"El
Schrödinger de Moncloa"
Hay políticos que gobiernan. Otros administran. Algunos incluso lideran. Y luego está Pedro Sánchez, que pertenece a una categoría superior y más sofisticada: el político que convierte cada semana en el último capítulo de una serie turca escrita por Maquiavelo, producida por Netflix y doblada por el departamento de comunicación de Moncloa.
España no tiene un presidente del Gobierno. Tiene un especialista en permanencia asistida. Un equilibrista emocional que lleva siete años caminando sobre un cable hecho de decretos, socios enfadados, independentistas desconfiados, ministros filtrándose entre sí y argumentarios de emergencia enviados a las tres de la madrugada.
El texto original “La mayoría que viene” por Ulises Culebro, plantea dos posibles finales para la legislatura: uno excepcional y otro normal. Pero se equivoca. Con Pedro Sánchez nunca existe lo “normal”. La normalidad para él sería retirarse discretamente, convocar elecciones con serenidad institucional y asumir el desgaste natural del poder. Eso sería como pedirle a un pirómano que apague un incendio soplando educadamente.
El llamado escenario “excepcional” describe algo parecido a una movilización plebiscitaria: convertir las elecciones en una batalla metafísica entre la democracia y las tinieblas, entre el progreso y una mezcla difusa de Franco, Elon Musk y un cuñado de Albacete que dice “buenos días” demasiado fuerte. Es decir, exactamente lo que Pedro Sánchez lleva haciendo desde hace cinco años, pero ahora con música épica de fondo.
Porque el sanchismo no es una ideología. Es un estado mental. Una filosofía cuántica donde cualquier cosa puede ser simultáneamente verdad y mentira dependiendo del minuto del día y del CIS publicado esa mañana. Pactar con Bildu era intolerable hasta que dejó de serlo. La amnistía era inconstitucional hasta que descubrieron que la Constitución, en realidad, era “muy rica en matices”. Y gobernar con Podemos era un peligro para España hasta que Pablo Iglesias apareció mágicamente sentado en el Consejo de Ministros como un invitado inesperado en una boda.
Lo fascinante de Pedro Sánchez es que jamás gobierna en el presente. Siempre gobierna cinco minutos hacia adelante, como esos ajedrecistas tramposos que, mientras tú piensas tu jugada, ya han cambiado las piezas de sitio y además te acusan de fascista por protestar.
Sin embargo, incluso los grandes ilusionistas tienen un límite. Y el problema del presidente es que la realidad empieza a parecerse peligrosamente a una auditoría. Las elecciones autonómicas han ido dejando un paisaje que recuerda a esos documentales de National Geographic donde una especie herida intenta cruzar lentamente la sabana mientras alrededor comienzan a reunirse hienas con gráficos electorales.
El PSOE pierde territorios con la misma velocidad con la que Óscar Puente publica tuits. Andalucía se ha convertido en un páramo socialista donde el partido sobrevive gracias a la nostalgia de señores que todavía llaman “muchacho” a Felipe González. Extremadura parece un grupo de terapia. Y en Castilla-La Mancha Page gobierna con la expresión permanente de un hombre que sospecha que le van a ocupar la casa mientras está comprando el pan.
Mientras tanto, Sumar se derrumba como una tienda de campaña mojada. Yolanda Díaz pasó de ser “la gran esperanza blanca de la izquierda” a parecer una profesora de mindfulness atrapada accidentalmente en una reyerta sindical. El espacio político a la izquierda del PSOE vive ya en esa fase de las rupturas sentimentales donde todos los implicados dicen querer “reconfigurar el espacio”, que en español significa “nos odiamos profundamente”.
Y ahí aparece Vox, creciendo en provincias pequeñas como un vendedor de seguros apocalípticos. El PP gana porque llega primero; Vox gana porque ya no da miedo en pueblos donde hace diez años parecía un club de recreación medieval. Entre ambos han descubierto el secreto del sistema electoral español: no hace falta entusiasmar; basta con aparecer mientras la izquierda discute si el capitalismo patriarcal oprime también a las croquetas.
El ensayo original utiliza una expresión ciclista maravillosa para definir al PSOE: “hacer la goma”. Es perfecta. Pedro Sánchez lleva años pedaleando detrás del PP con la respiración agónica de un corredor que aparenta fortaleza mientras internamente está negociando con Dios, con Puigdemont y con Tezanos al mismo tiempo.
Cada escándalo de corrupción funciona igual: aparece un caso turbio, el Gobierno finge indignación ética, los ministros salen a decir que todo es una conspiración mediática y, finalmente, algún portavoz socialista termina acusando al juez, a la prensa y probablemente al cambio climático de favorecer a la ultraderecha.
Pero quizá lo más extraordinario del personaje sea su relación con el lenguaje. Sánchez no habla: emulsiona conceptos. Cuando dice “convivencia” normalmente significa “cesión”. Cuando dice “progreso”, quiere decir “aguantar dos meses más”. Y cuando afirma que actúa “por el bien de España”, uno tiene la sensación de que se refiere específicamente al metro cuadrado que ocupa su silla en Moncloa.
Aun así, sería injusto negar su mérito histórico. Pedro Sánchez ha logrado algo que parecía imposible: unir a la derecha española… por agotamiento psicológico. Ha conseguido que millones de personas que no se soportaban entre sí descubran que comparten una misma pasión: dejar de escuchar ruedas de prensa donde se habla de “resiliencia democrática”.
Y, sin embargo, nadie debería subestimarlo. Porque el sanchismo se parece mucho a esos villanos del cine que sobreviven a todo. Lo das por amortizado y reaparece perfectamente iluminado en el plano final, con un Falcon esperando en segundo plano y una entrevista exclusiva preparada para explicar que, en realidad, todo formaba parte del plan.
Quizá pierda las próximas elecciones. Quizá no. Quizá convoque antes. Quizá aguante hasta 2027 alimentándose únicamente de encuestas internas y del miedo a Vox. Con Pedro Sánchez nunca se sabe. Es el Schrödinger de la política española: está acabado y resucitado al mismo tiempo.
Lo único seguro es que, cuando termine esta etapa, los politólogos escribirán libros. Los periodistas escribirán memorias. Y los españoles necesitaremos varios años de terapia colectiva para explicar a nuestros nietos cómo un país entero pasó una década atrapado en una mezcla de reality show, comité federal y episodio permanente de supervivientes institucionales.
Y probablemente Pedro Sánchez, desde alguna conferencia internacional sobre liderazgo progresista sostenible, seguirá sonriendo exactamente igual: como un hombre que jamás tuvo intención de abandonar el escenario aunque el teatro estuviera ya ardiendo.
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