ESPAÑA CRECE: EL GRAN FAROL
Cuando el Gobierno anuncia 120.000 millones que el marco
jurídico no le permite gastar
En enero de 2026, el Presidente del
Gobierno anunció el Fondo «España Crece» con una dotación de 10.500 millones de
euros y la promesa de movilizar hasta 120.000 millones. En abril, el Ministro
de Economía afirmó que las transferencias comenzarían «en las próximas
semanas». Hay un problema: España lleva años sin presupuestos aprobados. Y sin
presupuestos, ese dinero no puede gastarse legalmente.
1. El presupuesto prorrogado:
una jaula jurídica
España opera desde hace años con los presupuestos
prorrogados automáticamente. La Constitución (art. 134.4 CE) y la Ley General
Presupuestaria (art. 38 LGP) son claras: si no se aprueban nuevos presupuestos
antes del 1 de enero, rigen los del año anterior. Solo los del año anterior.
Solo el presupuesto inicial aprobado, no las modificaciones posteriores.
Eso significa que el Gobierno no puede crear nuevas
políticas de gasto. No puede asignar partidas que no existían antes. No puede
comprometer fondos para proyectos de nueva creación. La prórroga no es una
palanca para gobernar con amplitud: es un corsé administrativo para mantener el
Estado en funcionamiento mínimo.
El Fondo «España Crece» no es una
continuación de nada anterior. Es una
política nueva, con nuevas partidas, nuevos compromisos plurianuales y nuevos
avales. No cabe en el presupuesto prorrogado. No hay hueco legal para él.
2. Los atajos jurídicos y por
qué no funcionan
El Gobierno conoce esta restricción. Por eso sus
asesores exploran vías alternativas. Hay cuatro grandes opciones, y ninguna
resuelve el problema de raíz:
a) Créditos extraordinarios:
el camino correcto que no quieren recorrer
La única vía jurídicamente sólida para crear gasto
nuevo sin presupuestos es aprobar créditos extraordinarios mediante ley
orgánica en el Congreso. Es decir: pedir permiso al Parlamento. Pero el
Gobierno lleva años incapaz de obtener mayorías para aprobar unos presupuestos
completos. Si no puede lo más, difícilmente puede lo menos. El instrumento
correcto es políticamente inaccesible. Eso lo dice todo.
b) El Real Decreto-ley: la
válvula de escape convertida en costumbre
El artículo 86 de la Constitución permite al Gobierno
aprobar normas con rango de ley en situaciones de «extraordinaria y urgente
necesidad». En teoría, es una herramienta excepcional. En la práctica, este Gobierno
la ha convertido en el método ordinario de gobierno.
El problema es doble. Primero, el Tribunal
Constitucional exige que la urgencia sea real, concreta y justificada, no un
comodín retórico. Segundo, el RDL no puede sustituir un debate presupuestario
completo ni puede usarse para financiar una política estructural como la que
pretende ser «España Crece». Usarlo así no es un atajo: es una puerta a la
inconstitucionalidad.
Lo que el Gobierno ha hecho hasta ahora con los RDL, revalorizar pensiones, extender subsidios, tiene una justificación de urgencia
mínimamente sostenible. Usarlo para financiar un
fondo de 120.000 millones destinado a coinversión con capital privado sería
otro nivel de abuso constitucional.
c) Transferencias internas:
mover sillas en el Titanic
Las transferencias internas de crédito (art. 52 LGP)
permiten reasignar dinero entre partidas existentes. No crean gasto nuevo;
simplemente mueven lo que ya había. Para el Fondo «España Crece», esto es
irrelevante: no se puede financiar una política de 10.500 millones robando
dinero a otras partidas que ya tenían compromisos propios. Además, la
Intervención General supervisa cada movimiento. No hay margen real.
d) Contratos menores y
convenios: instrumentos de operativa, no de política macroeconómica
Un contrato menor tiene un techo de 40.000 euros. Un
fondo de inversión pública de 10.500 millones no se construye con contratos
menores. Esto no necesita mayor explicación.
3. El dinero de Europa: real
pero no ilimitado
El Gobierno presenta los 10.500 millones iniciales
como fondos Next Generation de la Unión Europea, lo que les otorga un respaldo
diferente al del presupuesto nacional. Eso es cierto, pero parcialmente. Hay
dos matices críticos que el anuncio oficial omite.
Primero: los fondos europeos no son una cheque en blanco. Están
condicionados a objetivos, plazos y auditorías. Si España no los ejecuta
correctamente, o los utiliza fuera de las reglas comunitarias de ayudas de
Estado, la Comisión puede exigir su devolución. Sin presupuesto claro, el riesgo
de incumplimiento normativo es real.
Segundo: los 120.000 millones restantes no son fondos europeos.
Son préstamos del ICO y coinversión privada. El ICO puede prestar dinero, pero
ese dinero tiene que devolverse. Los avales públicos son deuda contingente del
Estado. Y la «coinversión privada» es una promesa, no un compromiso. Anunciar
120.000 millones como si fueran una inversión segura y disponible es, en el
mejor de los casos, optimismo extremo.
4. El riesgo que nadie
menciona: la opacidad estructural
El diseño del Fondo «España Crece» combina varios
elementos que, por separado, son comprensibles. Juntos, crean un entorno de
baja transparencia y alto riesgo de discrecionalidad.
· Gestión a través del ICO, un instrumento financiero
con menor exposición parlamentaria que un ministerio.
· Criterios de selección de beneficiarios sin definición
normativa clara.
· Ausencia de procedimientos competitivos obligatorios y
auditables.
· Concentración de decisiones en el Ejecutivo, sin
control parlamentario ex ante.
Esto no implica que el Gobierno vaya a cometer
irregularidades. Pero la economía política nos enseña algo muy claro: cuando
hay mucho dinero, poca transparencia y criterios discrecionales, los recursos
tienden a fluir hacia quienes tienen más acceso e influencia, no necesariamente
hacia quienes más los necesitan.
El Tribunal de Cuentas puede revisar después. La
Intervención puede poner reparos. Pero eso es control ex post: detecta el
problema cuando ya ha ocurrido. La democracia presupuestaria existe
precisamente para evitar que el problema ocurra.
5. Lo que hay detrás: una
mutación silenciosa del Estado
El caso «España Crece» no es una anomalía. Es el
síntoma de una transformación más profunda que lleva años produciéndose. Ante
la incapacidad de alcanzar mayorías parlamentarias para aprobar presupuestos,
el Ejecutivo ha desarrollado una forma alternativa de gobernar la política
fiscal:
Real Decreto-ley para lo urgente.
Fondos extrapresupuestarios para lo estructural.
Modificaciones presupuestarias continuas para lo ordinario.
El resultado es un modelo de «presupuesto en la
sombra»: decisiones de gasto que se toman fuera del ciclo presupuestario
ordinario, con menos control democrático, menos transparencia y menos rendición
de cuentas.
Esto no es una acusación política. Es una descripción
técnica. Y es un problema para cualquier Gobierno, de cualquier color, que
funcione así.
6. Lo que debería haberse
hecho
Un fondo de inversión de esta magnitud, si tiene
sentido económico, merece algo más que un anuncio en un foro de inversores.
Merece un debate parlamentario real. Merece una ley presupuestaria que lo
respalde. Merece criterios claros, procedimientos auditables y control
democrático efectivo.
Si el Gobierno no puede aprobar unos presupuestos, la
solución no es gobernar sin ellos mediante instrumentos excepcionales. La
solución es alcanzar los acuerdos políticos necesarios para que el Parlamento
pueda ejercer su función constitucional: autorizar el gasto público.
Mientras eso no ocurra, cualquier gran anuncio de
política económica debe leerse con escepticismo. No porque los objetivos sean
necesariamente erróneos, sino porque los instrumentos son jurídicamente precarios.
CONCLUSIÓN: «España Crece» no es un plan económico con respaldo
jurídico: es una ambición económica que choca frontalmente con el marco
constitucional vigente. Sin presupuestos aprobados, sin mayoría parlamentaria y
sin instrumentos legales suficientes, el Gobierno “autista” ha construido un
castillo de naipes financiero. Impresionante en los titulares. Endeble en los
fundamentos. El problema no es querer que España crezca. El problema es
anunciar cómo se va a financiar ese crecimiento cuando la ley no lo permite.

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