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domingo, 18 de enero de 2026

Gobernar sin futuro:......Fuera del mercado.

 


Gobernar sin futuro:

Resiliencia, relato y mediadores en la política contemporánea

Hubo un tiempo en que gobernar significaba decidir. Hoy gobernar significa durar. El dirigente contemporáneo no se define por su proyecto, sino por su capacidad para evitar el desenlace. No aspira a transformar la realidad, sino a posponerla. Así, el poder deja de ser un instrumento de cambio y se convierte en una técnica de flotación.

Esta mutación no distingue entre regímenes ni latitudes. Puede adoptar formas crudas en sistemas autoritarios o versiones sofisticadas en democracias formales. El principio es el mismo: quien controla el relato controla el tiempo, y quien controla el tiempo sobrevive.

El poder como red, no como institución

Cuando el futuro se vuelve incierto, el poder se repliega sobre lo conocido: la familia, los leales, los intermediarios, los socios previsibles. El Estado se estrecha y adopta forma de red de confianza, donde el mérito se mide por la obediencia y la discreción. No es corrupción; es autoprotección racional. No es nepotismo; es continuidad operativa.

En estos ecosistemas, las instituciones dejan de ser árbitros y pasan a ser decorado administrativo. Lo importante no es la ley, sino quién la interpreta; no el cargo, sino quién lo respalda. El poder ya no se ejerce verticalmente, sino en círculos concéntricos de lealtad.

España como versión elegante del mismo fenómeno

España ofrece una variante pulida de esta lógica. Pedro Sánchez no gobierna desde una mayoría, sino desde un equilibrio inestable permanente. No resuelve conflictos: los administra como activos políticos. Cada tensión territorial, parlamentaria o ideológica no es un obstáculo, sino un recurso renovable que justifica su centralidad.

Sánchez encarna al dirigente resiliente: no impone una dirección, sino que negocia su continuidad día a día. Gobierna no quien tiene un plan, sino quien logra que nadie tenga fuerza suficiente para imponer otro. En esta política de suma cero, mantenerse en pie es ya una victoria estratégica.

Zapatero o la mediación como forma superior de no decidir

En este paisaje aparece una figura clave: José Luis Rodríguez Zapatero, el expresidente que comprendió antes que nadie que el poder del siglo XXI no está en mandar, sino en normalizar. Zapatero no gobierna ni juzga: traduce. Su función es convertir conflictos en procesos, responsabilidades en contextos y escándalos en malentendidos históricos.

Zapatero representa al intermediario moral, una figura cada vez más necesaria cuando las instituciones pierden autoridad. Donde otros ven autoritarismo, él ve interlocución. Donde hay denuncias, él propone diálogo. Su talento consiste en hacer compatible lo incompatible durante el tiempo suficiente para que el problema pierda filo.

Por eso conecta mundos tan distintos: porque no ofrece soluciones, sino lenguaje. Y el lenguaje, cuando se administra bien, sustituye a la acción.

La internacional del aplazamiento

Desde América Latina hasta Europa se repite el mismo patrón:

·      No caer es gobernar.

·      Explicar sustituye a rendir cuentas.

·      Dialogar es una forma elegante de no cerrar nada.

La política se transforma en una ingeniería del aplazamiento. El objetivo no es ganar el futuro, sino impedir que llegue en forma de ajuste de cuentas, alternancia real o colapso del relato.

En este modelo, los dirigentes no fracasan: se reciclan. Pasan de presidentes a mediadores, de responsables a expertos en paz, de gestores del poder a consultores del conflicto que ayudaron a perpetuar.

Epílogo: el poder no cae, se desplaza

El final de esta historia no será trágico ni heroico. Será administrativo. No habrá grandes juicios morales, sino memorias edulcoradas. No habrá derrotas, sino transiciones laterales. El poder no será desalojado: cambiará de forma.

Y cuando alguien pregunte cómo fue posible, la respuesta será incómodamente simple:
no gobernaban para cambiar el mundo, sino para no irse de él.

El resto fue relato.

 


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