La
soberanía de los pueblos frente a la utopía del poder global
Cuando la cooperación internacional amenaza con
convertirse en tutela burocrática, la libertad de las naciones exige recuperar
los límites del poder.
Toda época engendra sus propias utopías y, con
ellas, la tentación de imponer al mundo un orden concebido desde la abstracción
de los despachos. Bajo la noble envoltura del progreso, la sostenibilidad y el
bienestar universal, se ha ido configurando una arquitectura internacional cuya
ambición consiste en armonizar los destinos de sociedades profundamente distintas.
La Agenda 2030 de las Naciones Unidas constituye una de las expresiones más
representativas de este designio: un vasto entramado de objetivos, metas e
indicadores que aspira a orientar el desarrollo económico, social y ambiental
de la humanidad.
Sin embargo, detrás de la legitimidad de sus
propósitos se alza una interrogante que ninguna democracia debería eludir: ¿en
qué momento la cooperación deja de servir a los pueblos y comienza a
condicionar su libertad de decisión?
No se trata de impugnar la necesidad de afrontar
conjuntamente los grandes desafíos de nuestro tiempo, sino de advertir que
ninguna causa, por encomiable que parezca, debe quedar exenta del escrutinio
público. La lucha contra la pobreza, la protección del medio ambiente y la
promoción de la justicia social requieren compromiso y cooperación; pero
también prudencia, proporcionalidad y respeto a la diversidad política de las
naciones.
El peligro surge cuando una agenda de alcance
universal pretende convertirse en un paradigma omnímodo de gobierno, capaz de
penetrar en prácticamente todas las esferas de la vida colectiva. Entonces, los
objetivos dejan de ser referencias susceptibles de deliberación y corren el
riesgo de transformarse en imperativos administrativos, mientras las decisiones
políticas se presentan como exigencias técnicas aparentemente incontestables.
A esta deriva se añade el problema de la burocracia
internacional. Toda institución nace para cumplir una misión; no obstante, con
el transcurso del tiempo, sus estructuras pueden adquirir una dinámica de
perpetuación que confunda la continuidad del organismo con la consecución de
sus fines. Los procedimientos se multiplican, las competencias se superponen y
la maquinaria administrativa corre el riesgo de convertirse en su propia
justificación.
Ninguna institución, por prestigiosa que sea su
trayectoria, posee una inmunidad moral frente a la crítica. Las Naciones
Unidas, cuya contribución a la cooperación internacional y a la prevención de
conflictos conserva una relevancia indiscutible, deben someter igualmente sus
programas a evaluaciones independientes, auditorías transparentes y mecanismos
efectivos de rendición de cuentas. La legitimidad histórica no constituye un
salvoconducto perpetuo, ni la nobleza de una misión garantiza por sí sola la
eficacia de quienes la administran.
El balance de la Agenda 2030 obliga, asimismo, a una
reflexión rigurosa. Los avances insuficientes en numerosas metas de desarrollo
sostenible exigen examinar las estrategias adoptadas, identificar los obstáculos
y corregir las deficiencias. El incumplimiento de los objetivos no demuestra,
por sí mismo, la inutilidad del proyecto; pero sí impide convertir su ambición
en una excusa para sustraerlo de toda evaluación crítica. Cuando los resultados
no corresponden a las promesas, la responsabilidad institucional debe
prevalecer sobre la retórica de las buenas intenciones.
Frente a esta problemática, la soberanía nacional
adquiere una dimensión que trasciende cualquier sentimentalismo patriótico. No
constituye un privilegio exclusivo de los gobernantes ni una reliquia de épocas
pretéritas, sino una expresión de la capacidad de los pueblos para deliberar
sobre su futuro, elegir entre alternativas legítimas y exigir responsabilidades
a quienes ejercen el poder en su nombre.
Defenderla no significa propugnar el aislamiento,
justificar los abusos estatales ni desentenderse del sufrimiento ajeno.
Significa sostener que la cooperación debe fundarse en acuerdos legítimos,
competencias delimitadas y obligaciones jurídicamente reconocidas, sin que la
coordinación internacional se transforme en una tutela indefinida sobre la
voluntad democrática de las sociedades.
La respuesta, por tanto, no reside en demoler
indiscriminadamente las instituciones multilaterales, sino en reformarlas con
determinación: reducir duplicidades, transparentar los nombramientos, evaluar
los resultados, limitar las competencias superfluas y devolver a los ciudadanos
un protagonismo efectivo en las decisiones que afectan a su existencia. La
subsidiariedad, entendida como el principio de resolver cada asunto en el nivel
más próximo que disponga de capacidad suficiente, ofrece una brújula razonable
para conjugar cooperación y autonomía.
Hay, además, una frontera intelectual que conviene
preservar: la que separa una convicción legítima de un dogma administrativo. La
primera acepta el contraste de pareceres; el segundo aspira a clausurarlo. Una
sociedad libre necesita objetivos, pero también alternativas; necesita
instituciones, pero asimismo contrapesos; necesita cooperación, pero jamás una
uniformidad que pretenda reducir la pluralidad humana a un catálogo de
indicadores.
La discrepancia no es una anomalía que deba
corregirse, sino una garantía frente a la concentración del poder. Cuando toda
objeción se interpreta como hostilidad al progreso, cuando las decisiones
políticas se presentan como inevitabilidades técnicas y cuando la solemnidad de
los fines pretende sustituir la comprobación de los resultados, la democracia
comienza a perder uno de sus atributos esenciales: la posibilidad de cuestionar
el rumbo elegido.
El verdadero progreso no consiste en someter a las
naciones a una voluntad administrativa universal, sino en fortalecer su
capacidad para decidir responsablemente, cooperar libremente y rectificar sin
tutelas innecesarias.
La humanidad necesita instituciones internacionales
capaces de afrontar los desafíos compartidos; lo que no necesita es que estas
confundan su misión con un derecho ilimitado a orientar la vida de los pueblos.
Ningún organismo debe erigirse en árbitro infalible del bien común, del mismo
modo que ningún gobierno nacional puede invocar la soberanía para eludir sus
obligaciones o vulnerar los derechos fundamentales.
El desafío de nuestro tiempo consiste, en
definitiva, en encontrar el equilibrio entre la solidaridad internacional y la
libertad política, entre la responsabilidad compartida y la autonomía
democrática. Una cooperación digna de ese nombre no uniforma: concilia. No
tutela: acompaña. No sustituye la voluntad de las sociedades: crea las
condiciones para que puedan afrontar, juntas, aquello que ninguna conseguiría
resolver por separado.
Porque el destino de la humanidad no puede quedar
reducido a la geometría de un plan, ni la libertad de los pueblos subordinada a
la perpetuación de una estructura burocrática. Las instituciones deben
justificar el poder que ejercen, los gobiernos deben responder ante sus
ciudadanos y los grandes proyectos internacionales deben demostrar, con hechos
y no únicamente con promesas, que están al servicio de la humanidad.
Esa es la verdadera medida de una gobernanza
legítima: cooperación sin sometimiento, autoridad sin impunidad y progreso sin
renunciar a la libertad.

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