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lunes, 21 de julio de 2025

Zapatero: el arte de negociar con el infierno...


 

“Zapatero: el arte de negociar con el infierno”

La historia política contemporánea está plagada de episodios oscuros donde el azar, la tragedia o la manipulación desembocan en el ascenso de figuras que, lejos de traer claridad a la vida pública, profundizan el abismo moral e institucional de sus naciones. Uno de estos casos paradigmáticos es el de José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno de España, cuyo acceso al poder estuvo ligado, de manera trágica e irrevocable, a los atentados del 11 de marzo de 2004. Desde entonces, su trayectoria puede ser vista, bajo una lente crítica, informada y sin ambages, como un continuo deterioro de la estructura ética del Estado, una estetización de la retórica pacifista al servicio de regímenes totalitarios, y una peligrosa banalización del crimen disfrazada de diplomacia.

El 11-M como origen mítico y trauma fundacional

Desde una perspectiva psicosocial, los atentados del 11-M no fueron solo un ataque terrorista: representaron un evento sísmico en el inconsciente colectivo español. La masacre abrió una herida no resuelta, cuyo tratamiento fue instrumentalizado con fines electorales. Zapatero, en este contexto, aparece no como un líder natural surgido del mérito o el consenso, sino como una figura producto del shock, un beneficiario de la conmoción nacional. Este ascenso basado en el miedo y la urgencia marcó, desde el inicio, su forma de ejercer el poder: buscando la validación emocional más que la racionalidad política.

La psicología del poder traumático explica cómo ciertos líderes se instalan en la narrativa nacional como "salvadores", no por sus actos, sino por su posición temporal ante el caos. Zapatero, como Ulises sin astucia, navega entre ruinas simbólicas no para reconstruir la polis, sino para afianzarse en ella, convertido en un personaje trágico, incapaz de renunciar al papel de "conciliador perpetuo", aunque ello implique pactar con lo monstruoso.

La ideología como máscara: pacifismo ciego y relativismo moral

A lo largo de su mandato y después de él, Zapatero ha erigido un discurso basado en la paz, el diálogo y el entendimiento. Pero cuando se despojan estas palabras de su envoltorio retórico, queda una praxis política profundamente nihilista: un relativismo ético que no distingue entre el disidente y el asesino, entre la justicia restaurativa y la impunidad.

El caso de Dahud Hanid Ortiz, asesino de tres personas en Madrid, es la culminación grotesca de esa deriva moral. Que un expresidente del Gobierno participe activamente en una negociación internacional en la que se produce el blanqueamiento de un triple homicida, travistiéndolo de preso político para facilitar un canje, roza los límites del surrealismo político. Pero, más allá del escándalo jurídico, este episodio nos obliga a preguntarnos: ¿qué tipo de psicología guía a un hombre que encuentra satisfacción personal en una decisión que pone en riesgo directo a un ciudadano español y viola los principios más básicos del Estado de derecho?

La banalidad del mal (versión postmoderna)

Hannah Arendt describió la “banalidad del mal” al analizar el comportamiento de Adolf Eichmann: un burócrata anodino que, sin odio explícito, participó en los horrores del Holocausto. En el caso de Zapatero, asistimos a una versión postmoderna de esa banalidad: la del progresismo que, sin maldad manifiesta, actúa con irresponsabilidad moral absoluta, escudado en su autoimagen de mediador.

Este fenómeno no solo es político, sino clínico. En términos psiquiátricos, podría hablarse de un trastorno de personalidad narcisista de tipo vulnerable: una figura que necesita reafirmar constantemente su relevancia mediante actos simbólicos de reconciliación, aun si estos generan daño real. La empatía selectiva, una forma perversa de compasión, permite justificar lo injustificable, siempre que se pueda presentar como parte de un “proceso de diálogo”.

España como escenario de un experimento ideológico

La España de los últimos veinte años ha sido un laboratorio de ingeniería social. Las políticas de Zapatero introdujeron una narrativa de ruptura cultural con la Transición y sus consensos, sustituyendo el sentido histórico por la emoción política. La memoria se convirtió en arma, la legalidad en obstáculo, y la verdad en construcción discursiva.

Su colaboración con regímenes como el de Nicolás Maduro, que albergan criminales, persiguen opositores y manipulan la justicia, no es un accidente sino una consecuencia lógica. La dialéctica zapaterista encuentra su razón de ser en contextos donde no hay separación de poderes, donde todo es negociación, y donde la justicia es un adorno intercambiable por intereses diplomáticos.

El ocaso del estadista y la herencia del vacío

La figura de Zapatero, lejos de la serenidad de un sabio retirado, se ha convertido en la de un mediador sin causa, un exlíder obsesionado con su legado, que confunde influencia con utilidad y relevancia con sentido. Su presencia en escenarios como el canje que libera a un asesino revela una patología no solo individual, sino colectiva: la incapacidad de un sistema para sancionar moralmente a quienes traicionan sus principios más sagrados.

En términos literarios, Zapatero es un personaje dostoievskiano: cree que el bien está más allá del bien y del mal, que sus fines justifican sus métodos, y que todo crimen es redimible si se enmarca en un relato superior. Pero al igual que en las novelas del autor ruso, estos personajes acaban destruidos por la propia lógica de sus actos, dejando tras de sí un país más confundido, más dividido, más inseguro.

La gran tragedia no es solo que un asesino haya sido liberado: es que quienes deberían representar la justicia y la memoria sean hoy cómplices de su disolución. Y que, en nombre de la paz, se esté institucionalizando la impunidad como forma de gobierno.

 


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