Ceuta: la crónica de una coincidencia exacta
Hay fechas que la
historia parece elegir con demasiado esmero. El 30 de julio de 2026 es una de
ellas. Aquella madrugada, decenas de miles de personas, el Ministerio del Interior
habló de unas setenta y dos mil entre el día 30 y el 31, cruzaron a nado,
bordeando espigones, o intentaron saltar la valla que separa Marruecos de
Ceuta. Cuatro de ellas murieron en el intento. No fue la primera vez que el
Estrecho ejercía de frontera líquida: en mayo de 2021 ya habíamos visto una
escena parecida. Pero esta vez la escena llegaba rodeada de un contexto tan
preciso, tan bien encajado en el calendario institucional español y europeo,
que resulta difícil no detenerse a mirarlo con algo más que la simple
curiosidad periodística.
Y sin embargo, conviene
decirlo ya, al principio y no al final, para que nadie lea lo que sigue como
una acusación disfrazada de literatura, no hay ninguna prueba de que alguien,
desde algún despacho, decidiera fabricar aquella noche. Lo que hay es algo
distinto y, en cierto modo, más inquietante: una sucesión de piezas que, vistas
después, encajan con una pulcritud que ninguna casualidad debería tener del
todo. El oficio de quien escribe sobre esto no consiste en resolver el enigma,
sino en describirlo con la honestidad suficiente para que el lector construya
su propio juicio. Ensayemos ese oficio.
El calendario,
antes de la frontera
Todo empezó a
fraguarse, si se me permite la palabra, mucho antes del verano. En abril, el
Gobierno había puesto en marcha mediante Real Decreto una regularización
extraordinaria de personas migrantes: la séptima desde que España tiene
democracia, y probablemente la de mayor alcance, con varios cientos de miles de
beneficiarios potenciales. El plazo para solicitarla, improrrogable, se cerraba
el 30 de junio. Ocho días después, el 8 de julio, se hacía pública una
sentencia del Tribunal Supremo, dictada en realidad el 29 de junio, que
limitaba el llamado "rechazo en frontera" o "devolución en
caliente": los agentes ya no podían aplicarlo, dictaminó la Sala, a
quienes llegaban nadando por mar, sino solo a quienes intentaban saltar los
elementos físicos de la valla. Era una sentencia técnica, acotada a un caso muy
concreto de un ciudadano argelino interceptado años atrás. Pero las redes de
tráfico de personas, según explicarían después el propio presidente del
Gobierno y varios funcionarios, tergiversaron su alcance y lo convirtieron en
un rumor con patas: quien llegara nadando ya no podía ser devuelto. Tres
semanas más tarde, miles de jóvenes, muchos marroquíes, muchos menores de edad,
probaban esa promesa en el agua.
¿Regularización,
sentencia y frontera desbordada guardan relación causal? La proximidad de las
fechas invita a pensarlo. Pero invita, no demuestra. Y aquí aparece la primera
lección de todo este episodio: el calendario puede alinear preguntas sin que
exista una mano que las haya alineado a propósito. La política del rumor, la
desesperación de miles de jóvenes marroquíes, con una tasa de paro juvenil
superior al treinta y siete por ciento, y la codicia de las mafias que trafican
con esa desesperación bastan, por sí solas, para explicar buena parte de lo
ocurrido sin necesidad de imaginar un plan.
Una arquitectura
que ya existía
Lo que sí resulta
innegable es que España no llegó a esa noche desnuda de instrumentos. Desde
2013 existe, dentro del Sistema de Seguridad Nacional, un Comité de Situación
creado para coordinar a Presidencia del Gobierno, Interior, Guardia Civil,
Policía, inteligencia y Defensa cuando una crisis se juzga suficientemente
grave. La Ley de Seguridad Nacional de 2015 lo consolidó; una orden ministerial
de 2018 detalló su funcionamiento. Es decir: el Estado disponía, sobre el
papel, de un dispositivo capaz de activarse en cuestión de horas.
Y aquí es donde la
realidad de estas últimas semanas desmiente, con una ironía casi cruel, la
imagen de la maquinaria perfecta. Porque ese dispositivo no se activó en horas.
Ni siquiera en días. El presidente de la ciudad autónoma, Juan Jesús Vivas,
llevaba semanas pidiendo que Madrid declarase la emergencia nacional, "Ceuta
está en la UCI", llegó a decir, y el Ministerio del Interior respondía que
tal figura, pensada para catástrofes naturales, no era jurídicamente aplicable
a una crisis migratoria. Los medios de verificación llegaron a recordar que,
apenas un mes antes de nombrar a un responsable único, el propio Gobierno había
asegurado que la situación se normalizaría en veinticuatro o cuarenta y ocho
horas. No fue hasta el 25 de agosto, veintiséis días después de la entrada
masiva, cuando el Consejo de Seguridad Nacional declaró oficialmente la
"situación de interés para la Seguridad Nacional" en Ceuta y
encomendó a un ministro, Ángel Víctor Torres, el mando único sobre todas las
administraciones implicadas.
Conviene pesar
bien este dato, porque contradice a quien imagine un poder que aprieta un botón
y todo empieza a girar con precisión suiza. Lo que muestran las semanas de
agosto es más bien lo contrario: titubeo, presión pública creciente, un
Gobierno acusado de lentitud por sus propios aliados locales y por los
verificadores de hechos. Si hubo intención de aprovechar la crisis, y sobre
esto volveré, no se tradujo, desde luego, en una respuesta ágil. Se tradujo, si
acaso, en el tiempo que se tomó el relato en cuajar: primero fue un problema de
orden público; después, una cuestión de soberanía y seguridad nacional; solo al
final, casi un mes más tarde, adquirió nombre y mando propios.
Cuando Europa
entra en la escena
Hasta aquí, la
historia podría leerse en clave puramente española. Pero 2026 añadió un
ingrediente nuevo que rara vez aparece en las crónicas de las crisis
fronterizas anteriores: apenas siete semanas antes de aquella noche de julio,
el 12 de junio, entró en aplicación el nuevo Pacto Europeo de Migración y
Asilo, aprobado en 2024 tras años de negociación. Con él se estrena un
mecanismo permanente de solidaridad entre los Veintisiete: para este primer año
de aplicación, la Unión fijó una referencia de veintiuna mil reubicaciones u
otras formas de solidaridad, o bien cuatrocientos veinte millones de euros en
aportaciones financieras. España figura, junto con Chipre, Grecia e Italia,
entre los países que Bruselas reconoce oficialmente como sometidos a presión
migratoria y, por tanto, susceptibles de recibir esa solidaridad.
No hace falta, ni
sería honesto, afirmar que España provocó o dejó crecer la crisis para activar
ese mecanismo. No existe ningún indicio que sostenga semejante afirmación. Pero
sí es cierto que, por primera vez, una crisis fronteriza española ocurre dentro
de un marco que ya no es solo nacional: tiene, desde el minuto uno, una lectura
administrativa y financiera europea que antes no existía con esta forma. Italia
y Dinamarca encabezaron, días después, una carta firmada por veintidós Estados
miembros que exigía un endurecimiento de la política migratoria común y un
blindaje mayor de las fronteras exteriores. La crisis de Ceuta, sin
proponérselo nadie de manera demostrable, se convirtió también en argumento de
un debate que se libraba en Bruselas desde hacía años.
El relato que
cambia de centro
Aquí es donde
conviene detenerse a pensar no ya en los hechos, sino en su ordenación. Porque
los hechos, la regularización, la sentencia, la frontera, la respuesta tardía,
el Pacto europeo, podrían haberse contado de maneras muy distintas, y el orden
elegido no es inocente del todo, aunque tampoco haga falta suponer un autor
único detrás de él.
Antes de julio, el
debate público giraba en torno a una pregunta incómoda para el Gobierno: ¿es
prudente regularizar de golpe a varios cientos de miles de personas? Después de
julio, la pregunta cambió de naturaleza: ¿está España protegiendo su frontera?
Y enseguida mutó otra vez: ¿genera España, con su política migratoria, un
efecto llamada que atrae a quienes buscan cruzar? Los hechos de abril y junio
no desaparecieron. Simplemente dejaron de ocupar el centro de la conversación,
desplazados por una imagen mucho más poderosa: la de miles de personas nadando
de noche hacia una ciudad española.
Esa es, quizá, la
verdadera enseñanza de este episodio, más allá de cualquier sospecha de
manipulación deliberada: el poder contemporáneo no necesita ocultar nada para
desplazar la atención. Le basta con que ocurra algo suficientemente dramático
como para que lo demás, sin ser negado ni escondido, deje de mirarse. Nadie
tuvo que borrar la regularización de abril. Bastó con que el mar produjera una
imagen más fuerte que cualquier real decreto.
¿A quién
benefició?
Si algo distingue
a esta crisis de una conspiración clásica es precisamente que no tiene un único
beneficiario, y por tanto tampoco un único sospechoso natural. Marruecos, si en
efecto relajó sus controles fronterizos, algo que las autoridades españolas han
dado a entender sin siempre demostrarlo con detalle público, obtuvo una palanca
de presión frente a Madrid, como ya ocurriera en 2021. El Gobierno social-comunista
español, presionado hasta entonces por la controversia de la regularización,
pudo presentarse después como garante de la seguridad nacional y desplegar al
Ejército junto a la Guardia Civil. La oposición encontró munición para acusar
al Ejecutivo de descontrol fronterizo. Bruselas, y en particular los países del
norte y el este que llevan años pidiendo mano dura, encontraron en Ceuta un
argumento adicional para su propia agenda. Y la Unión Europea en su conjunto
pudo mostrar, apenas semanas después de estrenar su Pacto migratorio, que el
mecanismo de solidaridad tenía ya un caso real al que aplicarse.
Ninguno de estos
beneficios prueba a priori, que alguien planificara la crisis para obtenerlo.
Pero conviene no confundir dos preguntas distintas: quién causó los hechos y
quién supo, después, qué hacer con ellos. ¿Puede haber coincidencia en la
primera y cálculo purísimo en la segunda, y ambas cosas convivir sin
contradicción?.
Lo que queda por
saber de los socios naturales de Marruecos.
Escribo esto un 26
de agosto de 2026, con el mando único apenas nombrado hace un día y con Ceuta
todavía intentando recomponer sus servicios de acogida. La crisis mediática, la
que llena portadas y telediarios, tiende a apagarse antes que la crisis
administrativa: los expedientes de asilo, los retornos pactados con Rabat, las
cuentas del nuevo mecanismo europeo de solidaridad seguirán tramitándose mucho
después de que las cámaras se hayan ido a otra parte. Esa es, quizá, la
advertencia más útil que puede extraerse de todo esto, más allá de cualquier
sospecha: las crisis que vemos por televisión duran mucho menos que las crisis
que gestionan los funcionarios, y es en ese tiempo silencioso, no en el
estruendo de las primeras cuarenta y ocho horas, donde de verdad se decide
quién gana y quién pierde.
No sabemos, y
probablemente no lo sabremos pronto, si alguien en Rabat calculó el momento
exacto de aflojar la vigilancia, ni si en Madrid se impulso este desafió
socialista o alguien vio venir la ola y decidió no evitarla del todo. Lo que sí
sabemos es que la respuesta socialista española no fue, ni de lejos, la de un
aparato que esperaba impaciente su turno: fue la de un Gobierno interesado en
que se dejase de hablar de la controvertida e inconstitucional Ley de nietos y
de las regularizaciones, que tardó casi un mes en llamar a las cosas por su
nombre, mientras miles de personas, muchas de ellas menores, quedaban varadas
entre dos orillas y dos administraciones que se turnaban la responsabilidad de
no decidir. Si hay una cortina de humo en esta historia, no oculta un plan casi
perfecto. Oculta, más bien, la simple y vieja verdad de que ni los estados Socialistas,
ni las crisis se dejan controlar tan fácilmente como, vistas después, nos
gustaría creer.
Y tal vez ahí, en
esa distancia entre el relato ordenado que se cuenta después y el desorden real
que se vivió entonces, resida la lección última de Ceuta: no toda coincidencia
esconde un diseño, pero toda coincidencia merece, al menos, la pregunta.

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