“El
presidente, el baúl y los 817 millones que buscaban aventuras”
Hay días en la política española en que uno tiene la
sospecha de que los presupuestos generales del Estado, lejos de ser ese armazón
contable severo y marmóreo que imagina el ciudadano, son en realidad un baúl
con ruedas que el presidente empuja por los aeropuertos del mundo como quien
lleva una maleta rebelde con vida propia.
Según cuentan las crónicas del día -que más que
periodistas parecen ya escritores de realismo mágico-, el presidente Pedro
Sánchez anunció que España movilizará 817 millones de euros de ayuda militar
a Ucrania. Y uno, desde su sillón de ciudadano medio, solo puede
preguntarse:
¿Movilizará, dijo? ¿Es que el dinero estaba inmóvil, sentado en un banco
tomando el sol?
El dinero español -que en conjunto es de todos pero en
la práctica nunca está cuando lo buscas- parece tener más kilómetros que un
piloto de Fórmula 1. Justo cuando uno cree que quizá se invertirá en
carreteras, sanidad o la reparación de esa farola que parpadea como un actor de
teatro mudo pidiendo socorro… ¡zas! El presidente lo sube a un avión rumbo a
una nueva aventura internacional.
Sánchez y el eterno Erasmus
diplomático
Nuestro presidente, que a estas alturas posee más
millas acumuladas que un ejecutivo de aerolínea en crisis existencial, recibió
a Volodímir Zelenski, quien no llegó esta vez con su ropa militar habitual,
sino vestido de negro, quizá de luto por la tregua inexistente o, tal vez,
porque el negro es el color que mejor combina con Europa cuando uno viene a
pedir más armamento.
El encuentro incluyó paradas artísticas: Congreso,
Zarzuela, Reina Sofía, Moncloa… Una visita guiada que solo le faltó incluir un
chocolate con churros en San Ginés, no tanto por protocolo, sino para demostrar
que, pese a las bombas, aquí seguimos defendiendo con ardor la gastronomía.
817 millones: la cifra que hace
sonar alarmas auditivas
La cifra,
por su parte, es redonda, contundente, casi poética:
817 millones.
No son 800, que sería vulgar; ni 820, que sería
sospechoso. No: 817. Lo justo y necesario para que un país en guerra
mejore su armamento y, de paso, reconstruya lo destruido por el propio motivo
por el que necesita más armamento. Es una especie de círculo económico-bélico
que haría las delicias de un economista licenciado en paradojas.
Mientras tanto, en España, el presupuesto propio sigue
sin aprobarse. Los ciudadanos, que intuyen que los presupuestos van llegando
“cuando puedan”, empiezan a sospechar que la estrategia nacional consiste en
gobernar con la técnica milenaria conocida como “tú ve tirando, ya veremos”.
Zelenski y su pasatiempo favorito:
visitar empresas españolas
El presidente ucraniano aprovechó para visitar Indra y
escuchar atentamente a empresas españolas del sector de defensa. Allí, entre
drones, radares y torretas, Zelenski debía de sentirse como un niño en una
feria tecnológica:
-¿Eso
también dispara?
-Sí.
-¿Y aquello de allí?
-También.
-¿Y eso otro?
-Eso no, ese es el microondas de la sala de empleados, pero si hace falta se
estudia.
La ministra Robles, como buena anfitriona, asentía con
naturalidad, mientras los ingenieros mostraban avances que probablemente no
aparecerán en los catálogos de Navidad de El Corte Inglés.
Guernica: el símbolo que vuelve a
escena
Zelenski también visitó el Guernica, inicialmente
bautizado con el nombre de “una tarde
sin toros” ese cuadro que España exhibe como quien enseña una cicatriz para
recordar que lo peor ya pasó, mientras otro país se la está abriendo ahora
mismo.
Picasso,
dondequiera que esté, debió levantar una ceja pensando:
-Si lo llego a saber, dibujo un paisaje.
Epílogo: la comedia nacional
continúa
Y así avanza el relato político español:
el presidente viajando, el dinero movilizándose más
que los trenes de cercanías y los ciudadanos mirando las noticias con una
mezcla de sorpresa, orgullo internacional y un ligero tic nervioso en el ojo
izquierdo.
Porque España, al final, es un país donde la economía
parece un personaje literario propio: aparece, desaparece, se enamora, se
enfada, se fuga con presidentes o se queda tiesa en casa… y siempre nos deja
con un interrogante existencial:
-¿Pero esto
lo paga alguien?
A lo que el
presidente, desde algún avión rumbo a su próximo destino, quizás respondería:
-Claro que
sí, hombre, lo paga España. ¡España moviliza!
Y ahí, justo
ahí, empieza la comedia.
Podemos establecer varias verdades provisionales:
1.
El dinero español
sufre de impulsos migratorios.
2.
La geopolítica
europea funciona con lógica de feria: disparamos, reconstruimos y repetimos.
3.
Los presidentes,
cuando viajan mucho, se convierten en fenómenos meteorológicos.
4.
El Guernica es ya
la foto oficial de la tragedia europea, como un selfie histórico recurrente.
Y, por último:
En España seguimos sin presupuestos, pero
con el consuelo de que nuestros millones, al menos, ven mundo.
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