
Los países que hoy
ocupan posiciones intermedias pueden adquirir una importancia inesperada si
poseen población, talento, recursos energéticos, capacidad industrial o
mercados suficientemente grandes para convertirse en socios tecnológicos
imprescindibles.
En consecuencia, el
futuro no estará determinado exclusivamente por las grandes potencias.
También dependerá de
la capacidad de los países intermedios para negociar sin quedar atrapados en
una dependencia exclusiva.
La autonomía, en este
contexto, no significa aislamiento.
Significa disponer de
alternativas.
El
verdadero peligro: cambiar de dependencia
Existe una tentación recurrente en la política
internacional: cuando una dependencia resulta incómoda, sustituirla por otra.
Pero eso no constituye soberanía.
La verdadera autonomía tecnológica exige diversificación,
capacidad propia y libertad para escoger.
Un país que dependa completamente de una única potencia
para sus sistemas de inteligencia artificial puede encontrarse en una situación
vulnerable aunque esa relación haya sido presentada bajo el lenguaje de la
cooperación.
Por ello, el criterio decisivo no debería ser quién
ofrece más tecnología, sino quién permite desarrollar más autonomía.
Esta diferencia será fundamental durante los próximos
años.
La
inteligencia artificial como nueva infraestructura civilizatoria
La cuestión adquiere todavía mayor dimensión cuando
comprendemos que la inteligencia artificial no permanecerá confinada a
determinados sectores.
Intervendrá progresivamente en la industria, la medicina,
la educación, la administración pública, la defensa, la agricultura, el
transporte, las finanzas, la investigación científica y la planificación
territorial.
Cuando una tecnología alcanza semejante grado de
penetración, deja de ser simplemente una herramienta.
Se convierte en infraestructura.
Y cuando una infraestructura se vuelve indispensable,
quien la controla adquiere una capacidad de influencia extraordinaria.
Esta es la razón por la que la actual carrera tecnológica
merece ser observada con mucha mayor atención de la que suscita una simple
competición entre empresas o países.
Lo que está en juego no es únicamente quién fabricará
mejores máquinas.
Está en juego quién establecerá las condiciones bajo las
cuales las sociedades futuras podrán utilizar la inteligencia.
El futuro que comienza a dibujarse
Es posible que dentro de algunos años la pregunta ya no
sea quién tiene la inteligencia artificial más avanzada.
Será otra:
¿Quién
controla el ecosistema que permite utilizarla?
La respuesta dependerá de muchos elementos: chips,
energía, datos, modelos, científicos, capital, propiedad intelectual,
estándares, redes de comunicación e instituciones capaces de regularlos.
La inteligencia artificial está creando, por tanto, una
nueva forma de poder que combina conocimiento, infraestructura y capacidad
normativa.
Y esa combinación puede modificar profundamente las
relaciones internacionales.
La verdadera «mayoría intelectual» no será aquella que
reúna a más países alrededor de una mesa. Será aquella que consiga distribuir
de manera efectiva el conocimiento, la capacidad tecnológica, la
infraestructura y la facultad de decidir.
Ese será el verdadero examen.
Porque la historia tecnológica demuestra que quien
controla una infraestructura esencial termina teniendo, directa o
indirectamente, capacidad para condicionar a quienes dependen de ella.
La gran cuestión que comienza ahora no es, por tanto,
quién dominará la inteligencia artificial.
Es algo más inquietante:
si la inteligencia artificial terminará distribuyendo el
poder entre más sociedades o si, bajo la apariencia de una tecnología
universal, acabará concentrándolo todavía más.
La respuesta todavía no está escrita.
Pero las decisiones que se están tomando ahora comienzan
a escribirla.
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