Zapatero, el hombre que siempre
“pasaba por allí”
Hay una curiosa
tendencia en ciertos relatos recientes: presentar a José Luis Rodríguez
Zapatero como una especie de protagonista involuntario de la historia
venezolana. Según esta versión, el expresidente español habría sido poco menos
que un mediador neutral atrapado en fuerzas que lo superaban, un señor
bienintencionado que solo estaba “facilitando diálogos” mientras el régimen de
Caracas hacía lo que hacía… desde hace más de una década.
El problema es que esta
narrativa exige un acto de fe extraordinario: creer que alguien puede blanquear
sistemáticamente a una dictadura durante más de diez años y, aun así, no ser
responsable de nada.
Zapatero no llegó ayer
a Venezuela. No apareció de pronto en una negociación fallida ni fue una figura
decorativa de último momento. Lleva más de una década legitimando al régimen
chavista con una constancia que ya no puede confundirse con ingenuidad. Ha
avalado procesos electorales cuestionados, ha relativizado denuncias de
represión, ha equiparado víctimas con verdugos y ha prestado su capital
simbólico europeo para que el régimen pudiera decir: “No somos una dictadura,
aquí está Zapatero”.
Y ahora,
paradójicamente, algunos pretenden presentarlo como una pieza secundaria en una
trama mayor, casi como si hubiera sido un actor accidental dentro de una
operación que otros diseñaron. Resulta difícil sostener esa tesis sin sonreír
con ironía. Zapatero nunca fue irrelevante: fue útil. Y precisamente por eso
estuvo siempre ahí.
El artículo The Objective que
intenta elevarlo a arquitecto secreto de una operación internacional comete,
sin embargo, un error inverso pero igual de grave: confunde presencia constante
con capacidad operativa. Zapatero no dirige ejércitos, no controla radares ni
decide despliegues militares. No hace falta exagerar su papel hasta lo
inverosímil para señalar su responsabilidad política y moral.
La realidad es menos
novelesca y más incómoda: Zapatero no fue el gran titiritero, pero tampoco el
espectador inocente. Fue el normalizador profesional. El hombre que convirtió
una dictadura en “conflicto”, la represión en “excesos”, y la ausencia de
democracia en “falta de confianza entre las partes”. Y siendo el príncipe de
Delcy “el que da cuerda a las manecillas del reloj del chavismo”.
Por eso resulta casi
cómico el intento de rescatarlo ahora mediante una narrativa épica o
conspirativa. No hace falta inventarle una operación con nombre sugerente ni
atribuirle maniobras de inteligencia. Su legado venezolano es mucho más simple
y, precisamente por eso, más grave: haber puesto su prestigio al servicio de un
régimen opresor mientras fingía neutralidad.
Zapatero no fue el
autor del drama venezolano. Pero durante más de diez años se aseguró de que el
telón nunca cayera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario