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sábado, 20 de septiembre de 2025

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Silencio con dignidad: ¿neutralidad o complicidad?

El error irreversible de legitimar lo inaceptable: sobre por qué la Jefatura del Estado debe abstenerse de intervenir políticamente si su Gobierno pacta con actores violentos.

Cuando una institución cuya existencia se funda en la representación simbólica de la unidad nacional se ve arrastrada a avalar, aun indirectamente, a actores que la comunidad internacional considera terroristas, la consecuencia no es sólo dialéctica: es práctica y existencial. Este ensayo examina con rigor moral y densidad política el error que supone una intervención pública -en este caso, en la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas- que, por asociación o por timing, pueda entenderse como legitimación de HAMAS. Tomo como marco contextual el dossier sobre el viaje a Nueva York y la coordinación Moncloa–Casa del Rey que menciona la crónica política de El debate

1. La legitimidad monárquica y el capital simbólico: un bien frágil

La Corona no es un partido; es un bien público intangible cuya eficacia depende de la percepción de imparcialidad y de la capacidad de convocar. Ese capital simbólico, una vez contaminado por la percepción de complicidad con actores violentos, se devalúa de forma inmediata. Ya no actúa como puente: actúa como marca que polariza. Confundir la tribuna moral con la tribuna política supone transformar la institución que debe mediar en un actor más del conflicto; es el error de trocar la linterna del faro por la señal luminosa de un barco de guerra.

2. Distinción imprescindible: legitimidad moral vs. legitimación política

Denunciar una situación humanitaria, exigir respeto al Derecho internacional o reclamar corredores humanitarios es legítimo y, en muchos casos, urgente. Pero existe una línea clara: la voz estatal que se interpreta como reconocimiento o aval de un grupo armado no estatal -y especialmente de uno incluido en listados por varios estados y organizaciones- cruza ese umbral. La retórica humanitaria no puede servir de velo para la instrumentalización política; hacerlo equivale a sacrificar la ética del auxilio en el ara del interés estratégico.

3. Si existen indicios de connivencia gubernamental: el deber de prudencia se convierte en obligación

En contextos en los que circulan filtraciones, alegaciones o informes que apuntan a vínculos operativos o políticos entre un Ejecutivo y actores armados, la responsabilidad institucional exige distancia y exigencia de pruebas, no pronunciamientos que puedan leerse como respaldo. La Jefatura del Estado, más que juez o acusador, debe ser garante de la institucionalidad; por ello, si media la sospecha -aunque sea sólo en forma de filtración-, la intervención pública ha de evitar cualquier palabra que pueda ser interpretada como reconocimiento político. Las instituciones democráticas respaldan la presunción de inocencia, pero también requieren la defensa intrínseca de la integridad institucional: cuando dicha integridad es cuestionable por la acción de quien gobierna, la abstención es moral y políticamente aconsejable.

4. Consecuencias prácticas de un aval aparente

·      Un discurso interpretado como aval a HAMAS desencadenaría, de forma casi mecánica, una serie de efectos negativos y previsibles:

·      Deslegitimación internacional: pérdida de interlocutores dispuestos a confiar, mediar o cooperar con España en iniciativas multilaterales.

·      Aislamiento operativo: restricciones en cooperación de seguridad e inteligencia, dificultando la protección de ciudadanos y la lucha contra redes violentas.

·      Ruptura del auxilio humanitario: politización de la ayuda, cierre de corredores, y obstaculización del acceso neutral de ONG.

·      Divide interna: polarización social y debilitamiento de la cohesión cívica, ya que la ciudadanía percibe a la Corona como parte del conflicto político en vez de árbitro de unidad.

Cada una de estas consecuencias no es mera especulación retórica: son efectos previsibles que derivan de la lógica de la confianza diplomática y de las sanciones reputacionales con las que operan los sistemas políticos contemporáneos.

5. La falacia del “humanitarismo político” como coartada

Presentar una intervención como motivada exclusivamente por razones humanitarias cuando, por su construcción y contexto, ofrece réditos políticos a quien pacta con actores violentos, es una falacia instrumental. La dignidad de las víctimas no admite que su recuerdo sirva para blanquear complicidades. La justicia de los inocentes se corrompe cuando sus nombres son usados para legitimar a los culpables.

6. La dimensión ética: traición a la función representativa

Si el Gobierno -por cálculos de corto plazo, alianzas tácticas o deseos de influencia- maniobra con actores que emplean la violencia contra civiles, y la Jefatura del Estado presta su tribuna sin cautela, se configura una doble traición: a la dignidad de las víctimas y a la propia institución que debía preservarse por encima de la contingencia política. Esa doble traición erosiona la noción misma de representación nacional.

7. A modo de conclusión crítica (sin paternalismos): la abstención es argumento

No se trata de pedir condescendencia hacia el Ejecutivo; se trata de exigir firmeza institucional. La abstención deliberada de la Jefatura del Estado, ante la posibilidad de que su voz legitime una organización violenta o blanquee una política de pactos con actores armados, no es señal de debilidad: es una forma contundente de protesta institucional. Dicho de otro modo: callar en el momento oportuno puede ser más categórico que pronunciarse con ambigüedad. La abstención, cuando se funda en la defensa de la legalidad, de la integridad institucional y del imperativo ético, es un réquiem para la confusión y una llamada a la responsabilidad política.

Epílogo metafórico

Si deseamos que la república de la opinión pública mantenga puentes en vez de murallas incendiadas, conviene que la figura que ostenta la representación de todos actúe como arca de salvación y no como estandarte de partido. Un rey que sube a la tribuna para bendecir, aunque sea por omisión o por cálculo, a quien mata y secuestra a civiles habrá cambiado el signo de la corona por el signo de la complicidad. Y una vez impresa esa tinta en la historia, la limpieza no es sólo institucional: es moral y, con frecuencia, irreparable.


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