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sábado, 25 de octubre de 2025

La ternura como lenguaje del afecto y sus paradojas de género...Mi amor

 


La ternura como lenguaje del afecto y sus paradojas de género

¿Por qué hombres y mujeres manifiestan el afecto de manera diferente? La respuesta, aunque parece obvia desde los estereotipos culturales, esconde una compleja red de factores psicológicos, sociales y simbólicos. La ternura -esa emoción suave y profunda que nos permite trascender los límites del yo y mitigar la soledad existencial- es, paradójicamente, una de las fuerzas más poderosas y más temidas de la vida emocional. Posee la capacidad de unir y, al mismo tiempo, de desarmar.

El escritor francés Frédéric Beigbeder afirmó provocadoramente que el amor dura tres años, y que su declive puede preverse observando cómo la ternura -seguida del aburrimiento- se infiltra en la relación. Sin embargo, más que un síntoma de desgaste, la ternura podría entenderse como el umbral del amor maduro: ese punto donde el deseo se convierte en cuidado y la pasión en presencia.

La naturaleza esquiva de la ternura

Intentar definir la ternura con palabras es como intentar atrapar el vapor con las manos: cuanto más se aprieta, más se escapa. La ternura no es tanto un concepto como una experiencia. Es el impulso de abrazar, la calidez que surge al mirar a alguien a los ojos sin miedo, el suspiro que acompaña a la sensación de ser visto y aceptado sin reservas.

En la ternura hay apertura: el cuerpo se relaja, la defensa se disuelve y aparece una luminosidad interior. Es un tipo de presencia sensible que percibe hasta los gestos más leves, una danza de vulnerabilidad compartida.

La ternura, lejos de ser debilidad, implica una fortaleza emocional que nace del reconocimiento de la fragilidad propia y ajena. Requiere gentileza, pero no sumisión; empatía, pero no anulación.

Los hombres y la dificultad de mostrar afecto

Para muchos hombres, la ternura constituye una especie de frontera emocional incómoda. Se les enseña -desde la infancia- que mostrar vulnerabilidad es equivalente a perder autoridad. Así, la cultura del “hombre fuerte”, esa figura pétrea y autosuficiente, termina sofocando la expresión de afecto. Cuando la ternura se experimenta como una amenaza al ideal masculino, surge la vergüenza.

En consecuencia, lo que debería ser un puente hacia el otro se convierte en un muro. La ternura reprimida se transforma en deseo sexual desprovisto de empatía: la lujuria ocupa el lugar de la conexión emocional. Donde la ternura reconoce al otro como sujeto, el deseo puramente instintivo lo reduce a objeto.

El erotismo maduro, en cambio, une ternura y pasión en un solo flujo vital. Cuando ambos sentimientos se bifurcan, aparecen las distorsiones afectivas: por un lado, la mujer “para amar”; por otro, la mujer “para desear”. Este “complejo de virgen y prostituta” no sólo empobrece la experiencia masculina, sino que fragmenta el vínculo amoroso en partes inconexas.

El verdadero amor -ese que integra el deseo con el cuidado- surge cuando la excitación y la ternura se retroalimentan. En ese vaivén, la intimidad se convierte en un acto de reciprocidad, no de apropiación.

El exceso y la fusión: cuando la ternura abruma

Como toda fuerza emocional, la ternura puede desbordarse. Cuando se transforma en fusión -cuando uno ama más la sensación de amar que al otro mismo-, pierde su equilibrio. La ternura se vuelve invasiva, sofocante, incluso irritante.

Todos recordamos, quizá con una mezcla de ternura y horror, a esa tía que nos abrazaba con tanto entusiasmo infantil que no había forma educada de escapar. Esa “otra ternura”, que ignora los límites del otro, no comunica afecto sino posesión.

La verdadera ternura respeta el espacio. Sabe retirarse cuando el otro lo necesita, comprender el movimiento de alejamiento sin interpretarlo como rechazo. Es una coreografía de sensibilidad mutua, no una ocupación emocional.

El afecto entre los hombres: la ternura disfrazada

El afecto masculino sigue siendo un territorio lleno de restricciones simbólicas. Los hombres, socializados en la contención emocional, desarrollan estrategias para expresar ternura sin parecer “demasiado tiernos”: abrazos rápidos, palmadas en la espalda, bromas ruidosas, empujones cómplices. Todo ello actúa como un lenguaje cifrado de cariño que, bajo la apariencia de rudeza, encubre una necesidad profunda de cercanía.

Esta dificultad no sólo se debe al miedo a la feminidad o a la homosexualidad, sino también a la carencia de modelos paternales afectivos. Muchos hombres crecieron con padres emocionalmente contenidos, incapaces de expresar ternura sin incomodidad. De ahí que los gestos de afecto entre varones sigan siendo, en gran medida, un arte no aprendido.

La ternura no gastada: amor hacia uno mismo

Existe, finalmente, un tipo de ternura silenciosa y no menos necesaria: la dirigida hacia uno mismo. La “ternura no gastada” no es sino la necesidad de amor propio, de una relación compasiva y cuidadosa con nuestro ser.

Sentir ternura por uno mismo implica reconocer la propia humanidad, aceptar la vulnerabilidad sin juicio y permitirse descansar en la calidez de la autocomprensión. Y, con un toque de humor, quizá debamos admitir que a veces necesitamos un buen abrazo… incluso si es del cojín más cercano.

La ternura, lejos de ser un residuo sentimental o un rasgo de debilidad, constituye un lenguaje profundo de reconocimiento mutuo. Permite que el amor se exprese sin palabras, que la pasión se humanice y que el yo se disuelva -aunque sea por un instante- en la intimidad compartida.

Tal vez no haya nada más revolucionario, en un mundo que valora la dureza y la autosuficiencia, que atreverse a ser tierno.

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