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viernes, 23 de enero de 2026

Nada que acreditar, nada que perder: radiografía de un prestigio prestado... Fuera de Mercado.

 


“Nada que acreditar, nada que perder: radiografía de un prestigio prestado”

 

La meritocracia ornamental y el prestigio sin sustancia: anatomía de una élite socialista crepuscular

Hay épocas en las que las instituciones no caen por asalto, sino por fatiga moral. No son derrocadas: se vacían. Y en ese vaciamiento aparecen figuras que no son causa, sino síntoma: sujetos elevados no por su excelencia, sino por su utilidad simbólica; no por su mérito, sino por su proximidad.

La universidad, la administración y el espacio público conocen bien este fenómeno. Lo hemos visto antes. Lo veremos después.

El currículum como escenografía

En la tradición académica, el mérito era un proceso: estudio, contraste, error, maduración. Hoy, en ciertos espacios, se ha convertido en decorado. No importa tanto lo que se ha hecho, sino cómo se presenta; no la obra, sino el relato de la obra.

Desde la sociología del prestigio, esto tiene nombre: capital simbólico heredado o transferido, no acumulado. Desde la psicología social, otro: autoatribución legitimadora. Desde el Derecho, una advertencia: cuando el mérito deja de ser verificable, el sistema se vuelve opaco y vulnerable.

La ironía es evidente: cuanto más se invoca la excelencia, menos se la encuentra.

El poder sin responsabilidad y la influencia sin autoría

Estas figuras no mandan, pero condicionan. No deciden, pero orientan. No firman, pero aparecen. Es una forma de poder sin huella jurídica, pero con impacto real: un poder difuso, cómodo, irresponsable.

Desde el punto de vista jurídico, es un territorio gris: no siempre delictivo, pero siempre problemático. Desde la ética pública, es peor: es la renuncia consciente a la rendición de cuentas.

El sujeto así constituido no es trágico; es funcional. Vive de no cruzar nunca la línea que obliga a responder.

Psicología de la excepcionalidad: cuando la norma es para otros

En estas situaciones emerge un patrón psicológico bien documentado: la sensación de excepcionalidad moral. No se piensa “estoy incumpliendo”, sino “esto no se aplica a mí”. No hay culpa; hay desplazamiento.

La defensa no es agresiva, sino pasiva:

·      no negar,

·      no explicar,

·      no cooperar más de lo imprescindible.

Es una psicología del mínimo esfuerzo ético, sostenida por un entorno que normaliza el privilegio y castiga la disidencia.

El futuro clausurado: prestigio sin proyección

Aquí la ironía alcanza su punto más cruel.

Estas figuras creen tener futuro porque ocupan el presente. Pero el futuro pertenece a quienes pueden sostener su legitimidad sin protección. Cuando el contexto cambia ~y siempre cambia~ queda solo lo que se ha construido de verdad.

El prestigio que no descansa en obra propia:

·      no se transmite,

·      no se defiende,

·      no resiste el tiempo.

Desde la experiencia universitaria, esto es inexorable: la historia académica y social no recuerda a quienes ocuparon espacios, sino a quienes los justificaron.

Epílogo: no hay caída, hay disolución

No asistimos a un drama, sino a algo más silencioso: una disolución moral. Nadie cae estrepitosamente; simplemente dejan de importar. Y ese es el destino más severo para quienes confundieron posición con valor.

Las instituciones sobreviven. Los sistemas se reajustan.
Lo que no sobrevive es el prestigio sin sustancia.

Y esa es la ironía final:
quienes parecían intocables resultan ser perfectamente prescindibles.


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