La
sociedad dopada: la era de la conciencia alterada
Hay cifras que informan y cifras que interrogan. Esta es
de las segundas: una de cada dieciséis personas en el planeta consume drogas
ilícitas. No es una nota al margen de la criminología, ni un dato reservado a
informes técnicos que nadie lee hasta el final. Es, según el Informe Mundial
sobre Drogas 2026 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el
Delito, la fotografía de algo que ya no se puede llamar marginalidad. Se llama
estructura.
En 2024, 331 millones de personas consumieron drogas: el
6,2 % de la población mundial de entre 15 y 64 años, el porcentaje más alto
jamás registrado. Pero los promedios mundiales tienen una forma particular de
mentir por omisión. Esconden, bajo su aparente neutralidad, una distribución
que no es uniforme ni mucho menos azarosa. El consumo se concentra, como ha
ocurrido históricamente, entre la adolescencia tardía y la adultez temprana. Y
si el lente se desplaza hacia ese tramo de vida, entre los 18 y los 45 años, el
paisaje cambia de intensidad.
Para acercarnos a esa realidad sin caer en el alarmismo
ni en la negación, este ejercicio adopta una hipótesis prudente: dentro de ese
tramo etario, la prevalencia anual tiende a duplicar, o al menos a multiplicar
por 1,5, la media agregada de 15 a 64 años. Las razones no son misteriosas:
mayor exposición urbana, ocio intensivo, movilidad constante, mercados digitalizados
y una normalización cultural del consumo recreativo que avanza más rápido que
cualquier marco regulatorio.
Estados
Unidos: la sociedad de alta disponibilidad
Con una población estimada en 349 millones de personas, y
un 39-40 % de ellas situadas entre los 18 y los 45 años, Estados Unidos
concentra un universo potencial de entre 136 y 140 millones de individuos. La
evidencia internacional no dimensiona a Norteamérica como una región más: la
sitúa como la de mayor intensidad relativa de consumo de cannabis, opioides y
estimulantes entre adultos jóvenes.
Aplicando una estimación conservadora, el resultado es
contundente: entre 19 y 25 millones de consumidores estimados, con una
exposición anual de entre el 14 % y el 18 %. Sociológicamente, esto significa
una cosa muy concreta: el consumo deja de ser periférico. Se vuelve una
experiencia que reaparece, una y otra vez, dentro del círculo social ordinario,
amigos, compañeros de universidad, compañeros de trabajo, comunidades
digitales.
Estados Unidos vive, además, una paradoja que merece
subrayarse: mientras las muertes por opioides muestran un descenso relativo, el
mercado químico se expande hacia sustancias más potentes y más difíciles de
detectar. No es una crisis que se resuelve; es una crisis que muta.
Unión
Europea: la normalización silenciosa
Con cerca de 450 millones de habitantes, y un grupo de 18
a 45 años que ronda los 165-175 millones, Europa ofrece una variación distinta
del mismo fenómeno. El cannabis sigue siendo la sustancia dominante, y su
consumo reciente se concentra de forma marcada entre los jóvenes adultos: si la
media de adultos de 15 a 64 años que declara consumo reciente ronda el 8-9 %,
entre los 15 y los 34 años esa cifra crece de manera evidente.
La estimación para el tramo 18-45 arroja entre 17 y 22
millones de consumidores, con una prevalencia anual de entre el 10 % y el 13 %.
Europa no enfrenta, como Norteamérica, una crisis de mortalidad masiva.
Enfrenta algo más sutil y quizás más difícil de combatir: la incorporación silenciosa
del consumo al paisaje cotidiano del ocio, la vida nocturna, el rendimiento
laboral y ciertos estilos de vida urbanos que ya no lo cuestionan.
España:
del estigma al fenómeno integrado
España, con algo más de 49 millones de habitantes y un
grupo de 18 a 45 años de aproximadamente 18-19 millones de personas, ocupa una
posición históricamente elevada dentro de Europa occidental en exposición a
cannabis y cocaína. Los sistemas europeos de vigilancia la sitúan de forma
recurrente entre los países con mayor presencia de consumo recreativo y mayor
demanda de tratamiento relacionada con estimulantes.
La estimación: entre 2,0 y 2,8 millones de consumidores,
con una prevalencia anual probable de entre el 11 % y el 15 %. Conviene ser
precisos sobre lo que esta cifra significa y lo que no significa. No habla de
dependencia ni de adicción. Habla de contacto anual con sustancias ilícitas, una
distinción que el debate público suele borrar, casi siempre en perjuicio de la
comprensión real del fenómeno.
Una comparación que invita a pensar
Estados Unidos → 19-25 millones de consumidores
potenciales (18-45 años) → 14-18 %
Unión Europea → 17-22 millones → 10-13 %
España → 2,0-2,8 millones → 11-15 %
Tres sociedades, tres velocidades distintas de un mismo
proceso histórico.
El
verdadero cambio histórico
Lo más inquietante de este informe no es el volumen
absoluto de las cifras. Es lo que esas cifras revelan sobre el lugar que el
consumo ocupa hoy en el orden social: ya no aparece como una ruptura de ese
orden. Aparece como parte de él.
Durante buena parte del siglo XX, la sociología leyó la
droga en clave de desviación: algo que ocurría en los márgenes, protagonizado
por quienes se apartaban, voluntaria o involuntariamente, de la norma social.
El siglo XXI propone una hipótesis distinta, y más incómoda: la droga funciona,
cada vez con mayor frecuencia, como una tecnología de adaptación. Un
instrumento para intensificar el placer, reducir la ansiedad, acelerar el rendimiento
o modular estados emocionales que el mundo contemporáneo exige gestionar sin
pausa.
Cuando una de cada dieciséis personas en el mundo
consume, y esa proporción se acerca, o incluso supera, a una de cada diez entre
los adultos jóvenes, el fenómeno deja de pertenecer exclusivamente a la
criminología. Entra, de pleno derecho, en el terreno de la cultura
contemporánea.
La pregunta, entonces, ya no es cuántos consumen.
La pregunta es qué tipo de sociedad está produciendo
generaciones enteras para las cuales alterar químicamente la experiencia
cotidiana ha dejado de parecer excepcional.
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