JENOFONTE EN MONCLOA
O del arte de administrar lo ajeno sin saber de qué se habla
I. Cuando el
término «economía» era algo serio
Corría el siglo
IV antes de nuestra era cuando un ateniense de nombre Jenofonte, general,
filósofo y escritor que había combatido en Persia, contemplado la decadencia de
su ciudad y meditado sobre el arte de gobernar, inventó el término oikonomikos:
la ciencia de administrar el hogar, la propiedad, los recursos escasos de la
comunidad. No era retórica vacía. Era una disciplina que exigía conocer la
tierra que se pisa, los ingresos reales que se tienen, la naturaleza de los
hombres a quienes se confía la gestión. Quien quisiera ser administrador, según
el propio Jenofonte, mediante boca de Isómaco en el Domostroy, no podía
ser ebrio, ni perezoso, ni entregado a los placeres hasta el olvido del deber.
Tampoco podía robar: «si quien recoge los frutos del campo se atreve a robar
tanto que lo que queda no justifica el costo de su trabajo, ¿de qué servirá la
agricultura bajo su administración?»
Lean ustedes con
atención esos requisitos. Y piensen luego en el gabinete económico del gobierno
del señor Sánchez. Hay algo casi obsceno en la comparación.
II. El
oikonomikos y sus aprendices de Moncloa
El ministro de
Economía, don Carlos Cuerpo, llegó al cargo con el expediente de un técnico del
Estado. Una tesis doctoral que ha generado más dudas que certezas sobre su origen
intelectual: investigaciones periodísticas han señalado en ella un grado de
coincidencia con trabajos ajenos que, en cualquier universidad anglosajona con
una política de integridad académica mínimamente en serio, habría bastado para
retirarla. En España, estas cosas se gestionan de otra manera: con silencio
institucional, con la complicidad de quien toca, con el tiempo suficiente para
que el escándalo se disuelva en la siguiente noticia.
Jenofonte, que en
su tratado anticrisis Sobre los ingresos fue capaz de diseñar el primer
plan de macroeconomía de la historia occidental, con sus errores, con su
ingenua propuesta de comprar esclavos para las minas de Laurión, pero con una
coherencia intelectual y una honradez analítica que merecen respeto, habría expulsado
sin contemplaciones al señor Cuerpo de cualquier cargo de responsabilidad. No
por sus ideas. Por la falta de carácter que implica presentar como propio lo
que no lo es.
La gestión
económica del Gobierno socialista se ha caracterizado por una retórica de la
suficiencia que choca frontalmente con los datos. Se habla de «blindar» el
Estado del bienestar mientras el déficit estructural se perpetúa; se promete
inversión pública transformadora mientras los presupuestos del Estado llevan
más de dos años prorrogados por incapacidad política de aprobar unos nuevos; se
celebran décimas de crecimiento del PIB como si fueran victorias históricas
mientras la productividad española sigue siendo una de las más bajas de la
eurozona y el mercado de trabajo es un monumento a la precariedad disfrazada de
estadística favorable.
III. Pedro
Sánchez y el plan de Jenofonte
Jenofonte, al
menos, tuvo la honestidad de reconocer que Atenas era pobre porque no
aprovechaba bien sus ventajas. Eso supone, ante todo, una lucidez sobre la
situación real. El señor Sánchez, en cambio, ha elevado a sistema de gobierno
la negación de la realidad. En cada crisis, la energética, la inflacionaria, la
habitacional, la fiscal, ha reaccionado primero culpando a otros (la guerra,
los especuladores, Europa, la derecha), luego anunciando medidas espectaculares
que raramente se ejecutan en los plazos prometidos, y finalmente atribuyéndose
los efectos de tendencias que nada tienen que ver con su política.
El Presidente del
Gobierno se ha construido como una figura de la modernidad progresista, pero su
relación con la economía recuerda más al Eubulo de Jenofonte que al Jenofonte
mismo: Eubulo fue quien, tras la derrota de Atenas en la Guerra Social,
canalizó el presupuesto hacia el theorikon, el fondo de festivales y
subsidios para el teatro, y prohibió por ley que esos fondos se destinaran a
nada que pudiera molestar. Una forma antigua y refinada de comprar la paz
social con dinero público. Una forma, en definitiva, que los griegos ya
conocían y que no necesitaba ser reinventada veinticuatro siglos después en
Madrid.
El resultado, en
Atenas, fue la derrota de Queronea y el fin de su hegemonía. El resultado aquí
todavía no ha terminado de escribirse. Pero los síntomas son conocidos.
IV. La soberbia
del Banco de España
Hay en esta
tragicomedia un personaje que merece tratamiento aparte: el gobernador del
Banco de España, cuya característica más notable no es la agudeza de sus
diagnósticos, que a veces acierta, como reloj parado dos veces al día, sino la
altivez con que los formula. Existe en ciertos tecnócratas una variedad
peculiar de soberbia: la del hombre que ha llegado a un cargo por méritos
reales y ha concluido de ello que su autoridad es epistémica, no solo
institucional. Que sabe. Que ve. Que los demás, si le escucharan, estarían
mejor.
Jenofonte, que
también escribió sobre el liderazgo en la Ciropedia y en las Memorias
de Sócrates, entendía perfectamente este tipo humano. El administrador
eficaz, Isómaco, el gerente modélico del Domostroy, no daba órdenes
directas. Formaba, convencía, incentivaba. El gobernador del Banco de España no
convence: dictamina. Y cuando la realidad no le da la razón exactamente en los
plazos que él había calculado, el problema siempre está en otro lado: en el
Gobierno que no escucha, en los mercados que no reaccionan, en la ciudadanía
que no ahorra suficiente. Nunca en el propio modelo.
La independencia
del banco central es una conquista institucional valiosa y debe preservarse.
Pero la independencia no es sinónimo de infalibilidad, y la infalibilidad jamás
debería confundirse con la autoridad moral. España lleva años con una inflación
que el propio Banco de España erró sistemáticamente en sus previsiones, y con
un mercado de la vivienda cuya disfunción fue advertida tardíamente y con la
misma autoridad pontificia con que se anuncian los torneos de tenis.
V. El error de
Jenofonte y la trampa del Gobierno
Sería injusto
terminar sin señalar que el propio Jenofonte no era infalible. Su plan
anticrisis para Atenas contenía errores graves que los economistas modernos han
identificado con facilidad: la liberación masiva de plata habría generado
inflación; la propuesta de esclavos estatales ignoraba la ley de rendimientos
decrecientes; la idea de los «pacificadores» era una construcción institucional
sin sustento real. Y sin embargo, Jenofonte fue honesto en sus limitaciones,
puso sus ideas a disposición de la deliberación pública y terminó su tratado
pidiéndole a la ciudad que consultara a los oráculos de Dodona y Delfos antes
de ejecutar nada. Una forma antigua de decir: podría estar equivocado;
piénsenlo ustedes también.
Esa humildad es
exactamente lo que falta en el gabinete económico del señor Sánchez. No la
incertidumbre, esa la tienen de sobra y la disimulan con cifras de coyuntura,
sino la disposición a reconocerla públicamente, a someter las propias ideas al
escrutinio real, a admitir que una tesis puede estar mal hecha, que una
previsión puede ser errónea, que una política que no funciona debe cambiarse y
no renombrarse.
La economía,
desde que Jenofonte la bautizó, es el arte de administrar los recursos de la
comunidad en beneficio de quienes la integran. No el arte de administrar el
relato sobre esos recursos. No el arte de parecer que se administra mientras se
delega en la coyuntura favorable. Y desde luego no el arte de plagiar,
pontificar o gobernar desde la soberbia del que cree que el cargo le da la
razón.
VI. Conclusión:
lo que Jenofonte habría dicho
Si Jenofonte de
Atenas levantara la cabeza y contemplara el espectáculo de la economía política
española de 2026, no se sentiría ajeno a él. Reconocería los mecanismos: la
élite que confunde el cargo con el mérito, la retórica que sustituye al
análisis, la fiesta pública financiada con deuda futura, la complacencia de
quien gobierna sin oposición intelectual real dentro de su propio círculo. Los
griegos lo llamaban hybris: la soberbia del que olvida sus límites. Y
conocían bien el final de esa historia.
Isómaco, el
modelo de gestor en el Domostroy, no toleraba a quien «se excede con el
vino», ni al que «duerme en exceso», ni al «excesivamente entregado a los
placeres». Hoy diríamos: no toleraba al que ocupa el cargo sin conocer el
oficio, al que firma lo que no ha escrito, al que habla de lo que no sabe con
la convicción del que todo lo sabe.
España merece
gestores económicos que conozcan el oikonomikos en su sentido más puro:
el arte de administrar bien lo que pertenece a todos. No técnicos que medran en
el cargo, ni doctores cuestionados que pontifican sobre el déficit, ni
gobernadores que confunden la independencia institucional con la impunidad
intelectual. Merece, en definitiva, algo que en Moncloa escasea casi tanto como
en la Atenas de después de Queronea: la honradez de reconocer lo que no se sabe.

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