Cuando
el elogio reemplaza al escrutinio: Cómo se normaliza el poder en el periodismo
corporativo
Existe un género en
auge en el periodismo económico europeo que merece mayor atención. No se trata
de periodismo de investigación ni de comentario analítico, sino de algo más
sutil y consecuente: la legitimación del poder a través de la narrativa.
Un artículo reciente, en
The Objetiv por Fernando Cano, que
describe el primer año de la presidencia de Marc Murtra en Telefónica es un
ejemplo clásico. Enmarcado como una evaluación de liderazgo y estrategia, el
artículo funciona en última instancia como un mecanismo de consuelo:
tranquiliza a los inversores, neutraliza la influencia política y convierte las
decisiones controvertidas en actos de virtud directiva.
La afirmación central
se repite con insistencia: Murtra es retratado como un ejecutivo
"independiente", capaz de resistir la presión gubernamental mientras
toma decisiones difíciles pero necesarias. Sin embargo, esta afirmación se
derrumba ante un escrutinio mínimo. El propio artículo reconoce que su
nombramiento fue el resultado de un acuerdo negociado entre el gobierno
español, la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) y los
principales accionistas institucionales. En cualquier debate serio sobre
gobierno corporativo, este punto de partida exigiría un examen riguroso de las
salvaguardias, los incentivos y los controles sobre la influencia política. En
este caso, la independencia no se analiza; se declara y se presupone.
Esta no es una omisión
menor. En empresas donde el Estado es un accionista significativo y hay activos
estratégicos involucrados, la independencia no es una cualidad personal, sino
una condición institucional. Debe demostrarse a través de mecanismos de
gobernanza, no afirmarse mediante el tono.
Igualmente revelador es
cómo el artículo aborda las decisiones más controvertidas de Telefónica:
despidos masivos, recortes de dividendos y la venta de activos en
Latinoamérica. Estas medidas se presentan como evidencia de valentía y responsabilidad,
pero nunca se someten a un análisis comparativo o contrafactual. No se realiza
una evaluación comparativa con sus pares europeos, no se discuten estrategias
alternativas ni se evalúan los costos de oportunidad a largo plazo. La
reducción de personal se confunde con la modernización; la reducción de
personal se confunde con la estrategia.
Tampoco existe un
compromiso serio con el impacto social. Miles de despidos quedan reducidos a
una nota al pie de página gerencial, desprovistos de sus implicaciones para el
capital humano, la capacidad de innovación y los ecosistemas económicos
regionales. Para una empresa que opera infraestructura crítica, esta omisión no
es accidental, sino ideológica. El artículo adopta una perspectiva estrecha,
centrada en los accionistas, al tiempo que la presenta como un realismo
neutral.
Metodológicamente, el
artículo se basa en gran medida en fuentes anónimas: «ejecutivos de la
industria», «personas familiarizadas con el proceso», «quienes vivieron la
transición». Dichas fuentes pueden justificarse en circunstancias
excepcionales, pero en este caso sustituyen a la evidencia. No se citan
documentos, ni divulgaciones a nivel de junta directiva, ni presentaciones
regulatorias. Las afirmaciones se multiplican; la verificación desaparece. Lo
que queda es una narrativa protegida por la opacidad.
Retóricamente, la
metáfora cumple la función que deberían cumplir los datos. Los «cálices
envenenados» y las «herencias tóxicas» reemplazan los modelos, los escenarios y
el análisis de sensibilidad. Se presentan proyecciones optimistas para 2026 sin
suposiciones, riesgos ni contexto macroeconómico. Esto no es un análisis
prospectivo; es una narración con fecha límite. El efecto acumulativo es
preocupante. El artículo no cuestiona el poder, sino que lo acompaña. No
cuestiona la proximidad político-corporativa, sino que la normaliza. Y al
hacerlo, ejemplifica un problema más amplio en el periodismo económico europeo:
el abandono sigiloso del escrutinio adversario en favor de un consenso que facilita
el acceso.
Esto es importante. En
una era marcada por la creciente participación del Estado en sectores
estratégicos, la difuminación de los límites entre la política y el gobierno
corporativo, y la creciente desconfianza pública, el periodismo que confunde la
tranquilidad con el análisis se convierte en parte del propio problema de
gobernanza.
Cuando el periodismo
deja de plantear preguntas incómodas, no se vuelve neutral. Se vuelve útil para
quienes ya deciden.
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