Siete
tanques para ganar una guerra
Dicen que las metáforas simplifican la realidad. En
ocasiones ocurre justo lo contrario: la dejan al descubierto.
Imaginen que el Ministerio de Defensa anunciara con
solemnidad que, ante una hipotética invasión, España dispone de siete tanques
plenamente operativos. La reacción sería inmediata. Editoriales, tertulias,
comisiones parlamentarias y comparecencias urgentes llenarían la agenda
política. Nadie aceptaría semejante nivel de improvisación en un asunto de
Estado.
Sin embargo, cuando la guerra no la libra un ejército
enemigo sino el fuego, la noticia parece perder dramatismo. Entonces
descubrimos que el país afronta cada verano una amenaza perfectamente conocida
con unos medios que, como poco, invitan al optimismo más temerario. Lo
extraordinario no es que falten recursos; lo extraordinario es que nadie
parezca sorprenderse.
La política española lleva años confundiendo gestión con
reacción. Se actúa cuando las llamas ya aparecen en los informativos, cuando
los helicópteros sobrevuelan las montañas y cuando las fotografías aéreas
ocupan las portadas. Antes, la prevención resulta demasiado silenciosa para dar
rédito electoral.
El problema es que el fuego no vota.
Cada verano asistimos al mismo ritual. Declaraciones
institucionales, visitas oficiales, promesas de inversiones futuras y
agradecimientos a unos profesionales que, una vez más, compensan con esfuerzo
lo que la planificación no ha previsto. Después llega el otoño, desaparecen las
cámaras y con ellas desaparece también la urgencia política. Hasta el siguiente
incendio.
Resulta curioso comprobar cómo el Estado es capaz de
movilizar millones de euros cuando el desastre ya está declarado, pero
encuentra enormes dificultades para invertir de forma sostenida en evitar que
ese desastre ocurra. Es una brillante estrategia económica: gastar diez para no
invertir uno.
Quizá el verdadero problema sea conceptual. Seguimos
considerando los incendios forestales como emergencias excepcionales cuando
hace tiempo que se han convertido en una constante. Si algo ocurre todos los
años, deja de ser una emergencia para convertirse en una obligación de
planificación.
Y ahí aparece la gran paradoja española: confiamos en que
la climatología tenga más sentido común que la política.
No se trata únicamente de hidroaviones, ni de
presupuestos, ni siquiera de incendios. Se trata de una cultura institucional
que administra las consecuencias con mayor entusiasmo del que dedica a prevenir
las causas.
Porque gobernar no consiste en apagar fuegos. Eso lo
hacen magníficamente los bomberos.
Gobernar consiste en procurar que cada verano no parezca
una improvisación nacional.
Y mientras eso no cambie, seguiremos celebrando cada
avión operativo como si fuera una hazaña, cuando en realidad debería ser
simplemente la normalidad. Igual que nadie pretendería ganar una guerra con
siete tanques, tampoco debería conformarse un país con afrontar sus mayores
amenazas esperando que la suerte haga el trabajo de la previsión.
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