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domingo, 26 de octubre de 2025

La política como simulacro moral : el vacío discursivo.... La Novela

 


“La política como simulacro moral: el vacío discursivo de Alma Ezcurra”

La entrevista concedida por Alma Lucía Ezcurra Almansa, vicesecretaria de Coordinación Sectorial del Partido Popular, ofrece una ventana a un estilo político en expansión: el de la tecnócrata moralizante, que combina una retórica de eficiencia con apelaciones éticas y emocionales. Bajo una aparente mesura discursiva, su exposición revela un modo de hacer política basado en la gestión de las apariencias, la simplificación de los conflictos sociales y la apropiación de valores universales como patrimonio partidista. Este ensayo analiza críticamente las dimensiones ideológicas y simbólicas de su discurso, prestando especial atención a las estrategias de legitimación y a las carencias estructurales que definen su pensamiento político.

El tecnocratismo como fachada

Ezcurra se presenta como una gestora racional, más preocupada por la eficacia que por la confrontación ideológica. Su lenguaje está impregnado de términos como “canalizar”, “abrir la puerta de la legalidad” o “reducir la burocracia”, que evocan una política desideologizada. No obstante, esta neutralidad es solo aparente: tras el discurso tecnocrático subyace una visión jerárquica de la sociedad, donde la política se reduce a administración de flujos -de inmigrantes, de empleos, de vidas- sin cuestionar los marcos estructurales que producen desigualdad o exclusión.

Su propuesta del “visado por puntos” ilustra esta mirada instrumental. El inmigrante aparece no como sujeto de derechos, sino como recurso condicional cuya valía depende de su utilidad para el mercado. La eficiencia sustituye a la justicia como principio rector, y la empatía se formula en términos de orden y productividad. En este sentido, su discurso traduce las lógicas del capitalismo tardío en un lenguaje humanista de baja intensidad.

La moral como dispositivo de identidad

El segundo eje de su intervención es el moralismo político. Ezcurra enuncia, con tono solemne, que “uno de los principios fundamentales del PP es la defensa del derecho a la vida”. Sin embargo, su apelación al valor de la vida carece de contenido político concreto. No propone medidas sociales, sanitarias ni económicas que permitan a las mujeres decidir o criar en condiciones dignas; la “vida” se transforma en un emblema retórico, no en un programa de acción.

Esta instrumentalización de la moral funciona como mecanismo de identidad partidaria: define quién pertenece a la comunidad moral y quién queda fuera. La noción de “país que se muere porque no nacen niños” condensa un imaginario conservador donde la nación y la familia se confunden, y donde la responsabilidad de la regeneración demográfica recae simbólicamente sobre la mujer. De este modo, el discurso moralista no amplía derechos, sino que los encuadra en una narrativa de deber y sacrificio.

Un elemento especialmente revelador es la ausencia de la figura del padre en su argumentación sobre el derecho a la vida. Ezcurra se refiere reiteradamente a la mujer -“toda mujer que quiera ser madre, o tenga dudas de serlo”- como único sujeto de la decisión moral, pero elude toda mención al padre, a su corresponsabilidad o a su papel en la eventual decisión de impedir el aborto. Esta omisión no implica una defensa de la autonomía femenina, sino una reproducción de un modelo familiar desigual donde la maternidad se asume como deber biológico y moral de la mujer, y el hombre queda liberado de toda responsabilidad afectiva, económica o ética.

El resultado es una paradoja: se proclama la defensa de la vida, pero se excluye al varón de cualquier implicación en esa defensa. El discurso, por tanto, no reivindica una visión integral de la familia o de la paternidad responsable, sino que refuerza una moral selectiva, donde solo la mujer aparece como depositaria de la virtud o la culpa. Desde una perspectiva sociológica, esta asimetría reproduce la cultura patriarcal bajo la retórica de la protección, consolidando una imagen de la mujer como sujeto moralmente tutelado y no como agente político autónomo.

La retórica del enemigo

Una constante en su discurso es la construcción del adversario moral. Sánchez, su Gobierno y su entorno aparecen descritos como símbolos de corrupción y decadencia. La crítica política se formula como denuncia ética: “abusan de la democracia”, “se esconden”, “no conciben el poder como servicio”. Este desplazamiento del debate político al terreno moral produce una simplificación maniquea: el poder deja de ser una estructura compleja de mediaciones y se convierte en una fábula de virtud y corrupción.

Desde el punto de vista comunicativo, esta estrategia tiene una función cohesionadora: refuerza la identidad del grupo y desplaza la atención de los problemas materiales a los símbolos del agravio. No se discuten políticas públicas ni modelos económicos, sino valores abstractos: la “honestidad”, la “vida”, el “orden”. Es una retórica de la pureza que, paradójicamente, vacía la política de contenido sustantivo.

La superficialidad como síntoma

Pese a su tono seguro, la entrevista revela una notable carencia de pensamiento estructural. Las afirmaciones carecen de referencias empíricas, los diagnósticos son genéricos y las soluciones se reducen a enunciados administrativos. Esta superficialidad no es un defecto accidental, sino una característica del nuevo estilo político basado en la comunicación y la presencia mediática. Ezcurra se expresa como quien administra significados, no como quien los reflexiona.

Su figura encarna un tipo de liderazgo oportunista: joven, bien hablada, con una imagen profesional, pero sin trayectoria intelectual ni experiencia política significativa. La falta de densidad ideológica se compensa con apelaciones a la emoción, a la moral o al sentido común. En términos sociológicos, su discurso opera como un simulacro de política: sustituye la deliberación por la persuasión y la profundidad por la eficacia comunicativa.

Resumiendo

El discurso de Alma Ezcurra constituye un ejemplo paradigmático del vaciamiento contemporáneo de la política. Su tecnocratismo sin análisis, su moralismo sin ética social y su retórica de la virtud sin compromiso programático conforman una imagen coherente con las transformaciones de las élites políticas actuales. La política ya no se presenta como proyecto colectivo, sino como gestión moral de la apariencia y la reputación.

Ezcurra no innova ni confronta: administra un lenguaje heredado, lo suaviza y lo reempaqueta para un público saturado de eslóganes. En esa operación reside su oportunismo: saber adaptarse a la demanda de una sociedad que confunde la claridad con la superficialidad y la fe con la política. Su discurso, pulido y vacío, no proyecta visión de futuro, sino una cuidadosa repetición del presente.


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