Del
Claustro al Garaje: una historia española de ascensores sociales
Hubo un tiempo en España en que para alcanzar la
gloria académica había que atravesar silenciosos claustros universitarios,
soportar tediosas oposiciones, publicar libros que nadie leía y discutir con
profesores que sabían más latín que castellano. Era una época incómoda,
ciertamente. Había que estudiar.
Pero los tiempos avanzan. España es una nación
innovadora. Mientras otros países pierden el tiempo desarrollando inteligencia
artificial o enviando cohetes al espacio, nosotros hemos perfeccionado una
disciplina mucho más sofisticada: el acceso directo y la convocatoria de libre
designación.
Por eso, la imagen que acompaña la noticia posee una
extraordinaria potencia simbólica. Un vehículo entrando por el garaje de los
juzgados mientras en el horizonte aún resuenan los ecos de los claustros
universitarios. Es casi una alegoría nacional. Una metáfora de época. Una
evolución arquitectónica del mérito.
Antes se accedía a la universidad por la puerta
principal. Ahora parece que la actualidad se empeña en recordarnos que ciertos
recorridos terminan desembocando en accesos subterráneos bastante menos
académicos.
La historia resulta fascinante porque reúne todos
los ingredientes de la gran novela española contemporánea: poder, influencia,
cátedras, asesores, marcas registradas, dominios web, acusaciones judiciales,
ruedas de prensa y una permanente sensación de que alguien ha mezclado un
tratado universitario con el guion de una serie de Netflix.
El ciudadano medio contempla estos acontecimientos
con la misma expresión con la que un pastor castellano observaría aterrizar un
ovni en mitad de su rebaño. Sabe que algo está sucediendo, pero ignora
completamente qué leyes de la física lo explican.
Porque conviene reconocer que el lenguaje utilizado
en estos casos posee una extraordinaria capacidad narcótica. Se habla de
tráfico de influencias, apropiaciones, medidas cautelares, derechos de
explotación, dominios digitales y comparecencias quincenales. Todo ello produce
en el contribuyente una agradable sensación de mareo administrativo.
Mientras tanto, los españoles continúan pagando
impuestos con una admirable disciplina monástica. Son los auténticos monjes del
sistema. Cada mes realizan su aportación económica con la esperanza de que
algún día alguien les explique qué demonios está pasando.
Lo más admirable de nuestra vida pública es que
siempre consigue superar a la ficción. Ningún novelista se habría atrevido a
construir una trama donde las cátedras universitarias aparecen mezcladas con
juzgados, marcas comerciales y acusaciones cruzadas. El editor habría devuelto
el manuscrito con una nota lapidaria:
- Demasiado
inverosímil. El lector no se lo creerá.
Sin embargo, la realidad española posee una
imaginación desbordante. Cada semana incorpora personajes secundarios, nuevos
documentos, nuevas declaraciones y nuevas explicaciones que, lejos de aclarar
el panorama, consiguen que la niebla sea cada vez más espesa.
Resulta particularmente enternecedor observar cómo
cada bando interpreta los mismos hechos de manera radicalmente opuesta. Para
unos estamos ante el mayor escándalo institucional desde la invención del sello
de caucho. Para otros se trata de una persecución tan desmedida que pronto los
jueces investigarán también a los gatos domésticos por conspiración felina.
Entre ambos extremos, el ciudadano sigue esperando
noticias con la paciencia de quien aguarda el autobús en una parada donde jamás
pasa ningún vehículo.
Y ahí aparece el verdadero símbolo de nuestra época:
el garaje.
El garaje es la gran institución nacional. Todos
entran por él. Políticos, empresarios, celebridades y personajes ilustres. La
puerta principal ha quedado reservada para los turistas y los ingenuos.
La democracia española podría resumirse como un
inmenso edificio donde las explicaciones se anuncian en la fachada mientras los
protagonistas acceden discretamente por el sótano.
Quizá por eso la fotografía del coche entrando en
los juzgados posee una fuerza literaria extraordinaria. Resume en una sola
imagen el viaje de una época: del claustro al garaje.
Un trayecto muy español.
Porque en otros países las biografías suelen
escribirse en bibliotecas. En España, con demasiada frecuencia, terminan
redactándose en los aparcamientos.
Y eso, más que una casualidad, parece haberse
convertido en una tradición nacional.

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