“La
política como simulacro moral: el vacío discursivo de Alma Ezcurra”
La entrevista concedida por
Alma Lucía Ezcurra Almansa, vicesecretaria de Coordinación Sectorial del
Partido Popular, ofrece una ventana a un estilo político en expansión: el de la
tecnócrata moralizante, que combina una retórica de eficiencia con apelaciones
éticas y emocionales. Bajo una aparente mesura discursiva, su exposición revela
un modo de hacer política basado en la gestión de las apariencias, la
simplificación de los conflictos sociales y la apropiación de valores
universales como patrimonio partidista. Este ensayo analiza críticamente las
dimensiones ideológicas y simbólicas de su discurso, prestando especial
atención a las estrategias de legitimación y a las carencias estructurales que
definen su pensamiento político.
El
tecnocratismo como fachada
Ezcurra se presenta como una
gestora racional, más preocupada por la eficacia que por la confrontación
ideológica. Su lenguaje está impregnado de términos como “canalizar”, “abrir la
puerta de la legalidad” o “reducir la burocracia”, que evocan una política
desideologizada. No obstante, esta neutralidad es solo aparente: tras el
discurso tecnocrático subyace una visión jerárquica de la sociedad, donde la
política se reduce a administración de flujos -de inmigrantes, de empleos, de
vidas- sin cuestionar los marcos estructurales que producen desigualdad o
exclusión.
Su propuesta del “visado por
puntos” ilustra esta mirada instrumental. El inmigrante aparece no como sujeto
de derechos, sino como recurso condicional cuya valía depende de su utilidad
para el mercado. La eficiencia sustituye a la justicia como principio rector, y
la empatía se formula en términos de orden y productividad. En este sentido, su
discurso traduce las lógicas del capitalismo tardío en un lenguaje humanista de
baja intensidad.
La
moral como dispositivo de identidad
El segundo eje de su
intervención es el moralismo político. Ezcurra enuncia, con tono solemne, que
“uno de los principios fundamentales del PP es la defensa del derecho a la vida”.
Sin embargo, su apelación al valor de la vida carece de contenido político
concreto. No propone medidas sociales, sanitarias ni económicas que permitan a
las mujeres decidir o criar en condiciones dignas; la “vida” se transforma en
un emblema retórico, no en un programa de acción.
Esta instrumentalización de
la moral funciona como mecanismo de identidad partidaria: define quién
pertenece a la comunidad moral y quién queda fuera. La noción de “país que se
muere porque no nacen niños” condensa un imaginario conservador donde la nación
y la familia se confunden, y donde la responsabilidad de la regeneración
demográfica recae simbólicamente sobre la mujer. De este modo, el discurso
moralista no amplía derechos, sino que los encuadra en una narrativa de deber y
sacrificio.
Un elemento especialmente
revelador es la ausencia de la figura del padre en su argumentación sobre el
derecho a la vida. Ezcurra se refiere reiteradamente a la mujer -“toda mujer
que quiera ser madre, o tenga dudas de serlo”- como único sujeto de la decisión
moral, pero elude toda mención al padre, a su corresponsabilidad o a su papel
en la eventual decisión de impedir el aborto. Esta omisión no implica una
defensa de la autonomía femenina, sino una reproducción de un modelo familiar
desigual donde la maternidad se asume como deber biológico y moral de la mujer,
y el hombre queda liberado de toda responsabilidad afectiva, económica o ética.
El resultado es una
paradoja: se proclama la defensa de la vida, pero se excluye al varón de cualquier
implicación en esa defensa. El discurso, por tanto, no reivindica una visión
integral de la familia o de la paternidad responsable, sino que refuerza una moral
selectiva, donde solo la mujer aparece como depositaria de la virtud o la
culpa. Desde una perspectiva sociológica, esta asimetría reproduce la cultura
patriarcal bajo la retórica de la protección, consolidando una imagen de la
mujer como sujeto moralmente tutelado y no como agente político autónomo.
La
retórica del enemigo
Una constante en su discurso
es la construcción del adversario moral. Sánchez, su Gobierno y su entorno
aparecen descritos como símbolos de corrupción y decadencia. La crítica
política se formula como denuncia ética: “abusan de la democracia”, “se
esconden”, “no conciben el poder como servicio”. Este desplazamiento del debate
político al terreno moral produce una simplificación maniquea: el poder deja de
ser una estructura compleja de mediaciones y se convierte en una fábula de virtud
y corrupción.
Desde el punto de vista
comunicativo, esta estrategia tiene una función cohesionadora: refuerza la
identidad del grupo y desplaza la atención de los problemas materiales a los
símbolos del agravio. No se discuten políticas públicas ni modelos económicos,
sino valores abstractos: la “honestidad”, la “vida”, el “orden”. Es una
retórica de la pureza que, paradójicamente, vacía la política de contenido
sustantivo.
La
superficialidad como síntoma
Pese a su tono seguro, la
entrevista revela una notable carencia de pensamiento estructural. Las
afirmaciones carecen de referencias empíricas, los diagnósticos son genéricos y
las soluciones se reducen a enunciados administrativos. Esta superficialidad no
es un defecto accidental, sino una característica del nuevo estilo político
basado en la comunicación y la presencia mediática. Ezcurra se expresa como
quien administra significados, no como quien los reflexiona.
Su figura encarna un tipo de
liderazgo oportunista: joven, bien hablada, con una imagen profesional, pero
sin trayectoria intelectual ni experiencia política significativa. La falta de
densidad ideológica se compensa con apelaciones a la emoción, a la moral o al
sentido común. En términos sociológicos, su discurso opera como un simulacro de
política: sustituye la deliberación por la persuasión y la profundidad por la
eficacia comunicativa.
Resumiendo
El discurso de Alma Ezcurra
constituye un ejemplo paradigmático del vaciamiento contemporáneo de la
política. Su tecnocratismo sin análisis, su moralismo sin ética social y su
retórica de la virtud sin compromiso programático conforman una imagen
coherente con las transformaciones de las élites políticas actuales. La
política ya no se presenta como proyecto colectivo, sino como gestión moral de
la apariencia y la reputación.
Ezcurra no innova ni
confronta: administra un lenguaje heredado, lo suaviza y lo reempaqueta para un
público saturado de eslóganes. En esa operación reside su oportunismo: saber
adaptarse a la demanda de una sociedad que confunde la claridad con la
superficialidad y la fe con la política. Su discurso, pulido y vacío, no
proyecta visión de futuro, sino una cuidadosa repetición del presente.
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