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sábado, 4 de abril de 2026

La transición como simulacro.... Zapatero

 


La transición como simulacro

Ingeniería del poder y legitimación ideológica en el socialismo contemporáneo

La categoría de “transición política”, en su acepción clásica, remite a un proceso de desmantelamiento progresivo de estructuras autoritarias hacia un orden democrático. Desde los trabajos fundacionales de la transitología -particularmente en Ciencia Política comparada- se asumía que dicho tránsito implicaba, al menos, tres condiciones mínimas: apertura institucional, competencia política efectiva y garantía de derechos civiles. Sin embargo, el caso venezolano contemporáneo obliga a una revisión crítica de este paradigma, al evidenciar que la “transición” puede operar como un artefacto semántico vacío, funcional a la reproducción del poder.

Las observaciones de Ricardo Hausmann son particularmente reveladoras en este sentido. Lejos de describir un proceso de democratización, su diagnóstico apunta a la persistencia de las estructuras fundamentales del régimen: control judicial, coerción policial y clausura del espacio político. La imposibilidad de retorno de María Corina Machado no es un accidente coyuntural, sino la prueba empírica de que el núcleo autoritario permanece intacto. En términos de Juan Linz, no se ha producido una liberalización real, sino una mera reconfiguración del autoritarismo.

Este fenómeno puede ser comprendido con mayor precisión a través del concepto de “autoritarismo competitivo” desarrollado por Steven Levitsky y Lucan Way, donde las instituciones democráticas existen formalmente, pero son sistemáticamente manipuladas para impedir la alternancia en el poder. No obstante, el caso venezolano parece haber evolucionado hacia una fase aún más sofisticada: lo que cabría denominar un autoritarismo de simulación, en el cual incluso la idea de transición es instrumentalizada como mecanismo de legitimación internacional.

La figura de Delcy Rodríguez encarna esta lógica interna. Su proyección como elemento de estabilidad o interlocución no representa una ruptura con el sistema, sino su metamorfosis estratégica. Aquí resulta pertinente recuperar a Hannah Arendt, quien advertía que los regímenes totalitarios no solo se sostienen por la violencia, sino por su capacidad de construir realidades ficticias que sustituyen a la experiencia empírica. La “transición”, en este contexto, no describe un proceso, sino que produce una ilusión política funcional.

Esta simulación adquiere mayor densidad cuando se examina su dimensión externa y transnacional. Un personaje clave en esta dinámica, cuya participación directa coincide temporalmente con los momentos críticos del régimen venezolano tanto durante su ejercicio del poder en España como en la actualidad, es el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero. Durante su mandato (2004-2011), coincidiendo exactamente con la fase de consolidación autoritaria de Hugo Chávez -tras el fallido golpe de 2002 y, sobre todo, después del referéndum revocatorio ganado por Chávez en agosto de 2004-, el Gobierno socialista español estableció lazos estrechos y cordiales con Caracas. Estos incluyeron la venta de armamento en 2005, múltiples encuentros bilaterales y una normalización de relaciones basada en proximidad ideológica, en contraste con la tensión previa bajo el Gobierno de Aznar. España, paradigma histórico de una transición real y exitosa del autoritarismo a la democracia, ofrecía en ese momento una legitimidad simbólica mientras el chavismo avanzaba en el control de instituciones y medios.

A posteriori, y de forma aún más directa, Zapatero ha intervenido como interlocutor y supuesto mediador en los procesos de “diálogo” entre el régimen de Nicolás Maduro y la oposición, desde 2016 en adelante. Reuniones documentadas con Maduro (2016, 2018, 2020, 2023 y posteriores) y con figuras centrales del chavismo como los hermanos Rodríguez han sido presentadas públicamente como esfuerzos por la “reconciliación” y la “transición”. Estas actuaciones coinciden temporalmente con las fases de mayor aislamiento internacional del régimen (crisis de 2014-2019, sanciones, cuestionamiento de elecciones) y han servido para proyectar una imagen de apertura negociada que, en la práctica, ha permitido dilatar la alternancia real sin alterar el núcleo del poder. Lejos de facilitar una liberalización, estas intervenciones han reforzado la narrativa de que “el cambio ya está en marcha”, desactivando presiones externas mientras se preservaba el control.

La dimensión ideológica de este fenómeno no puede ser ignorada. El socialismo, en su versión contemporánea de corte autoritario, ha demostrado una notable capacidad de adaptación. Lejos de los esquemas rígidos de la Guerra Fría, ha evolucionado hacia formas híbridas que combinan retórica emancipadora con prácticas de control sofisticadas. La referencia a Cuba, señalada también por Hausmann, ilustra la existencia de una transferencia transnacional de tecnologías de dominación, donde la experiencia acumulada en la consolidación del poder es exportada y replicada. En este marco, las participaciones directas y verificables de Zapatero -primero como jefe de Gobierno durante la consolidación chavista y luego como actor externo en la era Maduro- constituyen evidencia empírica de cómo el dispositivo de la “transición simulada” se proyecta más allá de las fronteras venezolanas, involucrando a actores del socialismo democrático europeo que aportan credibilidad narrativa.

Desde una perspectiva más estructural, este proceso puede analizarse a través de la noción de hegemonía desarrollada por Antonio Gramsci. El poder no se ejerce únicamente mediante la coerción, sino mediante la construcción de consensos y narrativas que naturalizan el orden existente. En este sentido, la “transición” actúa como un dispositivo hegemónico: desactiva la resistencia al sugerir que el cambio ya está en marcha, cuando en realidad se ha producido una rearticulación del dominio. Las actuaciones de Zapatero, con su doble temporalidad (durante el Gobierno español y en la post-presidencia), ilustran con precisión cómo esta hegemonía se construye también en el ámbito internacional.

Ahora bien, las interpretaciones que sostienen la existencia de una coordinación ideológica internacional más amplia -involucrando actores políticos externos- dejan de ser mera especulación cuando se examinan las participaciones concretas y las coincidencias temporales verificables, como las de Zapatero. Estas no prueban una conspiración orquestada, pero sí evidencian un patrón de legitimación recíproca entre socialismos que, en contextos muy distintos, han contribuido a la simulación del cambio democrático.

En última instancia, el caso venezolano revela una mutación profunda en la naturaleza del autoritarismo contemporáneo. Ya no se trata únicamente de imponer el poder por la fuerza, sino de simular su transformación con el auxilio de narrativas y actores externos que, como Zapatero, otorgan apariencia de proceso democrático. La transición deja de ser un proceso histórico verificable para convertirse en una narrativa performativa, una escenificación cuidadosamente diseñada para satisfacer las expectativas de la comunidad internacional mientras se preserva intacto el núcleo del poder.

Así, lo que se presenta como un camino hacia la democracia se revela, bajo un análisis riguroso, como una ficción legitimadora. No hay tránsito, sino permanencia; no hay apertura, sino sofisticación del control. En este sentido, la “transición” no es el inicio del cambio, sino su negación más eficaz.

 


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