Cuando
Zapatero coloniza Venezuela
Lo verdaderamente
inquietante del debate en torno a la supuesta “transición” venezolana no es
solo lo que ocurre sobre el terreno, sino la forma en que se está construyendo
el relato político que pretende explicarlo. Entre el inmovilismo interesado de
unos y el catastrofismo casi litúrgico de otros, se está consolidando una
narrativa que no busca comprender la realidad, sino colonizarla.
Un actor destacado en
esta colonización del relato es el expresidente español José Luis Rodríguez
Zapatero. Sus repetidas visitas a Caracas en 2026, sus elogios públicos a Delcy
Rodríguez -quien asumió como presidenta interina tras la captura de Nicolás
Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero- y su participación en la
comisión que supervisa la ley de amnistía aprobada en febrero, contribuyen a
pintar un panorama de “reconciliación” y “esperanza fundada” que muchos
perciben como una legitimación excesiva de la continuidad del chavismo bajo
nuevo rostro.
El problema no es
menor. Cuando el análisis político se sustituye por consignas, la capacidad de
acción se degrada. Y eso es exactamente lo que ocurre con ciertos discursos
que, al abordar el caso venezolano, insisten en una idea tan rotunda como
estéril: nada ha cambiado, nada puede cambiar, todo es una farsa. Esta afirmación,
aparentemente contundente, es en realidad profundamente irresponsable desde el
punto de vista político.
Porque si nada cambia,
entonces toda estrategia es inútil. Si todo es continuidad, cualquier intento
de negociación es traición. Y si el sistema es monolítico, la única salida
imaginable es la ruptura total. Este tipo de planteamientos no solo simplifican
la realidad: la empujan hacia escenarios más inestables y, potencialmente, más
violentos.
Sin embargo, la inversa
también es peligrosa. La política -la real, no la declamada- nunca opera en
términos absolutos. Las transiciones son procesos imperfectos, llenos de
contradicciones, zonas grises y equilibrios incómodos. Exigir pureza en ese
contexto no es rigor moral, sino inmadurez estratégica. Ningún sistema
autoritario se transforma sin negociar con partes de sí mismo.
No obstante, reconocer
esta realidad no equivale a aceptar cualquier acuerdo. La historia muestra que
regímenes como el chavista han utilizado el diálogo repetidamente para ganar
tiempo, oxígeno internacional y dividir a la oposición. La captura de Maduro y
el interinato de Delcy Rodríguez abren una ventana de oportunidad real -liberación
de cientos de presos políticos, levantamiento parcial de sanciones,
privatizaciones en el sector petrolero-, pero también plantean riesgos serios:
¿estamos ante una transición genuina hacia la democracia o ante una
reconfiguración del poder chavista con nuevos padrinos externos (Estados Unidos
y mediadores como Zapatero)?
En este sentido, la
insistencia en descalificar cualquier cambio por no ser total responde a menudo
a una lógica de posicionamiento ideológico más que a una voluntad de solución
práctica. Es un discurso que permite mantener una cómoda superioridad moral,
pero que no ofrece vías operativas. Más preocupante aún es su efecto sobre la
opinión pública: al instalar la idea de que todo intento de reforma es una
mascarada, se erosiona la confianza en cualquier proceso político y se abona el
terreno para el cinismo, la apatía o la radicalización.
A esto se suma el
factor geopolítico ineludible. En el contexto actual, las transiciones ya no
son asuntos exclusivamente internos. La operación estadounidense que capturó a
Maduro, las negociaciones directas entre Delcy Rodríguez y la administración Trump,
y el rol facilitador de Zapatero ilustran cómo los intereses externos -estabilidad
energética, control migratorio, contención de influencias rivales- moldean los
procesos. Pretender analizar Venezuela solo en clave doméstica es ingenuo. Las
potencias actúan por cálculos estratégicos, no por principios abstractos, y los
cambios suelen adoptar formas híbridas.
El recurso a
comparaciones simplistas (equiparar mecánicamente este proceso con otras
transiciones latinoamericanas o europeas) tampoco ayuda. Cada contexto tiene su
propia lógica. Reducirlo todo a un “modelo” es pereza intelectual.
Lo que está en juego no es solo la interpretación de
un proceso concreto, sino la calidad del debate público. Cuando los
diagnósticos se vuelven dogmas, la política deja de ser deliberación para
convertirse en un campo de afirmaciones cerradas.
Frente a ello, la posición políticamente responsable
es la que reconoce la complejidad sin renunciar a la exigencia democrática. Ni
la complacencia acrítica con la narrativa de “reconciliación” promovida por
Zapatero y otros mediadores, ni el rechazo absoluto que ignora los cambios
reales ocurridos desde enero de 2026, ofrecen soluciones viables.
Una transición creíble debería cumplir, como mínimo,
estos criterios: restauración plena de la independencia de poderes
(especialmente judicial y electoral), fin efectivo de la represión y libertad
para todos los actores políticos (incluido el retorno sin amenazas de María
Corina Machado), garantías de elecciones libres y transparentes con observación
internacional, y un calendario claro para la transferencia de poder. Sin estos
elementos, las “zonas grises” dejan de ser pragmáticas y se convierten en mera
continuidad autoritaria bajo nuevo embalaje.
Negar esta complejidad puede servir para ganar
titulares o reforzar identidades ideológicas. Pero no sirve para gobernar, ni
para transformar, ni siquiera para entender. Y en el Venezuela de 2026, esa
diferencia no es retórica: es decisiva.

No hay comentarios:
Publicar un comentario