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viernes, 17 de julio de 2026

La justicia y el espejo roto de la opinión.... vuelo con imaginación.

 

                                            Vuelo con imaginación

La Justicia y el espejo roto de la opinión

Hay épocas en las que las sociedades hablan demasiado y piensan demasiado poco. La nuestra parece haber elevado esa contradicción a categoría histórica. Nunca se había dispuesto de tanta información y, sin embargo, jamás había resultado tan difícil distinguir el conocimiento del ruido. La velocidad ha derrotado a la reflexión, y la opinión, convertida en mercancía de consumo inmediato, se presenta con la insolencia de quien pretende ocupar el lugar de los hechos.

Toda investigación judicial que afecta a un personaje público deja de pertenecer exclusivamente a los tribunales para convertirse en patrimonio del espectáculo. La toga comparte escenario con las cámaras; el sumario, con las tertulias; la prueba, con el rumor. Y así, lo que debería desarrollarse en la serenidad del procedimiento acaba representándose en el gran teatro de la polarización.

El caso de Begoña Gómez constituye un ejemplo paradigmático, no por la singularidad jurídica del procedimiento, sino porque ha servido para revelar una enfermedad más profunda: la incapacidad creciente de la sociedad para convivir con la incertidumbre.

El ciudadano contemporáneo parece haber perdido la paciencia necesaria para esperar una sentencia. Necesita una respuesta inmediata. El tiempo judicial le resulta insoportable porque contradice la lógica acelerada de las redes sociales, donde cada minuto sin pronunciamiento se interpreta como un vacío que alguien debe rellenar. Y ese alguien suele ser la opinión.

Ortega y Gasset advertía que el mayor peligro para una civilización aparece cuando el hombre deja de sentirse obligado a comprender antes de juzgar. El hombre-masa, decía, no discute porque crea tener razón; discute porque ignora que pudiera no tenerla. Esa observación, formulada hace casi un siglo, parece escrita para describir el ecosistema digital del presente.

Hoy cualquiera se siente legitimado para ejercer simultáneamente de instructor, fiscal, magistrado y comentarista político. Bastan unos titulares, un vídeo de treinta segundos y dos mensajes compartidos miles de veces para construir una convicción inquebrantable. No importa que el procedimiento apenas haya comenzado. La sentencia emocional ya ha sido dictada.

Y, sin embargo, la Justicia posee una virtud que desespera al impaciente: duda.

Duda porque debe hacerlo.

La duda constituye el fundamento mismo del Derecho. Allí donde la opinión exige certezas instantáneas, el juez está obligado a exigir pruebas. Donde el ciudadano reclama castigos ejemplares, el ordenamiento jurídico exige garantías. Esa lentitud que tantos critican no siempre es una debilidad; con frecuencia constituye la expresión más elevada del respeto por la libertad.

Resulta paradójico comprobar cómo quienes reclaman independencia judicial suelen hacerlo únicamente cuando la resolución coincide con sus expectativas. Cuando no sucede así, el juez deja de ser independiente para convertirse, según convenga, en instrumento del poder o de la oposición. La confianza institucional se ha vuelto condicional, subordinada al resultado y no al procedimiento.

Es aquí donde el periodismo afronta una de sus mayores pruebas éticas.

Informar nunca consistió en alimentar emociones, sino en disciplinarlas mediante los hechos. El periodista no fue concebido para fabricar culpables ni absolver inocentes, sino para explicar la realidad con la mayor honestidad posible. Sin embargo, la lógica del mercado informativo premia justamente lo contrario. La prudencia apenas genera audiencia; la indignación, en cambio, produce millones de clics.

El antiguo oficio de contrastar fuentes ha sido sustituido, con inquietante frecuencia, por el más rentable ejercicio de confirmar prejuicios. Cada medio ofrece al lector aquello que desea escuchar, del mismo modo que un comerciante inteligente coloca en el escaparate el producto con mayor demanda. La consecuencia resulta devastadora: el ciudadano deja de buscar información para buscar reafirmación.

No vivimos únicamente una crisis de confianza en las instituciones. Vivimos, sobre todo, una crisis de confianza en la verdad compartida.

Arturo Pérez-Reverte ha escrito en numerosas ocasiones que el problema de España no reside únicamente en sus dirigentes, sino en una vieja inclinación nacional a convertir cualquier discrepancia en una guerra civil moral. Basta observar el debate público para advertir la vigencia de esa intuición. Aquí rara vez existen adversarios; existen enemigos. No se discrepa: se descalifica. No se argumenta: se etiqueta.

En semejante clima, un proceso judicial deja de ser un procedimiento regulado por normas para transformarse en un combate simbólico donde cada resolución alimenta un relato previo. La sentencia ya no importa por su fundamentación jurídica, sino por la utilidad política que pueda extraerse de ella.

Y, sin embargo, el Derecho permanece ajeno a esa lógica tribal. El Código Penal no conoce simpatías ni antipatías. Las garantías procesales fueron concebidas precisamente para resistir los impulsos colectivos. La presunción de inocencia no protege únicamente al acusado; protege a toda la sociedad frente a la arbitrariedad.

Quienes celebran la erosión de ese principio porque afecta a un adversario político olvidan que mañana podría amparar a alguien con quien sí compartan afinidades. Las garantías jurídicas jamás se diseñan pensando en el caso cómodo, sino en el difícil.

Existe una tendencia inquietante a medir la calidad de la Justicia por el número de condenas o por la dureza de las penas. Es un error tan antiguo como la propia condición humana y, en nuestros días, extraordinariamente rentable para quienes hacen de la política un ejercicio de agitación permanente. La fortaleza de un Estado de Derecho no consiste en llenar las cárceles, sino en garantizar que nadie sea condenado sin pruebas suficientes y que nadie quede al margen de la ley por la posición que ocupa.

Pero existe un peligro aún más profundo. Cuando los jueces, los fiscales, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o cualquier servidor público que participa en la investigación de los delitos comienzan a ser objeto de campañas de descrédito, de presiones políticas o de intentos de deslegitimación cada vez que sus decisiones resultan incómodas para unos u otros, la discusión deja de ser jurídica para convertirse en institucional. En ese momento ya no se cuestiona únicamente una resolución concreta; se erosiona la confianza en los pilares sobre los que descansa el Estado de Derecho.

Una democracia madura no necesita héroes togados ni villanos de ocasión. Necesita instituciones suficientemente fuertes para soportar la crítica legítima y suficientemente independientes para resistir cualquier intento de condicionarlas. Porque la independencia judicial no se pone a prueba cuando las resoluciones complacen al poder o a la oposición; se pone a prueba precisamente cuando incomodan a ambos.

El verdadero problema nunca ha sido que la Justicia avance con la lentitud que exigen las garantías procesales. El verdadero problema aparece cuando se pretende sustituir el razonamiento jurídico por el relato político, cuando la sentencia deja de buscarse en los autos para buscarse en los titulares, o cuando la confianza en las instituciones depende exclusivamente de que el fallo confirme nuestras propias convicciones.

Ese es el instante en que la Justicia comienza a dejar de ser un poder del Estado para convertirse en un escenario donde se representa una batalla de intereses. Y una vez que esa transformación se consuma, ya no importa quién ocupe el banquillo, quién vista la toga o quién dirija una investigación: todos terminan siendo sospechosos ante una parte de la sociedad.

La Historia enseña una lección tan incómoda como constante. Las democracias rara vez se deterioran de manera súbita; lo hacen mediante un desgaste lento y casi imperceptible de la credibilidad de sus instituciones. Cada ataque injustificado, cada descalificación interesada, cada intento de sembrar la sospecha permanente sobre quienes tienen la misión de investigar, acusar o juzgar, añade una grieta más a un edificio cuya solidez depende, precisamente, de la confianza de los ciudadanos.

Porque las garantías procesales, la independencia judicial y el respeto a las instituciones no fueron concebidos para proteger a un gobierno, a una oposición o a un personaje público. Fueron concebidos para proteger al ciudadano frente a cualquier abuso del poder. Y cuando una sociedad olvida esa verdad elemental, descubre demasiado tarde que lo que creía estar debilitando era la posición de sus adversarios, cuando en realidad estaba debilitando los cimientos de su propia libertad.

 

 


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