Jordi Sevilla entre el apocalipsis de Zapatero y la purga
de Sánchez
El eterno retorno del
tecnócrata
Resulta fascinante,
desde una óptica de la sociología política contemporánea, observar la
metamorfosis de Jordi Sevilla. Estamos ante un espécimen singular de la fauna
política española: el "Sargento de Hierro" de la socialdemocracia
orgánica que, tras haber sido arquitecto de los cimientos del desastre durante
el septenio de José Luis Rodríguez Zapatero, se presenta hoy ante el altar de
la opinión pública como el purificador encargado de exorcizar los excesos del
sanchismo. Esta pirueta dialéctica merece un análisis que trascienda la mera
anécdota biográfica para adentrarse en la fenomenología del control político.
El pecado original: La
eficiencia como eufemismo
Sevilla emergió en el
gabinete de Zapatero no como un gestor, sino como un visionario de la demagogia
estructural. Bajo el paraguas de la "modernización", su paso por el
Ministerio de Administraciones Públicas fue un ejercicio de equilibrismo entre
la teoría académica y la pulsión de control. Su famosa cruzada contra el
"puesto para toda la vida" no fue, como pretendía vender, un intento
de meritocracia liberal, sino un sutil mecanismo de erosión de la independencia
del funcionariado. Al debilitar la inamovilidad, Sevilla no buscaba ciudadanos
más servidos, sino servidores más dóciles. Es la ironía suprema del tecnócrata:
intentar justificar un régimen de poder omnímodo bajo el disfraz de una
eficiencia que, finalmente, desembocó en la crisis sistémica de 2008.
El "exilio"
dorado y el síndrome del salvador
Tras su paso por Red
Eléctrica ~donde descubrió que el control político tiene límites cuando choca
con la jerarquía del dogma ministerial~, Sevilla ha iniciado una suerte de
cruzada moral. Es tierno, cuando menos, observar a quien fuera responsable del
programa económico de Pedro Sánchez en 2015 denunciar ahora el
"cesarismo" del actual Ejecutivo. El hombre que diseñó las
herramientas de intervención estatal que hoy utiliza el sanchismo se
escandaliza ahora de que el martillo que él mismo forjó golpee con demasiada
fuerza.
En sus recientes
intervenciones de 2024 y 2025, Sevilla despliega una retórica académica
impecable para diagnosticar las patologías de un sistema que él mismo ayudó a
inocular. Su intento de "purgar" el sanchismo desde las columnas de
opinión y los foros de pensamiento se percibe como el lamento del alquimista
que, tras crear un homúnculo ingobernable, pretende darnos lecciones sobre
ética de laboratorio.
Conclusión: La paradoja
del sargento socialista
En última instancia, la
trayectoria de Jordi Sevilla es el testimonio de una ambición que nunca ha
abandonado la pulsión del mando. Detrás del analista ponderado y el crítico
feroz, subyace el mismo "sargento socialista" que confunde la gestión
pública con la ingeniería social. Su crítica a Sánchez no nace de una súbita
conversión al liberalismo democrático, sino de la frustración de quien ve su
modelo de "control ilustrado" superado por un pragmatismo mucho más
voraz y menos sofisticado.
Sevilla nos propone
purgar el presente regresando a un pasado de zapaterismo nostálgico, olvidando
que para curar una enfermedad rara vez conviene recurrir al virus que inició la
pandemia. Es, en definitiva, el eterno retorno de una élite que, tras arruinar
el barco, pretende vendernos ahora el manual de instrucciones para el
naufragio.
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