“Nada que acreditar, nada que perder: radiografía de
un prestigio prestado”
La meritocracia ornamental y el
prestigio sin sustancia: anatomía de una élite socialista crepuscular
Hay épocas en las que
las instituciones no caen por asalto, sino por fatiga moral. No son derrocadas:
se vacían. Y en ese vaciamiento aparecen figuras que no son causa, sino síntoma:
sujetos elevados no por su excelencia, sino por su utilidad simbólica; no por
su mérito, sino por su proximidad.
La universidad, la
administración y el espacio público conocen bien este fenómeno. Lo hemos visto
antes. Lo veremos después.
El
currículum como escenografía
En la tradición
académica, el mérito era un proceso: estudio, contraste, error, maduración.
Hoy, en ciertos espacios, se ha convertido en decorado. No importa tanto lo que
se ha hecho, sino cómo se presenta; no la obra, sino el relato de la obra.
Desde la sociología del
prestigio, esto tiene nombre: capital simbólico heredado o transferido, no
acumulado. Desde la psicología social, otro: autoatribución legitimadora. Desde
el Derecho, una advertencia: cuando el mérito deja de ser verificable, el
sistema se vuelve opaco y vulnerable.
La ironía es evidente:
cuanto más se invoca la excelencia, menos se la encuentra.
El
poder sin responsabilidad y la influencia sin autoría
Estas figuras no
mandan, pero condicionan. No deciden, pero orientan. No firman, pero aparecen.
Es una forma de poder sin huella jurídica, pero con impacto real: un poder difuso,
cómodo, irresponsable.
Desde el punto de vista
jurídico, es un territorio gris: no siempre delictivo, pero siempre
problemático. Desde la ética pública, es peor: es la renuncia consciente a la
rendición de cuentas.
El sujeto así
constituido no es trágico; es funcional. Vive de no cruzar nunca la línea que
obliga a responder.
Psicología
de la excepcionalidad: cuando la norma es para otros
En estas situaciones
emerge un patrón psicológico bien documentado: la sensación de excepcionalidad
moral. No se piensa “estoy incumpliendo”, sino “esto no se aplica a mí”. No hay
culpa; hay desplazamiento.
La defensa no es agresiva, sino pasiva:
· no
negar,
· no
explicar,
· no
cooperar más de lo imprescindible.
Es una psicología del mínimo
esfuerzo ético, sostenida por un entorno que normaliza el privilegio y castiga
la disidencia.
El
futuro clausurado: prestigio sin proyección
Aquí la ironía alcanza su punto más cruel.
Estas figuras creen
tener futuro porque ocupan el presente. Pero el futuro pertenece a quienes
pueden sostener su legitimidad sin protección. Cuando el contexto cambia ~y
siempre cambia~ queda solo lo que se ha construido de verdad.
El prestigio que no descansa en obra propia:
· no
se transmite,
· no
se defiende,
· no
resiste el tiempo.
Desde la experiencia
universitaria, esto es inexorable: la historia académica y social no recuerda a
quienes ocuparon espacios, sino a quienes los justificaron.
Epílogo:
no hay caída, hay disolución
No asistimos a un
drama, sino a algo más silencioso: una disolución moral. Nadie cae
estrepitosamente; simplemente dejan de importar. Y ese es el destino más severo
para quienes confundieron posición con valor.
Las instituciones sobreviven. Los sistemas se
reajustan.
Lo que no sobrevive es el prestigio sin sustancia.
Y esa es la ironía final:
quienes parecían intocables resultan ser perfectamente prescindibles.
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