Gobernar sin futuro:
Resiliencia,
relato y mediadores en la política contemporánea
Hubo un tiempo en que
gobernar significaba decidir. Hoy gobernar significa durar. El dirigente
contemporáneo no se define por su proyecto, sino por su capacidad para evitar
el desenlace. No aspira a transformar la realidad, sino a posponerla. Así, el
poder deja de ser un instrumento de cambio y se convierte en una técnica de
flotación.
Esta mutación no
distingue entre regímenes ni latitudes. Puede adoptar formas crudas en sistemas
autoritarios o versiones sofisticadas en democracias formales. El principio es
el mismo: quien controla el relato controla el tiempo, y quien controla el
tiempo sobrevive.
El poder como red, no
como institución
Cuando el futuro se
vuelve incierto, el poder se repliega sobre lo conocido: la familia, los
leales, los intermediarios, los socios previsibles. El Estado se estrecha y
adopta forma de red de confianza, donde el mérito se mide por la obediencia y
la discreción. No es corrupción; es autoprotección racional. No es nepotismo;
es continuidad operativa.
En estos ecosistemas,
las instituciones dejan de ser árbitros y pasan a ser decorado administrativo.
Lo importante no es la ley, sino quién la interpreta; no el cargo, sino quién
lo respalda. El poder ya no se ejerce verticalmente, sino en círculos
concéntricos de lealtad.
España como versión
elegante del mismo fenómeno
España ofrece una
variante pulida de esta lógica. Pedro Sánchez no gobierna desde una mayoría,
sino desde un equilibrio inestable permanente. No resuelve conflictos: los
administra como activos políticos. Cada tensión territorial, parlamentaria o
ideológica no es un obstáculo, sino un recurso renovable que justifica su
centralidad.
Sánchez encarna al
dirigente resiliente: no impone una dirección, sino que negocia su continuidad
día a día. Gobierna no quien tiene un plan, sino quien logra que nadie tenga
fuerza suficiente para imponer otro. En esta política de suma cero, mantenerse
en pie es ya una victoria estratégica.
Zapatero o la mediación
como forma superior de no decidir
En este paisaje aparece
una figura clave: José Luis Rodríguez Zapatero, el expresidente que comprendió
antes que nadie que el poder del siglo XXI no está en mandar, sino en
normalizar. Zapatero no gobierna ni juzga: traduce. Su función es convertir
conflictos en procesos, responsabilidades en contextos y escándalos en
malentendidos históricos.
Zapatero representa al
intermediario moral, una figura cada vez más necesaria cuando las instituciones
pierden autoridad. Donde otros ven autoritarismo, él ve interlocución. Donde
hay denuncias, él propone diálogo. Su talento consiste en hacer compatible lo
incompatible durante el tiempo suficiente para que el problema pierda filo.
Por eso conecta mundos
tan distintos: porque no ofrece soluciones, sino lenguaje. Y el lenguaje,
cuando se administra bien, sustituye a la acción.
La internacional
del aplazamiento
Desde América Latina
hasta Europa se repite el mismo patrón:
·
No caer es gobernar.
·
Explicar sustituye a rendir cuentas.
·
Dialogar es una forma elegante de no
cerrar nada.
La política se
transforma en una ingeniería del aplazamiento. El objetivo no es ganar el
futuro, sino impedir que llegue en forma de ajuste de cuentas, alternancia real
o colapso del relato.
En este modelo, los
dirigentes no fracasan: se reciclan. Pasan de presidentes a mediadores, de
responsables a expertos en paz, de gestores del poder a consultores del
conflicto que ayudaron a perpetuar.
Epílogo: el poder no
cae, se desplaza
El final de esta
historia no será trágico ni heroico. Será administrativo. No habrá grandes
juicios morales, sino memorias edulcoradas. No habrá derrotas, sino
transiciones laterales. El poder no será desalojado: cambiará de forma.
Y cuando alguien
pregunte cómo fue posible, la respuesta será incómodamente simple:
no gobernaban para cambiar el mundo, sino para no irse de él.
El resto fue relato.
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