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sábado, 25 de julio de 2026

Siete tanques para ganar una guerra...All For You

 


Siete tanques para ganar una guerra

Dicen que las metáforas simplifican la realidad. En ocasiones ocurre justo lo contrario: la dejan al descubierto.

Imaginen que el Ministerio de Defensa anunciara con solemnidad que, ante una hipotética invasión, España dispone de siete tanques plenamente operativos. La reacción sería inmediata. Editoriales, tertulias, comisiones parlamentarias y comparecencias urgentes llenarían la agenda política. Nadie aceptaría semejante nivel de improvisación en un asunto de Estado.

Sin embargo, cuando la guerra no la libra un ejército enemigo sino el fuego, la noticia parece perder dramatismo. Entonces descubrimos que el país afronta cada verano una amenaza perfectamente conocida con unos medios que, como poco, invitan al optimismo más temerario. Lo extraordinario no es que falten recursos; lo extraordinario es que nadie parezca sorprenderse.

La política española lleva años confundiendo gestión con reacción. Se actúa cuando las llamas ya aparecen en los informativos, cuando los helicópteros sobrevuelan las montañas y cuando las fotografías aéreas ocupan las portadas. Antes, la prevención resulta demasiado silenciosa para dar rédito electoral.

El problema es que el fuego no vota.

Cada verano asistimos al mismo ritual. Declaraciones institucionales, visitas oficiales, promesas de inversiones futuras y agradecimientos a unos profesionales que, una vez más, compensan con esfuerzo lo que la planificación no ha previsto. Después llega el otoño, desaparecen las cámaras y con ellas desaparece también la urgencia política. Hasta el siguiente incendio.

Resulta curioso comprobar cómo el Estado es capaz de movilizar millones de euros cuando el desastre ya está declarado, pero encuentra enormes dificultades para invertir de forma sostenida en evitar que ese desastre ocurra. Es una brillante estrategia económica: gastar diez para no invertir uno.

Quizá el verdadero problema sea conceptual. Seguimos considerando los incendios forestales como emergencias excepcionales cuando hace tiempo que se han convertido en una constante. Si algo ocurre todos los años, deja de ser una emergencia para convertirse en una obligación de planificación.

Y ahí aparece la gran paradoja española: confiamos en que la climatología tenga más sentido común que la política.

No se trata únicamente de hidroaviones, ni de presupuestos, ni siquiera de incendios. Se trata de una cultura institucional que administra las consecuencias con mayor entusiasmo del que dedica a prevenir las causas.

Porque gobernar no consiste en apagar fuegos. Eso lo hacen magníficamente los bomberos.

Gobernar consiste en procurar que cada verano no parezca una improvisación nacional.

Y mientras eso no cambie, seguiremos celebrando cada avión operativo como si fuera una hazaña, cuando en realidad debería ser simplemente la normalidad. Igual que nadie pretendería ganar una guerra con siete tanques, tampoco debería conformarse un país con afrontar sus mayores amenazas esperando que la suerte haga el trabajo de la previsión.


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