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domingo, 22 de marzo de 2026

Dos primaveras..Giant


 

DOS PRIMAVERAS

Crónica estacional con deriva judicial y algo de luz entrando por la ventana

Cada año, sin excepción, la primavera irrumpe con su promesa de alivio. La luz se alarga, el cuerpo responde, la vida parece reorganizarse con una eficacia que no depende de planes ni de voluntad. Y, sin embargo, mientras unos sistemas se regulan casi solos, otros entran -con puntualidad menos amable- en fases de máxima exposición.

Porque hay primaveras que no solo despiertan parques y terrazas. También despiertan calendarios. Y algunos vienen cargados.

                                                            El cuerpo se activa; la agenda no cede

Mientras el organismo ajusta ritmos con la naturalidad de siempre -menos inercia, más movimiento, más disponibilidad para lo cotidiano-, el entorno institucional parece moverse en dirección contraria. No es que se acelere. Es que acumula, y la acumulación tiene un modo particular de volverse visible en primavera, cuando todo lo que estaba detenido vuelve a ponerse en marcha.

El próximo 1 de abril, Begoña Gómez está citada a declarar ante el juez Juan Carlos Peinado. No será un episodio aislado, sino el inicio de una secuencia de procedimientos que habían quedado en pausa y que ahora retoman su curso con la indiferencia de los procesos que no atienden a estaciones.

Seis días después, el 7 de abril, comenzará el juicio oral contra José Luis Ábalos y Koldo García, ambos en prisión. El proceso se extenderá durante semanas, coincidiendo con una fase políticamente sensible. Mientras tanto, fuera de los juzgados, la primavera sigue haciendo su trabajo sin necesidad de calendario judicial, sin letrados, sin antesalas.

                                                             Lo que la luz regula y lo que no

Hay algo casi irónico en esta superposición. Por un lado, un sistema -el biológico- que responde de forma eficiente a la luz, ajustando energía y conducta sin fricción, sin necesidad de acuerdos parlamentarios. Por otro, un sistema -el político- que lleva meses acumulando tensiones diferidas, conflictos abiertos y decisiones que no terminan de cerrarse.

En mayo, el foco se desplaza hacia otro frente: el juicio oral contra David Sánchez, en un contexto ya marcado por la fragilidad parlamentaria, la ausencia de presupuestos y las fricciones internas dentro del Ejecutivo. La biología tiende a simplificar. La política, esta primavera en particular, tiende a ramificarse.

El contraste no es nuevo, pero sí resulta especialmente nítido ahora: mientras el hipotálamo trabaja con la eficiencia de millones de años de ajuste fino, el Consejo de Ministros trabaja con la eficiencia de una coalición que no termina de definir si está unida o si simplemente contigua.

                                                             La narrativa del renacer y la del desgaste

La primavera activa, como cada año, la idea de recomienzo. Nuevos ciclos, nuevas oportunidades, la sensación de que algo puede reorganizarse mejor. Es un relato antiguo, arraigado en la psique colectiva mucho antes de que nadie lo convirtiera en contenido de bienestar.

Pero ese relato convive ahora con otro: el del desgaste acumulado. El presidente Pedro Sánchez afronta un escenario donde los procedimientos judiciales, los resultados electorales recientes y las tensiones internas configuran un marco que no se deja reordenar con la facilidad con la que el cuerpo responde al cambio de estación.

A eso se suman las investigaciones europeas -incluyendo la vinculada al incidente de Adamuz y el análisis del sistema energético- y un clima político cada vez más polarizado que convierte cada declaración en una nueva trinchera. El organismo, ante la luz, se abre. El espacio público, ante la misma luz, se tensiona.

                                                        Inercia biológica, inercia institucional

En el plano individual, la primavera demuestra algo contraintuitivo: la acción no siempre necesita motivación previa. Uno se mueve y, después, aparece la gana de seguir moviéndose. El cuerpo lidera; la mente racionaliza a posteriori.

En el plano político, la lógica se invierte, o quizá simplemente se vuelve más bruta: las dinámicas, una vez activadas, no siempre son reconducibles. Los procesos judiciales avanzan con independencia del estado de ánimo de quienes aparecen en ellos. Los tiempos electorales presionan sin atender a si el momento es oportuno. Las decisiones ya tomadas generan efectos que no dependen de estaciones.

Aquí no hay espontaneidad fisiológica. Hay inercia institucional. Y la diferencia es importante: la primera lleva hacia delante. La segunda puede llevar hacia cualquier parte.

                                                            La terraza y la tribuna

Mientras la vida cotidiana recupera contacto, conversación y presencia -esa dimensión básica que devuelve sensación de normalidad-, el espacio público se intensifica en dirección opuesta. Declaraciones, ruedas de prensa, acusaciones cruzadas que llenan el espacio sonoro de manera inversamente proporcional a su contenido.

Desde la oposición, voces como la de Miguel Tellado describen la situación como un “fallo multiorgánico” del Gobierno. El diagnóstico es, cuando menos, creativo: recurrir al vocabulario de la medicina crítica para describir un ejecutivo que sigue en pie, gobernando en minoría, y que presumiblemente no tiene intención de firmar el alta voluntaria.

Al mismo tiempo, las tensiones dentro del propio Ejecutivo -con Sumar marcando distancias en momentos clave- añaden otra capa de complejidad a un cuadro clínico que, sea cual sea el diagnóstico correcto, no sugiere especial calma. La primavera social acerca. La primavera política confronta. Y en el espacio entre ambas, la ciudadanía gestiona como puede.

                                                                    Los que no se descongelan

No todas las primaveras se viven como alivio. En el plano individual ya ocurre: hay quienes no experimentan esa mejoría esperada, quienes sienten que el entorno se acelera mientras ellos permanecen detenidos, incapaces de acompasar el ritmo externo con el interno.

En el plano colectivo, algo similar. En Andalucía, la posibilidad de elecciones anticipadas -con Juanma Moreno evaluando fechas con la calma estratégica de quien tiene margen- introduce un factor adicional de presión sobre quienes no están en condiciones de desear que se adelante el calendario.

María Jesús Montero afronta un escenario donde los datos no acompañan y las estrategias pasan más por la contención que por la expansión. Aquí la estación no aligera. Intensifica. Y la pregunta que flota sin respuesta fácil es si hay una primavera para todos o si, como tantas otras cosas, también ésta llega de forma desigual.

    El error de la sobre aceleración

En lo individual, el error típico de la primavera es bien conocido: intentar recuperar en tres semanas todo lo aplazado durante el invierno. El resultado predecible es el agotamiento, seguido de la conclusión desalentadora de que “no funcionó otra vez”, como si el problema fuera la primavera y no la ambición desmedida con que se le pide que resuelva lo que lleva meses acumulado.

En lo político, el equivalente es la saturación de frentes: múltiples procesos simultáneos, conflictos abiertos en paralelo, falta de margen para estabilizar cualquiera de ellos antes de que aparezca el siguiente. El resultado, en ambos casos, tiende a parecerse: desgaste, pérdida de control y dificultad creciente para distinguir qué es urgente de qué simplemente hace ruido.

La diferencia es que el cuerpo suele corregirse solo, con algo de reposo y tiempo. Los sistemas institucionales, no necesariamente. Y a veces ni con tiempo.

                                                            Dos lógicas, una estación

Hay una primavera que funciona con precisión casi automática: la de la luz, el cuerpo y los ritmos internos. Ajusta, activa, reorganiza sin necesidad de intervención constante. No pide consenso. No requiere mayoría absoluta. No tiene socios de coalición.

Y hay otra primavera -la pública, la política- que responde a dinámicas más opacas: acumulación de decisiones, exposición judicial, presión electoral, conflicto estratégico que no cesa porque cambie la luz exterior.

Ambas coexisten. Pero no obedecen a las mismas reglas, no aceptan los mismos remedios y no prometen los mismos resultados. Mientras una invita a simplificar, la otra tiende a ramificarse. Mientras una descansa sobre millones de años de ajuste fino, la otra descansa sobre acuerdos que pueden romperse cualquier martes.

Quizá la única constante entre ambas sea ésta: cuando los procesos se ponen en marcha -sean biológicos o institucionales-, no basta con desear que cambien. Hay que entender su lógica, su ritmo y, sobre todo, sus límites.

 

La luz seguirá entrando por la ventana.

Lo demás dependerá de cómo se gestione lo que ya está en curso.

Y de si alguien, en algún despacho, tiene la ventana abierta.


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