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jueves, 19 de marzo de 2026

Insurrección low cost: firmar no es mandar...... Abra cadabra

 


“Insurrección low cost: firmar no es mandar”

 

En toda organización política que aspira a algo más que a gestionar comunidades de vecinos, hay una regla no escrita que, paradójicamente, es la más férrea de todas: el liderazgo no se somete a deliberación; se impone como hecho consumado, como una verdad revelada. Podríamos decir -sin necesidad de invocar simbologías demasiado explícitas- que ciertos partidos funcionan más como órdenes que como asambleas.

Y ahí radica lo fascinante del episodio narrado en el artículo periodístico de Angel Carreño en “El pulso de Espinosa de los Monteros a Abascal” en El independiente: un grupo de antiguos iniciados, algunos con grados elevados en el organigrama, deciden que la mejor forma de provocar una “refundación” es… una recogida de firmas.

Nada dice “toma del poder” como un formulario web.

Desde la sociología de las élites, el movimiento resulta casi entrañable. Quienes han habitado el núcleo duro de una organización altamente jerarquizada parecen creer, en un súbito arrebato rousseauniano, que la voluntad general puede emerger mediante clics. Como si el Leviatán se pudiera hackear con un CAPTCHA.

El problema -y aquí la ironía se vuelve estructura- es que el propio artículo deja claro el marco real: un congreso extraordinario exige umbrales organizativos que los críticos no controlan, ni siquiera conocen con precisión . Es decir, pretenden activar un mecanismo cuyo censo es opaco, cuya aritmética les es adversa y cuyo árbitro es, casualmente, el mismo liderazgo al que desean cuestionar.

Una jugada maestra… si el objetivo fuera confirmar su irrelevancia.

El hereje sin feligreses

Hay algo profundamente ritual en la figura del exdirigente que retorna con vocación reformista. El artículo dibuja a Iván Espinosa de los Monteros como alguien que no niega el templo, pero sí pretende reordenar sus dogmas. No quiere destruir la iglesia; solo cambiar el catecismo… sin ser ya párroco.

En términos de teoría organizativa, esto tiene un nombre: disonancia de rol. Se intenta ejercer influencia sin disponer de recursos de coerción ni de control simbólico suficiente. Dicho de forma menos técnica: predicar sin púlpito.

Mientras tanto, el liderazgo vigente —encarnado por Santiago Abascal— opera bajo una lógica completamente distinta: la del mando performativo. No necesita debatirse porque ya se ha materializado en resultados electorales recientes y en la cohesión de su aparato. En este tipo de estructuras, la legitimidad no se argumenta: se acumula.

Por eso las acusaciones internas que recoge el texto -traición, instrumentalización, ambición personal- no son anomalías, sino mecanismos inmunológicos del sistema. El cuerpo político reacciona ante lo que percibe como una infección: el cuestionamiento del principio de autoridad.

La ilusión plebiscitaria en un partido de cuadros

Desde la psicología social, el fenómeno es aún más interesante. Los críticos parecen operar bajo una ilusión participativa: creen que movilizar “bases” equivale a generar poder. Pero eso solo funciona en organizaciones diseñadas para ello.

VOX -como muchos partidos de corte identitario fuerte- se acerca más al modelo de partido de cuadros con liderazgo carismático que al de partido-movimiento abierto. En ese contexto, la recogida de firmas no es una palanca de poder, sino una performance: un gesto simbólico dirigido más a la opinión pública que a la estructura interna.

Es política teatral.

Y como toda representación, necesita público. De ahí la agitación en redes, el “ruido” en X, la escenificación del conflicto. No se trata tanto de ganar la votación interna -que, como sugiere el artículo, es casi inviable- como de construir la narrativa de que existe una alternativa.

El problema es que las narrativas, sin organización, tienden a evaporarse.

Escisiones: el deporte favorito del excomulgado

El texto menciona la posibilidad de una escisión, esa vieja tentación del político desplazado: si no puedo gobernar la casa, fundaré otra. La historia reciente está llena de estos intentos, con resultados desiguales y, en muchos casos, efímeros.

El patrón es casi matemático:

1.    Se denuncia el “cierre” del partido.

2.    Se invoca la pureza ideológica original.

3.    Se lanza una plataforma.

4.    Se descubre que los votantes no se trasladan con la misma facilidad que los egos.

La referencia implícita a experimentos fallidos anteriores no es casual. Crear un partido no es un acto de voluntad, sino de recursos: financieros, organizativos, mediáticos y, sobre todo, simbólicos. Y estos últimos -los más difíciles de replicar- suelen quedarse donde está el liderazgo reconocido.

Conclusión: firmar no es mandar

En última instancia, lo que revela este episodio es una tensión clásica: la que existe entre legitimidad participativa y legitimidad carismática. Los críticos apelan a la primera; la dirección encarna la segunda.

Y en ese duelo, la recogida de firmas aparece como lo que realmente es: un artefacto casi romántico, una herramienta de la política blanda intentando penetrar en una estructura dura.

Casi conmovedor.

Porque, al final, el axioma se cumple con una precisión casi cruel: en ciertos partidos, el liderazgo no se discute, no se vota, no se firma… simplemente se ejerce.

Y quien no lo ejerce, firma.

 


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