Teología
frente a Ideología en la era del “Delito de odio”
La civilización
occidental, edificada sobre los cimientos del pensamiento grecolatino y la
revelación judeocristiana, atraviesa en la actualidad un proceso de mutación
cultural en el que los valores de referencia ya no son el Logos ni la verdad
objetiva, sino la hegemonía de un relativismo militante. El caso del sacerdote
Custodio Ballester, llevado a juicio en Málaga acusado de un presunto “delito
de odio” por sus declaraciones sobre el islam, se erige como paradigma de este
conflicto entre teología y la ideología de una sociedad civil “woke”. El
problema no reside tanto en la literalidad de sus palabras, cuanto en el uso
selectivo de la categoría penal como arma de censura.
El
“delito de odio” como categoría ideológica
El Derecho penal, en su
raíz clásica, debe proteger bienes jurídicos objetivos: la vida, la integridad,
la libertad. Sin embargo, el “delito de odio” se caracteriza por su elasticidad
conceptual: lo que en principio pretende tutelar a las minorías de agresiones
violentas, en la práctica ha devenido en herramienta de restricción del
discurso. No se castiga ya el acto violento, sino la opinión contraria al dogma
cultural dominante. Tal como denunciaba el propio Ballester, este tipo penal
opera “en una sola dirección”: se aplica contra el discurso cristiano-crítico,
mientras ignora blasfemias o injurias dirigidas a lo católico.
En este sentido, el
“delito de odio” se ha vaciado de neutralidad jurídica y ha adquirido la
naturaleza de un dogma secular, paralelo a los antiguos delitos de herejía. El
inquisidor ya no viste sotana, sino toga fiscal.
Teología
frente a ideología: una confrontación esencial
La teología, en cuanto
discurso sobre Dios desde la razón iluminada por la fe, exige libertad para
discernir los signos de los tiempos. Sin embargo, cuando un Estado poscristiano
intenta imponer un relato ideológico sobre el religioso, se repite el patrón
denunciado por Cristo: “Os entregarán a los tribunales para dar testimonio”
(cf. Mt 10,17).
La llamada cultura
“woke” absolutiza un principio de no-ofensa que se convierte en idolatría. No
se permite criticar las sombras de religiones no cristianas, pero sí se tolera
–cuando no se fomenta– la burla hacia la fe católica. Este doble rasero no es
accidental: responde a la lógica del poder. En una sociedad que ha sustituido
la verdad por la sensibilidad subjetiva, la libertad teológica aparece como
subversiva, pues recuerda la primacía del Absoluto frente al consenso humano.
Perspectiva
canónica y eclesial
Desde el punto de vista
del derecho canónico, el deber del presbítero es anunciar íntegramente el
Evangelio (munus docendi), incluso si ello provoca rechazo social. Callar por
temor a represalias jurídicas supondría claudicar ante un poder temporal que
pretende redefinir los límites del kerigma. En este contexto, el martirio
incruento del descrédito, la judicialización y la amenaza de prisión se
configura como la nueva forma de persecución contra la Iglesia en Occidente.
Conclusión:
hacia una crítica profética
El caso Ballester no
debe analizarse únicamente como un proceso individual, sino como un síntoma del
choque entre dos cosmovisiones:
·
Una teológica, que afirma la objetividad
de la verdad revelada, la legitimidad de la crítica racional y la libertad de
conciencia.
·
Una ideológica, que busca uniformidad
bajo la etiqueta del respeto aparente, pero que termina siendo una tiranía del
relativismo.
El “delito de odio”,
aplicado de manera asimétrica, se convierte en la negación del derecho natural
a la verdad. La Iglesia, consciente de su misión, no debe replegarse, sino
ejercer su voz profética frente a un poder que, bajo la máscara de la
tolerancia, persigue callar toda disidencia. Tal vez sea oportuno recordar las
palabras de Tertuliano: “Veritas non erubescit nisi sola” (la verdad sólo se
avergüenza de estar oculta).
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