La nueva inquisición sanitaria
o cómo el Estado decidió registrar las conciencias
No hay nada más moderno,
ni más progresista, que confeccionar listas. La Historia lo demuestra: los
regímenes más eficientes han sido siempre aquellos que supieron ordenar con
pulcritud los nombres de los disidentes. Ahora, con la misma elegancia
burocrática con que se inventaron los censos de brujas, el Estado español
pretende registrar las almas díscolas del siglo XXI: los médicos objetores de
conciencia frente al aborto.
El Gobierno, en su
infinita benevolencia ilustrada, ha recordado a las comunidades autónomas que
deben entregar, en el plazo de tres meses, el inventario de estos herejes
contemporáneos -los que osan sostener que el primer principio hipocrático, primum
non nocere, tiene aún vigencia-. No se trata, según nos dicen, de una
persecución; es solo un “instrumento técnico de transparencia”, una suerte de
catálogo del espíritu, un inventario moral a disposición del poder político.
La
ironía jurídica de la libertad vigilada
La Constitución Española,
en su artículo 16, reconoce la libertad ideológica y de conciencia, sin más
límite que el orden público. Sin embargo, el nuevo orden público parece
consistir en registrar precisamente esa libertad. Se diría que la objeción de
conciencia se ha transformado, en manos del legislador contemporáneo, en un
delito administrativo de sospecha.
El Gobierno, amparado en
una concepción expansiva del “derecho” al aborto -que ni la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, ni el Tribunal Europeo de Derechos Humanos
han reconocido jamás como tal-, decide subordinar la conciencia individual al
interés político del momento. Y lo hace con la solemne retórica de la igualdad
y la justicia, mientras establece un mecanismo de vigilancia que haría sonrojar
al mismísimo Bentham con su panóptico.
Ética
médica y teología de Estado
El juramento hipocrático,
piedra angular de la deontología médica, comienza con una afirmación tajante:
“Aplicaré los regímenes para el bien de los enfermos, según mi capacidad y mi
juicio, y nunca para causar daño o mal a nadie”. Pero la filosofía sanitaria de
nuestros tiempos ha decidido reinterpretar el bien y el mal según decreto
ministerial.
El médico, otrora sujeto
moral autónomo, se convierte ahora en un funcionario del dogma biomédico
estatal, cuya ética se mide en términos de obediencia reglamentaria. Si objeta,
será inscrito; si duda, será vigilado; si calla, quizá le concedan la
indulgencia temporal de ejercer.
El principio de
beneficencia -una de las cuatro columnas de la bioética contemporánea junto con
la autonomía, la justicia y la no maleficencia- se ve sustituido por el
principio de conveniencia política: el bien del paciente coincide exactamente
con el relato del poder.
Filosofía
grotesca del Estado redentor
El discurso que acompaña a
este registro de conciencias es de una ironía involuntaria digna de Swift: “El
respeto a la objeción de conciencia no puede convertirse en un obstáculo para
la atención sanitaria de las mujeres”, reza la nota gubernamental. Traducido al
lenguaje llano: la libertad de conciencia será respetada, siempre que no
interfiera con la obligación de traicionarla.
Nos hallamos, pues, ante
una suerte de inversión semántica: el Estado ya no se limita a garantizar
derechos, sino que los administra, los dosifica, los condiciona. La libertad ya
no consiste en poder decir “no”, sino en aprender a decir “sí” con convicción
reglamentaria.
Kant, en su Crítica de la
razón práctica, recordaba que la dignidad moral radica en la capacidad de obrar
según el deber que la razón dicta, no según las órdenes del poder. Pero en
nuestra modernidad terapéutica, el deber moral se subcontrata al Ministerio de
Sanidad. Y si algún médico osa pensar por sí mismo, se le invita amablemente a
figurar en un registro público, no sea que su conciencia contagie a otros.
De
la razón de Estado a la sinrazón moral
No se trata de un debate
sobre el aborto, sino sobre algo más profundo: la soberanía de la conciencia
frente al aparato político. Cuando el Estado reclama el derecho de registrar
las convicciones morales de sus ciudadanos, cruza el umbral del
constitucionalismo liberal y entra en el terreno resbaladizo del totalitarismo
administrativo.
Lo grotesco del asunto no
reside solo en la medida, sino en su envoltorio moralista: el poder que dice
“defender derechos” al mismo tiempo que exige saber quién podría ejercer los
suyos.
Así, el médico objetor,
ese relicto ético que aún cree que la vida merece un respeto incondicional, se
convierte en sospechoso; y el poder que lo señala se erige, irónicamente, en
juez de la conciencia.
Quizá, dentro de unos
años, cuando se revisen los archivos de esta nueva inquisición sanitaria,
alguien lea los nombres de aquellos médicos y recuerde que, incluso bajo
decreto, hubo quienes siguieron pensando por sí mismos.
Porque, al final, ninguna
lista negra ha logrado nunca lo que la libertad de conciencia logra en
silencio: resistir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario