El
Tiempo como poder
En toda organización política existe una diferencia
esencial entre gobernar y administrar el tiempo. Gobernar implica decidir;
administrar el tiempo consiste, con frecuencia, en decidir que nadie más
decida. Es una vieja tentación del poder: si el debate resulta incómodo, basta
con posponerlo hasta que la realidad cambie, los afectados se cansen o la memoria
pública haga el resto. La innovación institucional consiste en revestir esa
dilación de impecable formalidad reglamentaria.
La presidencia de una cámara parlamentaria debería
encarnar la neutralidad procedimental. Su legitimidad no deriva solo del respaldo
de una mayoría, sino de la confianza de todos los representantes en que las
reglas se aplicarán con imparcialidad. Cuando esa expectativa se erosiona, la
institución deja de ser árbitro para convertirse en un jugador ventajista.
La Mesa del Congreso acumula una parálisis
legislativa histórica con 438 prórrogas que mantienen bloqueadas diversas
proposiciones de ley hasta el 2 de septiembre de 2026. Los casos más destacados
incluyen la bajada del IVA a la imagen personal (2 años y 9 meses), leyes
contra la okupación ilegal (2 años y 6 meses) y la modificación de la Ley de
Costas (2 años y 5 meses), entre otros proyectos inmovilizados.
En la actual legislatura española, este fenómeno se
ha manifestado con claridad. Numerosas proposiciones de ley registradas por la
oposición, en materias tan diversas como la ocupación ilegal de viviendas, la
protección de víctimas, el régimen fiscal de determinados sectores
profesionales o la ordenación territorial, llevan meses, en algunos casos más
de un año, sin avanzar de forma significativa. No se rechazan, porque ello
exigiría un debate abierto y asumir el coste político de la decisión. Tampoco
se aprueban. Permanecen suspendidas en un limbo administrativo donde el
calendario pesa más que los diputados.
La paradoja es sociológicamente exquisita: se invoca
sin descanso la defensa de la democracia mientras se perfeccionan mecanismos
que la reducen a un elegante ejercicio de espera. El procedimiento ya no
facilita la deliberación, sino que la sustituye. El reglamento deja de ser
autopista de la representación política para convertirse en una rotonda
infinita de la que ninguna iniciativa consigue salir.
El fenómeno recuerda menos a un Parlamento vivo que
a una sofisticada cámara criogénica. Las proposiciones de ley entran en
hibernación normativa. La biología conoce la hibernación; la política española
parece haber perfeccionado la congelación selectiva.
Lo extraordinario ha pasado a ser rutinario. La
excepción se ha institucionalizado como método. La burocracia consigue así una
hazaña notable: impedir que ocurra nada sin prohibir formalmente nada. Kafka
habría reclamado derechos de autor.
Desde la sociología institucional sabemos que las
organizaciones rara vez necesitan vulnerar abiertamente las normas para alterar
su funcionamiento. Basta con reinterpretarlas, estirarlas hasta sus límites o
convertir instrumentos excepcionales en práctica ordinaria. El poder
contemporáneo ya no necesita cerrar la puerta; le basta con prometer que la
abrirá la semana próxima… y repetir la promesa durante meses o años.
Resulta especialmente revelador que las iniciativas
afectadas abarquen ámbitos tan distintos. No se trata de un bloqueo puntual
sobre una materia concreta, sino de una percepción creciente: el tiempo
parlamentario ha dejado de responder primordialmente a criterios
institucionales para obedecer a cálculos políticos coyunturales. Cuando la
agenda legislativa se convierte en instrumento táctico más que en espacio
deliberativo, la confianza pública se deteriora de forma difícilmente
reversible.
Toda democracia vive de una ficción útil: la
convicción de que las reglas están por encima de quienes las administran.
Cuando los ciudadanos sospechan que el procedimiento depende del interés
inmediato de la Presidencia, esa ficción se agrieta. La legalidad formal
permanece, pero se erosiona la autoridad moral de la institución.
En esta legislatura, la figura de Francina Armengol
ha terminado simbolizando esta forma de ejercer el poder: no tanto la dirigente
que persuade mediante el debate, cuanto la administradora estratégica del
calendario legislativo. Una presidencia que prioriza el control del tiempo
sobre el impulso normal de la actividad parlamentaria. Es una transformación
silenciosa pero enormemente eficaz: la política ya no necesita convencer al
adversario cuando puede agotarlo mediante sucesivas prórrogas.
Existe además un refinamiento casi estético en este
modo de proceder. La negativa explícita es áspera y genera titulares; el
retraso administrativo ofrece la elegancia burocrática de quien nunca dice
“no”, sino “todavía no”. Es el equivalente institucional del clásico “ya te
llamaré”, elevado a técnica de gobierno.
Las instituciones democráticas no mueren solo con
golpes espectaculares o rupturas constitucionales. También se debilitan
lentamente, por acumulación de pequeñas renuncias, debates aplazados y
procedimientos convertidos en refugio frente a la deliberación. La erosión es
menos dramática que el derrumbe, pero mucho más difícil de revertir.
Porque, al final, el problema nunca fue el
calendario. El problema comienza cuando el calendario sustituye a la política,
cuando el reloj adquiere más autoridad que el debate y cuando la representación
parlamentaria se convierte en un ejercicio de administración del tiempo muerto.
Entonces el Parlamento deja de legislar para especializarse en aplazar, y la
democracia acaba pareciéndose menos a un espacio de deliberación que a una sala
de espera donde las leyes envejecen sin haber nacido. Quizá, cuando algún
ciudadano pregunte por ellas, no reciba una explicación constitucional ni una
justificación reglamentaria. Bastará una respuesta, tan familiar como reveladora,
que resume con inquietante precisión toda una forma de entender el poder: «Vale, cariño, te mantengo informada de
todo». Mientras tanto, las leyes seguirán esperando la llamada.

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