El
narcisismo, el poder y la cultura del éxito:
(Una crítica filosófica
al planteamiento de Dolores Fernández Pérez a través de la figura de Pedro
Sánchez)
Cuando el éxito se
convierte en una justificación moral
En su artículo Cómo los
rasgos psicopáticos se han normalizado en la cultura del éxito, publicado en
Ethic el 17 de octubre de 2025, Dolores Fernández Pérez plantea una cuestión de
gran relevancia para comprender las sociedades contemporáneas: ¿por qué
determinados comportamientos caracterizados por la frialdad emocional, la
manipulación, la ausencia de empatía o la ambición desmedida pueden convertirse
en cualidades admiradas cuando aparecen vinculados al éxito económico, social o
político?
La autora acierta al
señalar que no siempre premiamos la bondad, la prudencia o la responsabilidad,
sino que, con frecuencia, confundimos la capacidad de imponerse con la
capacidad de dirigir. Sin embargo, su planteamiento admite una lectura
filosófica más profunda. El problema no reside únicamente en la normalización
de ciertos rasgos psicopáticos, sino también en la transformación del individuo
en un proyecto permanente de afirmación personal, en el que el reconocimiento
público, la conquista del poder y la conservación de la propia imagen terminan
ocupando el lugar que deberían corresponder a la verdad, la justicia y el bien
común.
Aquí aparece el
narcisismo como categoría fundamental para interpretar la relación entre
personalidad, sociedad y poder. Y es precisamente en el ámbito político donde
esta cuestión adquiere una dimensión especialmente compleja, pues el dirigente
no solo ejerce autoridad: también construye una imagen de sí mismo, representa
valores colectivos y necesita mantener la confianza de aquellos a quienes
gobierna.
La figura de Pedro
Sánchez, presidente del Gobierno de España, permite ilustrar este problema
desde una perspectiva crítica. No se trata de atribuirle un trastorno
psicológico ni de afirmar que posee rasgos psicopáticos o narcisistas como si
existiera un diagnóstico clínico acreditado. Se trata, más bien, de examinar su
proyección pública, su estilo de liderazgo y las tensiones entre la
construcción de una imagen política, la ambición de poder y las exigencias
éticas de la responsabilidad democrática.
La pregunta que orienta
este ensayo es, por tanto, la siguiente: ¿cuándo deja el deseo legítimo de
ejercer el poder de estar al servicio de la sociedad y comienza a convertirse
en una forma de autoafirmación del propio dirigente?
La principal virtud y
el límite del argumento de Dolores Fernández Pérez
Uno de los méritos del
artículo es que cuestiona la identificación entre éxito y virtud. En una
cultura que admira a quienes ascienden rápidamente, toman decisiones sin
vacilar y consiguen imponerse a sus adversarios, existe el riesgo de
interpretar cualquier resultado favorable como una demostración de superioridad
personal.
Esta confusión tiene
una larga historia filosófica.
Maquiavelo, en El
príncipe, estudió la relación entre el poder, la apariencia y la conservación
del Estado. Su análisis muestra que el gobernante debe comprender las
circunstancias reales de la política, que no siempre coinciden con las
exigencias de la moral privada. Sin embargo, reconocer esa tensión no significa
que toda manipulación sea legítima ni que el éxito político convierta automáticamente
al gobernante en una persona virtuosa.
El problema aparece
cuando la eficacia se transforma en el único criterio de valoración. Si una
estrategia permite ganar unas elecciones, conservar el cargo o neutralizar a un
adversario, ¿debemos considerarla buena por el mero hecho de haber funcionado?
Desde una perspectiva
ética, la respuesta debe ser negativa. La eficacia es un instrumento; no
constituye, por sí sola, una justificación moral.
En este punto, el
artículo de Fernández Pérez resulta convincente: una sociedad que recompensa
exclusivamente los resultados corre el riesgo de premiar comportamientos
destructivos. No obstante, su argumento requiere una distinción importante
entre tres fenómenos que no son equivalentes:
La psicopatía,
entendida como un conjunto de rasgos psicológicos relacionados, entre otros
aspectos, con la insensibilidad interpersonal y la falta de remordimiento.
El narcisismo,
relacionado con la importancia concedida al yo, la necesidad de reconocimiento
y, en determinadas formas, la dificultad para aceptar límites o críticas.
El maquiavelismo,
caracterizado por una orientación estratégica hacia la manipulación y el uso
instrumental de otras personas.
Estos rasgos pueden
relacionarse, pero no son sinónimos. Tampoco la ambición, la seguridad personal
o la capacidad de comunicación constituyen por sí mismas pruebas de ninguna de
estas características.
La crítica filosófica
debe evitar precisamente aquello que pretende denunciar: sustituir el análisis
racional por una etiqueta que descalifique al adversario.
El narcisismo: cuando
el yo se convierte en medida de todas las cosas
Para comprender
filosóficamente el narcisismo es necesario ir más allá de la vanidad
superficial. El problema fundamental aparece cuando el individuo deja de
concebirse como una persona entre otras y comienza a interpretar el mundo como
un escenario destinado a confirmar su propia importancia.
En el mito griego de
Narciso, tal como aparece en las Metamorfosis de Ovidio, el protagonista queda
cautivado por su propia imagen hasta consumirse en ella. La fuerza simbólica
del relato reside en que Narciso no se limita a contemplarse: queda atrapado en
una relación consigo mismo que le impide establecer un vínculo verdadero con
aquello que tiene delante.
Trasladado al terreno
político, el mito permite formular una hipótesis: un dirigente puede terminar
confundiendo la imagen que proyecta con la realidad de la sociedad que
representa.
En ese escenario, los
ciudadanos corren el riesgo de convertirse en espectadores de una
representación personal. Los problemas colectivos pasan a interpretarse según
su utilidad para reforzar el relato del gobernante; las críticas se perciben
como ataques a su autoridad; los éxitos se personalizan, mientras que los
fracasos tienden a atribuirse a factores externos.
Conviene insistir en
que esta es una interpretación filosófica de una posible dinámica de poder, no
un diagnóstico sobre una persona concreta.
El pensamiento de Hegel
ofrece otra perspectiva decisiva. En su análisis del reconocimiento, el
individuo no alcanza una identidad plenamente desarrollada mediante la mera
contemplación de sí mismo, sino a través de una relación con otros sujetos que
también poseen libertad y dignidad.
El narcisismo,
entendido filosóficamente, supone una deformación de esa relación: el otro deja
de ser alguien cuyo reconocimiento tiene valor propio y pasa a ser un
instrumento para alimentar la propia identidad.
Aquí se encuentra uno
de los riesgos centrales del liderazgo personalista. El dirigente puede empezar
buscando el reconocimiento de los ciudadanos para terminar exigiendo que la
ciudadanía confirme permanentemente su superioridad.
La diferencia es
fundamental: una cosa es querer ser reconocido por haber servido al bien común
y otra necesitar que el bien común sirva para sostener la propia imagen.
Pedro Sánchez como
ejemplo para examinar el narcisismo político
La figura de Pedro
Sánchez permite plantear esta cuestión porque su trayectoria pública se presta
a estudiar fenómenos característicos de la política contemporánea: la
personalización del liderazgo, la importancia de la comunicación, la
construcción de una identidad política reconocible y la lucha por controlar la
interpretación pública de los acontecimientos.
Su ascenso, su regreso
al liderazgo del PSOE en 2017 después de haber abandonado la secretaría general
y su posterior llegada a la presidencia del Gobierno en 2018 muestran una
notable capacidad de resistencia política, movilización y adaptación
estratégica.
Estos hechos admiten
interpretaciones diferentes. Para sus partidarios, pueden representar
perseverancia, capacidad de superar obstáculos y voluntad de defender un
proyecto político frente a sus adversarios. Para sus críticos, pueden alimentar
preguntas sobre el peso de la ambición personal, el pragmatismo y la
conservación del poder en sus decisiones.
Ninguna de estas
interpretaciones demuestra por sí misma la existencia de narcisismo patológico.
Sin embargo, ambas permiten plantear una cuestión filosófica legítima: ¿cómo
distinguir la perseverancia al servicio de un proyecto colectivo de la
perseverancia orientada principalmente a conservar una posición de poder?
La respuesta no puede
encontrarse únicamente en la personalidad aparente del dirigente. Debe buscarse
en sus decisiones, sus argumentos, sus resultados y su relación con las
instituciones.
La política como
construcción de una imagen
En la política
contemporánea, el liderazgo no se ejerce únicamente mediante leyes,
negociaciones y decisiones administrativas. También se ejerce a través de la
comunicación pública.
Un presidente necesita
explicar sus medidas, defender su programa y convencer a los ciudadanos. Por
eso, la construcción de una imagen pública no es necesariamente una conducta
narcisista: forma parte de la naturaleza de la representación democrática.
La cuestión ética
aparece cuando la imagen deja de ser un medio para comunicar una acción
política y se convierte en el criterio que determina qué acciones se emprenden,
cómo se presentan y qué información se considera aceptable.
En el caso de Pedro
Sánchez, una crítica rigurosa puede examinar su centralidad en la comunicación
gubernamental, su manera de responder a las controversias y la relación entre
sus discursos y las decisiones efectivamente adoptadas. Para sostener conclusiones
concretas, habría que analizar episodios específicos y contrastar las
interpretaciones con documentación verificable.
El criterio filosófico
sería el mismo con cualquier presidente: ¿se utiliza la comunicación para
rendir cuentas a la ciudadanía o, por el contrario, se prioriza la protección
de una identidad política personal?
No basta con afirmar
que un dirigente cuida mucho su imagen para llamarlo narcisista. Es necesario
mostrar si esa preocupación desplaza la obligación de explicar los hechos, reconocer
los errores y aceptar los límites del poder.
La ambición y el
problema de la legitimidad
El segundo aspecto
relevante es la ambición.
La ambición política no
es necesariamente un defecto moral. Sin ella, difícilmente podría alguien
asumir la responsabilidad de gobernar, impulsar reformas o resistir las
presiones de sus adversarios.
El problema surge
cuando la conservación del cargo se convierte en un fin superior a los
principios que justificaron el acceso al poder.
Desde esta perspectiva,
las decisiones de Pedro Sánchez pueden someterse a un examen crítico sin
necesidad de atribuirle una motivación psicológica determinada. Ante cualquier
acuerdo parlamentario, cambio de posición o decisión de gobierno, cabe
preguntar:
¿Se encuentra
justificado por razones públicas que puedan explicarse y discutirse?
¿Respeta las reglas
institucionales y los principios democráticos?
¿Sus costes y
beneficios se valoran atendiendo al interés general?
¿El dirigente acepta la
crítica, ofrece explicaciones y asume responsabilidades?
¿Se mantiene una
coherencia razonable entre las promesas, los argumentos y las actuaciones?
Estas preguntas
permiten distinguir el análisis político de la descalificación personal.
La crítica al
narcisismo se vuelve filosóficamente relevante cuando deja de especular sobre
la vida interior de un político y examina la forma en que el ejercicio del
poder afecta a los demás.
Kant: el peligro de
convertir a las personas en instrumentos
La filosofía moral de
Immanuel Kant proporciona uno de los criterios más sólidos para evaluar el
problema planteado por Fernández Pérez.
En la Fundamentación de
la metafísica de las costumbres, Kant sostiene que debemos tratar a la
humanidad, tanto en nuestra propia persona como en la de los demás, siempre
como un fin y nunca simplemente como un medio.
Esta idea permite
profundizar en la relación entre narcisismo, manipulación y poder.
Una persona puede
colaborar con otras para alcanzar objetivos legítimos. Lo moralmente
problemático no es toda utilización instrumental de las capacidades ajenas,
sino tratar a los demás meramente como instrumentos, ignorando su autonomía, su
dignidad y su derecho a participar en las decisiones que les afectan.
Aplicado a la política,
este principio plantea un límite claro: los ciudadanos no existen para
satisfacer las necesidades de prestigio, reconocimiento o permanencia de sus
gobernantes. Son sujetos de derechos y participantes de la vida democrática.
Este criterio puede
utilizarse para evaluar a Pedro Sánchez, a cualquier otro dirigente español o a
cualquier líder internacional. No importa si el gobernante se presenta como
progresista, conservador, liberal o revolucionario. La cuestión decisiva es si
sus actuaciones respetan a las personas como sujetos de dignidad o las reducen
a recursos electorales, instrumentos de propaganda o piezas de una estrategia
de poder.
Una política puede ser
legal y, aun así, merecer un debate ético sobre sus consecuencias. Del mismo
modo, una decisión impopular no es necesariamente inmoral. Por eso, el juicio
filosófico requiere examinar tanto los medios empleados como los fines
perseguidos.
Desde Kant, el éxito
político no puede absolver una conducta que vulnere la dignidad humana.
Maquiavelo y Nietzsche:
entre la conquista del poder y la voluntad de afirmación
La relación entre
narcisismo y política también puede analizarse mediante dos autores que, pese a
sus diferencias, ayudan a comprender la dimensión conflictiva del poder.
Maquiavelo: el poder no
es una prueba de virtud
Maquiavelo obliga a
abandonar una imagen ingenua de la política. Los dirigentes actúan en
escenarios de conflicto, rivalidad, incertidumbre y competencia. La prudencia
política exige comprender esas circunstancias y tomar decisiones que permitan
sostener un orden común.
Sin embargo, sería una
simplificación identificar el pensamiento maquiaveliano con la idea de que
cualquier medio resulta legítimo si permite conservar el cargo.
La cuestión es
precisamente qué se pretende conservar y con qué consecuencias. La estabilidad
de las instituciones y la seguridad de la comunidad no son idénticas a la
supervivencia personal del gobernante.
Aplicado a Pedro
Sánchez, este marco permite distinguir entre el pragmatismo necesario para
gobernar en un Parlamento fragmentado y el pragmatismo que podría convertirse
en una renuncia injustificada a los principios. Para decidir en qué caso nos
encontramos, es necesario estudiar los acuerdos concretos, sus condiciones y
sus resultados, no deducir las motivaciones del presidente a partir de su
permanencia en el poder.
Nietzsche: el deseo de
afirmarse y la necesidad de reconocimiento
Friedrich Nietzsche
ofrece una vía diferente. Su filosofía analiza la voluntad de poder, la
creación de valores y las formas en que los seres humanos interpretan y
justifican sus propias acciones.
No sería correcto
reducir su pensamiento a una defensa de la dominación ni identificar
automáticamente la voluntad de poder con el narcisismo. En Nietzsche, la
afirmación de la vida puede adoptar formas creativas y transformadoras que no
se limitan a someter a los demás.
Sin embargo, su obra
permite preguntar si el individuo actúa desde una fuerza capaz de producir algo
valioso o si necesita medir constantemente su existencia a través de la
superioridad sobre sus adversarios.
En el ámbito político,
esta distinción resulta especialmente sugerente. Un dirigente puede afirmar su
liderazgo mediante la capacidad de formular un proyecto, aceptar la complejidad
de la realidad y producir instituciones que sobrevivan a su mandato. También
puede buscar afirmarse mediante la confrontación permanente, la personalización
de los conflictos y la necesidad de aparecer como protagonista de cada
acontecimiento.
Ambas dinámicas pueden
coexistir, y no cabe atribuir automáticamente la segunda a Pedro Sánchez ni a ningún
otro político sin examinar su comportamiento. La utilidad de este marco
consiste en formular una pregunta más profunda: ¿el poder permite al dirigente
contribuir a una realidad que lo trasciende o necesita que toda realidad
termine girando alrededor de él?
El narcisismo no nace
únicamente en el individuo: también lo produce la sociedad
Uno de los aspectos más
interesantes del artículo de Dolores Fernández Pérez es su atención a la
cultura del éxito. Esta idea permite evitar una explicación excesivamente
individualista.
No basta con
preguntarse por qué algunas personas desean dominar. También es necesario
preguntarse por qué determinadas instituciones recompensan la dominación, por
qué ciertos públicos admiran la arrogancia y por qué la prudencia o la empatía
pueden interpretarse erróneamente como debilidad.
En este punto, la
crítica de Byung-Chul Han a la sociedad del rendimiento resulta pertinente. En
La sociedad del cansancio, el filósofo describe un orden social en el que el
individuo se encuentra sometido a la exigencia permanente de producir,
superarse y demostrar su valor.
Aunque este análisis no
equivale a una teoría clínica del narcisismo, ayuda a comprender un contexto
cultural en el que la identidad se vincula estrechamente con el rendimiento, la
visibilidad y el reconocimiento.
La lógica del éxito
puede trasladarse a la política: cada intervención debe imponerse en el debate
público, cada adversario debe ser derrotado y cada crisis debe convertirse en
una oportunidad para reafirmar el liderazgo. La política corre entonces el
riesgo de adoptar la lógica del espectáculo, donde importa tanto la
interpretación pública de los acontecimientos como su contenido real.
La figura de Pedro
Sánchez puede examinarse dentro de este contexto, al igual que la de Donald
Trump o la de otros dirigentes contemporáneos. La personalización del
liderazgo, la comunicación estratégica y la polarización no son fenómenos
exclusivos de una ideología ni constituyen pruebas de un trastorno psicológico.
Son dinámicas políticas
que merecen un análisis institucional y cultural.
La responsabilidad, por
tanto, no corresponde únicamente a quien ocupa el poder. También concierne a
los partidos, los medios de comunicación, las organizaciones, los electores y
las plataformas que convierten la confrontación en espectáculo.
Cuando una sociedad
premia sistemáticamente la humillación del adversario, la seguridad teatral y
la victoria inmediata, puede terminar haciendo menos visibles las virtudes
democráticas que sostienen una convivencia duradera: la deliberación, la
honestidad, la moderación y la capacidad de rectificar.
Una crítica al
artículo: el riesgo de psicologizar la política
A pesar de la
importancia de su tesis, el texto de Fernández Pérez presenta un límite que
conviene destacar: el peligro de explicar fenómenos políticos y económicos
complejos principalmente a través de los rasgos de personalidad de quienes
ocupan posiciones de poder.
La corrupción, los
abusos empresariales, la polarización política y las decisiones bélicas no se
explican únicamente por la psicología de los dirigentes. También intervienen
incentivos institucionales, estructuras económicas, relaciones de poder,
culturas organizativas, sistemas de control y decisiones colectivas.
Si un directivo puede
manipular las cuentas de una empresa durante años, es necesario examinar no
solo su posible falta de escrúpulos, sino también los mecanismos de auditoría,
la actuación de los órganos de supervisión y los incentivos que permitieron la
conducta.
Si un dirigente político
concentra excesivamente la autoridad, importa estudiar también el
funcionamiento de su partido, el control parlamentario, la independencia
judicial, la libertad de prensa y la capacidad de la ciudadanía para exigir
responsabilidades.
Esta distinción es
fundamental para analizar a Pedro Sánchez. Criticar una decisión gubernamental,
cuestionar una negociación parlamentaria o examinar la relación entre el
Ejecutivo y las instituciones constituye una tarea legítima de la filosofía
política. Pero convertir cada desacuerdo en una prueba de narcisismo desplaza
la discusión desde los hechos verificables hacia las intenciones psicológicas,
que son mucho más difíciles de demostrar.
Existe, además, una
paradoja: cuando se atribuye una conducta perjudicial a una supuesta
personalidad patológica, se corre el riesgo de dejar intactas las estructuras
que permiten que esa conducta tenga éxito.
El problema no se
resuelve sustituyendo a un dirigente por otro si los mecanismos institucionales
siguen premiando la opacidad, la impunidad o la subordinación del interés
general a los intereses particulares.
Por eso, el argumento
más sólido que puede extraerse del artículo no es que los líderes poderosos
sean necesariamente narcisistas o psicopáticos, sino que ninguna democracia debería
depender de la supuesta bondad personal de quienes la gobiernan.
La democracia necesita
controles precisamente porque todos los seres humanos, con independencia de su
personalidad, pueden cometer errores, desarrollar intereses propios o abusar de
la autoridad.
La responsabilidad
ética como alternativa al culto al líder
Frente a la cultura del
éxito inmediato y la personalización del poder, la filosofía ofrece una
concepción alternativa del liderazgo: el ejercicio de la autoridad como
responsabilidad y servicio público.
Max Weber, en La
política como vocación, distingue entre una ética de la convicción y una ética
de la responsabilidad. La primera pone el acento en la fidelidad a determinados
principios; la segunda exige considerar las consecuencias previsibles de las
propias acciones.
No se trata de elegir
entre principios y resultados como si fueran incompatibles. La política
responsable debe asumir la tensión entre ambos: actuar de acuerdo con
convicciones justificables y responder por los efectos de las decisiones
adoptadas.
Este planteamiento
permite formular un criterio de evaluación para Pedro Sánchez y para cualquier
otro gobernante.
Un liderazgo
responsable no se demuestra por la cantidad de adversarios derrotados, por la
capacidad de resistir una crisis o por la habilidad para dominar la
conversación pública. Se demuestra también por la disposición a rendir cuentas,
reconocer los errores, respetar los controles institucionales y aceptar que la
autoridad tiene límites.
Desde esta perspectiva,
la humildad política no significa inseguridad ni renuncia a ejercer el poder.
Significa comprender que el cargo no convierte al gobernante en propietario de
las instituciones ni en intérprete exclusivo del interés general.
Asimismo, la empatía no
exige renunciar a decisiones difíciles. Exige reconocer que las personas
afectadas por ellas poseen una dignidad que no desaparece porque el gobernante
considere sus medidas necesarias.
El verdadero
contrapunto del narcisismo político no es, por tanto, la debilidad. Es la
capacidad de ejercer el poder sin convertirlo en una extensión del propio ego.
Conclusión: el problema
no es quién ocupa el poder, sino qué hacemos con él
El artículo de Dolores
Fernández Pérez constituye una invitación oportuna a revisar una cultura que,
en determinados ámbitos, confunde la frialdad con la fortaleza, la manipulación
con la inteligencia estratégica y la conquista del poder con el mérito moral.
Su principal aportación
consiste en recordar que el éxito no es una categoría ética y que una persona
puede alcanzar una posición privilegiada sin que ello demuestre la calidad
moral de sus decisiones.
Sin embargo, una
crítica filosófica completa debe ir más allá de la psicología individual. El
narcisismo, entendido como una relación deformada con uno mismo y con los
demás, resulta especialmente peligroso cuando encuentra instituciones y
culturas dispuestas a premiarlo. La solución no consiste en diagnosticar a los
dirigentes desde la distancia, sino en someter su comportamiento a criterios públicos
de responsabilidad, transparencia, justicia y respeto a la dignidad humana.
La figura de Pedro
Sánchez permite ilustrar esta tensión entre liderazgo, ambición, comunicación e
interés general. Su trayectoria puede ser objeto de una crítica política rigurosa,
tanto por parte de sus partidarios como de sus detractores. Pero esa crítica
será más sólida si examina decisiones concretas, argumentos verificables y
consecuencias institucionales, en lugar de atribuirle una personalidad
patológica sin pruebas suficientes.
Lo mismo debe exigirse
cuando se analiza a cualquier otro dirigente, independientemente de su
ideología.
En última instancia, la
cuestión filosófica más importante no es si Pedro Sánchez, Donald Trump o
cualquier otro gobernante puede ser calificado de narcisista. La pregunta
decisiva es si las instituciones permiten que alguien confunda su voluntad con
el interés colectivo y si la sociedad dispone de mecanismos suficientes para
impedirlo.
Porque el narcisismo
político alcanza su expresión más problemática cuando el gobernante deja de
entenderse como representante temporal de una comunidad y empieza a actuar como
si esa comunidad existiera para confirmar su propia importancia.
Y aquí reside la
lección que puede extraerse tanto del artículo de Fernández Pérez como de la
tradición filosófica: el poder no demuestra la grandeza moral de quien lo
posee; es la manera de ejercerlo, limitarlo y responder por sus consecuencias
lo que permite juzgar su legitimidad ética.
Una sociedad
verdaderamente democrática no debería preguntarse solamente quién tiene más
capacidad para vencer, convencer o imponerse. Debería preguntarse quién está
dispuesto a aceptar límites, reconocer errores y comprender que ninguna
ambición personal puede situarse por encima de la dignidad de los ciudadanos.
El verdadero éxito
político no consiste en conseguir que todo gire alrededor de un dirigente.
Consiste en construir una sociedad que pueda funcionar justamente incluso
cuando ese dirigente ya no esté en el poder.
Y quizá sea precisamente
ahí donde comienza la diferencia entre gobernar para uno mismo y gobernar para
los demás.

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