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jueves, 17 de septiembre de 2026

Jenofonte en Moncloa...O del arte de administrar lo ajeno sin saber de qué se habla.

 



JENOFONTE EN MONCLOA

O del arte de administrar lo ajeno sin saber de qué se habla

I. Cuando el término «economía» era algo serio

 

Corría el siglo IV antes de nuestra era cuando un ateniense de nombre Jenofonte, general, filósofo y escritor que había combatido en Persia, contemplado la decadencia de su ciudad y meditado sobre el arte de gobernar, inventó el término oikonomikos: la ciencia de administrar el hogar, la propiedad, los recursos escasos de la comunidad. No era retórica vacía. Era una disciplina que exigía conocer la tierra que se pisa, los ingresos reales que se tienen, la naturaleza de los hombres a quienes se confía la gestión. Quien quisiera ser administrador, según el propio Jenofonte, mediante boca de Isómaco en el Domostroy, no podía ser ebrio, ni perezoso, ni entregado a los placeres hasta el olvido del deber. Tampoco podía robar: «si quien recoge los frutos del campo se atreve a robar tanto que lo que queda no justifica el costo de su trabajo, ¿de qué servirá la agricultura bajo su administración?»

Lean ustedes con atención esos requisitos. Y piensen luego en el gabinete económico del gobierno del señor Sánchez. Hay algo casi obsceno en la comparación.

II. El oikonomikos y sus aprendices de Moncloa

El ministro de Economía, don Carlos Cuerpo, llegó al cargo con el expediente de un técnico del Estado. Una tesis doctoral que ha generado más dudas que certezas sobre su origen intelectual: investigaciones periodísticas han señalado en ella un grado de coincidencia con trabajos ajenos que, en cualquier universidad anglosajona con una política de integridad académica mínimamente en serio, habría bastado para retirarla. En España, estas cosas se gestionan de otra manera: con silencio institucional, con la complicidad de quien toca, con el tiempo suficiente para que el escándalo se disuelva en la siguiente noticia.

Jenofonte, que en su tratado anticrisis Sobre los ingresos fue capaz de diseñar el primer plan de macroeconomía de la historia occidental, con sus errores, con su ingenua propuesta de comprar esclavos para las minas de Laurión, pero con una coherencia intelectual y una honradez analítica que merecen respeto, habría expulsado sin contemplaciones al señor Cuerpo de cualquier cargo de responsabilidad. No por sus ideas. Por la falta de carácter que implica presentar como propio lo que no lo es.

La gestión económica del Gobierno socialista se ha caracterizado por una retórica de la suficiencia que choca frontalmente con los datos. Se habla de «blindar» el Estado del bienestar mientras el déficit estructural se perpetúa; se promete inversión pública transformadora mientras los presupuestos del Estado llevan más de dos años prorrogados por incapacidad política de aprobar unos nuevos; se celebran décimas de crecimiento del PIB como si fueran victorias históricas mientras la productividad española sigue siendo una de las más bajas de la eurozona y el mercado de trabajo es un monumento a la precariedad disfrazada de estadística favorable.

III. Pedro Sánchez y el plan de Jenofonte

Jenofonte, al menos, tuvo la honestidad de reconocer que Atenas era pobre porque no aprovechaba bien sus ventajas. Eso supone, ante todo, una lucidez sobre la situación real. El señor Sánchez, en cambio, ha elevado a sistema de gobierno la negación de la realidad. En cada crisis, la energética, la inflacionaria, la habitacional, la fiscal, ha reaccionado primero culpando a otros (la guerra, los especuladores, Europa, la derecha), luego anunciando medidas espectaculares que raramente se ejecutan en los plazos prometidos, y finalmente atribuyéndose los efectos de tendencias que nada tienen que ver con su política.

El Presidente del Gobierno se ha construido como una figura de la modernidad progresista, pero su relación con la economía recuerda más al Eubulo de Jenofonte que al Jenofonte mismo: Eubulo fue quien, tras la derrota de Atenas en la Guerra Social, canalizó el presupuesto hacia el theorikon, el fondo de festivales y subsidios para el teatro, y prohibió por ley que esos fondos se destinaran a nada que pudiera molestar. Una forma antigua y refinada de comprar la paz social con dinero público. Una forma, en definitiva, que los griegos ya conocían y que no necesitaba ser reinventada veinticuatro siglos después en Madrid.

El resultado, en Atenas, fue la derrota de Queronea y el fin de su hegemonía. El resultado aquí todavía no ha terminado de escribirse. Pero los síntomas son conocidos.

IV. La soberbia del Banco de España

Hay en esta tragicomedia un personaje que merece tratamiento aparte: el gobernador del Banco de España, cuya característica más notable no es la agudeza de sus diagnósticos, que a veces acierta, como reloj parado dos veces al día, sino la altivez con que los formula. Existe en ciertos tecnócratas una variedad peculiar de soberbia: la del hombre que ha llegado a un cargo por méritos reales y ha concluido de ello que su autoridad es epistémica, no solo institucional. Que sabe. Que ve. Que los demás, si le escucharan, estarían mejor.

Jenofonte, que también escribió sobre el liderazgo en la Ciropedia y en las Memorias de Sócrates, entendía perfectamente este tipo humano. El administrador eficaz, Isómaco, el gerente modélico del Domostroy, no daba órdenes directas. Formaba, convencía, incentivaba. El gobernador del Banco de España no convence: dictamina. Y cuando la realidad no le da la razón exactamente en los plazos que él había calculado, el problema siempre está en otro lado: en el Gobierno que no escucha, en los mercados que no reaccionan, en la ciudadanía que no ahorra suficiente. Nunca en el propio modelo.

La independencia del banco central es una conquista institucional valiosa y debe preservarse. Pero la independencia no es sinónimo de infalibilidad, y la infalibilidad jamás debería confundirse con la autoridad moral. España lleva años con una inflación que el propio Banco de España erró sistemáticamente en sus previsiones, y con un mercado de la vivienda cuya disfunción fue advertida tardíamente y con la misma autoridad pontificia con que se anuncian los torneos de tenis.

V. El error de Jenofonte y la trampa del Gobierno

Sería injusto terminar sin señalar que el propio Jenofonte no era infalible. Su plan anticrisis para Atenas contenía errores graves que los economistas modernos han identificado con facilidad: la liberación masiva de plata habría generado inflación; la propuesta de esclavos estatales ignoraba la ley de rendimientos decrecientes; la idea de los «pacificadores» era una construcción institucional sin sustento real. Y sin embargo, Jenofonte fue honesto en sus limitaciones, puso sus ideas a disposición de la deliberación pública y terminó su tratado pidiéndole a la ciudad que consultara a los oráculos de Dodona y Delfos antes de ejecutar nada. Una forma antigua de decir: podría estar equivocado; piénsenlo ustedes también.

Esa humildad es exactamente lo que falta en el gabinete económico del señor Sánchez. No la incertidumbre, esa la tienen de sobra y la disimulan con cifras de coyuntura, sino la disposición a reconocerla públicamente, a someter las propias ideas al escrutinio real, a admitir que una tesis puede estar mal hecha, que una previsión puede ser errónea, que una política que no funciona debe cambiarse y no renombrarse.

La economía, desde que Jenofonte la bautizó, es el arte de administrar los recursos de la comunidad en beneficio de quienes la integran. No el arte de administrar el relato sobre esos recursos. No el arte de parecer que se administra mientras se delega en la coyuntura favorable. Y desde luego no el arte de plagiar, pontificar o gobernar desde la soberbia del que cree que el cargo le da la razón.

VI. Conclusión: lo que Jenofonte habría dicho

Si Jenofonte de Atenas levantara la cabeza y contemplara el espectáculo de la economía política española de 2026, no se sentiría ajeno a él. Reconocería los mecanismos: la élite que confunde el cargo con el mérito, la retórica que sustituye al análisis, la fiesta pública financiada con deuda futura, la complacencia de quien gobierna sin oposición intelectual real dentro de su propio círculo. Los griegos lo llamaban hybris: la soberbia del que olvida sus límites. Y conocían bien el final de esa historia.

Isómaco, el modelo de gestor en el Domostroy, no toleraba a quien «se excede con el vino», ni al que «duerme en exceso», ni al «excesivamente entregado a los placeres». Hoy diríamos: no toleraba al que ocupa el cargo sin conocer el oficio, al que firma lo que no ha escrito, al que habla de lo que no sabe con la convicción del que todo lo sabe.

España merece gestores económicos que conozcan el oikonomikos en su sentido más puro: el arte de administrar bien lo que pertenece a todos. No técnicos que medran en el cargo, ni doctores cuestionados que pontifican sobre el déficit, ni gobernadores que confunden la independencia institucional con la impunidad intelectual. Merece, en definitiva, algo que en Moncloa escasea casi tanto como en la Atenas de después de Queronea: la honradez de reconocer lo que no se sabe.

 


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