ACTO
INAUGURAL DEL TIEMPO QUE YA NO SE PUEDE LLAMAR PRESENTE
Señoras y señores,
miembros de esta comunidad,
ciudadanos libres, oyentes no alineados,
habitantes del tiempo suspendido:
Me alzo hoy no para repetir los rituales del poder ni
para bendecir su adversario. Vengo a declarar una evidencia que ya no puede
silenciarse: hemos cruzado un umbral. Uno que no fue escrito en ley ni
proclamado en decreto, pero que ha sido sellado con la complicidad
institucional, la renuncia jurídica y la narrativa del olvido.
Ese umbral se fracturó el 30 de marzo de 2025, cuando
la máxima autoridad del Tribunal Constitucional, guardián supremo del orden
normativo, fue revelada como autor activo de una ley diseñada no para
fortalecer el Estado de Derecho, sino para desactivarlo: sedición, rebelión,
malversación, golpe. No como delitos, sino como ficciones neutralizadas.
Desde entonces, toda interpretación jurídica que emane
de esa institución está contaminada. No por ideología, sino por el abandono del
deber más sagrado: ser límite del poder, no su coartada. El orden
constitucional no ha sido reformado: ha sido adulterado. El sistema de
contrapesos no ha sido cuestionado: ha sido neutralizado. El derecho no ha sido
traicionado por un enemigo externo: ha sido desarmado desde dentro.
Pero esto, lo digo claramente, no es solo una
denuncia. Es también un corte. Una declaración desde la falla. Desde la grieta
que une al poder con su sombra. Hoy no invoco ni restauración ni ruptura.
Invoco la desorientación lúcida que ocurre cuando el tiempo, ese que creíamos
recto o cíclico, colapsa. El presente ya no es plataforma: es pliegue. Y en ese
pliegue estamos.
Por eso
declaro:
1. Que la legalidad ha sido convertida en simulacro de
justicia.
2. Que la neutralidad institucional ha sido vestida con
la toga de la traición.
3. Que el marco constitucional de 1978 ha sido disuelto
sin el consentimiento del pueblo soberano.
4. Que ya no se discute un delito técnico, sino la
existencia misma del Estado como referente de legitimidad.
Y, en
consecuencia, afirmo:
Toda generación
tiene derecho a un nuevo contrato.
Todo pueblo puede decir “basta” cuando el poder ha dejado de ser legítimo.
Toda comunidad jurídica tiene el deber de desobedecer cuando la ley se
convierte en herramienta de corrupción estructural.
Pero también
afirmo algo más:
No hay ya manual.
No hay nombres que no pertenezcan al régimen anterior.
No hay verdad que no haya sido narrada, monetizada o amortiguada.
Este no es un
acto de restauración ni de venganza.
Este no es un manifiesto ni una fundación.
Este es el acto inaugural de lo que aún no ha comenzado.
Hoy no vengo a
exigir justicia futura.
Hoy exijo un silencio fértil.
Un intervalo en el que pueda germinar lo no previsto.
Una interrupción en la gramática del poder.
Porque el
derecho no se hereda: se conquista.
Y la justicia no se decreta: se invoca.
No con nostalgia ni obediencia, sino con desvío.
Gracias.
Gracias a quienes escuchan sin consigna.
Gracias a quienes no buscan instrucciones, sino dirección.
Porque desde este pliegue roto del presente,
declaramos abierto el tiempo de la conquista.
Mis días a tu suerte, solo queda Vox.
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