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martes, 14 de julio de 2026

La inhabilitación presupuestaria...Quédate con quien te quiere.


 

La inhabilitación presupuestaria:

Hay pocos momentos en la vida de una democracia parlamentaria tan reveladores como el debate presupuestario. No se trata únicamente de un ejercicio contable, sino del instante en que un Gobierno pone sobre la mesa su visión del país y pide, a cambio, la confianza de la Cámara para ejecutarla. Cuando esa confianza falta, y los números del reciente rechazo a la senda de estabilidad 2027-2029 así lo indican, con 178 votos en contra frente a 167 a favor y cinco abstenciones, el ejercicio presupuestario deja de ser un instrumento de planificación para convertirse en un símbolo de la fragilidad institucional del momento.

Conviene preguntarse, con la serenidad que exige el análisis económico y no la urgencia del titular, si tiene sentido insistir en la tramitación de unos Presupuestos Generales del Estado cuando el propio trámite previo,técnico, casi automático en legislaturas con mayorías sólidas, ha naufragado en el Congreso.

Dos naturalezas, un mismo documento

El presupuesto público posee, como recuerda buena parte de la literatura de hacienda pública, una doble condición: es un documento económico y es, simultáneamente, un contrato político. Como plan financiero, ordena ingresos y gastos, fija prioridades y condiciona el comportamiento de los agentes económicos durante todo el ejercicio. Como contrato político, presupone una mayoría capaz de sostenerlo, no solo de aprobarlo.

Cuando ese contrato se rompe, el presupuesto corre el riesgo de transformarse en un ejercicio de supervivencia parlamentaria más que en una hoja de ruta económica. La votación conocida no es un simple tropiezo de trámite: refleja la ausencia de una coalición capaz de respaldar, con continuidad, la política fiscal del Ejecutivo.

Autores como Douglas North u Oliver Williamson han insistido en que la estabilidad de las reglas, y de quienes las sostienen, constituye uno de los activos más valiosos de una economía desarrollada. La incertidumbre política no es neutral: encarece la inversión, retrae el consumo y presiona al alza las primas de riesgo institucional. Prolongar una negociación presupuestaria sin mayoría consolidada no es prudencia, es aplazar el coste.

Una senda fiscal generosa en optimismo

El Gobierno plantea una reducción gradual del déficit: 1,8 % del PIB en 2027, 1,6 % en 2028 y 1,5 % en 2029. Sobre el papel, una consolidación ordenada. En la práctica, dos reservas resultan inevitables.

La primera es de volumen: España mantiene uno de los niveles de deuda pública más elevados de la Unión Europea, y una reducción lenta del déficit no altera sustancialmente esa carga acumulada.

La segunda es de método: toda senda fiscal descansa sobre hipótesis de crecimiento, inflación, empleo y recaudación que rara vez se cumplen con exactitud. La experiencia reciente de la hacienda española, con sucesivos créditos extraordinarios corrigiendo previsiones iniciales, aconseja cautela ante cualquier cifra que se presente como certeza.

El espejismo del margen fiscal autonómico

Uno de los puntos más discutidos de la negociación es el margen adicional de deuda, cercano a los 5.849 millones de euros, reconocido a las comunidades autónomas. La crítica de la oposición, más allá de su intención política, contiene un argumento técnico atendible: disponer de margen de déficit no equivale a disponer de capacidad real de gasto, puesto que las comunidades siguen sujetas a la regla europea de gasto computable.

El resultado es una flexibilidad más nominal que efectiva: se amplía el margen de endeudamiento mientras se mantiene la restricción sobre su ejecución. La autonomía financiera que sugiere el discurso político resulta, en la práctica, bastante más limitada.

Gobernar sin mayoría: el verdadero problema de fondo

La economía política enseña que un presupuesto técnicamente impecable no basta si carece de sostén parlamentario. El dato más elocuente de este episodio no es la cifra del déficit, sino la composición del voto: el rechazo no proviene solo de la oposición tradicional, sino también de antiguos socios de investidura que se abstienen o votan en contra.

Cuando eso ocurre, el problema deja de ser presupuestario y pasa a ser un problema de gobernabilidad. Insistir en la tramitación en ese contexto puede leerse, más que como una apuesta por unas cuentas viables, como una estrategia para prolongar la legislatura ganando tiempo político.

Presión fiscal y eficiencia del gasto

Aunque el debate público se concentra en el déficit y en el reparto territorial, conviene no perder de vista una cuestión de fondo: sostener el nivel de gasto previsto exigirá, previsiblemente, mantener una presión fiscal ya elevada en términos históricos. La literatura económica advierte de que el incremento continuado de ingresos por la vía de nuevas figuras tributarias tiene rendimientos decrecientes: por encima de ciertos umbrales, desincentiva la inversión, alienta la planificación fiscal de las empresas y erosiona la competitividad. La consolidación fiscal debería apoyarse, en primer término, en la eficiencia del gasto público, no únicamente en la capacidad recaudatoria.

La certidumbre como bien económico

Los mercados, las empresas y los hogares no operan en el vacío: toman decisiones de inversión, contratación y ahorro a varios años vista, y necesitan saber con qué reglas fiscales van a convivir. Cada mes de incertidumbre presupuestaria tiene un coste que trasciende la aritmética parlamentaria: afecta a la ejecución de fondos europeos, a la contratación pública y a la política salarial del sector público. La estabilidad institucional no es un adorno democrático; es, en sí misma, un factor productivo.

Una perspectiva distinta: el argumento a favor de seguir intentándolo

Sería, sin embargo, incompleto, y poco riguroso, presentar esta lectura crítica como la única posible. Quienes defienden la insistencia del Ejecutivo en tramitar los Presupuestos pueden argumentar, con razones no desdeñables, que:

La alternativa, prórroga presupuestaria indefinida, tiene también costes económicos, al congelar partidas y dificultar la adaptación del gasto público a necesidades cambiantes.

Negociar hasta el final es parte legítima del juego parlamentario: muchos gobiernos en minoría, en España y en otras democracias europeas, han sacado adelante presupuestos tras meses de negociación que parecían estancados.

El rechazo a la senda de estabilidad no equivale automáticamente al rechazo del proyecto de presupuestos, que aún no se ha presentado ni votado; los equilibrios parlamentarios pueden variar entre uno y otro trámite.

Las reglas fiscales europeas, lejos de ser un obstáculo, pueden interpretarse como una garantía de disciplina que limita el riesgo de desviaciones excesivas, incluso en un contexto de negociación compleja.

Estas consideraciones no invalidan las dudas planteadas en las secciones anteriores, pero recuerdan que el diagnóstico de "improvisación institucional" es una interpretación entre varias posibles, y que la valoración final dependerá, en gran medida, de cómo evolucionen los apoyos parlamentarios en las próximas semanas.

Conclusión

El rechazo a la senda de estabilidad no es un simple accidente de trámite: es una señal de debilidad política que condiciona la credibilidad de cualquier proyecto presupuestario posterior. La incertidumbre institucional, la fragilidad de los apoyos parlamentarios, el margen real, más limitado de lo que sugiere el discurso oficial, y el elevado nivel de deuda pública configuran un escenario en el que la planificación presupuestaria corre el riesgo de convertirse en un gesto más simbólico que efectivo.

Pero también es cierto que la política presupuestaria rara vez se decide en una sola votación, y que la capacidad de un Gobierno para recomponer mayorías, o para gestionar sin ellas, forma parte de la normalidad democrática en sistemas parlamentarios fragmentados como el español. El verdadero desafío no es solo aprobar unas cuentas públicas, sino recuperar las condiciones de estabilidad política que las hagan creíbles, ejecutables y compatibles con una estrategia de crecimiento sostenible. Un presupuesto puede aprobarse sin respaldo amplio; un modelo económico sólido, en cambio, exige certidumbre, disciplina y consenso.


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