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martes, 28 de abril de 2026

El que sostiene no debe obedecer..... (PP vs VOX)


El que sostiene no debe obedecer

Sobre el Pacto de Marrakech, la soberanía popular y el derecho a disentir de quienes financian el Estado

"Un gobierno es legítimo en la medida en que sirve a quienes lo sostienen, no en la medida en que obedece a quienes lo presionan desde fuera."

I. El pacto y su naturaleza

En diciembre de 2018, en Marrakech, 164 estados suscribieron el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, impulsado por Naciones Unidas bajo la presidencia de António Guterres. Sus promotores se apresuraron a aclarar que no es vinculante en derecho internacional: un compromiso político, no un tratado. Esta distinción, lejos de restar importancia al documento, revela algo más profundo sobre cómo funcionan hoy las presiones normativas globales.

Lo no vinculante no es lo inocuo. Los acuerdos políticos internacionales generan lo que los juristas llaman soft law: marcos de referencia que condicionan la legislación nacional, la jurisprudencia de los tribunales y, sobre todo, el discurso público dentro del cual se mueven los gobiernos. En la práctica, un estado que se desvía de sus compromisos de Marrakech recibe presión diplomática, crítica institucional y una narrativa que lo presenta como incivil o retrógrado. La coacción existe; simplemente no lleva firma.

II. ¿Quién sostiene el Estado?

Existe una categoría de ciudadano que raramente aparece en los debates sobre migración: el contribuyente neto. No en sentido exclusivamente fiscal, aunque ese componente es real, sino en sentido más amplio: quien trabaja, cotiza, paga impuestos, utiliza los servicios públicos de forma moderada y, generación tras generación, ha construido y mantenido las instituciones que hoy se ofrecen universalmente.

Esta persona, sea obrero, funcionario, autónomo, profesional. no tiene nombre propio en el debate político. Aparece como dato estadístico en los presupuestos, pero raramente como sujeto político con intereses legítimos que defender. Sin embargo, es precisamente sobre sus espaldas sobre las que recae el coste real de cualquier política pública: la sanidad que se satura, la vivienda que escasea, la escuela que cambia de idioma sin consulta, la lista de espera que se alarga.

III. El problema del consentimiento

La cuestión central no es si la migración es buena o mala, puede ser ambas cosas según el contexto, sino quién decide y bajo qué mandato. El Pacto de Marrakech fue negociado por representantes diplomáticos ante organismos internacionales, en procesos alejados del escrutinio electoral ordinario. Ningún ciudadano europeo fue consultado. Ningún parlamento nacional ratificó el texto como tratado, porque técnicamente no lo es. Y sin embargo, sus objetivos, facilitar la movilidad, despenalizar la migración irregular como categoría estigmatizante, comprometer recursos estatales, se han incorporado de facto al imaginario normativo de los gobiernos occidentales.

Esto plantea un problema de legitimidad democrática elemental. En las democracias liberales, el principio básico es que quienes soportan las consecuencias de una política deben tener voz efectiva en su diseño. El contribuyente que financia el sistema sanitario tiene, por ese mismo hecho, un derecho moral a opinar sobre quién accede a él y en qué condiciones. Ese derecho no es étnico ni excluyente; es funcional. Es el mismo principio que justifica que los accionistas voten en las juntas de las empresas que sostienen.

IV. La invasión ideológica sin fronteras

Hay un fenómeno paralelo al de los flujos migratorios que merece igual atención: la migración de marcos ideológicos. El lenguaje del Pacto de Marrakech,"migración como derecho", "narrativas negativas que deben combatirse", "facilitación del acceso a servicios", no es neutral. Es una forma de estructurar el debate que convierte en ilegítima cualquier restricción y en obligación moral cualquier apertura. Este marco se instala en medios, universidades, organismos y tribunales antes de que ningún ciudadano haya podido valorarlo y aceptarlo o rechazarlo.

El filósofo comunitarista Michael Walzer argumentó, en Spheres of Justice, que cada comunidad política tiene derecho a determinar su composición, porque sin esa capacidad no existe comunidad política real, sino solo un territorio administrado por otros. No se trata de hostilidad al extranjero; se trata de la condición mínima para que el autogobierno sea algo más que una formalidad.

V. El derecho a disentir

Quien sostiene el Estado tiene derecho a disentir de los acuerdos que sus gobiernos firman en su nombre sin consultarle. Ese disenso no necesita justificarse como xenofobia ni como falta de solidaridad. Puede articularse como lo que es: una exigencia de que las políticas públicas respondan a quien las financia, y de que los compromisos internacionales no se utilicen para eludir el debate democrático interior.

La democracia no es un mecanismo para ratificar los consensos de las élites globales; es un mecanismo para que los ciudadanos corrientes puedan cambiar de rumbo cuando sienten que las cosas no funcionan. Un sistema que blinda sus políticas migratorias detrás de acuerdos internacionales "no vinculantes" y marcos ideológicos que criminalizan el desacuerdo no está siendo generoso: está siendo antidemocrático.

Conclusión

El Pacto de Marrakech no es el origen de todos los problemas, pero sí un ejemplo ilustrativo de cómo se construyen obligaciones sin mandato popular. Quienes sostienen el Estado con su trabajo, sus impuestos y su participación cívica, no tienen por qué aceptar sin más que su esfuerzo sea redistribuido según parámetros decididos en negociaciones diplomáticas a las que no fueron invitados.

Exigir control democrático sobre la política migratoria no es negar la humanidad de nadie. Es afirmar que la soberanía popular, incluso cuando es incómoda, incluso cuando produce respuestas que disgustan a los organismos internacionales, sigue siendo la única fuente de legitimidad que una democracia tiene. Y que quien paga la factura tiene derecho, al menos, a ver el menú antes de que llegue.

 

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