El
socialismo de escaparate: crecimiento para las estadísticas, pobreza para los
ciudadanos
Hay gobiernos que confunden
gobernar con administrar la propaganda, y prosperidad con acumular cifras
favorables mientras el ciudadano descubre, al pasar por caja, que su dinero
vale menos y su horizonte se estrecha. La España de Pedro Sánchez ofrece, según
los dos textos analizados, una contradicción difícil de disimular: el
crecimiento económico proclamado desde La Moncloa convive con el deterioro de
la capacidad adquisitiva, el aumento de la desigualdad y las dificultades de
miles de familias para cubrir necesidades tan elementales como alimentarse
dignamente o disfrutar de un ocio que no sea un lujo.
Los datos recogidos en el
documento dibujan una paradoja reveladora. En 2025, el 25,7 % de la población
española, 12,5 millones de personas, se encontraba en riesgo de pobreza o
exclusión social; el 5,3 % no podía permitirse consumir carne, pescado o
equivalentes cada dos días, y cerca de 700.000 niños padecían carencia material
severa. Mientras tanto, el país habría sumado 1,7 millones de personas pobres y
35.500 millonarios más desde 2018. No es una prueba automática de que cada una
de estas situaciones tenga una única causa política, pero sí un severo
interrogante sobre la eficacia social del modelo económico que el Gobierno
presenta como ejemplar.
La segunda contradicción
reside en la naturaleza del crecimiento. Si la expansión depende excesivamente
del gasto público, la deuda y una recaudación favorecida por la inflación,
mientras la productividad y la inversión privada pierden impulso, el
triunfalismo se convierte en una operación de maquillaje contable. El Estado
puede sostener temporalmente la demanda, pero no fabricar indefinidamente
prosperidad mediante el endeudamiento. Cada euro gastado sin mejorar la
productividad, la formación, las infraestructuras o la capacidad de las
empresas para crear riqueza puede convertirse en una obligación trasladada al
contribuyente de mañana.
Y aquí aparece la gran
impostura de las políticas de pacotilla: confundir el reparto de recursos con
la creación de oportunidades, la contratación formal con el empleo de calidad y
la recaudación récord con el bienestar de los hogares. Cuando el trabajador
soporta mayores cargas, el salario pierde poder adquisitivo y el acceso a la
vivienda se convierte en una carrera de obstáculos, repetir que la economía
marcha viento en popa no resuelve el problema; únicamente pretende cambiarle el
nombre.
El socialismo gubernamental
no puede atribuirse todos los males de España, como tampoco la oposición
quedaría exenta de demostrar que sus alternativas funcionan. Pero un Ejecutivo
que reivindica la justicia social debe responder por sus resultados, no
refugiarse en la retórica de sus intenciones. La protección social sin una
economía productiva que la sostenga corre el riesgo de degenerar en
dependencia; la redistribución sin crecimiento suficiente, en disputa por una
riqueza que no aumenta al ritmo de las necesidades; y el gasto sin evaluación,
en clientelismo presupuestario.
La verdadera medida del
progreso no es el aplauso parlamentario ni la cifra brillante de un trimestre.
Es que una familia pueda llenar la cesta de la compra, que un joven acceda a
una vivienda, que trabajar permita vivir con dignidad y que ningún niño vea
comprometido su futuro por la pobreza de sus padres.
Un Gobierno puede maquillar
los indicadores durante un tiempo, pero no puede decretar la prosperidad ni
derogar las leyes de la economía. Si ocho años de promesas sociales dejan tras
de sí hogares más vulnerables, una deuda creciente y una productividad
insuficiente, la pregunta resulta inevitable: ¿para quién funciona realmente el
modelo?
Porque cuando el poder
proclama el éxito mientras el ciudadano administra sus privaciones, la política
social deja de ser una garantía de emancipación y corre el riesgo de
convertirse en un decorado. Y ninguna consigna, por mucho que se repita,
alimenta a un niño ni paga una factura.

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