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sábado, 11 de abril de 2026

Perú: demasiados candidatos para una democracia fatigada

 


Perú: demasiados candidatos para una democracia fatigada

Perú se enfrenta a unas elecciones presidenciales que, más que una fiesta democrática, parecen el síntoma más visible de una crisis estructural. El 12 de abril de 2026, más de 27 millones de ciudadanos están llamados a elegir presidente entre 35 candidatos, una cifra sin precedentes que refleja no vitalidad política, sino fragmentación, desconfianza y agotamiento institucional.

Lejos de ser una anomalía coyuntural, esta sobreoferta electoral responde a un patrón más profundo: un sistema político que no logra organizar la competencia, sino que la dispersa. Perú no es simplemente una democracia fragmentada; es una democracia en la que la fragmentación se ha convertido en regla.

Una década de presidentes efímeros

El telón de fondo es una inestabilidad política crónica. En apenas diez años, el país ha tenido ocho presidentes, muchos de ellos destituidos o forzados a renunciar en medio de escándalos de corrupción .

El caso de Pedro Castillo, destituido tras intentar disolver el Congreso, y el de Dina Boluarte, también apartada del poder tras una gestión marcada por crisis y acusaciones, ilustran un patrón recurrente: gobiernos débiles, enfrentados a un Congreso con capacidad de bloqueo.

Este ciclo no es accidental. Responde a una arquitectura institucional que facilita la confrontación entre poderes y dificulta la estabilidad ejecutiva.

La raíz del problema: instituciones que fragmentan

El fenómeno de los 35 candidatos no puede entenderse sin atender a sus causas estructurales.

Por un lado, el sistema político peruano ha estado históricamente marcado por una extrema debilidad de los partidos, hasta el punto de que diversos estudios señalan la “inexistencia de un sistema de partidos” como uno de los principales problemas de su democracia. Estas organizaciones funcionan con escasa cohesión interna, baja implantación territorial y fuerte personalismo, operando muchas veces como “franquicias electorales” más que como estructuras programáticas.

Por otro lado, las reglas del sistema han facilitado la proliferación de candidaturas. La reducción y posterior flexibilización de los requisitos para crear partidos, junto con una baja identificación ciudadana con estas organizaciones, ha incentivado la aparición constante de nuevas plataformas políticas .

El resultado es un sistema que no filtra ni estructura la competencia, sino que la multiplica.

Aquí emerge una idea clave: la fragmentación no es un fallo del sistema, sino su forma actual de funcionamiento.

Elecciones sin liderazgo ni agregación política

En este contexto, la campaña electoral de 2026 carece de figuras dominantes. Ningún candidato supera el 15% de intención de voto, lo que anticipa una segunda vuelta inevitable.

La oferta política es amplia pero débil: múltiples candidaturas con escaso respaldo, incapaces de articular mayorías sociales o proyectos de largo plazo. Más que competencia ideológica, lo que existe es una dispersión de liderazgos individuales.

Esto genera una paradoja: cuanto mayor es el número de candidatos, menor es la capacidad del sistema para producir representación efectiva.

El voto del desencanto

El comportamiento electoral refleja esta crisis. Una parte significativa del electorado permanece indecisa o inclinada al voto en blanco, evidenciando una profunda desafección política.

La criminalidad, la corrupción y la inseguridad dominan la agenda pública, desplazando los debates programáticos. Ante ello, muchos candidatos recurren a propuestas de “mano dura”, que funcionan más como respuestas emocionales que como soluciones estructurales.

El voto deja así de ser una elección informada para convertirse en una decisión reactiva o incluso resignada.

Perú como caso extremo regional

Aunque la fragmentación política no es exclusiva de Perú, el país representa un caso extremo dentro de América Latina. En otras democracias de la región -como Ecuador o Brasil- también se observa volatilidad electoral y debilitamiento partidario, pero no al nivel de atomización peruano.

Lo distintivo de Perú es la combinación de tres factores:

·      partidos extremadamente débiles

·      reglas institucionales permisivas

·      alta desconfianza ciudadana

Esta convergencia produce un sistema donde la competencia política no se organiza, sino que se disuelve.

Una democracia en suspenso

Lo más inquietante no es la incertidumbre electoral, sino la incapacidad del sistema para generar gobernabilidad. El próximo presidente probablemente será elegido con un apoyo limitado, enfrentará un Congreso fragmentado y operará en un entorno de baja legitimidad.

Perú encarna así una paradoja persistente: estabilidad económica relativa coexistiendo con una profunda fragilidad política .

Epílogo: elegir sin creer

En última instancia, el exceso de candidatos no amplía la democracia: la diluye.

Cuando el sistema produce múltiples opciones pero ninguna genera confianza, el acto de votar pierde su sentido sustantivo. La elección deja de ser una expresión de preferencia y se convierte en una estrategia de descarte.

Perú no enfrenta solo una elección presidencial. Enfrenta un dilema estructural:

Cómo reconstruir una democracia capaz de organizar la competencia política antes de que la fragmentación termine por vaciarla de contenido.


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