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miércoles, 9 de julio de 2025

La arquitectura del desorden:.....Luna

 


La arquitectura del desorden:

BlackRock, BRICS y la mutación controlada del imperio dólar

En las horas inciertas de 2025, mientras economistas ortodoxos auguran el ocaso del sistema económico internacional liderado por Estados Unidos, otros menos visibles, pero no menos lúcidos observan el fenómeno desde otra óptica: la de la mutación deliberada. Lo que a primera vista parece un proceso de autodestrucción, déficit fiscal exponencial, volatilidad monetaria, proteccionismo agresivo y criptoespeculación institucionalizada podría interpretarse, bajo una luz más estratégica, como una transición cuidadosamente orquestada hacia un nuevo orden financiero global. A la sombra de esta interpretación se alza una figura: BlackRock, la entidad gestora de activos más poderosa del planeta, cuyas conexiones con tanto el poder político estadounidense como con los países BRICS permiten sospechar que el “caos” actual no es un accidente, sino un plan maestro.

El mito del colapso: Estados Unidos como arquitecto de su propia descentralización

Desde los márgenes del análisis tradicional, la narrativa de una América que se despeña fiscalmente, pierde hegemonía monetaria y se enreda en guerras comerciales autolesivas ha calado con fuerza. Pero esta visión lineal asume que los actores del sistema la clase dirigente, el capital institucional, las élites financieras son víctimas de sus propios errores o prisioneros del corto plazo.

Sin embargo, si observamos que BlackRock no solo invierte en EE.UU., sino que ha extendido su influencia profundamente en mercados emergentes clave del BRICS (China, India, Brasil), lo que emerge es una imagen distinta: una potencia que descentraliza su poder como táctica de supervivencia sistémica. La erosión del dólar, el descrédito del Tesoro y el auge de las criptomonedas no serían síntomas de decadencia, sino instrumentos para reconfigurar el tablero geoeconómico desde dentro, antes de que otros lo hagan desde fuera.

Criptoactivos como pivote: financiarización post-fiduciaria

Las criptomonedas, antaño bandera libertaria, han sido apropiadas por el capital institucional. La explosión de empresas públicas que incorporan bitcoin como activo de tesorería, mediante SPACs, fusiones inversas, deuda convertible no es una moda, sino un ensayo general del nuevo patrón de valor. La participación de empresas como Strategy, GameStop y Janover en estas operaciones apunta a una transformación de la lógica contable del capital corporativo: el balance tradicional cede terreno a un activo volátil, escaso y no estatal.

¿Quién capitaliza esta transición? Instituciones como Grayscale, CoinShares y fondos ETF respaldados por BlackRock. El capital se posiciona simultáneamente en la decadencia del dólar y en el ascenso del bitcoin, garantizando su primacía sea cual sea la moneda de reserva del futuro. Lo que el mercado percibe como desorden, es en realidad una mutación controlada hacia un sistema financiero desintermediado pero capturado por las élites.

Trump: máscara populista, utilidad estratégica

El trumpismo, tan denostado por los comentaristas como caricatura populista, cumple en este esquema una función de desestabilización creativa. Su desprecio por la ortodoxia fiscal, su desafío al multilateralismo comercial y su afinidad ambigua con el mundo cripto no son errores, sino instrumentos útiles para dinamitar el viejo consenso neoliberal sin cargar el coste político sobre las élites financieras.

Mientras Trump eleva el déficit y sabotea la confianza en el dólar, el capital silenciosamente reposiciona sus activos en nuevas jurisdicciones, nuevos instrumentos, nuevos bloques. La inestabilidad regulatoria, la incertidumbre arancelaria, la tensión monetaria: todo sirve para redistribuir poder sin guerra. BlackRock, con exposición estratégica tanto en EE.UU. como en los países que lideran la contestación al dólar, garantiza que no hay vacío de poder, sino transferencia de mando.

BRICS y el “desorden necesario”: de rivales a co-creadores

La hostilidad retórica entre EE.UU. y el bloque BRICS oculta una realidad mucho más matizada. China necesita mercados; Rusia, capital; Brasil, legitimidad. Todos ellos reciben inversión extranjera directa, canalizada muchas veces desde fondos occidentales, que no cesa a pesar del enfrentamiento diplomático. Que el presidente Lula declare “no queremos un emperador” mientras los flujos de capital no se detienen, revela que el discurso político no siempre refleja la arquitectura real del poder.

El ascenso de los BRICS, por tanto, no se opone a la hegemonía financiera occidental: la complementa y la absorbe. La multipolaridad no es la negación de Wall Street, sino su expansión bajo nuevas reglas. El capital transnacional no tiene patria. Su única lealtad es la rentabilidad, y esa rentabilidad ahora se encuentra tanto en Nueva York como en Shanghái, en Johannesburgo y en Mumbai. Que BlackRock administre activos en ambas direcciones es prueba de que el desorden actual no es un fin, sino una metodología.

Hacia un orden post-hegemónico, no antihegemónico

Este ensayo no defiende la moralidad del proceso ni la ética de sus artífices. Simplemente señala que el relato de decadencia puede ser y probablemente sea una pantalla útil para aplicar una reestructuración funcional sin disparar alarmas sistémicas. Al permitir que las antiguas reglas colapsen bajo la apariencia del caos político (Trump), del pánico fiscal (déficit) y del frenesí especulativo (bitcoin), se libera al capital de sus ataduras formales y se le ofrece una nueva frontera.

La transición no es de EE.UU. hacia BRICS, sino del dólar hacia un ecosistema financiero híbrido, distribuido, especulativo y post-nacional. En ese ecosistema, BlackRock y otros actores similares, no solo sobreviven, sino que construyen las reglas del juego.

En definitiva del apocalipsis narrado al plan velado

Quizá no estamos asistiendo al colapso del mundo tal como lo conocíamos, sino a su reprogramación silenciosa desde el centro mismo del capital. La decadencia del dólar, los déficits sin control, el auge de los criptoactivos y el enfrentamiento con los BRICS no son episodios desconectados, sino escenarios de un guion que no se escribe en Washington, Pekín o Moscú, sino en los comités de inversión global.

La historia ha cambiado de narrador. Ya no la escriben los imperios visibles, sino las redes invisibles del capital, que no necesitan banderas ni himnos. Solo necesitan tiempo, algoritmos y suficiente volatilidad para borrar las huellas de su mano y dejar que otros crean que fue un accidente.

Si aceptamos que el capital financiero no se enfrenta a Trump, sino que lo instrumentaliza, entonces lo que se critica como irracional, irresponsable o destructivo puede ser, en un nivel superior, una estrategia deliberada para resetear el sistema desde dentro, antes de que otros (China, Rusia, el bloque BRICS) lo hagan desde fuera.

Por tanto, el plan no solo es coherente: puede ser el único camino viable para preservar la supremacía financiera occidental bajo una nueva arquitectura multipolar gestionada, precisamente,  por instituciones como BlackRock.

 


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